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Las fracciones y la Cuarta Internacional[1]

 

 

1935

 

 

 

El trabajo de construcción de la Cuarta Internacio­nal ya se desarrolla sobre bases significativamente más amplias que el de construcción de la fracción bolchevi­que-leninista. Grupos de los más diversos orígenes em­pezarán a golpear a las puertas de la Cuarta Interna­cional, bajo el impulso de la decadencia del reformismo y del stalinismo, el peligro de guerra inminente y la intensificación de la lucha de clases.

No nos cabe la menor duda de que la Cuarta Inter­nacional no permitirá que nadie tome a la ligera nues­tros principios o nuestra disciplina. Pero no podemos decretar a priori cuál será el contenido de esta disci­plina: tenemos que forjarla en la lucha colectiva; debe­mos guiamos por las experiencias -meditadas con cuidado y examinadas críticamente- de la abrumadora mayoría de los participantes. En este marco, debe con­siderarse que la adhesión del grupo [belga] Espartaco a la Cuarta Internacional es un hecho positivo. Le brinda a este grupo una buena oportunidad para evitar las trampas del sectarismo; a su vez, esto nos permitirá ganar nuevamente a obreros abnegados y no corrom­pidos.

Ahora que se está formando una nueva internacio­nal, la cuestión de las fracciones en el partido revolucio­nario adquiere importancia enorme. Pero esta es jus­tamente la cuestión que provocó tantos problemas y desmoralización en la Comintern, en los años de su mayor prestigio.

La Comintern prohibió las fracciones, alegando que esta prohibición policial coincide con la tradición bol­chevique. Es difícil imaginar peor calumnia a la historia bolchevique. Es cierto que el Décimo Congreso del Partido, en marzo de 1921, prohibió las fracciones por resolución especial. El hecho mismo de que fuera necesario aprobar semejante resolución demuestra que en todo el período anterior -vale decir, los dieci­siete años en que el bolchevismo surgió, creció, se fortaleció y conquistó el poder- las fracciones forma­ban parte legítima de la vida partidaria, lo cual se re­flejaba en la práctica.

En el congreso partidario de Estocolmo (1906), donde se reunificaron las fracciones Bolchevique y Menchevique, los bolcheviques estaban divididos en dos fracciones, que libraron una batalla franca dentro del propio congreso en torno a una cuestión de gran importancia: el programa agrario. La mayoría de los bolcheviques, dirigidos por Lenin, se habían pronun­ciado por la nacionalización de la tierra. Stalin, quien habló en el congreso bajo el nombre de Ivanovich pertenecía a un grupo pequeño de autotitulados "par­ticionistas", que abogaban por el inmediato reparto de la tierra a los pequeños propietarios. De esa manera, limitaban la revolución de antemano a la perspectiva campesino-capitalista.

En 1907 se libró una grave lucha fraccional alrede­dor del boicot a la Tercera Duma [parlamento]. Posteriormente, los partidarios del boicot se alinearon en dos fracciones que en los años siguientes combatieron despiadadamente a la fracción de Lenin, no sólo dentro del partido "unificado", sino también dentro de la fracción bolchevique. El bolchevismo intensificó la lucha contra el liquidacionismo, lo que más adelante redundó en la formación de una fracción conciliadora en su seno, a la que pertenecieron prominentes militantes bolcheviques de la época: Rikov, Dubrovinski, Stalin y otros.[2] La lucha contra los conciliadores pro­siguió hasta el inicio de la guerra.

En agosto de 1914 se inició un reagrupamiento en la fracción bolchevique, en torno a la actitud hacia la guerra y la Segunda Internacional. Al mismo tiempo, se formaba una fracción de adversarios de la autodeter­minación nacional (Bujarin, Piatakov y otros).[3]

Ya todos conocen la aguda lucha fraccional que se libró dentro de la fracción bolchevique en el primer período después de la revolución de febrero[4] y en vísperas de la Revolución de Octubre (véase, por ejemplo, Historia de la Revolución Rusa de L. Trotsky).

Después de la toma del poder estalló una grave lucha fraccional en torno a la paz de Brest-Litovsk. Se formó una fracción de comunistas de izquierda, que publica­ba su propia prensa (Bujarin, Iaroslavski y otros).[5] Posteriormente aparecieron las fracciones Centralismo Democrático y Oposición Obrera.[6] Solo en el Dé­cimo Congreso del Partido, reunido en medio del bloqueo y la hambruna, del descontento creciente de los campesinos y de las primeras etapas de la NEP[7] -que había dado rienda suelta a las tendencias peque­ñoburguesas- se estudió la posibilidad de recurrir a una medida tan excepcional como la prohibición de fracciones. Se puede considerar que esa resolución del Décimo Congreso obedeció a una necesidad grave. Pero los acontecimientos posteriores dejan absolutamente claro que la prohibición de las fracciones significó el fin del período heroico de la historia bolchevique y abrió el camino hacia su degeneración burocrática.

A partir de 1923, los epígonos extendieron la pro­hibición y supresión de la lucha fraccional en el partido dominante en la URSS a las secciones jóvenes de la Co­mintern, condenándolas a la degeneración antes de que tuvieran tiempo de crecer y desarrollarse.

¿Significa esto que el partido revolucionario del proletariado puede o debe representar una sumatoria de fracciones? Para aclarar mejor esta cuestión tomare­mos como ejemplo al Partido Socialista francés, cuyos estatutos legalizan las fracciones e introducen el prin­cipio de la representación proporcional en todas las elecciones partidarias. En este sentido, durante mu­cho tiempo y no sin éxito la sección francesa de la Segunda Internacional se presentó como la expresión más pura de "democracia partidaria". Y formalmente lo es o, mejor dicho, era. Pero, así como la democracia pura de la sociedad burguesa encubre el dominio real del sector más alto de los propietarios, la democracia ideal de la Segunda Internacional oculta el dominio de una fracción extraoficial pero poderosa: la de los arribistas municipales y parlamentarios. Esta fracción, a la vez que se aferra sólidamente al aparato, permite al ala izquierda pronunciar discursos de tono muy revo­lucionario; pero apenas la auténtica fracción marxista -para la cual la palabra y el hecho van de la mano- empieza a denunciar la hipocresía de la democracia partidaria, la fracción del aparato implementa rápida­mente la expulsión.

Dado que los bolcheviques no ingresaron al partido reformista para adaptarse al mismo, sino para comba­tirlo, el choque con la fracción dominante estaba prede­terminado. El peligro de guerra inminente y el viraje social-patriota de la Comintern aceleraron el conflicto y lo invistieron de excepcional gravedad desde su co­mienzo. Si los social-patriotas expulsan a los revolu­cionarios y no viceversa, es culpa íntegramente de la relación de fuerzas: sobre esto nadie se hace la menor ilusión. El entrismo en el Partido Socialista nos permitió lograr algo, pero de ninguna manera todo. Gracias a él nuestra sección francesa ha podido exten­der su influencia de manera considerable. La lucha entre el internacionalismo y el social-patriotismo quedó planteada con notable claridad. Respecto de los balances organizativos, todavía no ha llegado el momento de elaborarlos: la lucha en el Partido Socialista fran­cés dista de haber finalizado.

Existen ciertos individuos sagaces (muchos de ellos se opusieron anteriormente al entrismo) que dicen: los bolcheviques-leninistas tienen una política demasiado temeraria en el partido socialista, por ejemplo, cuando llaman a formar la Cuarta Internacional, etcétera. No es raro encontrar esa visión errónea en política; el éxito es tan seductor que uno desearía que pudiera desarrollarse en forma ininterrumpida. En épocas como las actuales es fácil perder de vista el hecho de que en el mundo pueda existir un adversario con ojos y oídos. Solo un imbécil sin remedio puede creer que el llamado por la Cuarta Internacional asuste a Blum y compañía. ¡Es totalmente absurdo! Fueron el peligro de guerra inminente y la traición descarada de la Comintern, al fortalecer enormemente al social-patriotismo al menos durante el periodo próximo, los factores que obligaron a León Blum y compañía a lanzarse a la ofensiva. Creer que tal o cual expresión "carente de tacto" -inevitables al calor de la lucha- podría desempeñar un papel importante en la expul­sión, significa una actitud excesivamente superficial e irresponsable en la evaluación del enemigo.

Si la camarilla dirigente, desafiando el mito tradi­cional de la democracia, resolvió la expulsión, debe haber obedecido a razones graves y apremiantes. No es difícil encontrar una excusa: Blum, y no sólo Mussolini, siempre tienen un Wal-Wal para casos de emergencia.[8]

Nos basta estudiar las últimas experiencias del Par­tido Socialista francés para comprobar con precisión por qué el partido no puede ser la mera sumatoria de sus fracciones. Un partido sólo puede tolerar las frac­ciones que no persigan objetivos directamente contrapuestos a los suyos. Mientras la izquierda tradicional del Partido Socialista francés se dedicó a perder el tiempo, se la toleró; más aun, se la alentó. Blum siem­pre se refirió a ese revolucionario de segunda, Zy­romsky, como "mi amigo". Ese título, aplicado tam­bién a Frossard,[9] significaba: esa persona era nece­saria porque encubría a la camarilla dominante, sea desde la izquierda o la derecha. Pero los leninistas -para los cuales no existe contradicción entre la pa­labra y el hecho- eran algo que la democracia del partido social-patriota no podía tolerar.

El partido revolucionario presenta un programa y tácticas definidas. Esto impone de antemano limites determinados y muy claros a la lucha interna de las tendencias y agrupaciones. Después de la destrucción de las internacionales Segunda y Tercera, esos li­neamientos asumen un carácter especialmente gráfico y determinado. El mero hecho de pertenecer a la Cuar­ta Internacional debe depender necesariamente del cumplimiento de un conjunto de restricciones que re­flejan todas las experiencias de los anteriores movi­mientos de la clase obrera. Pero el hecho de que las limitaciones a la lucha ideológica interna se establez­can a priori, de ninguna manera niega la lucha en sí, dentro del marco de los principios generales. Es inevitable; si se mantiene dentro de los limites seña­lados, es fructífera. Por supuesto, el contenido fundamental de la vida partidaria no reside en la discusión, sino en la lucha. Si las discusiones interminables alimentan a las discusiones interminables, el único resul­tado son la decadencia y la desintegración. Pero si la discusión está enraizada en la lucha colectiva, so­metiéndola a la crítica y preparando sus nuevas etapas, la discusión es un elemento indispensable para el de­sarrollo.

La discusión de problemas graves no se concibe sin la formación de agrupamientos. Pero en circunstan­cias normales, éstos se disuelven posteriormente en el organismo partidario, sobre todo porque las nuevas experiencias constituyen la mejor prueba en los casos en que existen diferencias políticas. Cuando los grupos se convierten en fracciones permanentes, este hecho constituye un síntoma alarmante de que, o bien las tendencias en pugna son absolutamente irreconcilia­bles, o bien que el partido en su conjunto se encuentra en un punto muerto. Esta situación no se puede evitar simplemente mediante la prohibición de formar frac­ciones. Combatir el síntoma no significa curar la en­fermedad. Solo una política correcta y una estructura y métodos organizativos internos sanos pueden impedir que los agrupamientos temporarios se trasformen en fracciones osificadas.

La salud del régimen depende en gran medida de la dirección del partido y de su capacidad para escu­char oportunamente la voz de sus críticos. Una obsti­nada política de imposición del "prestigio" burocrá­tico es altamente perjudicial para el desarrollo de la organización proletaria y asimismo para la autoridad de la dirección. Pero no basta la buena voluntad de la dirección. El grupo de oposición también es respon­sable del carácter de las relaciones intrapartidarias. En la lucha fraccional contra los reformistas, los revo­lucionarios suelen recurrir a medidas extremas, si bien, por regla general a las luchas fraccionales la conduc­ta de los reformistas es mucho más despiadada y ta­jante. Pero en este caso, ambos bandos se aprestaban a efectuar la ruptura bajo las condiciones más venta­josas. Quienes transfieren tales métodos al trabajo en la organización revolucionaria revelan, o bien inmadu­rez política y la falta de sentido de responsabilidad, o bien ese individualismo anarquizante que en la mayoría de los casos se oculta bajo principios sectarios; o bien, finalmente, que son elementos extraños a la organi­zación revolucionaria.

Al aumentar la madurez de la organización y la autoridad de su dirección, crece su sentido de la pro­porción en la lucha fraccional. Cuando Vereecken tra­ta de crear la impresión de que los "sectarios" lo expulsaron por su lealtad a los principios marxistas, sólo podemos encogernos de hombros. En los hechos, fue el grupo de Vereecken quien demostró inmadurez política al romper con una organización que desde hace muchos años viene demostrando su lealtad a los prin­cipios marxistas. Si Vereecken tiene oportunidad de participar en el trabajo por la construcción de la Cuarta Internacional, debe agradecerle esa oportunidad - sobre todo- a la organización internacional de la que se separó a impulsos de su temperamento fuertemente sectario.



[1] Las fracciones y la Cuarta Internacional. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido del ruso [al inglés] para esta obra por Marilyn Vogt. Se publica por primera vez. Aparen­temente, Trotsky lo escribió con doble propósito: analizar algunos pro­blemas internos de la CI y de sus secciones y aclarar algunas de las cuestiones planteadas cuando los bolcheviques-leninistas franceses fueron expulsados de la SFIO.

[2] Liquidacionismo: se refiere a la actitud de algunos bolcheviques que no querían retomar la lucha clandestina en los años de reacción (1907-14) y, para seguir trabajando legalmente, querían diluir o "liquidar" el programa revolucionario para que resultara aceptable para las autori­dades. Alexei Rikov (1881-1938), bolchevique de la Vieja Guardia, fue el sucesor de Lenin en la presidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo, puesto que ocupó desde 1924 hasta 1930. Fue dirigente de la Oposición de Derecha. Juzgado en el tercer proceso de Moscú y ejecu­tado. I.E. Dubrovinski (1877-1913), miembro del Comité Central a partir de 1903 y dirigente de la insurrección de Moscú en 1905.

[3] Nikolai Bujarin (1889-1939): dirigente de la Oposición de Derecha, sucedió a Zinoviev en la presidencia de la Comintern desde 1926 hasta 1929. Expulsado en 1929 capituló, pero fue ejecutado después del tercer juicio de Moscú. Iuri Piatakov (1890-1937), dirigente de la Revolución de Octubre y de la guerra civil, desempeñó funciones de primera impor­tancia en el gobierno. Fue militante de la Oposición de Izquierda; expul­sado en 1927, capituló poco después y desempeñó puestos importantes en la industria hasta el segundo juicio de Moscú, que lo condenó a muerte.

[4] La revolución de febrero de 1917 en Rusia derrocó al zar y llevó al Gobierno Provisional burgués al poder; se mantuvo hasta octubre, cuan­do los soviets, dirigidos por los bolcheviques tomaron el poder.

[5] Emelian Iaroslavski (1878-1943): uno de los especialistas stalinistas en la campaña contra el trotskismo e integrante del equipo que presentó las acusaciones y exigió su expulsión del partido en 1927.

[6] Los grupos Centralismo Democrático y Oposición Obrera del PC ruso fueron creados a principios de la década del veinte, con posiciones ultraizquierdistas y semisindicalistas. Los dirigentes fueron expulsados y exiliados junto con los trotskistas. La Oposición Obrera sostenía que la producción debía ser controlada exclusivamente por los sindicatos.

[7] La Nueva Política Económica (NEP) adoptada en 1921, era una medida temporal destinada a remplazar la política del Comunismo de Guerra aplicada durante la guerra civil. La NEP permitía un crecimiento limitado del libre comercio dentro de la Unión Soviética y la existencia de concesiones extranjeras junto con los sectores nacionalizados y estatizados de la economía. Estimuló el surgimiento de una clase de cam­pesinos ricos y una burguesía comercial (nepmen) e hizo una serie de concesiones políticas y económicas al agro privado y al comercio.

[8] Wal-Wal: aldea del sudeste de Etiopía, escenario de un choque armado el 5 de diciembre de 1934. Los italianos emplearon el incidente como pretexto para apurar su invasión.

[9] Louis-Olivier Frossard (1889-1946): uno de los dirigentes de la SFIO que apoyó la afiliación a la Comintern en 1920 y luego secretario general del nuevo PC. Renunció a éste en 1923 y luego volvió a la SFIO y a su ala derecha, los neosocialistas, en 1933. Renunció en 1935 y ocupó la cartera de trabajo. Fue ministro en distintos gabinetes del Frente Po­pular y en el primer régimen de Pétain.



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