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Una lección democrática que no recibí[1]

La historia de una visa

 

 

22 de abril de 1929

 

 

 

En mis artículos para la prensa mundial ya relaté cómo, luego de negarme enfáticamente a ir a Turquía, el tren que me llevaba a Odesa se detuvo doce días en un desvío y durante todo ese tiempo, según Bulanov - representante de la GPU a cargo de la operación -, el gobierno soviético trató de obtener para mí el dere­cho de ingresar a Alemania. Mientras esperaba una respuesta favorable, para evitar mayores demoras la GPU incluso elaboró el itinerario que supuestamente seguiría hasta Berlín. El 8 de febrero se me informó que todo el plan había fracaso debido a la resistencia inflexi­ble del gobierno alemán. Eso era, al menos, lo que yo sabía del asunto en el momento de llegar a Constanti­nopla. Aquí, leí en uno de los diarios de Berlín el dis­curso que pronunció el presidente del Reichstag en ocasión del décimo aniversario de la Asamblea Nacional de Weimar. Concluía con estas palabras: “Vielleicht kommen wir sogar dazu, Herrn Trotzki das freiheitliche Asyl zu geben. (Lebhafter Beifall bei der Mehrheit ).” (Quizás lleguemos al punto de concederle al señor Trotsky el derecho democrático de asilo. [Estruendosos aplausos de la mayoría.])

La declaración del presidente del Reichstag alemán venía precedida de la noticia oficial de que en realidad el gobierno soviético no había solicitado una visa para Trotsky. Las palabras de Loebe me tomaron completa­mente por sorpresa, puesto que, en base a todo lo ocurrido, tenía buenas razones para creer que el gobier­no alemán había resuelto por la negativa el problema de mi ingreso a Alemania. Tal había sido, en todo casó, la afirmación categórica de los agentes del gobierno soviético. Naturalmente, de no haber mediado el dis­curso de Loebe, no hubiera solicitado nada al gobierno alemán, en la certeza de que la respuesta seria negati­va. Es demasiado evidente que dicha denegación sen­taría inmediatamente un “precedente”, facilitando los sucesivos rechazos de otros gobiernos. Pero ahí estaba el discurso de Loebe, que echaba una nueva luz sobre todo el asunto.

El 15 de febrero me presenté ante el representante de la GPU que me había escoltado a Constantinopla y le dije: “Debo concluir que el informe que se me suministró era falso. Loebe pronunció su discurso el 6 de febre­ro. Zarpamos de Odesa hacia Turquía recién en la no­che del 10 de febrero. Por consiguiente, Moscú ya cono­cía el discurso de Loebe. Le recomiendo que envíe in­mediatamente un telegrama a Moscú, sugiriendo que, en vista del discurso de Loebe, soliciten realmente que Berlín me conceda una visa. Seria la manera menos deshonrosa de liquidar la intriga que Stalin aparente­mente ha fabricado en torno al asunto de mi entrada en Alemania.”

Dos días después el representante de la GPU me trajo la siguiente respuesta: “En respuesta al telegra­ma que envié a Moscú, se me confirma que ya a principios de febrero el gobierno alemán había denegado categóricamente su pedido de visa. No tendría sentido presentar una nueva solicitud. En cuanto al discurso de Loebe, fue simplemente una observación hecha a la ligera. Si quiere verificarlo, pida usted mismo la visa.”

Esta versión me pareció increíble. Supuse que el presidente del Reichstag debía conocer las intenciones de su partido y de su gobierno mejor que los agentes de la GPU. El mismo día telegrafié a Loebe para infor­marle que, en vista de su declaración, iba a pedir una visa en el consulado alemán. La prensa democrática y socialdemócrata tuvo la gran satisfacción de señalarle al mundo entero que un fiel partidario de la dictadura revolucionaria se veía obligado a buscar asilo en un país democrático. Algunos llegaron a expresar la espe­ranza de que esta lección me enseñara a valorar un poco más las instituciones de la democracia. Sólo me quedaba esperar y ver qué resultaría en la práctica de todo esto.

Mientras tanto, claro está, no podía permitir la menor ambigüedad o falta de claridad respecto de mi actitud hacia la democracia. Di las explicaciones per­tinentes a un representante de la prensa socialdemócra­ta alemana que vino a entrevistarme. Las citaré textualmente, tal como las escribí inmediatamente después de la entrevista:

“Puesto que solicité que se me permita ingresar a Alemania, donde la mayoría del gobierno es socialdemócrata, me interesa más que nada dejar en claro mi actitud hacia la socialdemocracia. Es obvio que en este sentido nada ha cambiado. Mi actitud hacía la socialde­mocracia sigue siendo la misma. Por otra parte, mi lu­cha contra la fracción centrista de Stalin es sólo un re­flejo de mi lucha general contra la socialdemocracia. Ni usted ni yo tenemos necesidad de incurrir en vague­dades ni de ocultar nada.

“Ciertas publicaciones socialdemócratas tratan de encontrar alguna contradicción entre mis principios respecto de la democracia y mi solicitud de ingreso a Alemania, es decir, a una república democrática. No hay contradicción en ello. De ninguna manera ‘nega­mos’ la democracia, tal como la ‘niegan’ (de palabra) los anarquistas. La democracia burguesa tiene sus ven­tajas en comparación con las formas estatales que la precedieron. Pero no es eterna. Debe ceder ante la sociedad socialista. Y el puente hacia la sociedad socia­lista es la dictadura del proletariado.

“En todos los países capitalistas, los comunistas participan en la lucha parlamentaria. No existe la me­nor diferencia de principios entre la utilización del derecho democrático de asilo y la utilización del dere­cho al voto, la libertad de prensa y asamblea, etcétera.

“A usted le interesa mi lucha por la democracia en el partido, en los sindicatos y en los soviets. De vez en cuando las publicaciones socialdemócratas intentaban presentarla como si se tratara de un paso hacia la demo­cracia burguesa. Este es un malentendido colosal, cuyas raíces no son difíciles de descubrir. La fórmula socialdemócrata actual es : ‘Stalin tiene razón contra Trotsky; Bujarin tiene razón contra Stalin.’ La socialde­mocracia es partidaria de la restauración capitalista en Rusia. Pero no se puede tomar esta senda sin despla­zar a la vanguardia proletaria, suprimir su actividad independiente y callar su voz crítica. El régimen de Stalin es el resultado inexorable de su línea política. Puesto que la socialdemocracia aprueba la línea económica de Stalin, debería aceptar también sus métodos políticos. Es indigno de un marxista hablar de demo­cracia en general. La democracia tiene un contenido de clase. Si lo que se necesita es una política que tienda a reinstaurar el capitalismo, esa política es incompati­ble con la democracia para la clase proletaria en el poder.

“El verdadero retorno al capitalismo sólo podría llegar a través del poder dictatorial de la burguesía. Es ridículo exigir la restauración del capitalismo y desear a la vez la democracia; es totalmente fantástico.”

No sé si esta entrevista se publicó alguna vez en la prensa socialdemócrata alemana. Aparentemente no. Tampoco sé de qué manera afectó las opiniones de los ministros socialdemócratas. En todo caso, el derecho democrático de asilo, tal como yo lo interpreto, no con­siste en que un gobierno permita ingresar al país úni­camente a personas que sustenten sus mismas opinio­nes. Eso es lo que hacían Nicolás II y el sultán Abdul Hamid.[2] Tampoco consiste en que una democracia no permita el ingreso de exiliados sin el consentimiento del gobierno que los exilió. El derecho de asilo consiste (legalmente) en que un gobierno dé refugio inclu­sive a sus adversarios, siempre que se comprometan a respetar las leyes del país. Es evidente que yo sólo podría entrar a Alemania como adversario irreconci­liable del gobierno socialdemócrata.

El abogado Kurt Rosenfeld,[3] afiliado al ala izquier­da de la socialdemocracia, asumió la defensa de mis intereses ante el gobierno alemán. Lo hizo por propia iniciativa, por convicción ideológica y sin derivar de ello beneficio alguno. Acepté agradecido los servicios que me ofreció, a pesar de tratarse de un militante del Par­tido Socialdemócrata.

El doctor Rosenfeld me pregunto, por telegrama, qué restricciones estaría dispuesto a aceptar durante mi estadía en Alemania. Respondí: “Pienso vivir en el más completo aislamiento, fuera de Berlín; no hablaré en reuniones públicas en ninguna circunstancia; me limitaré a mi trabajo literario, dentro de lo que deter­mina la ley alemana.”

De manera que ya no se trataba del derecho demo­crático de asilo, sino del derecho de residir en Alemania en condiciones excepcionales. La lección democrática que mis adversarios me iban a dar presentaba de en­trada una interpretación muy limitada. Pero el asunto no terminó allí. Pocos días después recibí otra pregunta telegráfica: “¿Estaría dispuesto a venir a Alemania únicamente para recibir tratamiento médico?” Envié la siguiente respuesta:

“Solicito se me conceda al menos la oportunidad de permanecer en Alemania para recibir un tratamiento indispensable para mi salud.”

De modo que a esta altura el derecho de asilo se había reducido al derecho de tratamiento. Nombré a varios médicos alemanes muy conocidos que me venían tratando desde hacía diez años y cuya ayuda necesitaba más que nunca. Los representantes de la prensa ale­mana en Constantinopla creían que mi ingreso estaba asegurado. Como veremos, mi visión de la situación no era tan optimista pero, no obstante, no descartaba la posibilidad de éxito.

A medida que se acercaba la Pascua, la prensa ale­mana comenzó a hablar en otro tono; se decía que en los círculos gubernamentales era opinión generalizada que Trotsky en realidad no estaba ton enfermo, y que no era tan indispensable la intervención de los médicos alemanes ni su permanencia en un balneario de ese país. El 31 de marzo envié el siguiente cable al doctor Rosenfeld:

“Según informan los diarios, mi enfermedad no es lo suficientemente fatal como para obtener mi ingreso a Alemania. ‘Me pregunto: ¿Loebe me ofreció el derecho de asilo o el derecho de internación? Estoy dispuesto a permitir que me examine cualquier junta médica. Me comprometo a abandonar el territorio alemán al cierre de la temporada balnearia.”

Así, en el curso de un par de semanas, se mutiló tres veces el principio democrático. Primero se redujo el derecho de asilo al derecho de residencia en condiciones sumamente restringidas, luego al derecho de tratamiento, y por fin al derecho de internación. Pero esto implicaba que sólo mi cadáver podría gozar plenamente de las ventajas de la democracia.

Antes de esto, el 19 de marzo, le había escrito una carta al doctor Rosenfeld, en la que le decía, entre otras cosas:

“Permítame informarle brevemente - en su carác­ter de defensor de mis intereses, no de afiliado al Par­tido Socialdemócrata - cómo veo la situación. Movido por el discurso de Loebe, dirigí hace un mes una soli­citud al gobierno alemán. Todavía no hay respuesta. Aparentemente, Stalin llegó a un acuerdo con Strese­mann[4] para que se me impida entrar a Alemania, in­dependientemente de lo que puedan desear los socialdemócratas. La mayoría socialdemócrata del gobierno dejará este asunto en el aire hasta la próxima crisis. Yo tendría que esperarla pacientemente, atado de pies y manos; con ello me vería obligado a desautorizar los intentos de mis amigos de obtener el derecho de asilo en Francia o en otro país. En dos o tres semanas la opinión pública ya no tendrá más interés en este asun­to. Así, no sólo me perdería la próxima temporada bal­nearia sino también la posibilidad de salir de Turquía. Es por eso que, en vista de la situación, una negativa formal me resultaría más beneficiosa que otra poster­gación de la resolución.”

Tampoco hubo respuesta. Nuevamente telegrafié a Berlín: “Considero falta de respuesta negativa desleal a mi pedido.” Hasta el 12 de abril, es decir, después de dos meses, se me comunicó que el gobierno había denegado mi pedido de asilo. Sólo me quedaba enviar un telegrama al presidente del Reichstag, Loebe, cosa que hice al día siguiente: “Lamento no haber podido re­cibir lección práctica de las ventajas derecho democrá­tico de asilo.”

Tal es la historia, breve y aleccionadora, de este asunto.

Stalin exigió por intermedio de Stresemann que no se me permitiera entrar a Alemania, y éste aceptó en nombre de la amistad con el gobierno soviético. Thael­mann exigió que se me negara el permiso de entrar a Alemania... en aras de los intereses de Thaelmann y la Internacional Comunista. Hilferding exigió que no se me permitiera entrar porque en mi libro sobre Kautsky tuve la insolencia de hacer un retrato político suyo que guardaba demasiada semejanza con el original,[5] Her­mann Mueller no tenía por qué negarle a Stalin seme­jante favor.[6] En estas condiciones, los defensores platónicos de los principios de la democracia podían con toda impunidad, escribir artículos y pronunciar discursos instando a que se me otorgara el derecho de asilo. No tenían nada que perder, y yo no tenía nada que ganar. Del mismo modo, los demócratas pacifistas se pronuncian contra la guerra siempre que no está a la orden del día.

Tengo informes de que Chamberlain se mostró sumamente enérgico en lo relativo a este problema de mi visa. Este honorable caballero ha dicho más de una vez que convendría, en bien de la democracia, hacerme fusilar. Dicen que esta observación está motivada por consideraciones derivadas de su conservadorismo, pero además por razones de índole personal. Es posible que en mi libro sobre Inglaterra me haya referido a este ge­nio político sin el respeto que merece. Puesto que en todo este tiempo se han venido entablando negociacio­nes especiales en París, ni Stresemann ni Hermann Mueller tenían el menor motivo para fastidiar a Cham­berlain. Por otra parte, a Chamberlain no le habría gustado que ellos hicieran algo contrario a sus inclina­ciones políticas. De manera que todas las piezas enca­jaron más prolijamente de lo que era posible imaginar.

Como si eso fuera poco, Stalin y Thaelmann, nos dieron el ejemplo del primer éxito de la política de fren­te único a una amplia escala internacional. El 16 de diciembre Stalin me propuso, por intermedio de la GPU, que renunciara a mi actividad política. Los ale­manes impusieron la misma condición como algo que debía darse por sentado cuando se discutió el asilo a través de la prensa. Esto significa que el gobierno de Stresemann y Mueller también considera que las ideas combatidas por Stalin y Thaelmann son peligrosas y perniciosas. Stalin por medios diplomáticos y Thael­mann por medio de la agitación exigieron que el gobier­no socialdemócrata denegara mi pedido de asilo a la Alemania burguesa... supuestamente en aras de los intereses de la revolución proletaria. Desde el otro flan­co, Chamberlain insistió en que se me negara una visa... para defender los intereses del orden capita­lista. Así, Hermann Mueller pudo satisfacer simultá­neamente a sus socios de la derecha y a sus aliados de la izquierda. El gobierno socialdemócrata fue el esla­bón que cerró este frente único internacional contra el marxismo revolucionario. Para encontrar la imagen que define adecuadamente este frente único basta con leer las primeras líneas del Manifiesto comunista de Marx y Engels: “Todas las potencias de la vieja Europa entraron en una santa alianza para perseguir a este fan­tasma (el comunismo); el papa y el zar, Metternich y Guizot,[7] los radicales franceses y los polizontes alema­nes.” Los nombres son otros, pero la esencia es la misma. El hecho de que hoy los polizontes alemanes sean socialdemócratas no cambia mucho la situación. En lo esencial, protegen lo mismo que protegían los polizontes de los Hohenzollern.

Se entiende, desde luego, que si se me hubiera concedido el derecho de asilo, eso de ninguna manera habría refutado la teoría marxista del estado. Lo único que hay que decir al respecto está dicho ya en la cita mencionada de mi entrevista con el corresponsal socialdemócrata. El régimen de la democracia no deriva de principios autosuficientes sino de las verdaderas necesidades de las clases dominantes. Pero la democra­cia posee una lógica propia y la fuerza de esta lógica la obliga a incluir el derecho democrático de asilo. Con­ceder refugio a un revolucionario proletario de ninguna manera contradice el carácter burgués de la democra­cia. Pero no es necesario entrar ahora en esta clase de discusiones porque resulta que en la Alemania gober­nada por los socialdemócratas el derecho de asilo no existe. Después de que los stalinistas, que rompieron con el marxismo y la Revolución de Octubre, me expul­saron de la república soviética, los socialdemócratas alemanes me negaron una visa precisamente porque re­presento los principios del marxismo y las tradiciones de la Revolución de Octubre.

En esta ocasión se trataba de un solo individuo. Pe­ro la socialdemocracia - extrema izquierda del mundo burgués - no vaciló en pisotear uno de los “principios” de la democracia pura. ¿Y qué pasará cuando haya que tomar decisiones prácticas que afecten a la propiedad privada de los medios de producción? ¿Qué suerte co­rrerán en ese momento esos principios malhadados y andrajosos de la democracia? Ya lo vimos en el pasado y lo veremos más de una vez en el futuro. El episodio de mi visa, que a la larga resulta completamente secun­dario, pone de relieve un problema fundamental de nuestra época y derriba de un golpe el mito, falso y reaccionario hasta la médula, de que puede haber una transición pacífica al socialismo. Esta es la única lec­ción a extraer del experimento que acabo de concluir. Es una lección importante que llegará a la conciencia de las masas obreras.



[1] Una lección democrática que no recibí. Biulleten Opozitsi, Nº 1-2, julio de 1929. Traducido [al inglés] para este volumen de [la edición norteamerica­na] por George Saunders, que utilizó además la traducción al inglés de Mi vida publicada en 1930.

[2] Nicolás II (1868-1918): zar de Rusia desde 1894 hasta 1917, cuando lo de­rrocó la Revolución de Febrero. Abdul Hamid II (1842-1918): reinó desde 1876 hasta 1909, año en que fue depuesto por la rebelión de los Jóvenes Turcos.

[3] Kurt Rosenfeld (1877-1943): conocido abogado defensor de las libertades cívicas, fue diputado al Reichstag por el ala izquierda de la socialdemocracia alemana. Expulsado en 1931, participó en la fundación del centrista Partido de los Trabajadores Socialistas (SAP) de Alemania, del que fue dirigente un tiempo.

[4] Gustav Stresemann (1878-1929): fundador del Partido del Pueblo Alemán después de la Primera Guerra Mundial, fue canciller en 1923 y luego ministro de relaciones exteriores (1923-1929). Su política llevó a la firma del Pacto de Locarno en 1925, a la entrada de Alemania en la Liga de las Naciones en 1926, al Pacto de no - agresión germano – soviético de 1926.

[5] Rudolf Hilferding (1877-1941): dirigente de la socialdemocracia alemana antes de la Primera Guerra Mundial y autor del libro El capital financiero. Pa­cifista durante la guerra, dirigió el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), centrista, pero luego volvió a la socialdemocracia y ocupó el cargo de ministro finanzas en el gabinete de Stresemann (1923) y el mismo cargo en el gabinete de Mueller (1928-1930). Huyó a Francia cuando los nazis tomaron el poder pero el régimen de Petain lo entregó a la Gestapo en 1940 y murió en una prisión alemana. Karl Kautsky (1854-1938): dirigente de la socialdemocracia alemana, se lo consideró el teórico marxista más destacado hasta la Pri­mera Guerra Mundial, cuando abandonó el internacionalismo y se opuso a la Revolución Rusa. Trotsky polemizó con él en Terrorismo y comunismo.

[6] Hermann Mueller (1876-1931): canciller socialdemócrata en un gobierno alemán de coalición (1928-1930).

[7] Lothar von Metternich (1773-1859): ministro austríaco de relaciones exte­riores (1809-1848), organizó en 1815 la Santa Alianza de Austria - Hungría, Rusia y Prusia con el objetivo de mantener el control de Europa después de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas. Francois Guizot (1787-1874): monárquico francés estadista e historiador, fue premier desde 1847 hasta 1848, cuando lo derrocó la Revolución de Febrero.



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