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Un documento despreciable[1]

 

 

27 de Julio de 1929

 

 

 

La declaración de capitulación de Preobrashenski, Radek y Smilga, fechada el 10 de julio, es una documen­to político que se destaca por su degeneración política y moral, y la Oposición debe felicitarse por el hecho de que sus autores hayan decidido mostrar su verdadero rostro. A los no iniciados, aquéllos a quienes se mantiene artificialmente en la penumbra en que viven los miembros del partido y de la Internacional Comunista, la carta del “trío” puede causarles sensación.

En lo que se refiere a la Oposición, todos sus mili­tantes saben que Preobrashenski, Radek y Smilga son, desde hace mucho tiempo, almas en pena. Antes del Sexto Congreso de la Tercera Internacional el trío reali­zó una obra importante en la Oposición, ayudó a su purificación interna, vale decir, a limpiarla de sus miembros débiles y fortuitos. Por cierto, la capitulación de los oposicionistas que apoyan al trío constituye en este momento una carta de triunfo en manos del apara­to. Los funcionarios, los charlatanes ociosos, los cana­llas, hablan del “derrumbe de la Oposición trotskista”. Iaroslavski habla del “ocaso” del trotskismo. Hace tres o cuatro años se certificó la muerte del trotskismo. Lue­go vino su destrucción. Después, según la frase inmor­tal de Molotov, "el ataúd" y “la tapa [clavada al ataúd] del trotskismo. Ahora volvemos al ocaso del trotskismo y a su desintegración. Y esto, ¡después de la muerte, después del ataúd y después de la tapa! Un viejo refrán popular dice: “Los muertos que vos ma­táis gozan de buena salud.” Este proverbio resulta muy oportuno.

Pero, ¿qué decir de las decenas o centenas de capi­tuladores? Habría sido sorprendente que no hubiera ninguno. Hace dieciocho meses, de acuerdo con las es­tadísticas de Iaroslavski, fueron expulsados alrededor de doce mil militantes de la Oposición. En el discurso pronunciado en el plenario de julio del año pasado, Sta­lin dijo, aproximadamente: diez mil trotskistas expulsa­dos; supongamos que en el partido queda el doble de esta cantidad. Después de eso, no transcurrió un solo día sin nuevas expulsiones. En suma, los expulsados del PCUS deben sumar por lo menos unos quince o veinte mil. Entre ellos hay no pocos elementos inesta­bles, jóvenes e inmaduros; también muchos que están viejos y agotados. Los militantes de la Oposición depor­tados viven una situación horrible, de aislamiento casi total. Sus familias están prácticamente en la miseria. La soledad ideológica, el aislamiento político y la opresión material traen consigo la descomposición, y este trío “prestigioso” aparece como la fórmula hecha a la me­dida de esta descomposición. ¿Qué hay de sorprendente en que hayan obtenido algunos cientos, quizás miles, de firmas? Sólo así se logra la selección y el temple pol­ítico de los revolucionarios.

En la carta del trío no vemos las firmas de Rakovski, Mrajkovski, Beloborodov, Sosnovski, Muralov, Kaspa­rova, Boguslavski, Rafail y muchos otros camaradas menos conocidos que fueron los verdaderos dirigentes de la Oposición. Obviamente, cabe la posibilidad de que hayan capitulado otros individuos, de que haya decenas y centenas de firmas adicionales. Eso sólo demo­rará la lucha de la Oposición; no la detendrá. Hace mu­cho dijimos que nuestra política es a largo plazo; ahora estamos más seguros que nunca. Durante mucho tiempo el “trío” aguardó la oportunidad de renunciar a su pasado y adoptar las posiciones de Zinoviev, pero tratando de no perder prestigio. El nuevo plan quinque­nal de la URSS[2] fue el puente que le Permitió al trío retroceder de las posiciones marxistas.

Los capituladores afirman al comienzo que “las ci­fras concretas del plan quinquenal" son la expresión del programa de construcción del socialismo. Ese es el punto de partida de la carta, el pensamiento que la guía, su único argumento.

Durante seis años libramos una lucha implacable contra la fracción centrista de Stalin alrededor de todos los problemas fundamentales de la revolución proleta­ria mundial: el socialismo en un solo país, la indepen­dencia del partido clasista del proletariado o del gobierno obrero y campesino,[3] la política del “bloque de cuatro clases”, frente único con huelguistas o con rom­pehuelgas, el peligro del termidor y su vinculación con los avances del movimiento obrero internacional y la orientación de la conducción de la Internacional Comunista, etcétera. Sin embargo, todo esto fue olvidado y se lo sustituyó por “las cifras concretas del plan quinquenal”.

No cabe la menor duda: el nuevo plan quinquenal es el intento de expresar en cifras, la crítica de la Oposi­ción, y así debilitarla. En este sentido, el plan quin­quenal representa una especie de viraje hacia la oposi­ción, parecido al de la resolución sobre la democracia partidaria. Pero habría que ser un imbécil político para creer que el problema se resuelve, siquiera en una cen­tésima o en una milésima parte, por el hecho de que, para compensar el viejo plan quinquenal anti –“trotskis­ta" y anti - “superindustrialización”, los mismos funcionarios fabrican ahora un nuevo plan quinquenal basado en los principios de la repudiada “superindustrialisa­ción” y dirigido contra la derecha.

Hasta ahora hemos considerado que todos los pla­nes quinquenales son válidos en la medida en que se basen en métodos apropiados de conducción económi­ca, sobre todo en la dirección política del partido y de la Internacional. Por eso, para un marxista lo decisivo es la expresión de los objetivos principistas del partido y de sus métodos políticos, y no “las cifras concretas del plan quinquenal”, cuya suerte se decidirá en el futuro.

Pero supongamos por un instante que el plan quin­quenal realmente expresa la así llamada línea general, que no se lo cancelará mañana, que realmente se lo pondrá en marcha. Eso no significaría más que, como resultado de seis años de lucha implacable, repudiando toda capitulación, la Oposición logró imponerle a la di­rección del partido una planificación más adecuada del trabajo económico. En las páginas 30 y 31 de nuestro programa, impreso clandestinamente, se hace una cri­tica del Primer Plan Quinquenal, que expresaba real­mente la línea de Stalin y Bujarin. Pero para que se lle­gara a comprender el abecé de la cuestión, es decir, el papel decisivo del ritmo de industrialización, se necesi­taba la lucha valiente de la Oposición: las reuniones, las publicaciones y manifestaciones clandestinas contra el arresto, el ataque físico y la deportación de los bolche­viques leninistas. Las “cifras concretas” del nuevo plan quinquenal stalinista resultan ser un producto secundario de esta lucha. Si Radek, Smilga y Preobra­shenski niegan su pasado, si retiran sus firmas de la misma plataforma que engendró el plan quinquenal stalinista, es porque están en bancarrota política.

“El Decimoquinto Congreso del partido tuvo razón - escriben los capituladores - en repudiar el progra­ma.” Estos sabios economistas y políticos emplean to­das sus fuerzas en destruir las raíces que dieron origen al plan quinquenal. No es nueva esta actitud. Una vez Krilov mencionó en una fábula a un economista (¿naturalista, tal vez?) que tuvo un gran antojo de comer bellotas (“no me hacen engordar”) pero creyó que no te­nían ninguna relación con las raíces y los troncos de los robles, que hasta eran un escollo en el camino de la construcción del socialismo. Sin embargo, allí se trata­ba de bellotas, mientras que en el caso del plan quinquenal, se trata del cascarón estadístico.

Pero, ¿qué pasará si mañana se produce un giro a la derecha? ¿Quién lo resistirá? ¿El “partido”? Eso es de­masiado... poco concreto. El conjunto del partido pre­senció en silencio dos cambios de línea que, en cada caso, les fueron anunciados por vía administrativa (o, si se quiere, el partido respondió por intermedio de la Oposición). Pero, ¿quién habría resistido y quién habría dirigido la resistencia si los capituladores hubieran lo­grado desbaratar la Oposición? ¿Quién le habría dado sabor a la sal si ésta hubiera perdido su salinidad? Ma­ñana la sal será más necesaria que ayer.

A coro con Stalin e Iaroslavski, el “trío” “repudia” la publicación de mis artículos en la prensa burguesa. Ante el mundo entero, frente a frente con amigos y ene­migos, dije que los stalinistas mienten cuando osan acusar de contrarrevolucionaria a la Oposición. Dije que ésta defiende y defenderá la Revolución de Octubre hasta la última gota de su sangre. El mundo ya lo sabe y saca sus propias conclusiones. Iaroslavski declara, al respecto, que le doy la mano a Chamberlain. Los Ra­deks, desplomándose por las escaleras, unen sus débi­les voces al aullido de los Iaroslavskis. Pero los hechos hablan por sí mismos. Los gobiernos burgueses de toda Europa me han negado una visa, no sólo Chamberlain, sino también Macdonald. Los diplomáticos soviéticos, que defienden los intereses de la fracción stalinista, hacen bloque con los diplomáticos y la policía capitalis­tas para impedir mi permanencia en cualquier país europeo. Esa es la realidad política, cuyo significado es mucho más profundo que el de las cifras cuestionables. El bloque de Stalin, su frente único con Stresemann, con la policía alemana, con Hermann Mueller, con Hilferding, con los conservadores noruegos, con los republicanos burgueses franceses, con Macdonald y Thomas, con el servicio secreto británico; este frente único en mi contra, y por intermedio de mi persona en contra de la Oposición, es la realidad incontrovertible, la expresión simbólica de los agrupamientos políticos en la palestra mundial. El que ante estos hechos hace coro a los aullidos de Iaroslavski sobre el tema de la prensa burguesa no merece más que desprecio.

El problema central no está en las cifras del plan quinquenal burocrático sino en el partido, arma princi­pal del proletariado. El régimen partidario no es algo autónomo, expresa y refuerza la línea política. Se corrige o degenera en la medida en que la línea política corresponde a la situación histórica objetiva. En este sen­tido, para un marxista el régimen partidario es el control indispensable de la línea política, llamada ahora “línea general” para demostrar que no es la línea del partido sino la del secretario general.

¿Qué posición asume el “trío” de capituladores an­te el régimen partidario imperante? Están plenamente satisfechos. “Apoyan la lucha contra el burocratismo que se libra en el aparato del gobierno y del partido.” Apoyan la autocrítica... contra la “reivindicación del derecho de critica que levanta Trotsky”. Repudian la reivindicación de “legalización de fracciones” y la con­signa de sufragio secreto, que “abre las puertas a las fuerzas termidorianas”. Ya escuchamos todo esto en boca de Iaroslavski y Molotov hace tres, cuatro, cinco y seis años. El “trío” no agrega nada nuevo. Los rene­gados siempre se destacan por su falta de memoria, o suponen que los demás tienen poca memoria. En cam­bio los revolucionarios no olvidan, razón por la cual se puede decir con certeza que el partido revolucionario es la memoria de la clase obrera. Aprender a no olvidar el pasado para prever el futuro; ésa es nuestra primera tarea, la más importante.

No resulta difícil demostrar que los capituladores, al inclinarse ante el partido, en realidad lo desprecian. Como vimos, el “trío” defiende la autocrítica contra la abstracción de la libertad de crítica. ¿Acaso en el parti­do se puede criticar la actividad del Comité Central? ¿Sí o no? ¿Es un problema abstracto o concreto? Y que el “trío” no diga que eso depende del tipo de crítica; lo sabemos tan bien como ellos los límites para la crítica dentro del partido puede ser más o menos am­plios, pero ésta existe, debe existir, no puede dejar de existir en un partido revolucionario de combate. Por favor, no se escabullan; no hablábamos de eso. Hablábamos de las resoluciones sobre la autocrítica de 1928, en las que hay un párrafo secreto que exime al Comité Central, más precisamente al estrato superior de la fracción stalinista, de la critica en general. Los stali­nistas piensan que en un partido de un millón y medio de personas, en su mayoría políticamente inmaduras, la autoridad del Comité Central debe estar más allá de toda crítica. Digamos de paso que fue por esta razón que llenaron el partido de personas políticamente inma­duras. Nosotros, los de la Oposición, creemos que en estas condiciones la línea “general” es la línea del se­cretario general. El partido sólo existe para apoyarlo, tal como ahora, por ejemplo, el “trío” apoya la lucha de Iaroslavski y Molotov contra el burocratismo.

La Oposición levantó la consigna de sufragio secreto ­en el partido. El “trío” dice que está reivindicación “abre las puertas a las fuerzas termidorianas”. ¡Pero esto significa que el trío reconoce que dentro del partido existen fuerzas termidorianas tan poderosas, que merecen que se las tema! ¿Es posible concebir un repudio más evidente al régimen partidario y al mismo partido? Siendo así, según el “trío”, ¿de qué vale un partido cuya línea general no se sustente en la buena voluntad del partido sino en un régimen de terror dirigido contra las fuerzas termidorianas de dentro del partido? ¿No es evidente que el voto secreto, que está dirigido contra esas fuerzas, puede resultar importante para salvaguardar las normas del partido? ¿Cómo es posible que este “trío” infeliz no comprenda el carácter monstruoso de su argumento? Muy sencillo: la degeneración política siempre viene acompañada por la estupidez política.

El “trío” rechaza el “derecho de crítica” abstracto para declararse partidario de la autocrítica iaroslavs­quista. Muy bien. El oficial de Wrangel, ¿era abstracto o concreto? En todo caso, precisamente porque Preo­brashenski, Radek y Smilga, junto a nosotros, pecadores, exigieron hace tres años que se combatiera al kulak, se acelerara la industrialización y se mejorara el régimen partidario, se les acusó de mantener vínculos “concretos” con los contrarrevolucionarios por intermedio de un oficial de Wrangel, que en realidad tra­bajaba como agente concreto de la GPU. ¿Qué relación hay entre el oficial de Wrangel y el sistema autocrítico que el “trío” propicia ahora? ¿Y qué dirán cuando Stalin trate de comprometer a la Oposición mediante un agente provocador, complots militares y atentados terroristas? ¿O acaso esto también es demasiado “abstracto”?

El “trío” nos enseña: “La reivindicación que levan­ta Trotsky de la legalización de fracciones en el partido no es bolchevique.” ¡Admirable franqueza! Como si se tratara de legalizar en general fracciones en general en el partido en general. ¿Qué se puede hacer con ex mar­xistas que vuelven a la infancia? Fue en el Décimo Con­greso del Partido Bolchevique, ya en el poder, en las circunstancias extremadamente difíciles creadas por el viraje económico, que se prohibieron las fracciones.[4] Pero precisamente en el partido en el poder, en un pe­riodo determinado y teniendo en cuenta el régimen bastante liberal del partido, en circunstancias en que existía una relación amistosa entre todos los elementos responsables del partido, resulté posible avanzar con ese mínimo de fraccionalismo que, dentro de ciertos límites, está inevitablemente ligado a la vida y el desa­rrollo de una organización. ¿Qué han hecho los miserables epígonos? Transformaron la prohibición de frac­ciones en un absoluto, la extendieron a todos los parti­dos de la Internacional Comunista, incluso a los que es­tán dando sus primeros pasos, pusieron a la dirección de la Internacional por encima de la crítica y a todos los comunistas ante la alternativa de inclinarse ante algún Iaroslavski o Gusev, o... encontrarse fuera del partido. ¿Y cuáles son los resultados? Reprimida dentro de la Internacional Comunista, la vida ideológica sale al ex­terior y comienza a romperla. Todos los dirigentes de los cinco primeros años han sido expulsados de la In­ternacional: Este es el hecho fundamental, más impor­tante que repetir textualmente las estúpidas reflexiones de Iaroslavski sobre la “autocrítica”. Los delegados de los cuatro primeros congresos de la Tercera Internacio­nal, es decir, los más importantes, los pioneros, Los discípulos de Lenin en todos los partidos, fueron expul­sados de la Internacional Comunista. ¿Por qué? Por la lucha... contra el “trotskismo”. En esencia... con­tra el "leninismo". Pero los elocuentes capituladores guardan silencio al respecto.

En este momento, en toda la Internacional hay frac­ciones en pugna; el hecho de que el “trío” no quiera “legalizarlas” carece de importancia, ya que éste todavía no ha tenido tiempo suficiente para legalizarse a sí mismo, como espera poder hacerlo; por eso se arrastra por el suelo. No cabe duda de que, tras su readmisión al partido, la fracción de los tres (cada sector capitula­dor tiene su propia fracción) murmurará en los rinco­nes, se separará a la espera de tiempos mejores y dis­cutirá con la fracción de los zinovievistas, que a esta altura llegó a un avanzado estado de descomposición. Por cierto, no les impedirá apoyar la línea “general”, con todas las sorpresas que ésta puede deparar.

“La reivindicación de legalización de las fracciones no es bolchevique.” El Decimoquinto Congreso del PCUS y el Sexto Congreso de la Internacional Comunis­ta tienen razón. Eso es lo que nos enseña el “trío”. Muy bien. Pero el presidente del Decimoquinto Congreso del partido fue Rikov, y Bujarin dirigió el Sexto Congreso de la Internacional. En esa época ambos inte­graban una fracción. ¿Concreto o abstracto? Hasta ayer, Rikov era jefe del gobierno, Bujarin presidía la Internacional. Eso parece concreto. Ambos integraban una fracción con secciones internacionales en casi todos los países del mundo. ¿Pronunció el PCUS un juicio ad­verso a Rikov y Tomski? No; el Decimoquinto Congreso ni siquiera los mencionó. ¿Juzgó a Bujarin el Sexto Congreso? No; le organizó una ovación. ¿Cómo hemos de entenderlo? Muy sencillo: es autocrítica concreta en oposición al derecho de crítica abstracto.

El “trío” dice: “Apoyaremos la política de la Inter­nacional Comunista, que libra una lucha implacable contra la socialdemocracia.” ¡Qué nuevo, qué profundo y, sobre todo, qué “concreto” es esto! ¿Y qué decir de una lucha que le permitió a la socialdemocracia incrementar sus filas y fortalecer sus posiciones mientras los partidos comunistas pierden terreno y se dividen en un número de fracciones cada vez mayor? Lo que falta para responder a nuestra observación es que el “trío” diga algo abominable sobre nuestro pesimismo. Es sabido que en general los capituladores no inventan la pólvora. Toman un poco de rapé de la tabaquera de Iaroslavski y dicen que es pólvora. Como se sabe desde hace tiempo, no hay mejores optimistas que las personas que se arrastran, es decir, que hunden las narices en el suelo y, semejantes a un coro de niños, cantan loas a la línea general. Pero la vida pone a prue­ba la línea, sobre todo a través de las elecciones parla­mentarias. La mayor verificación tuvo lugar hace pocos días en Gran Bretaña. En un país donde el capitalismo está gravemente enfermo y reina la desocupación crónica, en un país que sufre tremendas convulsiones sociales y traiciones igualmente tremendas por par­te de los reformistas, el Partido Comunista obtu­vo cincuenta mil votos, contra siete millones y me­dio de la socialdemocracia. ¡Ese es el resultado más concreto de la política de la Internacional de los últi­mos seis años!

Hoy toda la política de la Internacional Comunista se basa en la filosofía del “tercer periodo”,[5] promul­gada por el Sexto Congreso sin la menor preparación teórica en la prensa. No hay crimen ni estupidez que se cometa contra el marxismo, a los que no se encubra con la fórmula sacramental del “tercer periodo”, ¿Qué significa esto? Lo escuchamos por primera vez de labios de Bujarin. Hasta el Sexto Congreso, tan dócil, se resistió porque no comprendía. Bujarin juró que la delegación del PCUS había instituido el tercer periodo por unanimidad. El congreso se rindió. ¿Ante qué? Según Bujarin, el asunto es así: hasta entonces, la esta­bilización del capitalismo había sido coyuntural; ahora era orgánica; por consiguiente, la situación revolucio­naría quedaba postergada para un futuro indeterminado. Pero en el primer informe ante el congreso, ese Ilustre experto en marxismo y política internacional que se oculta tras del modesto seudónimo de Molotov, declaró, contra el esquematismo de Bujarin, que el tercer período existe - ¿cómo no iba a existir? - pero por una razón muy distinta: el tercer período signifi­ca una agudización extrema de las contradicciones y la inminencia de la situación revolucionaria. Aunque el Sexto Congreso pareció pronunciarse unánimemente a favor de Bujarin, después la Internacional se pronunció unánimemente a favor de Molotov. ¡Eso es dialéctica! Envié una carta al Sexto Congreso titulada ¿Y ahora? En esa carta previne sobre la charlatanería sin princi­pios en cuanto a los síntomas de una situación revolu­cionaria. Subrayé que, como resultado de los errores funestos del período anterior, atravesábamos por una nueva etapa de crecimiento de la socialdemocracia. Por consiguiente, luego de un período de situaciones revo­lucionarias descuidadas y arruinadas por la Interna­cional Comunista, se reiniciaba un periodo de prepa­ración, o sea, de luchas para recuperar la influencia perdida, ampliarla y fortalecerla. Gritar con los ojos cerrados que “la situación se vuelve más revolucionaría cada día”, como hizo el infeliz de Thaelmann en el Sexto Congreso, significa confundir al partido y empujar a la honesta juventud proletaria por la senda del aventurerismo. Este pronóstico se vio confirmado hasta el último detalle con los acontecimientos del 1º de mayo en Berlín. Es cierto que, después de las vacila­ciones y ambigüedades iniciales, Radek, Preobrashenski y Smilga firmaron mi manifiesto al Sexto Congreso junto con todos los demás militantes de la Oposición. ¿Quién tuvo razón en lo concerniente a este problema fundamental? ¿El Sexto Congreso o la Opo­sición? Los resultados de las elecciones británicas y los frutos de la línea de Thaelmann fueron, de por sí, hechos políticos mil veces más importantes que la segunda (estamos a la espera de la tercera) edición del plan quinquenal. Son hechos históricos de importancia mundial, pero por el momento lo único que hacen ellos es barajar burocráticamente los cuadros estadísticos. A pesar de eso, los penitentes guardan silencio al respecto, de la misma forma en que guardaron silencio sobre el manifiesto aventurista y vergonzoso emitido el 8 de mayo por el Buró de Europa occidental de la Inter­nacional. Este manifiesto es hijo legitimo de la filosofía del tercer periodo en su acepción molotovista, y no la bujariniana.

Como corresponde a todo individuo en bancarrota que se respete, el “trío” no podía, por cierto, dejar de cubrir el flanco de la revolución permanente. Este polvo existe en cantidades inagotables en la tabaquera de Iaroslavski. En cuanto al hecho más trágico de esta nueva experiencia histórica de derrotas del oportu­nismo - la revolución china -, los tres capituladores se dan por satisfechos con un juramento barato, en el que declaran que no comparten en absoluto la teoría de la revolución permanente. Seria mas acertado afirmar que estos caballeros no comparten en absoluto la teoría marxista en lo que hace a los problemas fundamentales de la revolución mundial.

Radek y Smilga apoyaron obstinadamente la subor­dinación del Partido Comunista Chino al Kuomintang burgués, y no sólo antes del golpe de estado de Chiang Kai-shek sino también después de éste. Preobrashenski murmuró alguna ambigüedad, como acostumbra hacerlo cuando se trata de problemas políticos. Hecho notable: todos los militantes de la Oposición que habían apoyado la subordinación del Partido Comunista al Kuomintang capitularon. Ni uno de los oposicionistas que permanecieron fieles a nuestra bandera lleva encima este baldón tan vergonzoso. ¡Tres cuartos de siglo después de que el Manifiesto comunista apareció en la faz de la tierra, un cuarto de siglo después de la fundación del Partido Bolchevique, estos despreciables “marxistas” fueron capaces de defender la permanen­cia de los comunistas en la jaula del Kuomintang! Al responder a mi acusación, y últimamente en su carta de capitulación, Radek evocó el espectro del “aisla­miento" del proletariado respecto del campesinado en el caso de que el Partido Comunista abandonara el Kuomintang. Poco antes, Radek había caracterizado al gobierno de Cantón como gobierno obrero y campesino, ayudando así a Stalin a ocultar la esclavización del proletariado por la burguesía. ¿Cómo disimular estos hechos vergonzosos, frutos de la ceguera, la estupidez, la traición al marxismo? ¿Cómo? ¡Repudiando la revo­lución permanente! La tabaquera de Iaroslavski está a vuestra disposición.

Ya en 1928, cuando empezaba a buscar los argu­mentos que le permitieran capitular, Radek se plegó inmediatamente a la resolución del plenario de febrero de 1928 del Comité Ejecutivo de la Internacional sobre la cuestión china. Dicha resolución llamaba liqui­dadores a los trotskistas, porque decían que la derrota era una derrota y no aceptaban considerar a la contra­rrevolución triunfante como la etapa más elevada de la revolución china. Esa resolución de febrero proclamó la línea de lanzar la insurrección y crear soviets. Para cualquiera que tiene algo de inteligencia política y de experiencia revolucionaria, esta resolución era una manifestación de aventurerismo repugnante e irrespon­sable. Radek la avaló. Smilga mantuvo un silencio pen­sativo: ¿qué importancia podía tener la revolución china para él, que ya comenzaba a sentir el aroma “concreto” de las cifras del plan quinquenal? Preobrashenski participó en el asunto de manera no menos sutil que Radek, pero desde el otro extremo. La revolución china está derrotada, escribió, y lo estará por mucho tiempo. La nueva revolución no vendrá enseguida. Siendo así, ¿vale la pena pelear con los centristas por el pro­blema chino? Preobrashenski envió largos mensajes dedicados al asunto.[6] Al leerlos en Alma-Ata sentí vergüenza. ¿Qué aprendió esta gente en la escuela de Lenin?, me pregunté varias veces. Las premisas de Preobrashenski eran totalmente opuestas a las de Radek, sin embargo sus conclusiones eran idénticas: a ambos les hubiera gustado mucho que Iaroslavski los abrazara fraternalmente por intermedio de Men­shinski.[7] Claro está que lo hacen por el bien de la revolución. No son arribistas; no: son simplemente personas irrecuperables, cuyas ideas se han agotado.

En esa época, yo ya había contrapuesto a la resolu­ción aventurista del plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional de febrero del 28 la línea de movili­zar a las masas chinas mediante consignas democrá­ticas, incluida la de asamblea constituyente. Pero aquí el “trío” infeliz se arrojó al ultraizquierdismo; les re­sultaba barato y no los comprometía para nada. ¿Consignas democráticas? Jamás. “Es un grueso error de Trotsky.” Sólo soviets chinos, ni un centavo menos. Resulta difícil encontrar algo más estúpido que esta apología de una posición. Utilizar la consigna de soviets en un período de reacción burguesa es jugar, es bur­larse de los soviets. Ni siquiera en una época revolu­cionaria, vale decir, en la etapa de construcción de soviets, retiramos las consignas democráticas. Sólo lo hicimos cuando los verdaderos soviets, que ya hablan conquistado el poder, entraron en conflicto, ante los ojos de las masas, con las verdaderas instituciones de 1a democracia. En el idioma de Lenin (no en el galimatías de Stalin y sus loros) eso quería decir: no saltear la etapa democrática del proceso nacional.

Sin un programa democrático - asamblea consti­tuyente, jornada laboral de ocho horas, independencia nacional de China, expropiación de la tierra, derecho de las nacionalidades a la autodeterminación, etcétera -, el Partido Comunista Chino se encontraría atado de pies y manos y obligado a allanarle pasivamente el terreno a la socialdemocracia china, que podría remplazarlo con la ayuda de Stalin, Radek y Cía.

Pues bien: cuando iba a la zaga de la Oposición, Radek no comprendió el hecho más importante de la revolución china, porque defendió la subordinación del Partido Comunista al Kuomintang burgués. Radek no vio la contrarrevolución china cuando apoyó la línea de insurrección armada después de la aventura de Cantón.

Ahora Radek salta por encima de la contrarrevolución, y lucha por la democracia apartándose de las tareas del período de transición con la idea abstracta de soviets, a los que no ubica en el tiempo y el espacio. Pero, como compensación, jura que no comparte en absoluto la revolución permanente. Eso es loable, es reconfortante. Claro que Radek no conoce las fuerzas motrices de la revolución, no comprende sus distintas etapas, no en­tiende el papel y el significado del partido proletario, no comprende la relación entre las consignas democráticas y la lucha por el poder; pero, en compensación - ¡oh, compensación suprema! -, no bebe bebidas fuertes, y si busca algún consuelo para los tiempos difíciles no lo hace en el alcohol de la revolución permanente sino tomando una inocente pizca de rapé de la tabaquera de Iaroslavski.

Pero no, estas “pizcas” no son tan inocentes. Al contrario, son muy peligrosas. Entrañan enormes ries­gos para la próxima revolución china. La teoría antimar­xista de Stalin - Radek repite, de manera modificada pe­ro no mejorada, la experiencia del Kuomintang para China, la India y los demás países de Oriente.

En base a las experiencias de las revoluciones de Rusia y China, en base a las enseñanzas de Marx y Lenin, la Oposición afirma:

Una nueva revolución china sólo puede derrocar el régimen imperante y entregar el poder a las masas po­pulares bajo la forma de la dictadura del proletariado.

“La dictadura democrática del proletariado y el campesinado” - en sustitución de la dictadura del proletariado que dirige al campesinado y realiza el progra­ma democrático - es ficción, autoengaño o, peor aun, kerenskismo o kuomintanguismo.

Entre el régimen de Kerenski o Chiang Kai-shek por un lado y la dictadura del proletariado por el otro, no hay ni puede haber ningún régimen revolucionario intermedio, y quien levanta esa fórmula insensata engaña vergonzosamente a los trabajadores de Oriente y prepara nuevas catástrofes.

La Oposición les dice a los trabajadores de Oriente las maniobras de los capituladores que carcomen al par­tido ayudan a Stalin a sembrar las semillas del centrismo, a arrojar arena en vuestros ojos, a cerrar vuestros oídos, a confundir vuestras mentes. Por un lado, estáis debilitados ante el régimen de una dictadura burguesa opresora porque se os prohibe desarrollar la lucha por la democracia. Por el otro, se os presenta la perspectiva de alguna forma de dictadura barata y no proletaria, fa­cilitando así la futura transformación del Kuomintang, es decir la futura derrota de la revolución obrera y cam­pesina.

Tales profetas os traicionan. ¡Obreros de Oriente, aprended a desconfiar de ellos, aprended a despreciarlos, aprended a expulsarlos de vuestras filas!

Hace poco, en respuesta a las preguntas de los representantes de la prensa burguesa, declaré que, en la eventualidad de que el conflicto sino - soviético obliga­ra a la república soviética a ir a la guerra, todos los militantes de la Oposición cumplirán con su deber en la lucha.

Esto es demasiado obvio como para insistir. Pero es sólo la mitad del deber. La otra mitad, la de decir la ver­dad sobre el partido no es menos importante. La provo­cación de Chiang Kai-shek es la liquidación de las cuen­tas contraídas por Stalin con la derrota de la revolución china. Dimos la voz de alarma en cientos de ocasiones: en cuanto Stalin ayude a Chiang Kai-shek a afianzarse en la silla, éste, en la primera Oportunidad, le dará un latigazo. Así fue. ¡Recoged el pagaré!

Los capituladores no sólo renuncian al programa, de paso lo tergiversan para facilitar las capitulaciones de los demás. Así, al referirse a los obreros, los capituladores tergiversan deliberadamente ciertos parágrafos de la plataforma y los hacen aparecer como redacción oficial. Pero desde el exilio Preobrashenski demostró con acierto que si desde 1923 se hubiera aplicado la po­lítica económica de la Oposición, la situación general y la de las masas trabajadoras sería incomparablemente mejor, lo que es válido no sólo para los obreros sino también para la abrumadora mayoría de los campe­sinos.

El camino hacia un avance futuro de la economía pasa en el período presente, por un mejoramiento serio, obvio y tangible de la situación material de los obreros, y no por las simples instrucciones burocráticas de ele­var la productividad del trabajo. Los capituladores - en especial Radek - siempre enfatizaban en el pasado este punto del programa de la Oposición. Ahora repudian el abecé mismo de la Oposición para seguir mejor el analfabetismo de Stalin.

Con la hipocresía más descarada el “trío” repudia “la creación del centro bolchevique leninista soviético” que, según ellos, “es un paso más hacia la formación de un partido nuevo”. Esta acusación es indecente por­que los tres acusadores fueron miembros del Centro bolchevique leninista durante varios años. Cuando ha­blan de la creación del centro, engañan a la opinión pública. El problema no está en la creación del centro sino en el hecho de anunciar públicamente su existencia. Claro que ese paso no fue casual. Mientras la lucha se mantenía en el seno del partido, mientras cabían espe­ranzas de resolver el pleito sin rupturas, el centro fraccional no tenía intenciones de proclamar públicamente su existencia. Pero ahora que a la Oposición se la puso fuera del partido, no sólo del PCUS sino de toda la In­ternacional, y puesto que la Oposición asume seria­mente sus tareas y obligaciones, sólo puede luchar organizadamente por su realización, creando una fracción seria y competente. El “trío” habla de un segundo par­tido Sin señalar que, al usar esta terminología, no tene­mos que referirnos a dos sino a tres partidos, incluyendo entre ellos a Rikov, presidente del Consejo de Comi­sarios del Pueblo, a Bujarin ex presidente de la Interna­cional y a Tomski, ex líder de los sindicatos. Esas for­mulaciones breves sirven para los recién nacidos o para los ancianos que vuelven a la infancia. El problema no se resuelve contando “partidos". Se trata de la suce­sión histórica del bolchevismo. Con el régimen ante el que se arrastra el “trío”, el partido sufrirá no pocas rupturas en el futuro. No obstante, las filas proletarias se agrupan bajo nuestra bandera. La forma en que los burócratas recuentan los partidos es un problema de décima importancia. El historiador del futuro dirá que fue la Oposición la que sirvió a la causa de Marx y Lenin.

Desde luego, la piadosa trinidad anuncia triunfal­mente que el peligro principal en la Internacional Co­munista es “el peligro de la derecha”. Sabemos que la lucha contra este peligro es, a partir de ahora, de carác­ter administrativo. Los Thaelmanns, los Semards y sus correligionarios se reúnen para formar y fortalecer frac­ciones de la derecha, puerta de entrada a la socialdemo­cracia. Nosotros previmos hace mucho tiempo que los centristas combatirían a la derecha a su manera. A fi­nes de 1926 y principios de 1927, cuando Radek y Smilga - ellos, precisamente -, más que nadie, plan­tearon un segundo partido, les advertí: el rabo dere­chista golpeará la cabeza centrista y provocará una rup­tura en la cúpula dominante. Los hechos confirmaron nuestro pronóstico. Ahora, los impacientes centristas de izquierda de la Oposición se van. Perjudicaran mu­cho más a los stalinistas que lo que nos beneficiaron a nosotros. ¡Hasta nunca!

Seguimos siendo lo que éramos. Cada golpe que lanzamos contra los centristas es un doble golpe para la derecha. El nuevo plan quinquenal stalinista confirma el acierto y la percepción de la Oposición. En las cifras oficiales concretas vemos la faz del mañana. Los centristas sólo se desplazaran hacia la izquierda bajo nues­tro látigo. Por eso no existe razón alguna para soltarlo. Al contrario, debemos utilizar tres látigos. Así como en el pasado pronosticamos la ruptura entre la derecha y el centro, ahora prevemos una inevitable diferenciación en el seno del centrismo. Después de sus victorias, la fracción stalinista iniciará un período de grandes prue­bas, choques y crisis. Seguiremos tomando el pulso al partido. Señalaremos el peligro de la derecha, no a la zaga de los estúpidos burócratas sino adelantándonos en dos o tres años. Apoyaremos cada paso del centris­mo hacia la izquierda, pero sin suavizar nuestra lucha en su contra, pues el centrismo, es el principal peligro en el partido. Nuestra fidelidad hacia la Revolución de Octubre permanece inconmovible. Es la fidelidad de los combatientes, no de los parásitos.



[1] Un documento despreciable. Biulleten Opozitsi, Nº 3 – 4, septiembre de 1929. Traducido [al ingles] para late volumen [de la edición norteamericana] por Fred Bucbman. Escrito poco después de la declaración capituladora de Radek, Preobrashenski y Smilga; parece que se me calculó que esa publicación coincidiera con la reunión del Décimo Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional (julio de 1929).

[2] El nuevo plan quinquenal es una referencia a lo que ahora se conoce como Primer Plan Quinquenal de la Unión Soviética (Octubre de 1928 - diciembre de 1932), aunque no se lo aprobó hasta abril de 1929. Antes se hablan elaborado otros planes quinquenales, mucho más modestos, que habían sido enconadamente discutidos, especialmente por la Oposición de Izquierda, que los consideraba inadecuados. Algunas oposicionistas opinaron que el nuevo plan, preparado después de la expulsión de la Oposición de Izquierda, era precisamente aquello por lo que habían estado luchando, lo que constituyó un factor - o una excusa - que influyó decisivamente en su resolución de capitular.

[3] Posteriormente Trotsky cambió de posición y planteó que la consigna de gobierno obrero y campesino es correcta y aceptable, siempre que se le dé el contenido revolucionario adecuado y no se la contraponga con la de dictadura del proletariado. Ver sus posiciones posteriores en el capitulo Gobierno obrero y campesino, en La agonía mortal del capitalismo y Las tareas de la Cuarta Internacional y en otros capítulos de The Transitional Program for Socialist Revolution, Pathfinder Press, 1974. [En castellano: El programa de transición de la revolución socialista, Editorial Pluma, Buenos aires, 1974.]

[4] El Décimo Congreso del PC ruso se reunió en marzo de 1921, en un momento de gran tensión social, de la que fue un Indice la insurrección de Kronstadt contra el gobierno soviético. Dentro del propio PC hablan surgido tendencias opositoras, y Lenin estaba tan preocupado por la suerte que pudiera correr el partido que propuso, por primera vez, la prohibición temporal de las fracciones internas. Esta prohibición no Impidió que Stalin y sus colaboradores formaran una fracción secreta, ni tampoco que el propio Lenin se decidiera a formar un grupo para combatir el stalinismo dentro del partido.

[5] El tercer periodo, según el esquema proclamado por los stalinistas en 1928, era la etapa final del capitalismo, tras la cual esperaba la revolución a la vuelta de la esquina. La táctica de la Comitern durante los seis años siguientes estuvo marcada por el ultraizquierdismo, el aventurerismo, los sectarios sindicatos “rojos” y la oposición al frente único. En 1934 quedaron oficialmente descartadas la teoría y la practica del tercer período, para ser remplazadas por las del frente popular (1935 - 1939), pero a este período no se le puso numero. El “primer período” abarcaba desde 1917 basta 1924 (crisis capitalista e insurrección revolucionaria), el “segundo período” desde 1925 hasta 1928 (estabilización capitalista).

[6] Una de las cartas de Preobrashenski a Trotsky, y tres de las que le escribió Trotsky a Preobrashenski a principios de 1928, fueron traducidas con el titulo Cartas sobre la revolución china en The New International, abril de 1936, y reproducidas en Leon Trotsky on China [También aparece en La segunda revolución china, Editorial Pluma, Bogotá, 1976.]

[7] Viajeslav Menshinski (1874 - 1934): sucedió a Félix Dzershinski como jefe de la policía secreta soviética cuando aquél murió, en 1926.



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