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Prólogo

Viví junto a León Trotsky, salvo algunas interrupciones, de octubre de 1932 a noviembre de 1939. Era miembro de su organización política y me convertí en su secretario, traductor y guardaespaldas. El pequeño libro que presento no es la historia política de esos años. Tampoco es un retrato de cuerpo entero del hombre. Son recuerdos, mis recuerdos. Intento recrear la atmósfera en la que vivía y trabajaba Trotsky durante esos años de exilio. Me esforzaré por no repetir aquí lo que ya se conoce y lo haré sólo cuando sea necesario para apoyar mi relato. Pido en consecuencia a mi lector cierto conocimiento de los acontecimientos de que hablo. Le pido también que a veces restablezca ciertas proporciones; mi relato, muy a menudo, estará hecho de detalles puesto que soy el único que los conoce y no quiero que desaparezcan conmigo; el lector no deberá perder nunca de vista el contexto en el que todo eso debe insertarse.
En el transcurso de mi relato sucederá que a veces tenga que dar un detalle que, a primera vista, podrá parecer de un interés menor. Es que sé, por mi conocimiento del pasado y de los archivos, que esa información quizás permitirá que un investigador pueda reconstituir un hecho, identificar un documento.
Lo que se ha escrito sobre León Trotsky después de su muerte, aun cuando sus autores hayan sido personas de buena voluntad, contiene una buena dosis de errores materiales.
En un Apéndice trato de corregir algunos de esos errores. Pero a menudo mi propio texto, sin que yo señale explícitamente un error, ha sido escrito como reacción contra algún fragmento de un trabajo que considero erróneo. Sobre aquellos episodios que peor se conocen es donde más me extiendo e intento dar todos los detalles que recuerdo. Ciertos errores que se han vuelto tan frecuentes a menudo sólo son faltas debidas a distracciones, a veces a tonterías. Pero Trotsky es un personaje que parece destinado a provocar actividades mitogénicas, contra las que creo que se debe reaccionar presentando un relato lo más preciso y concreto posible. Por añadidura, las calumnias stalinistas contra Trotsky fueron tan masivas, tan prolongadas, que seguramente quedan aquí y allá algunos restos de mal olor; la mejor manera de disiparlos es contar simple y exactamente cómo vivía.
Conozco demasiado bien las flaquezas de la memoria para llegar a imaginar que no hay errores en mi relato. Pero había guardado algunas notas y tuve a mi disposición los archivos, archivos que yo mismo había puesto en orden. Pude verificar entonces bastantes cosas.
No he creído oportuno mezclar a estos recuerdos un examen crítico de la personalidad de León Trotsky, de sus ideas y de su carácter. Ésa sería otra tarea. Los archivos contienen, tan sólo para el período de 1929 a 1940, cerca de 22 mil documentos. En otras partes se descubrirán otros. Entre esos documentos hay cerca de cuatro mil cartas de Trotsky, quien fue un gran cultor de la epístola tanto por la cantidad como por el estilo. Todo eso queda por explotar.
Hasta ahora los escritos de Trotsky han sido objeto, casi exclusivamente, ya sea de una anatematización completa, o de una veneración devota. Pero lo que esos textos piden es una crítica. Crítica de las ideas y de sus encadenamientos, de los argumentos empleados, de las perspectivas y de sus cambios. Crítica literaria también, con un examen del estilo, un estudio de las metáforas que puedan conducir a apreciaciones sobre la persona del autor. Todo eso queda por hacer, pero no es lo que quise emprender en mi libro. Lo que aporto en este pequeño volumen son, en cierta medida, algunos materiales para ese trabajo.
Demasiadas veces me sucedió que al contar tal o cual episodio de mi vida con Trotsky mi interlocutor sacara conclusiones muy diferentes de las que yo pensaba obtener con mi relato, como para no saber que el poder de las palabras tiene sus límites. He tratado de elegir bien las mías, pero sin forjarme muchas ilusiones. Sin duda habrá malentendidos. Una experiencia vivida no se transmite como un objeto. Su transmisión es una reconstrucción, reconstrucción para quien escribe y reconstrucción, quizás diferente, para quien lee. Dicho esto, he aquí mi relato.



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