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Stalin no es todo[1]

 

 

23 de agosto de 1936

 

 

 

Ya me estaba alegrando por poder continuar tran­quilamente con mi trabajo para la biografía de Lenin. Ahora tengo que dedicarme a responder a calumnias repugnantes y acusaciones falsas. No hay nada que hacer. El viejo Guillermo Liebknecht solía decir: "El que se dedique a la política debe tener una paciencia franciscana."

Uno podría preguntarse, y con razón, ¿qué razones tuvo Stalin para iniciar este sucio asunto que tanto per­judica a todo el movimiento obrero? Razones muy variadas y, en cierta medida, contradictorias:

1. Trató de utilizar el asesinato de Kirov para matar políticamente a la Oposición. Pero no le resultó tan fácil como creía. Por lo que a mí respecta, el asunto del cónsul letón terminó en un lamentable fracaso. En cuanto a Zinoviev, Kamenev y los demás, ninguna per­sona seria y honesta creyó que tuvieran algo que ver con el asesino. Hasta en la Unión Soviética se decía que todo era un plan infame de la GPU. Para respaldar el primer juicio Stalin se vio obligado a iniciar otro, mejor preparado.

2. La Comintern existe y, a pesar de su viraje oportunista y chovinista, la opinión pública burguesa la con­sidera responsable del movimiento revolucionario en su conjunto. Se suele describir a la Cuarta Internacional como rama de la Tercera Internacional. Stalin se empe­ñó en demostrar -recuérdese su entrevista con Laval- que la Comintern ya no es un instrumento re­volucionario. Pero no le resultaba tan fácil hacerse creer. Para mejorar su crédito con la burguesía francesa le pareció oportuno tomar medidas cruentas contra la Oposición de Izquierda.

3. Pero tampoco podrá renunciar a la Comintern. El llamado "trotskismo", es decir, el desarrollo y con­tinuidad de las ideas de Marx y de Lenin, se difunde cada vez más, inclusive entre las filas de la Comintern. Se han observado manifestaciones muy importantes de este fenómeno en Francia, Checoslovaquia y otros paí­ses. Por eso, para Stalin, para su autoridad política a los ojos de los obreros, la destrucción del "trotskismo" es cosa de vida o muerte. ¿Destrucción con palabras? Ese no es su método. Tiene un aparato que le permite hacer juicios fraudulentos... La acusación debe fortale­cer la autoridad de Stalin entre la burguesía aliada y simultáneamente entre los obreros revolucionarios.

Este doble juego contradictorio refleja la incoheren­cia interna de la política stalinista, como casta gober­nante nacional, por un lado, y como organización obrera internacional (Comintern), por el otro.

Pasando del terreno político al personal, debemos mencionar otro motivo: el deseo de venganza, que en Stalin es muy pronunciado. Una noche de 1924 Stalin Jerjinski y Kamenev estaban tomando una botella de vino (no sé si era la primera de la noche) y conversando sobre distintos temas. En el curso de la conversación se preguntaron qué era lo que a cada uno le gustaba más en la vida. No recuerdo las respuestas de Jerjinski y de Kamenev (este último me contó la anécdota), pero Stalin dijo: "No hay nada mejor en la vida que elegir la víctima, preparar bien el golpe, tomar venganza des­piadadamente e irse a dormir."

Se recordará que en 1921 Lenin le aconsejó enérgi­camente al partido que no eligiera a Stalin para el puesto de secretario general. "Este cocinero -son palabras textuales de Lenin- sólo preparará platos picantes." En todo caso, Lenin no podía sospechar cuán picantes llegarían a ser los platos del cocinero de marras.

Nadie olvida que el "testamento" de Lenin aconseja al partido remover a Stalin del puesto de secretario ge­neral, por su rudeza y deslealtad. Esta caracterización, planteada en una nota oficial, no expresa todo el pensa­miento de Lenin. En el otoño de 1926, Krupskaia me dijo en presencia de Zinoviev y Kamenev: "Volodia (así llamaba ella a Vladimir Lenin) dijo de Stalin: ’Carece por completo del más elemental sentido del honor’." Y repitió: "¿Comprendéis? ¡La decencia humana más elemental!". Hasta ahora no he dado a conocer estas palabras por no traerle problemas a Krupskaia. Pero ahora que se desliza impotente por los canales oficiales y no puede elevar la menor protesta contra los críme­nes infames de la camarilla gobernante, considero que corresponde difundir las palabras de Lenin.

Los acusados, que sirvieron también de testigos de cargo, han justificado sus supuestas intenciones terro­ristas contra Stalin afirmando que en la Unión Soviética todo depende de él. Esta concepción se adecua tanto a las necesidades de la burocracia como a las de los terroristas aventureristas. El burócrata todopoderoso piensa: yo soy todo. Los terroristas dicen del burócrata todopoderoso: él es todo. Yo repito: el terrorista no es sino la sombra roja del absolutismo burocrático. Lejos de mí está pensar que Stalin es todo. Ya he dicho sufi­ciente al respecto. La victoria de Stalin sobre la Oposi­ción fue un hecho social, no personal. Significa la victoria de una nueva casta dominante sobre el proleta­riado. Los factores decisivos de esta victoria obedecen a razones económicas profundas en la URSS y a razones políticas profundas en Europa Occidental. Stalin no es más que el jefe de una nueva casta dominante. Stalin, con su mediocridad bárbara e ignorante, constituye la mejor expresión de los rasgos principales de este sec­tor dominante de advenedizos.

Sería de una estupidez lamentable creer que basta un fusil o una bomba para detener o evitar la gran reac­ción social y política en la URSS. Sólo el proletariado mundial puede abrirle al pueblo ruso la verdadera salida. Si triunfa la revolución española, si el proletariado francés realmente toma el poder, si nuevos vientos recorren Europa, el proletariado ruso se pondrá en movimiento y recuperará la conciencia de su gran tradición. Y los héroes burocráticos que se creen el centro del mundo terminaran en el estercolero de la historia.

Si esos caballeros del Kremlin quieren acusarme de servir, por medio de mis escritos, a la futura victoria del pueblo soviético sobre la burocracia reaccionaria, res­pondo: "¡Sí, soy culpable!"



[1] Stalin no es todo. SIP N° 14, 1° de diciembre de 1936. Traducido del francés [al inglés] para esta obre por Mary Gordon. El New York Times del 17 de setiembre de 1936 publicó algunos extractos de esta carta, dirigida a la editorial norteamericana Simon and Schuster.



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