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Sobre Laborde y los trotskistas en general[1]

 

 

28 de abril de 1939

 

 

 

Voz de México[2] expresó su convicción de que el reciente y trágico desastre ferroviario fue una manio­bra de las fuerzas de la reacción y en particular de Trotsky. A pesar de la confianza que puede merecer una fuente como ésa, a primera vista ese informe parece inverosímil. Sin embargo, recordando los juicios de Moscú, en los que los trotskistas se acusaban a sí mismos de crímenes aun más monstruosos, decidimos llevar a cabo con nuestras modestas fuerzas una minu­ciosa investigación del caso. Y esta investigación ha producido mejores resultados de lo que podíamos esperar en su comienzo.

Queremos a Trotsky, pero queremos más aun a la verdad. Los documentos que cayeron en nuestras ma­nos demuestran más allá de cualquier duda que el prin­cipal organizador del desastre ferroviario es un conoci­do conspirador que vive en Coyoacán. En el proceso también pudimos descubrir la identidad de sus princi­pales cómplices. Resulta claro que Trotsky transmitió la más criminal de sus órdenes a través de -¿Se lo hubieran imaginado?- Hernán Laborde. Mucha gente podría pensar que esto es inconcebible, ya que Laborde es conocido como el principal enemigo de los trotskistas en México. Sin embargo, las únicas personas que argumentan de esa forma, o son sumamente ingenuas o miserablemente hipócritas, personas que no están al tanto de la diabólica duplicidad de los trotskistas.

Como Radek, Piatakov y docenas de personas que parecían preparar una rabiosa campaña contra Trotsky pero que eran en realidad sus agentes secretos, Hernán Laborde se disfraza de stalinista sólo para llevar a cabo con mayor eficacia sus intrigas trotskistas. ¿Pruebas? Las hay de sobra. Tomemos el ejemplo más simple, más claro. Mucha gente ha expresado más de una vez su sorpresa por ver en la jefatura del Partido Comunista Mexicano a un hombre cuyos discursos, declaraciones e incluso denuncias se caracterizan por su extraordinaria imbecilidad. En verdad, sólo inocen­tes ingenuos podrían creer que se trata de imbecilidad. Para llevar a cabo los diabólicos designios de la Cuarta Internacional, Hernán Laborde se deleita haciéndose pasar por un idiota con el fin de desacreditar mejor a la Comintern. ¡De esa manera, por doquier, todo el mundo dirá que hay un hombre sin ingenio ni concien­cia a la cabeza de la sección mexicana de la Comin­tern! Este astuto trotskista necesita la máscara de la imbecilidad para realizar más eficientemente sus intrigas.

En cuanto a la directa participación de Laborde en el desastre ferroviario, ha sido claramente estable­cida. En el cajón de nuestro escritorio tenemos dos tuercas destornilladas por Laborde la noche anterior al desastre. Una investigación probará sin duda que las huellas digitales que hay sobre las mismas pertenecen al trotskista mexicano. Además, en realidad no nece­sitamos muchas evidencias físicas. Igual que los otros líderes-dobles, Laborde fue convencido para que confiese públicamente sus crímenes. Fuentes dignas de crédito nos informaron de que Vishinski ya le envió un pasaje de primera para viajar a Moscú. Esperamos que en esta oportunidad Laborde no permanezca de incógnito en Estados Unidos sino que se entregue a la GPU. Es lo mejor que podría hacer en favor del movi­miento obrero. Después de que el camarada Beria le haya hecho la operación quirúrgica ritual, los edi­tores de La Voz de México dedicarán un sincero obi­tuario a su líder y amigo, que terminará con las pala­bras: “otro loco perro trotskista acaba de ser liquidado. ¡Viva Stalin, padre de los pueblos!” Y todo el Partido “Comunista” Mexicano contestará al unísono: “¡Amén!”



[1] Sobre Laborde y los trotskistas en general. Clave, mayo de 1939. Sin firma. Traducido del castellano [al inglés] para este volumen [de la edición nortea­mericana] por Russell Block.

[2] La Voz de México: publicación oficial del Partido Comunista Mexicano.



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