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¿Quién triunfará?[1]

 

Publicado en agosto de 1930

 

 

 

El carácter circunstancial del Decimosexto Congreso se manifiesta de manera tan grosera, que ni el oposicionista más imaginativo hubiera podido preverlo. ¿De qué sirve el episodio aislado de Uglanov? Este matón, que se muestra audaz cuando lo respalda el aparato pero que, librado a sus propios medios se revela como un cero a la izquierda, se arrepintió por segunda vez al reconocer sin reservas todos los “rit­mos” y todos los “períodos”. ¿No bastaba con eso? Se le rieron en la cara. ¿Es eso lo que se te pide? ¿Eres un bebé, acaso? Vamos, reconoce que Stalin es un diri­gente nato y ponle la firma.

Evidentemente, Uglanov lo reconoció y, claro está, le puso la firma. Ahora todo se reduce a esto. El plan quinquenal puede variar; ayer la tasa era del nueve por ciento, ahora es del treinta por ciento. El plan quinque­nal puede convertirse en plan cuatrienal o plan trienal y, para la colectivización, quizás hasta en plan bienal. Pero esa no es la cuestión. Reconocen la dirección de Stalin. El congreso no se reunió para discutir un programa, ideas, métodos, sino para discutir a una persona.

Stalin se rodea de un Comité Central, el Comité Central de comités de distrito; los comités de distrito eligen al partido. El congreso es sólo una vidriera donde se exponen cosas resueltas de antemano. Todo esto, tomado de conjunto, sienta las bases para el bona­partismo dentro del partido. Sólo un ciego o un funcio­nario cansado podría no verlo ni comprenderlo. Pero únicamente los canallas pueden ver, comprender y callar. Y entre los capituladores abundan los canallas.

El informe de diez horas de Stalin: ¡qué despliegue fatuo de pensamiento burocrático!

Se presentan las cifras de los éxitos económicos, pero no para instruir al partido, sino para deslumbrarlo y engañarlo. Los éxitos son una realidad incontrovertible. Los escépticos no fuimos nosotros. Los previmos y luchamos por ellos cuando la divisa del partido era “crecimiento lento”, cuando los Kaganovichs defen­dían la tasa del nueve por ciento del plan quinquenal llamándonos demagogos, cuando los Iaroslavskis respondían a las críticas de las vergonzosas tasas mínimas del plan quinquenal original arrojando los libros de estadísticas de control de la producción a las cabezas de los oradores, cuando los Molotovs se mofaban de la sola idea de que fuera posible alcanzar una tasa de crecimiento del veinte por ciento al finali­zar la reconstrucción. Los éxitos son una realidad indiscutible. Los previmos y luchamos por ellos durante mucho tiempo.

En las primeras cifras de control de la producción del plan de 1925 pudimos discernir “la música del socialismo en construcción”. Cuanto sarcasmo suscitó esta expresión entre los filisteos, los ignorantes, los imbéciles, los genios sin talento del aparato omnipo­tente. Ahora que las potencialidades colosales inheren­tes a la Revolución de Octubre se abrieron camino a través de ese tremendo obstáculo que es el mezquino conservadorismo de la burocracia, ésta se pavonea en su congreso.

“¡Nosotros somos la Revolución de Octubre! ¡Nosotros somos el socialismo! ¡Nosotros somos todo, porque nosotros somos el estado!” Y entonces aparece Stalin y dice: “El estado obrero soy yo; y todos y todo, también soy yo.” Y porque pisotearon y destruyeron el control de las masas, necesitan un poder arbitrario, un patrón, alguien que encabece la jerarquía, el pri­mero entre todos, Stalin. Por eso se ponen de pie y gritan a coro: “Si, él es todos nosotros.” Ese es el son del Decimosexto Congreso.

Los éxitos económicos son importantes. Pero las dificultades y contradicciones son mayores aun. Stalin ni siquiera las mencionó. Mejor dicho, mencionó todo lo que le permite ocultar las dificultades y minimizar las contradicciones.

Sólo se dieron a conocer las cifras de la tasa de producción: ¡ni una sola cifra relativa a la calidad de la producción! Como si se quisiera describir a una persona diciendo únicamente la altura, no el peso. Lo propio ocurrió con los costos netos. Lo prueba del sistema eco­nómico de conjunto, sobre todo de las bondades de su dirección, reside en la productividad del trabajo y, en las formas económicas tributarias del mercado, ésta se mide en los costos de producción, o costos netos. Ignorar esto es lo mismo que decir que una persona está sana con sólo mirar su aspecto externo, sin pregun­tarle qué le duele ni controlar el ritmo cardíaco.

La dependencia recíproca de la ciudad y el campo se regula con el intercambio; el dinero todavía no es cosa del pasado. Stalin no dijo una palabra sobre el peligro de inflación.

La relación entre los precios de los productos agrícolas y los productos industriales es uno de los problemas claves de la economía y, además, de to­do el sistema social y político basado en la Revolución de Octubre. Las “tijeras” de los precios agrícolas e industriales, una de cuyas hojas representa al obrero y la otra al campesino, ¿se están abriendo o cerrando? El informe no dice nada al respecto.

Por el contrario: según el informe, el interrogante “¿quién triunfará?” ya está resuelto, en virtud del debilitamiento de las fuerzas capitalistas en el mercado interno. Pero esto todavía no resuelve el problema. El campo todavía no ha dicho su última palabra. Las contradicciones del campo no han desaparecido; se las está introduciendo en las granjas colectivas, donde no tardaran en manifestarse. Una buena cosecha las agudizará. Los mentirosos y los estúpidos seguramente responderán que estamos en contra de una buena cosecha. Todos los Rudzutaks[2] “mikoianearon”, todos los Mikoians “rudzutakearon” alrededor de este tema durante años, hasta que su entusiasmo los llevó a gol­pearse la cabeza contra los graneros de los kulakis. Fue entonces que proclamaron a través de Pravda que dos buenas cosechas le permitieron al kulak influir sobre el campesino medio y enseñarle a librar una huelga cerealera contra el estado obrero. Cuanto menos previsora es la dirección, más continúa la diferenciación en su avance inexorable. Este proceso englobará a todas las granjas colectivas y profundizará las desigual­dades entre y dentro de las granjas colectivas. Y sólo entonces la dirección, que es muy buena para prever hechos pasados, se convencerá de que las granjas colectivas, al carecer de una sólida base material y cultural, están sujetas a todas las contradicciones de la economía de mercado. La mayoría de las granjas colectivas burocráticamente creadas se convertirán en teatro de la lucha de clases. Esto significa que el dilema “¿quién triunfará?” se manifestará en toda su envergadura y en un plano más elevado.

Pero el conflicto no estará restringido al terreno de la agricultura. En la URSS, las fuerzas internas del capitalismo derivan su poder y su importancia de las fuerzas del capitalismo mundial. Pero Mikoian, ese niño prodigio, probablemente tendrá que convencerse de que realmente existe “este mercado mundial al que estamos subordinados, al que estamos atados, del que no podemos escapar” (Lenin en el Undécimo Congreso). El interrogante “¿quién triunfará?” es, en última instancia, el problema de las relaciones entre la URSS y el capitalismo mundial. La historia planteó este problema, pero todavía no lo ha resuelto. Los éxi­tos internos tienen gran importancia porque permi­ten consolidar, avanzar, resistir mientras tene­mos que esperar. Nada más que eso. Las luchas económicas internas son batallas de la vanguardia contra un enemigo cuyas fuerzas principales están del otro lado de la frontera. El dilema “¿quién triunfará?” no sólo en el terreno militar, no sólo en el terreno polí­tico, sino también y principalmente en el terreno económico, está planteado a escala mundial; mejor dicho, nos rodea.

La intervención militar es un peligro. La interven­ción económica mediante la penetración de mercancías a bajo precio también lo es, pero incomparablemente mayor. La cuestión del poderío económico y la estabili­dad política nos lleva en última instancia al problema de la productividad del trabajo. En una economía de mercado, la productividad del trabajo se expresa en el costo neto y el precio de venta. Las “tijeras” entre los precios internos y los precios del mercado mundial son la medida más importante de la relación de fuerzas entre el avance del socialismo y el capitalismo que lo rodea. ¿Qué pasó con las “tijeras” en los últimos dos años y medio? No se responde este interrogante esen­cial. Stalin no plantea coeficientes precisos de compara­ción, no plantea ninguna fórmula marxista que defina la dependencia dinámica entre la economía nacional y la internacional. Un ingeniero a cargo de una usina eléctrica debe tener un plano del mecanismo de control para poder estar al tanto de los procesos fundamentales de generación y distribución de energía. Asimismo, quienes tienen a su cargo la economía del estado sovié­tico deben tener un “plano” actualizado del sistema de coeficientes que caracteriza el crecimiento absoluto de la industria y la curva de los costos netos, el poder adquisitivo del chervonets y las “tijeras” nacionales y extranjeras. En caso contrario, la dirección se ve obli­gada a reaccionar ciegamente ante el disloque econó­mico, hasta que los mecanismos de seguridad saltan uno tras otro, estalla el incendio y los consumidores se pierden en el caos.

Diez horas de pensamiento burocrático vacío no le enseñarán nada al partido. Al contrario, sólo servirán para adormecerlo con la vergonzosa melodía del “socia­lismo nacional”.

Sin embargo, hoy en día el peligro mayor no reside en las “tijeras” entre los precios nacionales y extranje­ros, sino en las “tijeras” entre la burocracia partidaria y la clase obrera, entre el sometimiento total y la dis­persión del partido. El despliegue monstruoso de “mo­nolitismo” se ve coronado por un hecho pequeño, muy pequeño, pero muy amenazante: un monolito de dos millones de personas no puede tolerar la menor crítica a la dirección. En el decimotercer aniversario de la dic­tadura, después de tantos éxitos económicos y culturales, después que – como se afirma - el interrogante “¿quién triunfará?” está totalmente resuelto, el ré­gimen partidario debería ser mucho más libre y flexi­ble que en la época de la Guerra Civil. Pero el partido dominante, es decir, la burocracia, no tolera una sola observación crítica de parte de un obrero, una sola tí­mida pregunta de un estudiante: “A caso el Comité Central no se responsabiliza por las desviaciones?” Toda la prensa, con la furia que la caracteriza, se arroja sobre cualquier observación o pregunta crítica como si se tratara del mayor peligro para la dictadura del prole­tariado.

La burocracia de la GPU no puede permitir que la aventaje la burocracia del partido, ya que sus Iagodas y sub-Iagodas maduraron bajo el sol del stalinismo. Los Agabekovs montan guardia sobre el monolitismo stali­nista hasta el momento mismo de pasarse al enemigo de clase.

Un militante de la Oposición deportado es objeto de persecución, en virtud del estatuto sobre espionaje, por mantener correspondencia con Trotsky. Es induda­ble que esta idea fue suministrada nada menos que por el maestro. Es que su maestría se expresa únicamente en esa clase de ideas. En su discurso ante el congreso, Stalin afirmó que la Oposición de Izquierda suministra información a la prensa burguesa mundial. ¿Qué clase de información? El locuaz orador no lo dijo. No obstante, de la información proporcionada por nuestras publi­caciones la burguesía puede sacar una sola conclusión: que, a pesar de las mentiras termidorianas de los agen­tes de Stalin, los bolcheviques leninistas somos parte inseparable de la república soviética, somos sus solda­dos abnegados, dispuestos a defenderla hasta el fin, y constituimos, a la vez, el ala izquierda de la vanguardia proletaria internacional. La burguesía internacional y la socialdemocracia lo saben muy bien. Por eso nos encie­rran con un cerco hostil, en el que los Dovgalevskis, Bessedovskis y Cachins colaboran con Tardieu, los Krestinskis se ponen de acuerdo con los ministros de Hindenburg y los Sokolnikovs conspiran con los Hen­dersons.[3] Esta es la verdadera alineación de fuerzas en el gran tablero.

Por nuestra parte, preguntamos: ¿Qué informes ne­cesita la burguesía mundial, aparte de los que le sumi­nistran la agencia noticiosa oficial soviética y, principalmente, el mismísimo Stalin? Se acusa al presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de saboteador. A los que eran hasta ayer dirigentes de la Comintern, se los tacha de “agentes de la burguesía”. Para divertir a los niños, ponen en exhibición a quienes eran, hasta ayer, dirigentes de los sindicatos y de la organización de Moscú, los mismos que en los últimos años purgaron a las organizaciones de “trotskistas”. Como broche de oro, la prensa oficial informa que ciertos “trotskistas” desertaron del Ejército Rojo para pasarse a Chiang Kai-­shek. ¿Se trata, acaso, de una broma? La burguesía mundial conoce la historia del Ejército Rojo lo bastante bien como para preguntar, “si eso es cierto, ¿qué significa?” Al mismo tiempo se persigne a bolcheviques probados, revolucionarios firmes, por mantener corres­pondencia con Trotsky. ¿Acaso a la burguesía no le bas­tan estos hechos, suministrados día a día y hora a hora por el aparato stalinista, que pisotea y arrastra por el barro la historia del partido y la revolución con el único fin de fabricar una biografía falsa del jefe de turno?

Para colmo, los informantes stalinistas publican una segunda edición. Bessedovski, Krukov, Agabekov, que combatieron incansablemente al trotskismo durante siete anos y hasta ayer - así como suena, hasta ayer - dirigieron las purgas en las células, se pasan al enemi­go de clase y proporcionan a los servicios policiales del imperialismo todos los secretos de estado soviéticos que recibieron de manera confidencial o que pudieron recabar. ¿Qué otra información necesita la burguesía, además de la que le suministran constantemente los stalinistas de hoy y los stalinistas de ayer, complemen­tándose recíprocamente?

Stalin fusiló a Blumkin y lo remplazó con Agabekov. Este hecho es la síntesis de la política de Stalin en el partido. Al mismo tiempo, los revolucionarios que mantienen correspondencia con Trotsky son perseguidos por los Agabekovs en virtud de un estatuto que supues­tamente le permite a Stalin perpetrar nuevos asesina­tos. El que no toma conciencia del carácter sintomático y amenazante de este hecho es un idiota sin remedio. Quien tiene conciencia y calla, es un canalla.

Ni la represión ni las amenazas nos callarán. Es demasiado importante lo que esta en juego en esta lu­cha: es la suerte de la Revolución de Octubre y del par­tido de Lenin, no sólo del partido de la URSS, sino tam­bién del partido internacional de Lenin, hoy bajo la dirección del sargento Prishibeiev,[4] que actúa bajo el seudónimo de Molotov. Está en juego la existencia del comunismo mundial. La lucha entre el leninismo y el stalinismo no esta resuelta. Es aquí donde la pregunta “¿quién triunfará?” adquiere toda su envergadura.

La represión no nos desviará de nuestro rumbo. La violencia más sangrienta y envenenada de Stalin no nos separará del partido, no nos pondrá en oposición a ese partido que Stalin trata de estrangular. Seguiremos la lucha con energía redoblada, triplicada, decuplicada. Hoy seguimos al servicio de los mismos objetivos por los que luchamos en la revolución de 1905, durante la carnicería imperialista, en la Revolución de 1917, du­rante la Guerra Civil, en la primera etapa de la recons­trucción económica, en la fundación de la Comintern, en la lucha por un ritmo audaz de construcción del socialismo contra la cobardía de los epígonos filisteos. ¡Contra el socialismo nacional, por la revolución inter­nacional!



[1] ¿Quién triunfará? The Militant. 1º de septiembre de 1930. Sin firma.

[2] Jan Rudzutak (1887-1938): electo para el Buró Político por el Decimoquinto Congreso del PCUS en 1927, rebajado a miembro suplente por el Decimoséptimo Congreso en 1934, murió en las purgas de 1938.

[3] Paul von Hindenburg (1847-1934): mariscal de campo prusiano, fue el comandante de las fuerzas alemanas en la Primera Guerra Mundial. A pesar de la oposición de los socialdemócratas, fue electo presidente de la República de Weimar en 1925 y luego reelecto, esta vez con apoyo socialdemócrata, en 1932. En 1933 nombró canciller a Hitler. Arthur Henderson(1863-1935): secretario del Partido Laborista Británico, fue secretario del interior en el primer gabinete laborista de Macdonald y secretario de relaciones exteriores en el segundo. Presidió la Segunda Internacional en 1923 y desde 1925 hasta 1929.

[4] Sargento Prishibeiev: protagonista del cuento homónimo de Antón Chejov.



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