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Saludo a La Verité[1]

 

 

25 de agosto de 1930

 

 

 

Aunque el trabajo realizado fue de tipo prepa­ratorio, me parece que la Oposición de Izquierda comu­nista puede echar una mirada retrospectiva sobre el año que pasó sin ocultar su satisfacción. El primer año ha sido de demarcación ideológica. Quien se lleva la palma en este trabajo, es decir, fundamentalmente, en la regeneración del pensamiento comunista, es, sin duda, Francia y dentro de Francia... La Verité. Hoy nadie podrá utilizar a la izquierda comunista como máscara para esa confusión ideológica que se mantenía en oposición al comunismo oficial sólo porque era, en esencia, inferior a él.

En esta carta de saludo, permítaseme plantear una cuestión, la del internacionalismo de La Verité y de la Liga Comunista.

Los oportunistas fustigan a la Oposición de izquier­da por construir simultáneamente su organización in­ternacional y nacional, encarándolas como dos aspectos de la misma tarea. Los brandleristas, que constituyen la escoria más pura de la socialdemocracia de pregue­rra, acusan a la Oposición de izquierda Internacional y francesa de haberse formado en función de la plataforma de la Oposición rusa. Con ello demuestran - entre muchas otras cosas - que no comprenden so­bre qué bases se formó la Oposición rusa. No está de­más recordarlas aquí.

La discusión interna en el Partido Comunista sovié­tico tan sólo desembocó en la formación de grupos du­rante los acontecimientos que ocurrieron en Alemania en el otoño de 1923. En la URSS los procesos económi­cos y políticos eran de carácter molecular y ritmo rela­tivamente lento. Los acontecimientos alemanes de 1923 sirvieron para medir las diferencias a escala de esa gi­gantesca lucha de clases. Sólo entonces, y sobre esas bases, se formó la Oposición rusa.

La lucha en torno a los kulakis y la democracia in­terna del partido, desarrollada en 1925-1926, fue impor­tante. Pero también en este caso la polémica sobre los procesos orgánicos avanzó a un ritmo relativamente lento. 1926, empero, trajo consigo la huelga general británica y planteó categóricamente los problemas tác­ticos fundamentales del movimiento obrero de Europa Occidental. En 1927, la estrategia de la Comintern fue puesta a prueba en la catástrofe de la revolución china. Precisamente estos acontecimientos fueron dando for­ma acabada a la Oposición de izquierda rusa. Esta no hubiera podido desarrollarse de no haber mantenido vínculos estrechos con elementos y grupos opositores críticos en distintos países y, más importante aun, sin las luchas colosales del proletariado mundial y los pro­blemas que éstas dejaron planteados.

Así crecieron y se desarrollaron, con algunos cam­bios y variantes locales, las demás secciones de la iz­quierda Internacional.

La idea atribuida a la izquierda comunista de que los partidos comunistas de todos los países tienen plan­teada la misma tarea y, aparentemente, el mismo método, es en realidad diametralmente opuesta a nuestra posición. El internacionalismo proletario de nuestra época, en el pensamiento y en la acción, no deriva de la homogeneidad o similitud de las respectivas situacio­nes de los diversos países sino de sus indestructibles vínculos recíprocos, que existen a pesar de las profun­das diferencias que las separan. Era precisamente la vieja socialdemocracia la que pensaba que todos los países avanzaban por la misma carretera, algunos ade­lante y otros atrás, y que bastaba intercambiar sus res­pectivas experiencias nacionales en los congresos que de tanto en tanto se celebraban. Esta concepción con­dujo consciente o inconscientemente al socialismo en un solo país, y se complementaba perfectamente con la defensa nacional, vale decir, con el social-patriotismo.

Nosotros, los de la izquierda Internacional, no con­sideramos que la economía y la política mundiales sean la mera suma de componentes nacionales. Todo lo con­trario: consideramos que la economía y la política na­cionales son sólo partes muy características de una totalidad orgánica mundial.

En este sentido, nos oponemos irreconciliablemente a los grupos de la Oposición de Derecha, sean socialdemócratas (Brandler, POP) o sindicalistas. El grupo de Monatte es nacional-sindicalista y, por eso sólo, reformista. Es tan viable plantear los problemas revolucionarios en el marco nacional como jugar al ajedrez en una sola casilla del tablero.

Existen las más profundas diferencias entre nuestro internacionalismo y el internacionalismo oficial de la Comintern, que socava sus propias bases al otorgarle a la URSS el privilegio especial de construir el “socialis­mo nacional”. Ya hemos dedicado suficiente espacio a dilucidar esta cuestión.

Sin embargo, debemos preguntarnos si la Liga Co­munista, así como la Oposición de izquierda, hubieran podido realizar su trabajo en el seno de un partido único. Respondemos sin la menor vacilación: claro que sí. Si observamos la historia del bolchevismo ruso, ésta presenta en cierto sentido el cuadro de una lucha cons­tante - a veces muy enconada - entre grupos y frac­ciones. A pesar de las profundas diferencias que nos separan de la fracción dominante, estábamos plenamente dispuestos a luchar por nuestras ideas dentro de un partido único; teníamos la suficiente confianza en la fuerza de nuestras ideas como para hacerlo. En cam­bio, la que era entonces la fracción dominante, por ejemplo, en Francia, jamás hubiera pensado en expul­sar a la izquierda comunista de no haber recibido la orden de hacerlo. La situación en el movimiento comu­nista francés y el desarrollo del comunismo jamás exigieron ni justificaron, en ningún sentido y de ninguna manera, una ruptura en el Partido Comunista. Esta se dio cumpliendo las órdenes de Moscú y provocada ex­clusivamente por la lucha que libra la fracción stalinis­ta en su propia defensa. El régimen plebiscitario, confirmado definitivamente en el Decimosexto Congreso, sólo podía conservarse desbaratando, poniendo en la picota y haciendo polvo todas las corrientes ideológi­cas e ideas en general. Por absurdo que sea el argu­mento de que la Internacional Comunista es sólo un ar­ma para la defensa de los intereses nacionales de Ru­sia, queda, no obstante, absolutamente claro que la fracción dominante en la Comintern es tan sólo un sir­viente burocrático de la autocracia stalinista. Ninguna de las secciones que integran la Comintern en la actua­lidad puede convertirse en un auténtico partido prole­tario si no se produce un cambio radical en el rumbo y el régimen del Partido Comunista soviético. Este proble­ma, premisa para la solución de todos los demás, exige una gran centralización. La vinculación internacional indestructible de todos los grupos de la Oposición de Izquierda es casi exclusivamente fruto de la necesidad de concentrar las fuerzas para cambiar el régimen de la Internacional Comunista.

Se entiende que hay otro camino: volverle la espalda a la Comintern y emprender la construcción de otro partido en otro lado. Pero eso sería liquidacionismo en el verdadero sentido del término. La Comintern es pro­ducto de factores colosales: la guerra imperialista, la franca traición de la Segunda Internacional, la Revolu­ción de Octubre y la tradición marxista-leninista de lu­cha contra el oportunismo. Eso explica por qué, a pesar de las tácticas criminales de la dirección, las masas, después de alejarse en repetidas ocasiones, vuelven a la Comintern. Se puede pensar, por ejemplo, que la cantidad de votos obreros que recibirá el Partido Comu­nista Alemán en las próximas elecciones será mayor que en el pasado. Si Thaelmann, Remmele y Cía. hacen todo lo posible por debilitar al comunismo, el derrumbe del capitalismo, la crisis industrial y comercial sin pre­cedentes, la descomposición del sistema parlamentario y la perfidia de la socialdemocracia hacen todo lo posi­ble por fortalecerlo. Y, muy afortunadamente, estos factores son más poderosos que Thaelmann, Remmele y su mecenas Stalin, todos juntos.

Romper con la Comintern significa caer en el aven­turerismo, tratar, arbitraria y artificialmente, de cons­truir partidos nuevos, en lugar de liberar a los partidos comunistas, frutos de la historia, de la garra de la buro­cracia stalinista. Mientras tanto, en virtud de esta úni­ca tarea, de carácter internacional, se ha vuelto indis­pensable la organización de la Oposición de Izquier­da Internacional sobre bases centralizadas.

Pero, ¿no corremos el riesgo de ignorar las parti­cularidades y tareas nacionales, de simplificar las tác­ticas y emplear métodos burocráticos? Sólo quienes no confían en el contenido ideológico de la Oposición de Izquierda pueden plantear el problema en esos términos. Creer que cada grupo nacional, con sus propias fuerzas, es capaz de plantear y resolver los problemas nacionales desde una perspectiva internacional y, a la vez, temer que una organización internacional - que incluya a todas estas secciones - sea incapaz de tener en cuenta las peculiaridades nacionales, es hacer una caricatura del pensamiento marxista.

La burocracia stalinista y la manera estúpida en que Molotov ejerce el mando no son en absoluto consecuen­cias de la centralización internacional sino de la trans­formación socialista-nacional de la burocracia rusa, que doblega sistemáticamente a su voluntad a las demás secciones. La lucha por la “autonomía” nacional (li­brada por Brandler, Lovestone, Louis Sellier y otros) es, en el fondo, lo mismo que la lucha por la “autonomía” sindical; ambas reflejan la tendencia de los elementos reformistas a evitar el control estricto, que sólo puede ejercerse mediante ideas definidas y una organización definida, necesariamente centralizadas e internaciona­les. Por eso no es de ninguna manera casual que Louis Sellier, que aprovecha el gorro frigio, y Pierre Mona­tte, que aprovecha la Carta de Amiens,[2] se encuentren estrechamente unidos en la lucha contra el comunismo revolucionario.

La centralización mecánica que impera hoy en la Comintern no es de carácter internacional; por el con­trario, opera cada vez en mayor medida como la mejor manera de sacrificar los intereses de la vanguardia del proletariado mundial en el altar de la fracción plebis­citaria stalinista, que se apoya sobre los cimientos del “socialismo nacional”. La reacción contra esta situa­ción es inevitable. Ya ha comenzado. Apenas comienza. Traerá consigo nuevos golpes, expulsiones, rupturas y alejamientos definitivos.

El ala derecha retrocede desde la Comintern a actitudes que fueron asumidas por el movimiento obrero antes de la guerra, cuya inestabilidad se hizo evidente durante la guerra imperialista y la Revolución de Octubre.

Es de conocimiento general que también la Oposi­ción de Izquierda constituye una reacción frente a la burocracia socialista-nacional, pero no mira hacia atrás; mira hacia adelante. No es un retroceso respecto del bolchevismo sino la expresión más reciente y elevada del bolchevismo, en lucha contra los epígonos degenerados.

El aparato no triunfará. Triunfarán las ideas... si expresan correctamente el curso de los acontecimientos. El aparato sólo puede gozar de un poder indepen­diente en la medida en que en el pasado se basaba en ideas que conquistaron a las masas. El aparato puede arrastrar un gran peso de inercia, sobre todo cuando es­tá armado de importantes recursos financieros e ins­trumentos de represión. Pero, a pesar de eso, no triun­fará; triunfarán las ideas... con la condición de que sean correctas.

En el primer año de vida de La Verité, sus ideas pasaron la prueba dentro del campo de la Oposición, los grupos de parásitos y diletantes que negaban des­pectivamente el derecho de La Verité a existir han desa­parecido de la escena política o se encuentran en agonía mortal. Bajo la presión de La Verité, los grupos estan­cados, conservadores, se ven obligados a reorganizarse, a buscar una nueva orientación política y a revisar sus posiciones. Esto no es válido sólo para Francia, sino también para Alemania, Bélgica, Italia y otros países, lo que convierte a La Verité - como bien se sabe - en un órgano internacional de la Oposición. La Verité ejerce su influencia sobre los elementos comunistas de vanguardia de Europa y también de Asia y América. El pequeño periódico semanal que al principio nucleaba a un pequeño grupo de personas que compartían las mismas ideas se ha convertido en un arma para la actividad internacional. Las ideas son poderosas cuando son fiel reflejo del curso objetivo de los acontecimientos. Hoy La Verité hunde profundamente sus raíces en el suelo de Francia; el grupo que la inició está rodeado de un do­ble circulo de amigos, tanto en las filas del partido como en los sindicatos.

Celebramos el primer aniversario de La Verité, pero seria un error no mencionar a La Lutte de Classes. Se sabe desde hace mucho tiempo que cuanto más re­volucionaria es una fracción proletaria, mayor es su interés en la teoría. No es casual que la Izquierda comu­nista de Francia haya sido capaz de crear una publica­ción teórica marxista, que ya resulta necesaria para el proletariado y que en el futuro prestará servicios inva­lorables a la revolución proletaria.

La Verité inicia su segundo año de vida. Debemos mirar hacia adelante. Es más lo que resta por hacer que lo que ya se hizo. La Verité es el órgano de una corrien­te ideológica; debe convertirse en órgano de la acción de masas. Esa meta no está cerca. Las principales ta­reas nos aguardan. Pero ya no puede caber duda de que las semillas sembradas en el curso de los doce meses pasados comenzaran a dar sus frutos en el trascurso del segundo año.



[1] Saludo a La Verité. Biulleten Opozitsi, Nº 15-16, septiembre-octubre de 1930. Traducido del ruso [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Fred Buchman. Este mensaje de saludo fue escrito ocasión del primer aniversario de La Verité.

[2] El gorro frigio, que aparece con forma cónica en el arte griego, se identifica en el arte moderno con el gorro de la libertad de la Revolución Francesa. La Carta de Amiens, aprobada en el congreso de la CGT de 1906 por iniciativa de los sindicalistas, exigía la autonomía total y la independencia absoluta de los sindicatos respecto de los partidos políticos.



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