Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Un crujido en el aparato[1]

Una divulgación popular de derecha e izquierda

 

 

13 de abril de 1930

 

 

 

En el Pravda del 30 de marzo hay un artículo de Iaroslavski titulado De izquierda a derecha. El artículo se ocupa del “pasaje" de la Oposición de Izquierda... al bando de la socialdemocracia. ¿Cómo es posible que personas encarceladas y exiliadas desde hace dos años por sus actividades “contrarrevolucionarias", e incluso por “preparar una lucha armada contra el gobierno soviético" (el motivo oficial por el que se exilió a Trotsky), estos “contrarrevolucionarios” de viejo cuño, tan sólo ahora empiecen a “pasar” al bando de la socialdemocracia? Misterio. Pero lo que sí queda claro es que Iaroslavski todavía tiene que empeñarse en la tarea de encontrarle una explicación “científica” al Artículo 58 del Código Penal, que sirve de fundamento para perseguir a la Oposición. La búsqueda de esa explicación se volvió sumamente ruidosa, porque hay un crujido en el aparato y es menester ahogar ese ruido.

No es casual que hayan lanzado a Iaroslavski contra la Oposición, a pesar de que en el partido hay personas más ilustradas y más sabias que él. Pero en la actuali­dad los más ilustrados, los más sabios, los más conscientes, no quieren convertirse en pregoneros de Iaros­lavski, aunque no pueden -en parte no se atreven a hacerlo- decir de viva voz lo que piensan; o sino, están simplemente confundidos. Los Iaroslavski no están confundidos, porque nada hay en ellos que se pueda confundir. Por eso Iaroslavski asume la defensa de la política stalinista frente a la Oposición y nos da, de paso, un ejemplo notable de las inmundicias con que se alimenta al partido en la actualidad.

Si por esta vez hacemos una excepción y respondemos al artículo de Iaroslavski se debe a que, a pesar de su insignificancia, es sintomático y muestra muy bien en qué lugar -para usar una expresión alemana- le aprieta el zapato a Stalin.

 

El ritmo de la industrialización

 

Hace varios meses escribimos a los camaradas de la URSS que se multiplican los síntomas de un ritmo exce­sivo de industrialización. Iaroslavski cita nuestro Biulleten y escribe que esta evaluación “no difiere en nada, en absoluto, de lo que escriben los menchevi­ques". ¡En absoluto y en nada!

A Iaroslavski jamás se le ocurre que la cuestión de si los ritmos son correctos o incorrectos, realistas o no, es independiente de lo que digan los mencheviques, y que se resuelve en relación con factores materiales y organizativos, no con citas extraídas de periódicos, menos aun cuando las mismas están tergiversadas.

En el período en que en la Oposición luchábamos por imponer ritmos de industrialización más elevados (1923-1929), la prensa burguesa de todo el mundo, junto con la socialdemocracia, se unió al coro stalinista que nos tachaba de “románticos”, "fanáticos" Y "super­-industrializadores".

En 1923-1925 demostramos que, a pesar de haberse agotado todos los medios de producción existentes antes de la Revolución, la industria soviética podía crecer a un ritmo del veinte por ciento anual. Basamos esta afirmación en consideraciones de tipo económico que no repetiremos aquí (véase ¿Adónde va Rusia: hacia el capitalismo o hacia el socialismo?). Un año más tarde, en los sanctasanctórum del Gosplan [Comisión Estatal de Planeamiento] se elaboró un plan quin­quenal. Según ese plan el desarrollo de la industria avanzaría a velocidad decreciente, del nueve al cuatro por ciento anual. La Oposición atacó implacablemente ese plan. Se nos acusó de "demagogia". Un año des­pués el Buró Político aprobó un nuevo plan quinquenal con una tasa de crecimiento anual del nueve por ciento. El Decimoquinto Congreso del partido aprobó esa cifra y acusó a la Oposición de “incredulidad" y “escepti­cismo". Ello no le impidió a la Oposición repudiar sin ambages el nuevo plan quinquenal. Un año y medio más tarde, el Gosplan elaboró un tercer plan quinque­nal con un ritmo de incremento anual del veintinueve por ciento. El crecimiento coincidía -mucho más de lo que se podía esperar- con el pronóstico hipotético que lanzó la Oposición en 1925, y refutó totalmente las ruidosas acusaciones de romanticismo industrial y demagogia. Tal es la breve prehistoria del asunto.

El incremento real de la industrialización en el primer año del plan quinquenal (1928-1929) superó al plan en un diez por ciento. Basándose en ese éxito, la dirección resolvió inmediatamente cumplir el plan quinquenal en cuatro años. En contra de esa política, la Oposición inmediatamente hizo oír su voz de alerta, esta vez desde la “derecha". ¿Qué sosteníamos?

1. Es imposible que el proyecto de plan quinquenal no contenga desproporciones. Las mismas se irán acu­mulando a medida que se lo vaya cumpliendo y podrían producir manifestaciones graves -si no en el primer año, en el segundo o en el tercero- que detendrían el crecimiento. Antes de imprimirle a la industria un ritmo mayor, debemos -hablando en términos militares- examinar cuidadosamente los contrafuertes o empalmes en los que confluyen todas las ramas de la industria.

2. La notable disminución de la calidad de los pro­ductos, que ya es sumamente baja, constituye un gran peligro no sólo para el consumidor sino también para la industria, porque ésta es el principal consumidor de productos. La baja calidad redundara inevitablemente en una drástica disminución de la cantidad de pro­ductos.

3. No se debe separar el problema de los ritmos de desarrollo industrial del de los niveles de vida de las masas trabajadoras, porque el proletariado constituye la principal fuerza productiva, y sólo el alza correspondiente de su nivel material y cultura] puede garantizar un elevado ritmo de industrialización para el futuro. Otorgamos a esta cuestión una enorme importancia.

Estos son los tres factores principales que llevaron a la Oposición a levantar su voz de alerta contra el alza irresponsable de los ritmos que vino a remplazar el retraso económico del periodo anterior. Si en 1923-1928 el Buró Político del partido, sin comprender las inmensas posibilidades inherentes a la industria nacionalizada y la producción con métodos planificados, estaba dispuesto a aceptar un ritmo de crecimiento del cuatro o el nueve por ciento, ahora, al no tener en cuenta las limitaciones materiales de la industrialización, salta irresponsablemente del veinte al treinta por ciento tratando en forma aventurera de transformar cada conquista parcial y temporal en norma absoluta, y desconociendo totalmente la dependencia mutua de las distintas fases del proceso industrial.

Cuando exigimos que se abandonen los esfuerzos tendientes a lograr un aumento de la cantidad formal, y que se busque mejorar la calidad real, ¿significa que llamamos a retroceder desde las conquistas logradas? Cuando exigimos que se utilice parte del producto acumulado para satisfacer las necesidades inmediatas de los trabajadores, ¿significa que ponemos en peligro la industrialización? Cuando exigimos que, antes de transformar la tasa del crecimiento anual del treinta por ciento en una ley de hierro, estudiemos la interrela­ción entre las distintas ramas de la industria y la econo­mía nacional en su conjunto desde el punto de vista de la productividad del trabajo y los costos de producción, ¿significa que queremos retroceder a las posiciones que Stalin sustentaba ayer?

Si el problema admite una solución tan sencilla, ¿para qué detenernos en el treinta por ciento? El cincuenta por ciento es más. Quien no desea “retroce­der" debe enarbolar, por lo menos, la bandera del setenta y cinco por ciento. ¿Acaso el treinta por ciento está destinado a convertirse en norma? ¿Destinado por quién? ¿Cómo? Los infelices dirigentes llegaron a esta norma al chocar ciegamente con ella en las primeras etapas del cumplimiento del plan del veinte por ciento, al que ellos mismos habían combatido con uñas y dientes durante varios años. Ahora parece que sólo el treinta por ciento es leninista. El que les diga a los atemorizados oportunistas que no pierdan la cabeza, que no lleven a la industria a una severa crisis, vean ustedes, “no difiere en absoluto y en nada de los social-demócratas". ¡En absoluto, en nada!

¡Qué gente bromista!

 

Colectivización

 

El asunto se agrava más aun, si cabe, en relación a la política agraria. Durante algunos años el Buró Político construyó su política agraria sobre la idolatría al poderoso campesino medio y la economía campesina individual en general. Al kulak lo ignoraron o lo decla­raron insignificante, hasta que acaparó el cuarenta por ciento de los granos comerciables y para colmo se trans­formó en la dirección del campesinado medio. El kulak creó sus propios vínculos y canales económicos y se negó a entregar el grano a la industria guberna­mental. Después de esto (para ser exactos, después del 15 de febrero de 1928), la dirección, tardíamente sorprendida y asustada, cayó sobre el kulak con una lluvia de medidas administrativas que inmediatamente atas­caron la circulación de mercancías campesinas, prácti­camente liquidaron la NEP y arrojaron al campesino medio a un callejón sin salida.

Cuando decimos que este callejón sin salida fue el punto de partida para el nuevo capitulo de la colectivización no descubrimos ni inventamos nada nuevo. Nos limitamos a repetir lo que la prensa oficial soviética afirmó en repetidas ocasiones. Cuando Iaroslavski llora porque “a ni un solo reaccionario se le ha ocurrido una explicación tan abominable", demuestra simplemente que, absorbido en la lectura de la correspondencia de la Oposición, el pobre hombre no lee los artículos económicos de la prensa soviética. Iaroslavski se agita sobremanera cuando afirmamos que los campesinos medios vienen oscilando entre la colectivización total y la gue­rra civil. Tacha esta afirmación de “traición total". (El vocabulario de este espía no es muy rico.) Pero toda la prensa soviética está llena de informes de que los cam­pesinos, es decir los campesinos medios, destruyen y venden su ganado y sus aperos con una rapacidad fe­roz. Todos los dirigentes califican esta situación como “amenazante". Los diarios la atribuyen a la influencia del kulak. Pero aquí no se puede hablar de influencia “ideológica", sino sólo de vínculos económicos entre el kulak y el campesino medio, de cierto grado de inter­dependencia que atraviesa al conjunto de la economía campesina de mercado, de la economía mercancía-dine­ro del campesinado. La venta mayorista de ganado co­mo fenómeno de masas no es más que una forma de guerra civil discreta, saboteadora. Por otra parte, la tendencia a ingresar a las granjas colectivas también reviste un carácter masivo. ¿No es indudable que el carácter dual del campesino medio, que combina en su persona al trabajador con el mercader, alcanzó en esta etapa su expresión más contradictoria? El campesino medio oscila entre la colectivización y la guerra civil, y en cierta medida combina ambos fenómenos. Allí resi­de la gravedad de la situación y sus peligros. Se decu­plicará si no lo comprendemos oportunamente.

En la época en que las tres cuartas partes del Buró Político y el noventa por ciento del aparato guberna­mental se orientaban hacia el “poderoso campesino" -el kulak-, la Oposición exigía que se tomaran medi­das enérgicas en favor de la colectivización agraria. Re­cordemos que el programa de la Oposición formulaba esas exigencias de la siguiente manera:

“Al incremento de la propiedad privada en el campo se debe contraponer un desarrollo más rápido de la pro­piedad colectiva agraria. Es necesario subsidiar de ma­nera sistemática y año tras año los esfuerzos que hacen los campesinos pobres por organizarse en granjas co­lectivas" [La verdadera situación en Rusia, p. 68].[2]

Y más abajo:

“Se debería destinar sumas de dinero mucho mayo­res para la creación de granjas colectivas y estatales. Habría que otorgar las máximas concesiones a las gran­jas colectivas recientemente organizadas y a otras for­mas de colectivización. Las personas privadas de dere­chos electorales no pueden ser miembros de propieda­des colectivas. Todo el trabajo de las cooperativas tendría que estar imbuido de la conciencia del problema de transformar la producción en pequeña escala en pro­ducción colectiva a gran escala. Se debe emplear una enérgica política clasista para la provisión de maquina­rias y librar una lucha especial dirigida contra las em­presas fraudulentas de maquinarias" [ibíd, p. 71].

No establecimos a priori un ritmo de colectivización porque para nosotros ésta era (y sigue siendo) una mag­nitud derivada del ritmo de industrialización y de una serie de factores económicos y culturales adicionales.

Dos años después el plan del Buró Político esbozó la colectivización de la quinta parte del campesinado en el curso del plan quinquenal. Suponemos que Krzhiz­hanovski no soñó con esta cifra, sino que la elaboró en base a consideraciones de índole técnica y económica. ¿Fue así, o no? Sin embargo, en el transcurso de los primeros dieciocho meses se colectivizó a las tres quintas partes del campesinado. Aun en el caso de que una co­lectivización de tanto alcance fuera una gran conquista del socialismo, debemos afirmar que la bancarrota total de la dirección es un hecho, porque la economía planificada supone que la dirección prevé en cierta medida el curso de los procesos económicos fundamentales.

Pero no hay ni rastros de ello. Bujarin, el nuevo, el reconstituido, el totalmente colectivizado e industrializa­do Bujarin, reconoce en Pravda que la nueva etapa de la colectivización fue fruto de medidas administrativas to­madas en la lucha por el pan y que la dirección no pre­vió esta etapa “con todos sus fenómenos concretos". No está mal dicho. Los errores de ritmo contenidos en la planificación suman el mil por ciento. ¿Y en qué terre­no? No en el de la producción de dedales, sino en el de la transformación socialista de toda la agricultura. Es claro que ni Stalin ni Iaroslavski previeron algunos de estos “fenómenos concretos". Aquí Bujarin da en el clavo.

Como se sabe, nosotros jamás atribuimos a la direc­ción actual un exceso de perspicacia clarividente. Pero nunca habría podido cometer tamaño error si la colec­tivización se hubiera encarado luego de convencer a los campesinos, en base a la experiencia, de las ventajas de la economía colectiva a gran escala sobre la indi­vidual.

Desde luego, ni por un instante cuestionamos el ca­rácter profundamente progresivo y creador de la colec­tivización. Estamos dispuestos a suponer condicionalmente que su alcance corresponde aproximadamente con el del plan quinquenal. Pero, ¿de dónde salió el éxito adicional del mil por ciento? ¡Hay que explicarlo! Supongamos que en el transcurso de los últimos doce años el trabajo de las granjas colectivas cosechó éxitos tan grandes que pudo convencer al conjunto del campe­sinado de que la colectivización general es ventajosa y además factible. Esta convicción, claro está, sólo podrían impartirla las granjas colectivas que dispusieran de tractores y otras maquinarias. Es de suponer que la abrumadora mayoría de los campesinos medios reco­noce hoy en día las ventajas de trabajar la tierra con tractores. Pero la “tractorización" total no es una con­secuencia de ello, porque lo que se necesita no es la convicción de las ventajas del tractor, sino el propio tractor. ¿Expusieron las autoridades ante los campesi­nos la verdadera situación referente a las posibilidades técnicas disponibles? ¡No! En lugar de poner coto a una colectivización hija del pánico, la fomentaron con sus presiones enloquecidas. Es cierto que ahora, para de­fender el error del ritmo de mil por ciento, se ha creado una nueva teoría que le otorga al problema de los re­cursos técnicos el décimo lugar en importancia y sos­tiene que la agricultura socialista (“de tipo manufac­turero") se puede construir en base a un catecismo, in­dependientemente de los medios de producción. Por nuestra parte, estamos resueltos a rechazar esta teoría mística. No creemos en esa concepción del socialismo. Además, declaramos una guerra implacable contra esta mitología, porque la desilusión inexorable de los cam­pesinos amenaza con generar una seria reacción contra el socialismo en general, reacción que bien podría ex­tenderse a importantes sectores obreros. Stalin no previó la inevitabilidad de su última retirada en vísperas de la misma, así como tampoco previó la colectivización total seis meses antes, cuando se ocu­paba de banales “teorías" acerca de lo inoportuno que resulta un régimen socialista para las aves de corral de los campesinos. Los últimos cables informan que Stalin logró marchar una buena distancia... no hacia adelan­te (¡oh sabio Iaroslavski!) sino hacia atrás: de la colectivización del sesenta por ciento de la propiedad a la del cuarenta por ciento. No tenemos la menor duda de que deberá seguir retrocediendo hasta un porcentaje bas­tante menor, siempre a la zaga del proceso real. Al pre­verlo hace varios meses -en el periodo más álgido de la campaña de colectivización-, advertimos contra las consecuencias del aventurerismo burocrático. Si el par­tido hubiera leído nuestras advertencias tal como las formulamos, no como las distorsiona tardíamente Iaros­lavski, se habrían evitado o por lo menos atenuado muchos errores.

 

Nuestra consigna de colaboración con la Unión Soviética

 

La crisis inminente de la economía soviética coinci­de con la crisis creciente del capitalismo mundial. En última instancia, esta coincidencia obedece a razones compartidas. El capitalismo mundial se sobrevivió a sí mismo, pero el sepulturero todavía no está preparado para su tarea. La crisis de la economía soviética, ha­ciendo abstracción de los errores de la dirección, es una consecuencia económica del aislamiento de la URSS, es decir, del hecho de que el proletariado mundial todavía no ha liquidado el capitalismo. El problema de la revo­lución proletaria es el problema de la organización de la economía socialista a escala mundial. Para Europa, cu­yo capitalismo pasó el punto de maduración y está en descomposición, la revolución proletaria significa antes que nada la unificación económica del continente.

La única manera en que podemos y debemos pre­parar a los obreros europeos para la conquista del poder es demostrándoles las ventajas incalculables que tiene una organización correctamente planificada de la eco­nomía socialista, primero a nivel paneuropeo y luego a nivel mundial. La consigna de los estados unidos sovié­ticos de Europa, hoy más imperiosa que nunca, es, em­pero, deficiente en su forma política abstracta. Es ne­cesario darle a esta consigna un contenido económico concreto. La experiencia económica de la Unión Sovié­tica basta para crear una variante ejemplarizadora del plan basada en la colaboración económica entre la URSS y los países industriales de Europa. En la última instancia histórica, la URSS no tiene otra forma de su­perar sus crecientes contradicciones internas. Tampoco Europa tiene otra salida a la crisis (desocupación, el creciente dominio de Norteamérica, la perspectiva de nuevas guerras). El problema de la colaboración sólo será resuelto en toda su envergadura mediante una re­volución proletaria y la creación de los estados unidos soviéticos de Europa que, por intermedio de la Unión Soviética, se vincularan también al Asia liberada.

Hay que dirigir a los obreros europeos con esta perspectiva. Es necesario presentarles un plan claro y amplio de colaboración económica basado en los coefi­cientes de crecimiento excepcionalmente elevados que un país tan aislado y atrasado como Rusia fue capaz de lograr. Esta es la incalculable importancia revoluciona­ria de la consigna de colaboración económica con la URSS siempre que se levante correctamente, es decir, de manera revolucionaria.

En las circunstancias imperantes esta consigna es, sobre todo, una de las armas más valiosas para movili­zar a los desocupados y a todos los trabajadores contra la desocupación. No se trata solamente del posible en­vío de mercancías a la Unión Soviética, por importante que sea este aspecto. Se trata de salir del impasse his­tórico, de crear posibilidades económicas enteramente nuevas, de una economía europea unificada. Teniendo en sus manos ese plan “supranacional" concreto basa­do en nuestra experiencia, el obrero comunista puede y debe acercarse al obrero socialdemócrata. Este es, en las circunstancias creadas por la crisis, el enfoque más importante de la reconstrucción socialista de Europa. Con una aplicación acertada de la política del frente único, la consigna de colaboración con la URSS y de transformación de Europa puede convertirse en la cuña que separará a grandes sectores de obreros socialdemó­cratas de sus dirigentes actuales.

Pero para ello debemos, en primer lugar, liquidar, rechazar y repudiar la teoría del socialismo en un solo país. Tenemos que explicar claramente al proletariado mundial que los rusos no están construyendo un hogar socialista para ellos solos y que esa estructura es, en general, imposible de construir a escala nacional. Están construyendo un muro del hogar socialista europeo y mundial. Cuanto más avancen, más difícil les resultará construir esta pared porque la misma podría derrum­barse si no se construyen otras oportunamente. No se puede siquiera hablar de techar el muro nacional. De­bemos iniciar un trabajo simultaneo en otros países se­gún un plan común. El gobierno de la Unión Soviética debe elaborar este plan, o al menos sus lineamientos fundamentales, para el impetuoso crecimiento material y espiritual de los pueblos de Europa y el mundo entero.

Ese es el significado amplio de la consigna de cola­boración económica con la Unión Soviética, dadas las circunstancias históricas imperantes. Pero esa política requiere una revisión drástica de la teoría y práctica de la dirección soviética. Los Iaroslavskis son muy poco aptos para esa política.

 

¿Desde la derecha o desde la izquierda?

 

Como era de prever, Iaroslavski ahora “atestigua" que la Oposición de Izquierda se pasó a la derecha. Cuando nos pronunciábamos contra la tasa de desarrollo industrial del cuatro por ciento y a favor de la del veinte por ciento, éramos “ultraizquierdistas". Ahora que prevenimos contra el salto por encima del treinta por ciento, el empeoramiento de la calidad de la pro­ducción y las exigencias desmedidas a la fuerza de tra­bajo, somos “derechistas".

Cuando nos opusimos a la política termidoriana de confiar en el poderoso campesino medio y exigimos que se aplicara una política de colectivización, nos denun­ciaron por "ultraizquierdistas". Ahora que, propagan­dizamos el ateísmo, nos pronunciamos en contra del mito de la inmaculada concepción del socialismo, somos “derechistas".

Desde que los pies de Molotov se convirtieron en la norma de medida de todas las cosas, los problemas se resuelven con gran facilidad.

Todos los mencheviques, cacarea Iaroslavski, se pronunciaron en contra de los ritmos de industrializa­ción y colectivización actuales. Queda claro, entonces, que la Oposición comparte la posición menchevique. Iaroslavski busca asustar a alguien. ¿A nosotros? No; trata de intimidar a su propia gente... porque escucha el chirrido del aparato.

El menchevismo aboga por el retorno de la URSS al capitalismo, coronado, para satisfacción menchevique, por la democracia burguesa. Digamos de paso que los mencheviques apoyaron el plan industrial stalinista de ayer contra el programa de la Oposición, pues ve­nían en el primero elementos de “realismo” económico y tachaban al segundo de “romántico”. Este es un he­cho histórico. Es de por sí evidente que ahora los men­cheviques también están a favor de la reducción del ritmo de industrialización. ¿Significa esto que, desde el punto de vista marxista, los ritmos de industrialización en general no tienen límites?

Es notable que en el mismo artículo Iaroslavski ha­ble con gran satisfacción del viejo social-revolucionario Minor, que en un discurso pronunciado en algún mitin en París habló a favor de la colectivización en la URSS. Desde el punto de vista personal, es una declaración que honra a Minor, porque demuestra que tiene una conciencia socialista y trata de comprender qué está ocurriendo Sin caer en los prejuicios maliciosos de un pequeño burgués ofendido. Pero desde el punto de vis­ta político, no debe olvidarse por un sólo instante que Minor es uno de los más viejos narodnikis[3] y, en virtud de todo su pasado, el más impermeabilizado contra las ideas marxistas. ¿Cuántas veces polemizaron violentamente los marxistas con los populistas utópicos y su concepción de la construcción del socialismo basado en el arado primitivo y la comuna campesina? El socialis­mo agrario tenía la marca del aventurerismo en los so­cial-revolucionarios de izquierda y un carácter burocrá­tico en los social-revolucionarios de derecha. Los ele­mentos aventureristas y burocráticos se unen en la po­lítica stalinista. No es de extrañar que Minor encon­trara en el nuevo stalinismo algunos elementos de su viejo pasado.

Una manera de definir el bolchevismo es que su práctica constituyó la síntesis más notable de reforma y revolución. Al principio la socialdemocracia estaba a fa­vor de la reforma y en contra de la revolución; ahora se opone incluso a la reforma por temor a la revolución. La socialdemocracia siempre estuvo en contra de la revo­lución. ¿Significa eso que el negar que exista una situa­ción revolucionaria en un momento dado es menche­vismo?

Los mencheviques se opusieron a la Revolución de Octubre, junto con Zinoviev, Kamenev, Rikov, Miliu­tin[4] y otros. Los mencheviques (junto con Stalin) se opusieron a la ofensiva revolucionaria en Alemania en 1923. Los mencheviques se opusieron a la ruptura con el Kuomintang y la construcción de soviets en China en 1925-1927, apoyando abiertamente a Stalin contra nuestras posiciones. Cuando exigimos que se declarara la guerra contra el Consejo General del Congreso Sindi­cal en el conflicto del carbón británico en 1926, los men­cheviques, junto con Stalin, tacharon la propuesta de “aventura".

También se opusieron a la insurrección de Esto­nia de 1924, a la aventura terrorista de Bulgaria, a la insurrección de Cantón de 1927. ¿Significa eso que de­bemos apoyar u organizar insurrecciones aventureras?

En nuestro trabajo sobre el “tercer periodo” de­mostramos con estadísticas y hechos que Molotov y Cía. revelan una irresponsabilidad criminal al declarar que Francia se encuentra en el umbral de la revolución. Es posible que los reformistas y capitalistas traten de consolarse con nuestras estadísticas. ¿Significa eso que debemos ignorar las estadísticas y los hechos? ¿Que debemos apagar la linterna? ¿Deambular en la oscuridad?

En base a esta síntesis breve e incompleta vemos que, en todos los momentos críticos en el transcurso de los últimos trece años, los mencheviques, junto con los epígonos, negaban la existencia de una situación revo­lucionaria siempre que ésta se producía. En todas esas instancias estuvieron contra nosotros. En cambio, la posición de los mencheviques casualmente “coincidió” con la nuestra, de manera episódica y puramente for­mal, cada vez que repudiaban la insurrección en sí, a la vez que nosotros negábamos que existieran las condi­ciones para el triunfo de una insurrección. Lo mismo ocurre ahora con el ritmo de industrialización y colec­tivización.

 

Seguidismo o aventurerismo

 

A algunos camaradas les perturba que denunciemos la política actual del stalinismo como aventurerismo ul­traizquierdista Uno de nuestros amigos demuestra que, desde el punto de vista de la dirección, la “colec­tivización total” no tiene un carácter aventurero sino puramente “seguidista" Aquí no hay ninguna contradicción. El “seguidismo" desemboca siempre e inexo­rablemente en el aventurerismo ultraizquierdista, in­directa o directamente. La regeneración del bolchevis­mo entraña inexorablemente la descomposición quími­ca de los elementos de oportunismo y "revolucionarismo" hueco.

No debe olvidarse que puede haber dos tipos de aventurerismo. Uno expresa la impaciencia revolucio­naria de la vanguardia y desemboca en avances exce­sivamente precipitados; el otro expresa la desespera­ción política de la retaguardia que se queda atrás. Es indudable que ciertos bolcheviques aportaron a las ma­nifestaciones de abril y julio de 1917 algunos elementos de aventurerismo. La misma tendencia, pero con una expresión mucho más grave y con consecuencias mu­cho peores, se puede observar en la insurrección de los espartaquistas de 1919[5], cuando trataron de saltar la etapa de la Asamblea Constituyente. En cambio, la tác­tica de la dirección alemana en las Jornadas de Marzo de 1921 fue el intento de lanzar una insurrección cuando la oleada estaba en reflujo. La táctica de la dirección ultraizquierdista alemana en 1924 fue el complemento aventurero del seguidismo de 1923.[6] La insurrección de Cantón de 1927 fue la transformación aventurerista del oportunismo de 1925-1927, y constituye junto con ella un ejemplo clásico de la desesperación de la re­taguardia.

El movimiento de los campesinos hacia las tierras colectivas, fruto de una combinación de medidas econó­micas y administrativas, se convirtió en una fuerza irre­sistible. La política de la burocracia era en el fondo un modelo de seguidismo. Pero la burocracia no sólo pro­clamó que esta política constituía su mayor conquista -“¡Ya que vamos a pasear, hagámoslo en serio!", gritó el loro cuando el gato lo arrastraba por el rabo- sino que aplicó una tremenda presión sobre el campesi­nado levantando la bandera de la liquidación de las clases. El seguidismo se transformó directamente en aventurerismo.

¿Puede llamarse ultraizquierdismo a este aventu­rerismo, y decir que nosotros, los de la Oposición, lo atacaremos desde la derecha? Desde el punto de vista estratégico carecería, por supuesto, de sentido, porque la oscilación táctica de Stalin Socava la estrategia revo­lucionaría de la clase. No obstante, tácticamente, este zigzag de los stalinistas no es hacia la derecha sino hacia la ultraizquierda: no se lo puede llamar de otra manera.

Cuando elaborábamos las tácticas y la estrategia en el Tercer Congreso de la Comintern, rechazamos el aventurerismo ultraizquierdista de Zinoviev, Bela Kun, Maslow[7] y demás. Lenín no tuvo temor de afirmar que esta vez los criticaba desde la derecha. Esto confundió a algunos amigos. El fetichismo de las palabras es un mal desagradable.

El curso derechista como línea estratégica significa confiar en el campesino capitalista de la aldea: capita­lismo en cuotas. En los Primeros años Stalin avanzó mucho por este camino. En la actualidad se desplaza en la dirección opuesta. El programa de liquidación admi­nistrativa del kulak es la caricatura ultraizquierdista de una línea revolucionaria. Tácticamente estamos, por el momento, a la derecha de la oscilación. Estratégicamente, nos mantenemos en la misma línea revolu­cionaria.

El 14 de julio de 1929, cuando ya se hacía sentir el giro oficial a la izquierda, escribí a Cristian Rakovski y a otros exiliados lo siguiente:

“Luego de que los seguidistas desaprovecharon la situación revolucionaría alemana de 1923, se produjo un profundo zigzag ultraizquierdista (1924-1925). La oscilación hacia la ultraizquierda desembocó en canales derechistas: la lucha contra los industrializadores, el coqueteo con La Follette y Radich, la Internacional Campesina[8], el Kuomintang, etcétera. Cuando el ul­traizquierdismo se estrelló contra la derecha, cambió su curso hacia ella. Por lo tanto, no es inconcebible que nos encontremos ante una extensión del mismo fenó­meno en una nueva etapa, es decir, ante el ultraizquierdismo que se apoya en premisas oportunistas. Sin embargo, es posible que las fuerzas económicas con­tingentes destruyan la política ultraizquierdista en el comienzo mismo e impriman inmediatamente un giro decisivo hacia la derecha."

Puesto que la tarea principal de Iaroslavski es vigi­lar la correspondencia de la Oposición, le resultará fá­cil compulsar esta cita. Ni el ultraizquierdismo stali­nista ni el ultimo viraje a la derecha nos tomaron por sorpresa. Como marxistas no debemos orientarnos con base en la psicología de los burócratas sino con base en las “fuerzas económicas contingentes".

 

¿Debemos llamar “a retirada”?

 

El camarada antes mencionado afirma la idea de que la consigna de “retroceder" no nos conviene. Así y todo, dice, Stalin seguirá retrocediendo. ¿Vale la pe­na que nos sumemos al coro vocinglero de estos politices rastreros? Si se tratara de un estado burgués, esa crítica sería justa. No tenemos la menor obligación de aconsejar a la burguesía más democrática y socialdemó­crata cómo salir de sus dificultades. Por el contrario debemos explotar implacablemente todas sus dificultades para levantar a la clase obrera contra el estado capitalista. La posición de Urbahns en relación a la URSS es la caricatura de la política marxista en relación al estado burgués. Pero, a pesar de las mil y una menti­ras de Iaroslavski, considerábamos y seguimos conside­rando que el estado soviético es un estado proletario Aunque Iaroslavski nos atribuya la frase sobre “la muerte inevitable de la Revolución de Octubre" en ba­se a “citas” tomadas del Biulleten, este honorable espía miente. Jamás lo dijimos, jamás lo escribimos y jamás lo pensamos, aunque no nos ocultamos, a noso­tros mismos ni al partido, que a la Revolución de Octu­bre la acechan gravísimos peligros a consecuencia de los errores monstruosos del último periodo la Oposi­ción no identifica al estado soviético con Iaroslavski ni con Stalin. Considera al estado soviético su propio estado y lo defenderá tanto de sus enemigos de clase declarados como de sus usurpadores internos, entre los cuales Iaroslavski no ocupa el último lugar.

En el mismo artículo acerca de “la evolución de los trotskistas" Iaroslavski repite una vez más que “hace un ano L. D. Trotsky estaba convencido de que nuestro partido se vería obligado a pedirle que vuelva para brindar su ayuda". En ese sentido se dice que Trotsky ad­virtió a quienes “lo acompañaban" (agentes de la GPU) que probablemente se le llamaría para salvar la situa­ción en cuestión de pocos meses. ¡Iaroslavski miente! No dije eso. No hablé de esa manera. Afirmé, junto con toda la Oposición, que el país está entrando en un período de nuevas dificultades en un plano histórico más elevado, que la dirección no ve nada y no prevé que estas dificultades podrían provocar una seria crisis en dos años, un año o inclusive en pocos meses. Entonces, di­je, se verá que tanto el aparato gubernamental como el partido están invadidos por burócratas, arribistas, trai­dores, políticos, etcétera, pero que la Oposición seguirá luchando abnegadamente junto al núcleo revolucionario del partido. Se avergonzarán ustedes, dije a mis “acompañantes", si tienen que sacar a los militantes de la Oposición de las cárceles y el exilio para que pres­ten ayuda en ese momento difícil. Este pronóstico sigue siendo válido hasta el día de hoy. Lo que es más cierto que antes, es que su carácter es más real y apremiante.

 

Halagos al campesinado

 

Al campesinado se lo arrastra económicamente de un lado a otro de la manera más grosera e insensata. Iaroslavski complementa este curso con la más obscena adulonería política. Sobre mi frase de que el campesinado, al encontrar que las puertas del mercado están cerradas, “se lanza al galope" hacia la colectivización, Iaroslavski comenta: “Trotsky, que igual que en el pa­sado sigue creyendo que el campesinado es una fuerza enemiga, no lo ve como otra cosa que ganado que ’se lanza al galope’ hacia las puertas abiertas de la colectivización”. Nunca comparé al campesinado con el ga­nado. Para hacer esa clase de comparaciones hace fal­ta la psicología lacayuna de Iaroslavski. En ningún mo­mento consideré al campesinado como una fuerza ene­miga; tampoco lo considero una fuerza socialista cons­ciente. El campesinado es contradictorio. Su dependencia de las fuerzas elementales de la naturaleza sigue siendo, aun hoy, terriblemente fuerte, debido al carác­ter tan disperso e impotente de su economía. Ya Marx y Engels[9] hablaban del idiotismo de la vida rural. Los po­pulistas dijeron no pocas idioteces al respecto y dedujeron del Manifiesto Comunista una supuesta animosidad de los marxistas contra el campesinado. ¿En qué se diferencia Iaroslavski de ellos? En la medida en que el campesino es realista en cuanto a todo lo que hace a su entorno inmediato, se convierte en juguete del ins­tinto ciego en los problemas más amplios.

Toda la historia del campesinado nos muestra que éste, después de décadas y siglos de pesada inmovili­dad, se arroja hacia una u otra dirección. Los soldados campesinos aplastaron la revolución de 1905. El cam­pesinado eligió a los social-revolucionarios para la Asamblea Constituyente de 1917, pero luego ayudó a los bolcheviques a expulsar a los "social-revoluciona­rios". ¿Cuántas veces salió al galope en talo cual direc­ción durante la Guerra Civil, antes de jugar su suerte definitivamente a favor de la del estado soviético? Para liberar al campesino de las fuerzas elementales que oprimen su conciencia, es necesario “descampesinizarlo". Esa es la tarea del socialismo. Pero no la resuelve la colectivización Bino la revolución de la tecnología agraria. El campesino de vanguardia comprenderá tar­de o temprano que el militante de la Oposición es mu­cho más clarividente en materia de economía campesi­na que los burócratas gobernantes.

Es evidente que el destino quiso gastarle una buena broma a Iaroslavski. En el mismo número de Pravda (30 de marzo) en el que aparece este artículo malicioso y lamentable, se informa de un discurso que pronunció Bulat ante la sesión plenaria de la conferencia distrital de Moscú. Dice Bulat que en una de las secciones “las tendencias derechistas dentro de la organización parti­daria eran muy fuertes. El comité distrital removió a varios funcionarios importantes. Y luego toda la orga­nización se arrojó hacia la ‘izquierda’ hasta efectuar un “viraje completo" Esta cita es textual. El discurso no se refiere a una masa campesina sino a una organización partidaria, que supuestamente corporiza la conciencia de la clase obrera. Y el dirigente oficial nos dice que después de expulsar a varios “derechistas", la organi­zación “se arrojó" hacia el ultraizquierdismo. Esto es mucho más típico del “ganado", para emplear el voca­bulario lacayuno de Iaroslavski.

No obstante, el cuadro que pinta Bulat simboliza la suerte del partido en estos dos últimos años. Después del curso ultraderechista, cuyo teórico fue Bujarin, el partido, atontado por el aparato stalinista, salió al galo­pe hacia la colectivización total. Si para el campesinado precipitarse de un lado a otro constituye un infortunio histórico, para el partido, en tanto que selección cons­ciente, constituye no sólo un infortunio sino también una vergüenza. Es el régimen stalinista, en el que Iaroslavski ocupa un lugar vergonzoso pero no carente de importancia, el que arrojó al partido a esta desgracia.

 

Acerca de los adulones y calumniadores en general

 

Pero, ¿a cuál de mis viejas posiciones acerca del campesinado como fuerza enemiga se refiere Iaros­lavski? ¿No serán acaso las que expresé, digamos, hace treinta años, durante mi primer exilio, y que Iaroslavs­ki alabó con tanto entusiasmo en la primavera de 1923? “A su alrededor -escribió Iaroslavski-, Trotsky sólo veía la aldea. Se condolía de sus problemas. Lo depri­mían su aislamiento y su falta de derechos", etcétera. Iaroslavski consideró oportuno ensalzar la atención ex­cepcional que le presté al campesinado y mi intimo co­nocimiento de todo lo que tuviera que ver con la vida campesina, y llegó a exigir que se reunieran en un texto todos mis escritos juveniles sobre el campesinado, para que lo estudiara la joven generación. ¡Esto es textual!

Mencioné en mi autobiografía esta reacción grose­ramente adulona para arrojar a la cara de Iaroslavski y de muchos otros de mis detractores sus propias palabras de ayer. Al respecto, Iaroslavski habla ahora de la "autoadulación” en la autobiografía de Trotsky. Sólo olvida agregar que esta “autoadulación" consiste en­teramente de citas tomadas a quienes han dirigido la campaña de veneno y calumnias -cuyas dimensiones no registran precedentes en la historia - durante los últimos siete años. Remover este montón de basura no me causa ningún placer. No lo pondrá en duda ningún revolucionario ni cualquier persona racional, no enve­nenada por el espíritu degradante del burócrata arribista. Sólo cumplí con lo que constituía, a mi mejor sa­ber y entender, mi deber revolucionario. Stalin y sus Iaroslavskis me odian precisamente porque represento un sistema de ideas que ellos repudian.

En aras de esta lucha consideraron necesario remo­ver toda la historia del partido y la revolución, sin dejar piedra sin volcar. Derrotar el frente de los calumniadores no obedecía tanto a razones de autodefensa perso­nal como de necesidad política. Lo hice en varias obras, en los libros La revolución desfigurada, Mi vida y, por último, La revolución permanente. En todos estos tra­bajos pongo al desnudo, en base a datos históricos exactos, la telaraña fraudulenta de la escuela stalinista, en la que Iaroslavski ocupa un vergonzoso primer lugar. Frente a estos libros, que ya aparecieron en varios idiomas y se los sigue traduciendo y publicando, los sta­linistas mantienen un silencio absoluto. Que traten de refutar mi tesis. Que nieguen esas contradicciones di­famantes, falsificaciones y calumnias de las que los acuso en base a documentos incontrovertibles y más frecuentemente a sus propias declaraciones previas. Que nieguen una sola de las citas que empleo, una sola de las pruebas que presento. No pueden: sus propios actos los condenan. Atrapados por sus propias contra­dicciones, comprometidos por sus propias negativas, la de sus mentiras revela su impotencia ideológica. La vida no se detiene. La vida continúa, y a cada paso confirma las críticas y pronósticos de la Oposición.

 

¿Por qué una nueva polémica?

 

¿Por qué después de todas las liquidaciones, aplas­tamientos y funerales de la Oposición, Iaroslavski se considera obligado a iniciar una polémica de tan alto vuelo principista con la Oposición? Más correctamente, ¿por qué se le encarga a él que lo haga? El espía se vio obligado a citar el Biulleten Opozitsi, aunque con las más groseras distorsiones, y a divulgar, en parte por necesidad, en parte por irresponsabilidad, cosas que le vienen muy mal a la fracción stalinista.

Si echamos una mirada más de cerca al articulo de Iaroslavski, sólo podemos llegar a la conclusión de que lo escribió principalmente para asustar a las capas más bajas del aparato de Stalin. Al tomar citas del Biulleten que le hacen un favor muy flaco a Stalin, Iaroslavski se dirige a alguien: ¿Escuchan lo que dice la Oposición? Cuidado con repetirlo! Al aumentar la presión desde abajo, crece el miedo en el aparato, crecen las dudas de la dirección y crece el coro de voces que repudian el viraje más reciente. Por eso precisamente Iaroslavski hace esa referencia tan inesperada a las esperanzas que alberga Trotsky de que se lo convoque para "salvar" a la revolución. Iaroslavski actuó con excesivo celo; se adelantó demasiado y reveló en demasía su miedo. Se escucha un crujido en el aparato y Iaroslavski "asus­ta”... ¿a quién? A su propia gente. Siéntense bien, guarden silencio. Tengan confianza en la dirección o no, mantengan silencio; no provoquen dudas; ¡si no, el aparato correrá peligro ante la “intervención" del trotskismo! Este es el sentido del artículo de Iaroslavs­ki; ésa es su música política.

Pero su música ya no puede ahogar el crujido del aparato. Como fruto de las últimas experiencias, que -demostraron que la dirección actúa con la mayor inconsciencia, las diferenciaciones en el seno del partido sufri­rán un fuerte incremento. La derecha crecerá, produci­rá nuevos dirigentes, quizás de nombres menos conoci­dos pero más importantes y persistentes. Hay que pre­ver ese peligro. Pero también se producirá -induda­blemente ya se está produciendo- un gran despertar en el partido.

Día a día se hará más fuerte el deseo de comprender cómo se relaciona este último salto a la izquierda con la “línea general" en su conjunto, que -¡ay!- jamás existió en la realidad. Es posible que la discusión de precongreso no sea tan tranquila como lo desearían los elementos bonapartistas de la burocracia. La noticia de que Stalin intentó postergar nuevamente el congreso hasta el otoño, es decir, completar un nuevo “vuelco" de alternativa, que ya seria el número ciento uno, y que su propio Comité Central opuso resistencia, es muy digna de crédito y a la vez altamente sintomática. Sig­nifica que el partido comienza a despertar.

Ante la Oposición se abre un nuevo capítulo, un ca­pítulo de gran responsabilidad. Fuera de ella nadie le dará al partido un panorama claro de lo que está ocu­rriendo, lo que está indisolublemente ligado a la política de todo el período posterior a la muerte de Lenin. Sólo la Oposición es capaz de darle al partido una orienta­ción principista correcta.

El espía cita nuevas declaraciones de arrepentimiento y voces escépticas de oposicionistas aislados. Las fuerzas combinadas del hambre, las medidas de la GPU, las amonestaciones de Iaroslavski y las elucubra­ciones teóricas de los profesores rojo-amarillos prepa­ran un nuevo grupo de capituladores para el Decimo­sexto Congreso. Pero Iaroslavski pasa por alto a los cientos de oposicionistas recientemente arrestados solamente en Moscú, a la reactivación de las actividades de la Oposición en las filas del partido y al crecimiento y consolidación de la Oposición Internacional.

Los oposicionistas que se marearon con la colectivi­zación total se ven obligados, por la lógica de la inercia, individualmente y en grupo, a declarar su arrepenti­miento ante el Decimosexto Congreso, justamente cuando se inicia el difícil proceso de volver a la cordura. Y bien, habrá un nuevo lote de reputaciones revolu­cionarias aplastadas. Sus lugares han sido ocupados por cientos más, según las estadísticas de la GPU. Ma­ñana los seguirán miles y decenas de miles. No son los Iaroslavskis quienes separaran a la Oposición del partido, ahora menos que nunca.



[1] Un crujido en el aparato. The Militant, 21 y 28 de junio de 1930.

[2] La plataforma de la Oposición de 1927 fue incluida en el trabajo La verdadera situación en Rusia, de 1928. Aparece también en The Challenge of the Left Opposition.

[3] Los narodnikis (populistas): intelectuales rusos que consideraban que la clave del desarrollo del país radicaba en la liberación del campesinado, y realizaban políticas ene este sector. El movimiento sufrió un cisma en 1879; uno de los dos grupos, dirigidos por Plejanov sufrió una nueva ruptura. El ala de Plejanov evolucionó hacia el marxismo, la otra se convirtió en el partido Social Revolucionario.

[4] Vladimir P. Miliutin: primer comisario de agricultura soviético y, a partir de 1918, miembro del Consejo Supremo de la Economía Nacional. Sus inclinaciones siempre fueron derechistas.

[5] Espartaquistas: la Liga Espartaco se formó a principios de 1916 como ala Izquierda antibélica de la socialdemocracia alemana. Cuando esta rompió y se formó el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), en abril de 1917, los espartaquistas se convirtieron en ala izquierda del (USPD) hasta fines de la Primera Guerra Mundial, cuando tomaron la iniciativa de formar el Par­tido Comunista alemán. Sufrieron un serio revés en enero de 1919 al apoyar una insurrección mal preparada contra el gobierno de coalición encabezado por la derecha socialdemócrata.

[6] Las Jornadas de Marzo de 1921 período en que la dirección del PC Alemán se lanzó a una insurrección armada para tomar el poder, acción que fue aplastada en menos de dos semanas debido a la falta de apoyo de las masas. El Tercer Congreso de la Comintern, reunido ese mismo año, repudió la ac­ción de marzo y las teorías ultraizquierdistas de “galvanizar a las masas" que le servían de justificación. El seguidismo de 1923 y las tácticas aventurerísticas de 1924 alude a la dirección del PC, que desaprovechó la situación revolucionaria que se produjo en Alemania con la crisis del Ruhr, y a la política empleada después. El Quinto Congreso de la Comintern, reunido a mediados de 1924, se negó a reconocer la derrota de la revolución de 1923, sostuvo que aun no se había llegado al apogeo de la crisis y ordenó a la dirección del PC Alemán que preparara a la clase obrera para la insurrección.

[7] Arkady Maslow (1891-1941): dirigente del PC Alemán que apoyó la política ultraizquierdista de 1921 y junto con Fischer y Thaelmann remplazó a Brandler en la dirección en 1924: fue expulsado en 1927 por apoyar a la Oposición Unificada rusa. Fue uno de los fundadores de la Leninbund pero luego renunció a su puesto de dirección: fue simpatizante del Movimiento pro Cuarta Internacional por un breve período, a mediados de la década del 30.

[8] La Internacional Campesina (Krestintern), creada por la Comintern en octubre de 1923 fue una experiencia que tuvo poco éxito, desapareció sin pena ni gloria en la década de 30.

[9] Frederich Engels (1820-1895): Colaborador de toda la vida de Marx; escribió junto con él muchas de las obras fundamentales del marxismo. En los últimos años de su vida fue la figura más destacada de la Segunda internacional.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?