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Noruega

En la noche del 13 al 14 de junio de 1935 tomamos en la Estación del Norte el tren de las 12 y cuarto para Amberes, Trotsky, Natalia, Jean Rous y yo. Rous, que era entonces uno de los dirigentes del grupo trotskista francés, venía con nosotros hasta Amberes para que yo no estuviera solo de custodia; Trotsky quería también discutir con él sobre los problemas del grupo trotskista francés. Llegamos a Amberes por la mañana y encontramos allí a Jan Frankel, que había venido de Checoslovaquia. Nos instalamos en el Hotel Excélsior.
En noviembre de 1932, en esa misma ciudad de Amberes, la policía belga había organizado un verdadero sitio alrededor del barco que conducía a Trotsky a Dinamarca, mientras que en 1935 nos dejó tranquilos. La policía francesa, igualmente, en la Estación del Norte, había sido extremadamente discreta. El viaje se realizó mucho más sencillamente que los anteriores desplazamientos de Trotsky.

A comienzos de junio de 1934, la prefectura de Isére entregó a Trotsky y a Natalia “verdaderos” falsos documentos de identidad, a nombre de Lanis. He aquí una página de cada uno de esos documentos.

Durante los días 14 y 15, Trotsky tuvo en Amberes conversaciones con varios trotskistas belgas y también con los miembros de un grupo socialista flamenco, la Liga. El 15, a las 8 de la noche, partimos hacia Oslo a bordo del barco noruego París, Trotsky, Natalia, Frankel y yo. Rous se volvió a París. En el barco todo anduvo bien. Los pasajeros, su mayoría noruegos, no parecían prestarnos atención. El 18 por la mañana, el barco costeaba el fiordo de Oslo. Las formalidades de inmigración fueron rápidas, el desembarco muy sencillo; descendimos al muelle mezclados con los demás pasajeros. Si había periodistas presentes, no se mostraron. Partimos inmediatamente en automóvil hacia Jevnaker, una pequeña ciudad a unos cincuenta kilómetros al noroeste de Oslo, y nos instalamos en un hotelito muy limpio por algunos días.
Para guiarnos en ese mundo nuevo estaba Walter Held, cuyo verdadero nombre era Heinz Epe, un trotskista alemán refugiado en Noruega desde hacía un tiempo y casado con una noruega. Alrededor de él, algunos amigos noruegos; en particular Olav Scheflo, un periodista que había hecho mucho por la obtención de la visa y Kjell Ottesen, un estudiante.
El 23 de junio Trotsky y Natalia se instalaron en la casa de los esposos Knudsen. Konrad Knudsen era diputado en el Parlamento noruego. El arreglo había sido hecho por intermedio de Scheflo, amigo de los Knudsen. La casa, sin ser lujosa, era grande y cómoda, en medio del césped, sin bardas, cerca de un pequeño bosque. El lugar, que reunía varias casas, se llamaba Wexhall y estaba unido a la pequeña ciudad de Honefoss a unos sesenta kilómetros (a vuelo de pájaro) al norte de Oslo. Como los Knudsen sólo podían dar a Trotsky una parte de su casa, se decidió que allí se viviría con un reducido número de secretarios y sin guardia regular. Jan Frankel sería el único secretario. El 25 regresé a Francia por tren y tuve la ocasión de atravesar la Alemania de Hitler. En Domene habíamos dejado libros y archivos. Fueron enviados a Honefoss a fin de julio. También se envió una máquina de escribir en ruso. Se había encontrado una secretaria rusa y el trabajo regular recomenzaba.
Durante la manifestación del 12 de febrero de 1934 en París, Jan Frankel había sido descubierto como extranjero por un policía de civil. Detenido, fue posteriormente expulsado de Francia. De regreso a Praga, hizo borrar de su pasaporte, por un falsificador profesional de papeles, la notificación de expulsión. Con ese pasaporte, auténtico pero adulterado, había entrado en Noruega. En octubre de 1935, por ser extranjero, tuvo que presentarse ante la policía noruega. La adulteración del pasaporte podía ser descubierta, lo cual habría provocado un pequeño escándalo en torno a Trotsky. Se juzgó conveniente que regresara a Checoslovaquia. De regreso en Praga se ocupó de buscar un reemplazante. Eligió a un trotskista checoslovaco, Erwin Wolf, que llegó a Honefoss el 15 de noviembre. Frankel había pasado varios años con Trotsky, Wolf evidentemente no tenía esa experiencia. Tampoco tenía mucha afición por las tareas propias de secretario y en los meses siguientes la correspondencia y los manuscritos de Trotsky habrían de conocer cierto desorden.
De regreso a París me puse de nuevo a militar en el grupo trotskista francés. Se desarrollaba entonces una viva lucha en la organización de las juventudes socialistas. Allí, más que en el partido adulto, los trotskistas habían logrado algún éxito luego de su ingreso a la organización socialista. Habían reclutado adherentes. Además, el grupo de Fred Zeller, que tenía en sus manos la conducción de la Entente del Sena, se había aproximado bastante a ellos. A fines de julio, en Lille, el Congreso Nacional de la organización de la juventud socialista excluyó a los trotskistas y a sus aliados. El 30 de julio, desde Lille, envié a Trotsky el siguiente telegrama: “Congreso Nacional juventud nos excluye y a izquierda Zeller.” El 8 de agosto, varios representantes de los excluidos, Fred Zeller, David Rousset, Yvan Craipeau y yo nos reunimos en la calle Feydeau con una comisión compuesta por dirigentes del Partido Socialista, entre los que estaba León Blum. Nuestra expulsión había sido urdida por la derecha del Partido, alentada por pro-stalinistas. La comisión desempeñaba un papel conciliador y no había perdido la esperanza de que permaneciéramos en la organización socialista aunque sometidos, por supuesto, a condiciones bastante duras. Estábamos sentados en torno de una mesa angosta y larga. Blum estaba casi en frente de mí. Con voz meliflua pero no sin encanto y con cierta fuerza de argumentación, nos presentaba las posiciones socialistas tradicionales. Pero las cosas habían ido demasiado lejos y no había ya retorno posible. El grupo Zeller se unió a los trotskistas para formar una organización juvenil independiente. A fines de octubre, Zeller viajó a Noruega para ver a Trotsky y se quedó alrededor de tres semanas. Por cierto, preguntó a Trotsky cómo había podido perder el poder. “¿Porqué no se valió usted del formidable aparato que tenía entre las manos para resistir?” Trotsky calificó la pregunta de “ingenua”, pero escribió un artículo bastante largo titulado “¿Por qué Stalin venció a la oposición?” con fecha 12 de noviembre, que quizás sea la presentación más completa y más coherente de sus opiniones sobre el problema, con sus puntos fuertes y también con sus costados débiles. En particular declaraba: “No hay ninguna duda de que un golpe de Estado militar contra la fracción de Zinoviev, Kamenev, Stalin y los otros no presentaba en esos días ninguna dificultad y que no habría ni siquiera costado un derramamiento de sangre; pero el resultado de ese golpe de Estado habría sido una marcha acelerada hacia esa burocratización y esa bonapartización contra las que la oposición de izquierda había decidido luchar”. Todo el artículo aporta elementos para ser estudiados. En su entusiasmo de neófito, Zeller envió desde Noruega a un amigo stalinista, a París, una postal en la que le decía: “¡Muera Stalin! ¡Viva Trotsky!” El amigo no encontró nada mejor que remitir la postal a la dirección del Partido Comunista. Pequeño escándalo: los stalinistas presentaron la tarjeta como un llamado al terrorismo individual. Hacia fines de 1935, Trotsky entró en negociaciones, por intermedio de Liova, con el Instituto Internacional de Historia Social en Amsterdam para venderle sus cartas de los años 1917-1922: cerca de 900 documentos. Se trataba, por cierto, de copias, dactilografiadas o fotográficas, pues los originales, por decisión del Politburó, habían sido depositados en Moscú. El contrato de venta fue firmado el 28 de diciembre de 1935. El 26 de enero de 1936, Liova envió a su padre una nota manuscrita en ruso sobre la entrega de la correspondencia al Instituto de Amsterdam en laque decía: “Retiré (de los documentos enviados al Instituto) en total tres documentos de Lenin (y dos fotografías de esos tres documentos, no había fotografía del tercero). En el primer telegrama se lee: Actúen a la vez por la corrupción y por la amenaza de un exterminio general. En el segundo: Les cortaremos el pescuezo a todos si prenden fuego al petróleo. En el tercero: la exigencia de fusilar a los obreros de Ijevsk por sabotaje. Mientras tanto, guardo los documentos”. Es el único caso de ocultamiento voluntario de textos que yo haya conocido en la intimidad de Trotsky. Y en este caso se trataba de proteger la memoria de Lenin. ¿Qué fue de esos documentos que retiró Liova? No lo sé. No he podido encontrarlos en el libro de Jan M. Meijer, The Trotsky papers 1917-1922. Lo único que encontré fue, en la página 545, el texto de un telegrama enviado por Lenin a Skliansky, con fecha 8 de junio de 1919, a propósito de los obreros de Ijevsk; “Envíe un telegrama (con mi firma) a Melnitchansky diciéndole que sería una desgracia vacilar y dejar sin castigar las ausencias con ejecuciones”, lo que parece corresponde al tercer documento descrito por Liova. Cuando Trotsky propuso el ingreso del grupo trotskista francés al Partido Socialista, Naville manifestó su desacuerdo, se separó de la organización, y formó un pequeño grupo aparte. Una vez que se produjo el ingreso, decidió entrar también al Partido Socialista. En este partido, cada vez más los grupos se vieron obligados a trabajar en común y cuando los trotskistas fueron excluidos, en agosto de 1935, y hubo que reconstituir un grupo trotskista independiente, Naville formó parte de la dirección del grupo, con Raymond Molinier, Frank, Bous, Bardin (Boitel) y algunos otros. Hacia septiembre u octubre, Molinier comenzó a manifestar signos de impaciencia hacia sus colaboradores. El grupo se desarrollaba demasiado lentamente para su gusto; el diario del grupo, La Vérité, era según él demasiado abstracto y no conseguía penetrar en las capas obreras. Se dibujó una línea de demarcación y la organización se escindió en dos fracciones. Yo me quedé junto a Raymond Molinier. Desde mi adhesión al movimiento trotskista había estado ligado políticamente a él, en los diversos vaivenes de la vida interna del grupo trotskista francés. Había sido el hombre de confianza de Trotsky. Nadie tenía tanta energía como él. Cuando los acontecimientos súbitamente reclamaban una acción, Raymond Molinier estaba allí para encontrar el dinero, imprimir un cartel, organizar un mitin. En una especie de bravata que era habitual en él, Raymond Molinier envió a Trotsky una carta en la que descargaba todas sus baterías. Le describía sus proyectos, con precisiones que todavía no había comunicado a la gente que lo rodeaba o por lo menos a mí. En esos mismos días escribí a Trotsky describiéndole la situación tal como yo la veía. Como no le hablaba de los planes precisos que Molinier le había hecho llegar, por la simple razón de que los ignoraba, se imaginó que yo quería engañarlo. Yo era, sin embargo, uno de los mejor situados para saber que eso era imposible. De todos lados le llegaban informaciones, de Liova y de muchos otros corresponsales regulares que le escribían frecuentemente. La fractura se produjo a comienzos de diciembre. El grupo Molinier-Frank, en el que yo estaba, comenzó a publicar un diario nuevo, La Commune. Jeanne Martin también formaba parte de ese grupo. Eso habría de crear más tarde una situación entre Liova y ella que, con los años, se convertiría en muy penosa. En esas semanas la escisión no iba más allá de esas luchas de fracciones que nunca habían faltado. Las negociaciones entre los dos grupos continuaban. En cuanto a mí, las relaciones con Trotsky se habían cortado. Por supuesto, eso me afectó mucho. La Commune no progresaba más que La Vérité. Nos enfrentábamos a las mismas dificultades y no había ninguna fórmula mágica. Antes de mediados de enero de 1936 yo abandonaba lo que había ya comenzado a parecerme una aventura. Durante unas semanas, floté, a distancia de ambos grupos. Entré al grupo trotskista oficial hacia mediados de febrero. Gaby que, como yo, había estado en el grupo de Molinier en momentos de la escisión, se quedó en él, lo cual creó entre ella y yo una situación bastante parecida a la que existía entre Jeanne y Liova.
Mis tribulaciones políticas habían tenido repercusiones en mi vida personal. Lejos de ambos grupos, tuve que buscar un empleo. Con la ayuda de André Thirion, a quien había conocido en la sección socialista del décimo noveno distrito, ingresé a la “Francia mutualista”, para trabajar como actuario. Era una sociedad quedaba pensiones vitalicias a ex combatientes de la guerra de 1914-1918 y en la que trabajaban unos 200 empleados. Thirion, sin pertenecer a la dirección, ocupaba un puesto bastante importante y había conseguido trabajo para algunos jóvenes surrealistas. Reinicié mi correspondencia con Trotsky. Le envié, apenas aparecido, el librito que André Gide había escrito luego de su viaje a Rusia, Retour de URSS (Regreso de la URSS).
En la segunda mitad de mayo se lanzó en Francia una ola de huelgas, con ocupaciones de fábricas. Una noche de comienzos de junio, se sintió que planeaba sobre París una extraña atmósfera. La policía no aparecía. Las calles estaban desiertas, sólo unos grupos de obreros se dirigían de una fábrica ocupada a otra. Pero eso no duró mucho. Las negociaciones recomenzaron y la ciudad recuperó un rostro más familiar. El 7 fueron concluidos lo que se llamó los acuerdos Matignon, entre el gobierno de Blum, el sector patronal y los sindicatos.
El lunes 8 de junio, “Francia mutualista” se ponía en huelga. Ocupamos los locales. En el día, las mujeres hacían la comida para todos. De noche, nos acostábamos en el piso. Las cosas se hacían con mucho buen humor y una gran disciplina. Yo era secretario del comité de huelga; el comité se instaló en el despacho del director. Dos agentes de policía vinieron amablemente a la puerta a preguntar, a los efectos de un censo, cuántos eran los huelguistas, uno de ellos escribió la cantidad en un cuaderno. Esta huelga no era, por cierto, más que una gota de agua en la ola de huelgas que se había desatado en el país. En el microcosmos de “Francia mutualista”, las negociaciones tomaban la forma de interminables reuniones entre el director y sus adjuntos por un lado, y el comité de huelga, por el otro, en torno a una inmensa mesa. La huelga tuvo como saldo importantes aumentos de salarios, vacaciones pagas y otras ventajas.
Desde Noruega, Trotsky seguía de muy cerca la situación en Francia. El 10 de junio, me escribió: “Le adjunto un nuevo artículo que me parece muy URGENTE. Le ruego hacer lo posible de lo imposible para que llegue cuanto antes a los camaradas y aparezca en el diario. El mejor nombre para el diario sería Le Soviet Eso nos dará la posibilidad de penetrar en las filas de los obreros comunistas y, por otro lado, el nombre corresponde totalmente a la situación. Como cintillo: “¿Los soviets en todas partes? ¡De acuerdo! Pero empecemos por Francia”.
El artículo cuyo texto ruso me enviaba Trotsky con la carta fue La revolución francesa ha comenzado, con fecha 10 de junio, que era la continuación de un primer artículo sobre la situación en Francia, La etapa decisiva, con fecha 3 de junio que me había enviado unos días antes. En cuanto a la exclamación “¡Los soviets en todas partes!” era entonces la consigna más corriente en las manifestaciones organizadas por el Partido Comunista. En la noche traduje el artículo de Trotsky, sentado en el escritorio del director de la “Francia mutualista”.
El grupo trotskista francés acababa de reorganizarse. El 1° de junio se había logrado una reconciliación (que sólo habría de durar unos meses) con el grupo Molinier; nos habíamos puesto otro nombre, Partido Obrero Internacionalista y buscábamos un título para el periódico. Por eso Trotsky hacía la propuesta. Se ve su preocupación por el detalle; no solamente piensa en un título para el periódico, sino que también prevé los titulares. El nombre propuesto no fue aceptado y Trotsky comenzó a mostrar una impaciencia creciente hacia la dirección del grupo francés. Pensaba que éste no trabajaba con la urgencia que le parecía exigir la situación. El 12 de junio me escribió: “Recibida su cartita (donde yo le anunciaba la huelga de Francia mutualista) y felicito al señor secretario del Comité de huelga. Espero que usted haya transmitido mi segundo artículo a la redacción (era el enviado el 10 de junio). Si ésta no asume la obligación que yo exijo (es decir, publicar inmediatamente los artículos de Trotsky, sin modificaciones), haré una declaración pública desentendiéndome de toda responsabilidad especial respecto del órgano de la sección francesa (del movimiento trotskista internacional) y quedaré en relación con los camaradas para un boletín semanal de pocas páginas en las que podré hablar con plena libertad”. (En esta carta y en la anterior a ella, ambas dictadas a alguien que no era francés, Erwin Wolf, corrijo la ortografía pero mantengo el giro de las frases).
Cuando se conoce el precio que ponía Trotsky en todo lo que se había edificado en el plano de la organización en el movimiento trotskista, los cuidados con que había incubado la formación de estos grupos, se puede medir el aspecto extraordinario de ese proyecto de boletín. Fue aún más lejos por esa vía. Al poco tiempo recibí una carta a mano, de la que no hay copia y cuyo original desgraciadamente se perdió, en la que me proponía lo siguiente: publicar en París un diario que se llamara Le Soviet para el que Trotsky me enviaría de Noruega casi todo el contenido de cada número, yo traduciría los textos y me ocuparía de su impresión. Habría que mantener respecto de la conducción del grupo trotskista francés una especie de neutralidad. Toda la empresa era, evidentemente, quimérica. Trotsky me había elegido para ese proyecto por las siguientes razones: podía traducir rápidamente sus artículos del ruso al francés; tenía alguna experiencia en cuestiones de imprenta; finalmente, luego de mi pertenencia temporaria al grupo Molinier y, posteriormente, mi ruptura con ese grupo, no tenía una solidaridad política particular con el equipo Rous-Bardin-Naville, ni con el equipo Molinier-Frank, que constituían entonces la dirección del grupo trotskista francés. El proyecto de diario independiente nació muerto. Los acontecimientos evolucionaron rápidamente. La ola de huelgas tuvo un reflujo. Las relaciones de Trotsky con la dirección del grupo francés mejoraron un poco.
El 19 de julio estalló la guerra civil española. Hacia fin de mes, Trotsky comunicó a Liova su intención de ir clandestinamente a Cataluña. Liova y yo hicimos algunos planes. Pensábamos en un barco pesquero que iba de Noruega a España, pero nada, fuera de algunas conversaciones.
El 5 de agosto Trotsky terminó el manuscrito del libro en el que trabajaba hacía algún tiempo, La Revolución traicionada y lo envió a sus traductores. Salió de Wexhall para hacer una excursión con Xonrad Knudsen, hacia Christiansand. Durante la noche del 5 al 6, miembros del pequeño grupo pro-nazi noruego invadieron la casa de los Knudsen y se apoderaron de cartas y documentos que pertenecían a Trotsky. En París, Liova estaba inquieto y me pidió que fuera a Noruega. Me embarqué en Amberes y llegué a Oslo el 25 de agosto por la mañana. Todavía el barco se deslizaba por las aguas del fiordo de Oslo cuando trajeron a bordo los diarios de la mañana. Pude descifrar los titulares: anunciaban la ejecución de Zinoviev y de Kamenev. Llegué a Wexhall, donde encontré a Trotsky, Natalia y Erwin Wolf, así como a la familia Knudsen. Los periodistas llamaban por teléfono a cualquier hora para obtener declaraciones de Trotsky sobre el proceso de Moscú. Trotsky estaba preocupado, en primer lugar, a causa del proceso, luego, porque en razón de aquél, el gobierno noruego endurecía su actitud hacia él. Moscú ejercía una presión cada vez más fuerte sobre el gobierno, reclamando medidas contra Trotsky y amenazando, si no se tomaban, con suspender la compra de arenques noruegos.
El 28 de agosto Trotsky fue a Oslo con Erwin Wolf para testimoniar en el juicio contra los nazis noruegos que habían invadido la casa de los Knudsen. Los procesos contra los fascistas se transformaban en una acción contra Trotsky. De testigo se convertía en acusado. A la tarde, en la gran sala de la casa de los Knudsen yo acababa de colgar el teléfono después de hablar con un periodista, cuando dos policías noruegos irrumpieron en la habitación, me agarraron y me llevaron. Un automóvil había traído a Trotsky de Oslo con unos policías. Trotsky descendió del automóvil. No pudimos decirnos nada. Wolf estaba en otro automóvil, al que me hicieron subir. Un policía fue rápidamente a buscar mi valija con mis pocas pertenencias personales y partimos hacia Oslo. Todo eso sin ninguna explicación. Nos llevaron, a Erwin y a mí, al gran edificio central de la policía en Oslo. Allí nos hicieron firmar una declaración en la que decíamos que abandonábamos Noruega por nuestra voluntad. La palabra era freiwillig, pues nos hablaban en alemán. De lo contrario, nos dijeron, los deportaremos a Alemania, a la Alemania de Hitler. Nos negamos. Wolf tenía un poco de dinero con él. Yo no tenía un centavo. En la celda me pasó un billete que yo escondí en uno de mis calcetines. No sabíamos en absoluto lo que iba a ser de nosotros ni cual era la suerte de Trotsky. Al día siguiente, sin explicaciones, nos metieron en un tren, entre dos policías. En la frontera sueca esos dos policías noruegos nos entregaron a dos policías suecos, quienes nos acompañaron hasta Dinamarca, donde nos entregaron a dos policías daneses. Llegamos a Copenhague el 30 de agosto, custodiados no ya por dos sino por seis policías daneses. No sabíamos todavía a dónde íbamos, ni lo que sucedía en el mundo. En la estación de Copenhague, un personaje importante de la policía nos dijo, muy amablemente, que íbamos a ser conducidos al hotel. Partimos en automóvil, flanqueados por policías. El automóvil recorría, a gran velocidad, las avenidas exteriores y penetró en un edificio. El “hotel” era una cárcel. Era incluso una cárcel para criminales peligrosos. A la noche nos pusieron a cada uno en una celda completamente desnuda, salvo una tarima empotrada en la pared y una cobija. A la noche nos quitaron toda la ropa y objetos personales, sin siquiera dejarnos un pañuelo. Al día siguiente nos llevaron, siempre sin la menor explicación. Llegamos a los muelles y nos obligaron a subir a una pequeña embarcación, el Algarve. El barco soltó inmediatamente las amarras. No había policías a bordo y el capitán era cordial. Supimos que la embarcación, un barco de carga muy pequeño, iba a Marruecos a comprar aceite de copra, que haría escala en Amberes, donde podíamos desembarcar. Más tarde, en alta mar, nos enteramos, por la radio, que Trotsky y Natalia serían internados por el gobierno noruego. Tuvimos mal tiempo; el barco, vacío, danzaba sobre las olas.
Llegamos a Amberes el 2 de septiembre. Dos policías belgas nos esperaban en el muelle. Tomamos el tren con ellos a París. En la frontera francesa los policías belgas evitaron a los policías franceses: temían que la policía francesa rechazara a Wolf, ciudadano checoslovaco, y lo hiciera regresar a Bélgica. Llegamos finalmente a París. La actitud de los países escandinavos hacia nosotros había sido provocada por presiones diplomáticas rusas. El 2 de septiembre, Trotsky y Natalia fueron internados por el gobierno noruego en Sundby, una aldea a 36 kilómetros al sudoeste de Oslo, cerca del pueblo de Storsand. Los alojaron en el primer piso de una casita cuya planta baja estaba ocupada por unos veinte policías. Trotsky no podía recibir visitas, las únicas excepciones eran su abogado noruego que vino a verlo algunas veces y Gérard Rosenthal, su abogado parisino, que fue autorizado a visitarlo. Su correspondencia era vigilada de cerca. Las cartas que escribía eran enviadas ya sea con un gran retraso o bien devueltas. No podía recibir más que breves y escasas comunicaciones.
Para tratar de refutar las falsas acusaciones lanzadas por Moscú, Trotsky se propuso, a través de sus abogados, intentar aquí y allá, en dos o tres países de Europa, procesos a las publicaciones comunistas oficiales que reproducían esas calumnias. El 29 de octubre, un decreto especial del gobierno noruego prohibía a un “extranjero internado” emprender cualquier acción jurídica. Incluso se prohibió a Trotsky pasear bajo vigilancia, en la puerta misma de la casa. Era un régimen carcelario, de prisión severa. En su conducta hacia Trotsky, el gobierno “socialista” de Noruega descendió a cometer ignominias tales que ni en las sombrías horas de Doméne, el gobierno de Doumergue jamás se había permitido.
De regreso a París, volví a ocupar mi lugar en el grupo trotskista francés, pero mi actividad cotidiana pronto fue colaborar con Liova en la refutación de las falsas alegaciones del proceso Zinoviev-Kamenev. Trotsky había sido reducido al silencio. Liova se puso a escribir un largo texto que poco a poco fue tomando forma. Yo lo traducía al francés y me ocupaba de su impresión. El texto, finalmente, vio la luz, era el
Libro rojo, primera refutación sistemática de las falsificaciones del proceso Zinoviev-Kamenev.
Una comisión investigadora sobre el proceso de Moscú se había formado en París. Gérard Rosenthal, como abogado, tenía un papel muy activo en ella. Yo trabajaba con él. Fue en las sesiones de esta comisión donde pude ver de cerca a Alfred y Marguerite Rosmer, a André Bretón, a Victor Serge. Bretón era muy asiduo y siempre lleno de buena voluntad. Al fin de una reunión, por ejemplo, había a menudo que firmar un texto sobre el que todos se habían puesto de acuerdo. Cada uno se levantaba y venía a poner su firma. Bretón ponía la suya, con tinta verde, y debajo de su nombre escribía, en letra pequeña, “escritor”, lo cual me sorprendió en un surrealista.
Durante ese otoño de 1936 veía a Liova casi diariamente y aprendí a conocerlo mejor. Trabajaba en condiciones difíciles: las persecuciones que venían de Moscú, las dificultades con las autoridades francesas, la falta de dinero, sus relaciones con Jeanne.
Liova manifestaba frecuentemente una especie de testarudez taciturna que más tenía que ver con la obstinación silenciosa de su madre que con la voluntad elocuente de su padre. Un día hablábamos en su departamento de la calle Lacretelle cuando yo saqué la cuestión de las medidas de excepción tomadas contra los homosexuales en los primeros tiempos del poder bolchevique. “Eran todos espías”, me dijo con un tono perentorio.
Liova manifestaba hacia la dirección del grupo trotskista francés una constante desconfianza. No sin desprecio, decía casi todo el tiempo al hablar de ellos “los franceses”. No vacilaba en decir, en la conversación, “nosotros, los rusos”. En 1934 alababa al stalinista Dimitrov diciendo que tenía la “tripa bolchevique”.
Su falta de confianza en los trotskistas franceses, por otro lado, tal vez le costó la vida. Cuando se sintió enfermo, en febrero de 1938, hubiera podido dirigirse a alguno de los dirigentes del grupo trotskista francés Rous, Naville o Gérard, que conocían a excelentes médicos. El padre de Gérard, en particular, era un gran médico parisino, podía dar los mejores consejos y abrir todas las puertas. En su departamento había parado Trotsky durante su estadía en París, en junio de 1935. Liova prefirió meterse en una clínica rusa que en París, en 1938, no podía sino estar infestada de rusos blancos y de agentes stalinistas. Se presentó como que era un ingeniero francés. En dos minutos los otros rusos no pudieron dejar de darse cuenta de que era ruso. La dirección del grupo trotskista francés se enteró de su ingreso a la clínica y de su operación muy tarde. En los momentos en que tomó su decisión estaba, junto a él, Jeanne, cuya honestidad evidentemente no se cuestiona pero que estaba animada por una hostilidad violenta y apasionada contra la conducción del grupo francés, y Mark Zborowski, de quien ahora se sabe que era un espía stalinista. Liova, en ese momento decisivo, no se puso en relación con ninguno de los dirigentes trotskistas franceses. Cuando tomó la decisión de internarse en esa clínica rusa estaba todavía perfectamente consciente, pero Zborowski probablemente no debe haber dejado de consolidarlo en su resolución.
Era noviembre de 1936. Trotsky estaba internado en Noruega. Unas semanas antes, Gérard, su abogado, había podido visitarlo en el lugar de su internación. Era casi el único a quien la censura noruega autorizaba, dentro de límites bastante estrechos, a escribirse con Trotsky. Nosotros, Liova, Gérard y yo, nos encontrábamos frecuentemente para arreglar los asuntos corrientes, que no dejaban de presentarse: las comunicaciones con Trotsky, la búsqueda de una salida al impasse noruego, el desarrollo de los procesos que Trotsky intentaba seguir aquí y allá para hacerse oír, la refutación de las calumnias lanzadas desde Moscú, la situación misma de Liova que había publicado bajo su nombre el Libro rojo, a pesar de haberse comprometido con las autoridades francesas abstenerse de cualquier acto político.
Los problemas no faltaban y había de semana en semana, casi de día en día, decisiones importantes que tomar. Una mañana estábamos los tres sentados alrededor de una mesa, en la terraza cerrada de un café de boulevard Montparnasse. En la conversación, a Gérard se le ocurrió emplear el nombre “Jeanne Molinier”. No veo muy bien de qué otra manera hubiera podido expresarse. El nombre “Martin”, que era el apellido de soltera de Jeanne, nunca era utilizado en la organización. Cuando escuchó el nombre pronunciado por Gérard, Liova se levantó bruscamente y haciendo casi caerla mesa gritó: “No puedo trabajar en semejantes condiciones”. Se fue. En las semanas siguientes tuve que servir de intermediario entre Gérard y él. Todo eso no hacía muy fácil el trabajo.
Durante los años que Liova vivió en París, su colaborador más cercano era Mark Zborowski que muchos años después fue públicamente desenmascarado como agente de la GPU. Desde la llegada de Trotsky a Estambul, cierto número de agentes stalinistas había penetrado en las filas de la organización trotskista. Sin mencionar aquí los espías locales, reclutados en el lugar y cuyas actividades no salían del marco de una sección nacional, había una buena media docena de agentes internacionales, es decir, agentes que se encontraban mezclados en la vida de varias secciones, en el trabajo del Secretariado Internacional, en la difusión del Boletín de la Oposición, que trabajaban con Liova, que se escribían con Trotsky y que incluso iban a verlo. Los tres principales de esos agentes eran los hermanos Sobolevicius y Mark Zborowski. Sus maneras de actuar merecerían todo un libro. Hubo otros individuos respecto de quienes no siempre es fácil decidir si fueron agentes de la GPU colocados en la organización trotskista o vacilantes que en un determinado momento capitularon ante Stalin.
Jakob Frank, o Graef, llegó a Prinkipo el 29 de mayo de 1929 y se quedó alrededor de cinco meses como secretario de Trotsky. Venía recomendado por Raissa Adler quien, aparentemente, era de buena fe. Era la mujer de Alfred Adler, el psicoanalista vienés. De origen ruso, Raissa Timofeievna había conocido a Trotsky durante la permanencia de éste en Viena, antes de la primera guerra mundial. A la llegada de Trotsky a Turquía, ella le envió, el 13 de febrero, un telegrama para saludarlo y pronto entró en correspondencia con él. Frank era un judío lituano. En la primavera de 1929, cuando Raissa Adler lo recomendó a Trotsky, él era miembro del Partido Comunista austríaco y había trabajado, hasta el otoño de 1927, como economista en la representación comercial soviética en Viena. No ocultó nada de esto a Trotsky quien, por otro lado, en ese momento, vio en esa actividad pasada una recomendación más que una razón para desconfiar. Frank se fue de Prinkipo hacia fines de octubre de 1929. ¿Cuál fue exactamente su papel? De la gente que vivía en Prinkipo en esa época o que pasó por allí y yo conocí, Liova, Jeanne, Alfred y Marguerite Rosmer, nadie dijo nunca nada preciso sobre él. Jeanne, a quien interrogué en 1958, se acordaba de Frank. No le había caído simpático. Lo había encontrado charlatán y presumido; pero, naturalmente, no había sospechado nada. Trotsky, en todo caso, confió en Frank. El 27 de enero de 1930, tres meses después de su partida, Trotsky escribía a un trotskista checoslovaco: “El camarada Frank fue durante varios meses mi secretario en Prinkipo. Usted le puede tener absoluta confianza” (subrayado por Trotsky). En 1930 Frank escribió un artículo sobre la situación económica rusa que fue publicado en el número 11 del Boletín de la Oposición. Pronto manifestó simpatías cada vez más abiertas por el stalinismo y se alejó de la oposición. ¿Fue uno de los capituladores que en la época no faltaban? Es posible. Al menos, así fue como lo juzgó Trotsky. Pero es también posible que haya sido desde el comienzo un agente formado y manipulado por la GPU. Cierto número de indicios permiten sostener esa versión. En efecto, era una costumbre bastante establecida de la GPU reclutar sus agentes para Europa occidental entre los judíos que hablaban ruso y salían de las regiones limítrofes de Rusia. Ése fue el caso de los hermanos Sobolevicius. Ése fue el caso de Zborowski. Pues bien, Frank entra también en esa categoría.
Pero hay más aún: se puede encontrar en las cartas de la época cierta cantidad de indicios. Raymond Molinier escribía a Liova el 13 de enero de 1930: “Un llamado Román Well (Ruvin Sobolevicius), que dice estar en contacto con Frank, pide encargarse directamente de la difusión del Boletín en Alemania.” Well, ahora se sabe, era en esa época un agente a sueldo de la GPU. Se vale, como vemos, del nombre de Frank para ofrecer sus servicios a Liova. Well mismo escribió a Trotsky, el 30 de agosto de 1930, cuando ya había penetrado profundamente en el grupo trotskista alemán: “Ya le escribí a usted diciéndole que hice la propuesta de que el camarada Frank fuera cooptado en la dirección nacional (del grupo trotskista alemán)”. Frank, luego de su partida de Prinkipo, escribió a Trotsky el 17 de diciembre de 1929: “Román Well de Leipzig da buena impresión. Trabaja como un toro”. Toda una red de recomendaciones recíprocas comienza a urdirse.
Kharin, empleado de la embajada soviética en París, había manifestado tener simpatías por el trotskismo. Creo que había servido de intermediario entre Trotsky y trotkistas de Moscú. Trotsky le envió de Prinkipo, hacia julio de 1929, todo el texto dactilografiado del primer número del Boletín de la Oposición; Kharin se iba a encargar de la impresión. Ahora bien, entregó el texto a la GPU. Había, por supuesto, una copia, pero eso retrasó la aparición del primer número del Boletín. Lo que es más grave es que me parece que se envió a Kharin documentos originales, traídos de Rusia por Trotsky, para que fueran reproducidos en facsímil en el Boletín. Los documentos se perdieron irremediablemente. Creo que oí hablar de ello a Liova o a Raymond Molinier, y una carta de Trotsky parece confirmarlo. El 28 de julio de 1937 escribía a Liova: “La comisión (Dewey) quiere tener el original o una copia certificada de la carta que Krúpskaya me envió luego de la muerte de Lenin. Por lo que me acuerdo, el original de esa carta de Krúpskaya, así como otros documentos preciosos, se perdieron en vinculación con el trabajo del Boletín de la Oposición (sospecho que fueron robados por agentes de la GPU)”. Trotsky denunció a Kharin como provocador en la carta que envió a Blumkin. Kharin es, sin duda, ese tal Joseph, denunciado como agente stalinista a mediados de 1929, pero no estoy seguro de ello.
El 18 de junio de 1930, Raymond Molinier escribía, de París, a Liova, por entonces en Prinkipo: “Para el trabajo en Büyük Ada y tu reemplazo, tendrías que pensar seriamente en Obin. El sabe bien el alemán, el francés y, como tú, el ruso. Sería uno de los más entregados; es activo e inteligente. Su mujer también escribe a máquina. Por otro lado, no es obligatorio que ella vaya; él no impondrá ninguna condición en ese sentido”. Paul Okun (u Obin) era un judío de Ucrania, refugiado en Bruselas, que había demostrado simpatías trotskistas. Su instalación en Prinkipo no se produjo, pero pronto estuvo íntimamente mezclado en el trabajo del Secretariado Internacional. Raymond Molinier lo había hecho venir a París a comienzos de diciembre de 1930.Tomó el nombre de Mili. Era originario de Ucrania meridional. Ese nombre de Mili le había sido sugerido, si lo que me contaron es exacto, por el nombre del pueblo donde había nacido, Milovoyé. Este pueblo se encontraba a unos 200 kilómetros al este de Yanovka, el lugar de nacimiento de Trotsky. Si bien Obin no fue a instalarse en Prinkipo como secretario de Trotsky, Raymond Molinier al menos lo envió allí para una visita de unas semanas. He oído decir que Trotsky se complacía en intercambiar con Mili, en ruso, recuerdos de infancia. Hacia mediados de 1932, Obin hizo transacciones con la embajada soviética en París. Recibió la autorización de volver a Rusia y se fue a instalar a Kharkov, donde tenía familiares. ¿Qué fue de él? ¿Capitulador o agente?
Los hermanos Sobolevicius, Abraham y Ruvin, conocidos en la organización trotskista con los nombres de Senin y Román Well, hicieron su aparición en el grupo de Leipzig de la organización trotskista alemana en 1929. Eran entonces, como ahora se sabe, agentes reclutados y entrenados por la GPU desde hacía dos años. Eran judíos lituanos. El 26 de abril de 1930, Senin escribía a Trotsky: “Le sorprenderá quizás que le envíe esta carta desde Berlín. Eso se explica porque estoy pasando mis dos semanas de vacaciones con mi mujer, que es ciudadana ruso soviética, miembro del partido y trabaja en la representación comercial (soviética) de aquí. En los medios (comunistas) oficiales de aquí no se la conoce como mi mujer y ha sido únicamente por eso que no ha perdido su puesto”. Los hechos mismos y el candor fingido con que son presentados, crean un sorprendente paralelismo con Jakob Frank.
Los dos hermanos Sobolevicius hicieron un ascenso rápido en la organización internacional. Hemos visto cómo Well se ofreció a Raymond Molinier para la difusión del Boletín de la Oposición en Alemania. Liova pronto confió en Well para esta difusión en Rusia misma y en los países limítrofes, lo que era bastante más grave. Los dos hermanos participaron en el trabajo de la dirección del grupo trotskista alemán y en el del Secretariado Internacional. Sabían además explotar las luchas de fracciones para facilitar su ascenso. Ya dije hasta qué punto eran antinavillistas los que rodeaban a Trotsky.Well y Senin fueron entonces antinavillistas a fondo. El 2 de diciembre de 1930 Raymond Molinier escribía a Liova: “Román Well tiene un odio terrible contra Naville. Mili ahora también tiene contra él un odio muy grande”.
En agosto de 1931, Well y Senin fueron a Prinkipo a visitar a Trotsky. Estaban, entonces, bien instalados en el corazón mismo de la organización trotskista. Cuando a fines de 1932 Trotsky fue a Copenhague, Senin llegó a verlo desde Berlín. Un poco antes, había hecho un viaje a Rusia y trajo a Trotsky noticias extremadamente pesimistas sobre la situación económica de allí. Ahora que se conoce su papel es todavía difícil decidirse acerca de cuál era su juego. La situación económica en Rusia, después de la aventura stalinista de la colectivización forzada en el campo, era realmente muy sombría. Tal vez Senin sólo daba a Trotsky detalles sobre una situación que éste podía muy bien juzgar con otros criterios y buscaba así fortalecer suposición en la organización trotskista. Tal vez era, para emplear la jerga de hoy, una maniobra de intoxicación, destinada a empujar a Trotsky en cierta dirección.
En diciembre de 1932 los desacuerdos y las discusiones se multiplicaron en el grupo trotskista alemán. Well y Senin consiguieron llevarse tras de sí a cierto sector de la organización. El diario del grupo trotskista alemán era Die permanente Revolution.
En enero de 1933 Well y Senin publicaron un número falso del diario, imitando el título y la disposición tipográfica. El número falso reclamaba el retorno al stalinismo y fue reproducido, con los comentarios apropiados, en el diario principal del Partido Comunista alemán, Die rote Fahne. En vísperas de la llegada de Hitler al poder, el grupo trotskista alemán se encontraba hecho añicos. Era asombroso, por otro lado, que en la atmósfera política sobrecalentada de los años 1931 y 1932, el grupo trotskista alemán hubiera progresado tan poco. Nada de parecido al progreso, aunque relativo, de los trotskistas franceses, también en una situación política abrasadora, de 1934 a 1936. En Alemania el estancamiento había sido completo y justo antes de la llegada de Hitler al poder, la desintegración. Se pueden dar muchas razones de estos hechos, pero uno se puede preguntar también si las maquinaciones solapadas de los hermanos Sobolevicius no constituyeron un factor importante de la parálisis del grupo trotskista alemán. Es así, en todo caso, como Trotsky interpretó las cosas.
El 5 de enero de 1933, escribía a Raymond Molinier: “Fue Well quien frenó los progresos de la oposición alemana, introduciendo la confusión en cada consigna, en cada artículo, en cada acción. Era muy difícil luchar contra él, puesto que nunca ponía los puntos sobre las íes”. Descripción notable. Tanto más notable cuanto que Trotsky no pensaba entonces que Well fuera un agente profesional y lo tomaba por un capitulador. Su descripción, no obstante, de los métodos de Well corresponde exactamente a la manera de actuar que un agente profesional hubiera adoptado en parecidas circunstancias. Trotsky hace una descripción exacta, pero no extrae ninguna conclusión. El 14 de enero escribía a la dirección del grupo trotskista alemán: “Que los éxitos de la oposición de izquierda en Alemania no correspondan a la situación, no se explica ni mínimamente por la influencia paralizante que tendrían las ideas confusas y los métodos de sabotaje de Well y compañía”. El 26 de septiembre de 1933 Trotsky escribía a Vitte, un trotskista griego al que enfrentaba en una lucha de fracciones: “[...] su coalición con elementos wellistas-seninistas [...]” Nunca deja de estar en el plano de la tendencia política, sin ver el del espionaje profesional.
Los hermanos Sobolevicius desparecieron momentáneamente de la escena. Pero en 1936, cuando el primer proceso de Moscú, Trotsky tuvo la ocasión de interesarse en ellos. Uno de los acusados del juicio, Valentin Olberg, había estado cerca de algunos grupos trotskistas en Alemania unos años antes. Trotsky se refirió a la cuestión en una carta a Liova del 22 de agosto de 1936: “Este ejemplo (de Olberg) confirma la hipótesis de que todos los otros testigos de cargo fueron reclutados por la GPU entre esos elementos que en el extranjero se mezclaron a la oposición de izquierda o que al menos intentaron hacerlo. Esa gente era ya entonces agentes directos de la GPU o bien jóvenes arribistas que esperaban hacer carrera en la oposición de izquierda y que luego se valieron de su traición a esa misma oposición de izquierda para hacer carrera, etc. Hay varios elementos de esa especie (Mili, por ejemplo, en París, los hermanos Well y Senin, Gráf, etc.)”. En otra carta, fechada el mismo día, escribía también a Liova: “Lo que hay que esclarecer es si esos señores que nosotros conocemos bien, Mili, Well, Senin y Gráf, no se ocultan detrás de los nombres desconocidos que aparecen en el acta de acusación. En ese caso todos serían desenmascarados como simples informadores y provocadores”.
Senin, hacia 1935, pasó cierto tiempo en Rusia y ayudó a la ÜPU en la represión en contra de trotskistas deportados. Durante los primeros tiempos de la guerra civil española, se supo que Well hacía frecuentemente el trayecto de ida y vuelta entre Toulouse y Barcelona. Se podría escribir un libro entero sobre esa gente.
En 1937, en París, Raymond Molinier, que había tenido que abandonar los negocios, trabajaba como chofer de taxi. Un día vio a Well, a quien conocía perfectamente, tomar un taxi delante del suyo. Well iba acompañado por cuatro o cinco mocetones bien robustos. Molinier siguió el taxi que había tomado Well por las calles de París. Ese taxi se detuvo ante el edificio en el que vivía Liova, en la calle Lacretelle. Well descendió con sus acompañantes. Molinier se dio cuenta de que entraban a un departamento bastante cercano al de Liova. Se precipitó entonces al departamento de Liova para comunicarle la noticia. Pero fue Zborowski quien le abrió la puerta y le dijo: “Nosotros nos ocuparemos de eso, es asunto nuestro”. ¡El episodio es transparente!
Sobre Mark Zborowski se han publicado ya muchas informaciones por lo que sólo daré algunos recuerdos personales. Encontré a Zborowski instalado como miembro del grupo trotskista francés y como colaborador de Liova en uno de mis regresos a París. Debía ser entre 1934 y 1936, pero no tengo un recuerdo preciso de mis primeros encuentros con él. Las relaciones entre los miembros de la organización trotskista tenían, por supuesto, sus ribetes personales. Con algunos, uno se entendía bien y era amigo; con otros, simplemente se trabajaba en común. Mis relaciones con Zborowski nunca fueron cordiales. Su cara hosca y su aspecto insignificante no me atraían nada. Pero jamás tuve sospechas particulares acerca de él. Liova le tenía confianza, lo veía casi a diario, trabajaba con él, hablaba con él en ruso, es decir, su común lengua materna.
Zborowski había llegado hasta Liova a través del grupo trotskista francés. Se había presentado como un estudiante que tenía simpatías trotskistas y había entrado en el grupo. Jeanne se enteró que sabía el ruso y se lo presentó a Liova. Zborowski utilizó una técnica bastante diferente de la de Well. Éste se presentaba como dirigente político. Tomaba posiciones, organizaba una fracción, intentaba maniobras, todo eso con fines de desorganización. Esa ese aspecto al que aludía Trotsky cuando, el 21 de diciembre escribía a Raymond Molinier: “Well tiene astucia y buenos puños, ha sabido apoyarse en algunos elementos obreros; por eso bastó que se desenmascarara para que la crisis estallara abiertamente”. Zborowski actuaba de un modo muy diferente en la organización francesa. Era más bien rata. No llamaba por nada la atención. Votaba siempre con la mayoría. Apenas se advertía su existencia.
¿Cuáles fueron exactamente sus relaciones con Liova? Yo no pude observarlas sino a cierta distancia. Encontraba a Liova sin Zborowski, a Zborowskisin Liova. Sólo los vi juntos una o dos veces. Mi impresión bien definida es que Zborowski nunca planteaba a Liova una cuestión que hubiera podido provocar una discusión política cualquiera o al menos una conversación seria sobre un problema serio. Era servicial, siempre dispuesto a cumplir las tareas que Liova le encargaba. Nada resaltaba en él, salvo su insignificancia.
Well y Senin se habían desenmascarado la víspera misma de la llegada de Hitler al poder. En el torbellino político que siguió después, pronto se los olvidó. La orientación hacia la nueva Internacional abría una nueva perspectiva. Se miraba al futuro, no al pasado. Después del asunto Obin-Mill, Trotsky, el 10 de octubre de 1932, había reconocido que hubo, de su parte y de la de Liova, un “error” al haber confiado grandes responsabilidades a alguien cuya calificación casi única había sido que hablaba ruso. Este reconocimiento de un error seguía siendo abstracto. Con Well y Senin ni siquiera hubo eso. Se dio simplemente la espalda al pasado y, un año o dos más tarde, se repitió con Zborowski lo que se había hecho con ellos; alguien que habla ruso se presenta, se lo integra y pronto tiene en sus manos las direcciones del Boletín, se le otorga confianza en todo.
Por cierto que Trotsky no dejaba de multiplicar las recomendaciones. Me acuerdo que a mediados de 1932 yo había prestado a Molinier mi pasaporte. Se lo llevó a Berlín y lo entregó a Liova para que pudiera salir de Alemania en caso de necesidad. Cuando llegué a Prinkipo conté la historia a Trotsky. Se enojó. "Imagine usted que yo me enferme. Me llevan al hospital de Estambul. Me duermen. Y yo me pongo a hablar." El 10 de octubre de 1935, Trotsky escribía a Liova: “La GPU hará cualquier cosa para apoderarse de mis archivos”, anticipándose así al robo de la calle Michelet. Pero todas esas recomendaciones seguían siendo abstractas. Como ya dije, Trotsky vociferaba contra las erratas pero dejaba a otros el cuidado de corregir las pruebas de sus libros. Lo mismo sucedía con otros detalles. Era demasiado gran señor para ocuparse de cerca de algunas cosas.
Trotsky me contó un día que, incluso en el poder, Lenin escribía él mismo, a mano, las direcciones de los sobres de las cartas que enviaba. Eso revela una preocupación por el detalle que era ajena a Trotsky, siempre dispuesto a valerse de secretarios. Pero, a pesar de su desconfianza, Lenin se había dejado engañar por Malinovsky. Hay que ser prudente, en consecuencia, cuando se alegan rasgos personales para iluminar estas cuestiones. Una vez hechas estas reservas, había en Trotsky no solamente una impaciencia respecto a los detalles, sino también una tal confianza en sus ideas, una tal pasión intelectual que lo llevaban a creer que en las condiciones requeridas uno no podía sino ser conquistado por sus ideas. En la primavera del 38 buscábamos una dactilógrafa rusa. Rita nos había dejado para casarse. Sara Jacobs había venido por un tiempo, pero no podía quedarse demasiado. Escribimos a diferentes países para tratar de conseguir a alguien. De Checoslovaquia nos contestaron que había una joven checa que hablaba ruso perfectamente, escribía a máquina en ruso y estaba decidida a ir a México. El único punto negro: que tal vez era stalinista. Entro al estudio de Trotsky y le doy estas informaciones. Hace un gran gesto con el brazo y dice: “¡Que venga! ¡La convenceremos!” El 14 de mayo de 1938 escribía a Jan Frankel (quien se encontraba entonces en Nueva York), a propósito de esa persona: “Se trata de una muchacha muy joven, de 18 años. No creo que pueda ser un terrible agente de la GPU. Pero si viene con simpatías por los stalinistas y con alguna mala idea contra nosotros (cosa que doy por excluida, pues nadie podría confiar combinaciones diabólicas a una muchachita sin experiencia), aun en ese caso nos sentimos bastante fuertes para vigilarla, controlarla y reeducarla”. El 18 de junio de 1938, Trotsky escribía de nuevo a J. Frankel: “If the Czech girl is a good typist, I would be ready to accept her inmediately. The political apprehensions are in this case not very serious. A girl of eighteen years carinot make conspiracies in our home: we are stronger. In two or three months she would be totally assimilated ”[1]. ¡Cuánta seguridad en sus ideas! Pero, sabiendo lo que sabemos hoy, uno se estremece al leer estas líneas. Podría agregarse que Trotsky tenía acerca de la psicología de las jovencitas de 18 años una visión un poco corta. Baudelaire veía más en profundidad.
A Naville, quien le manifestó sus sospechas sobre Zborowski, Trotsky le respondió un día: “¡Usted quiere privarme de mis colaboradores!” Lo cual era una manera más bien extraña de considerar las cosas. Cuando Blumkin lo visitó en Prinkipo en 1929, Trotsky le entregó una carta manuscrita para los opositores de Moscú. ¿Esa carta era realmente oportuna?
En el momento del asunto de Barbizón, Trotsky se calificó a sí mismo, en una declaración a la prensa, de “viejo conspirador”. Pero, dos semanas más tarde, infringía las reglas de la conspiración. A fin de abril de 1934 vivía, como ya lo he contado, en un hotel, en Chamonix. Era entonces el momento más crítico en las relaciones con las autoridades francesas; el gobierno francés iba a decidir sobre su suerte. Trotsky se puso a trabajar en un proyecto de tesis sobre la lucha contra la guerra, tesis que habrían de publicarse en nombre del Secretariado Internacional. Si había un documento propiamente de la clandestinidad, era ése. Trotsky tiró en el cesto de papeles de su habitación del hotel una hoja de su borrador, que hizo el camino hasta llegar a manos de un inspector de la Seguridad. Fue necesaria toda la habilidad de Henri Molinier para minimizar el asunto.
En cuanto a Liova, ya he referido cómo se sentía de inmediato cómodo con un ruso. Hay que agregar que había, en sus relaciones con su padre, cierto matiz de diplomacia. Le comunicaba algunas cosas, pero callaba otras. En la noche del 6 al 7 de noviembre de 1936, la GPU robó en París una parte de los archivos de Trotsky. Habían sido depositados en un departamento de la calle Michelet. La policía francesa comprobó que el atentado había sido efectuado con una notable técnica profesional. Naturalmente, a través de Zborowski, la GPU sabía por adelantado lo que habría de encontrar en la calle Michelet. Después del robo, Liova escribió a su padre que los materiales robados consistían “en su mayor parte” de colecciones de periódicos de tendencias trotskistas en diversos idiomas. Cuesta creer que la GPU hiciera venir de Moscú a un equipo de ladrones profesionales para robar periódicos, sabiendo de antemano lo que allí se encontraba.
Cuando se sabe todo, no puede dejar de sorprender la ceguera de Liova respecto de Zborowski. Durante varios años se vio casi diariamente con él. No había entre ellos el obstáculo del idioma. Lo menos que puede decirse es que Zborowski no tenía un temperamento revolucionario muy manifiesto. Se pegaba a Liova sin ninguna idea que pudiera interesar.
Esas son las informaciones que puedo dar y las observaciones que puedo formular sobre el problema de los espías stalinistas en el movimiento trotskista. Lo cual está lejos, sin embargo, de agotar la cuestión.
En diciembre de 1936 Liova y yo sólo teníamos sobre los planes del gobierno noruego concernientes a Trotsky noticias confusas y tardías. En un viejo pasaporte descubro la huella de una visa de tránsito alemana, que nunca utilicé y que me fue acordada el 22 de diciembre. Tal vez la había solicitado unos días antes, cuando Liova me pidió que partiera inmediatamente a Noruega para encontrarme con Trotsky en Oslo y acompañarlo a México. Supimos, por fin, que Trotsky y Natalia se habían embarcado el 19 de diciembre. Cuando la situación estuvo clara, Liova me pidió que me preparara para partir a México. Los funcionarios del consulado mexicano en París, que habían recibido instrucciones enviadas por iniciativa de Cárdenas, se mostraron muy amables y me entregaron inmediatamente todos los papeles necesarios para entrar a México. Yo no sabía mucho sobre ese país. Me acuerdo que la víspera de mi viaje fui a leer en la biblioteca Sainte-Geneviéve el artículo sobre México en una vieja enciclopedia.


[1]“Si la joven checa es una buena dactilógrafa, estaría dispuesto a aceptarla inmediatamente. Las aprensiones políticas no son en este caso serias. Una chica de dieciocho años no puede realizar conspiraciones en nuestra casa: somos más fuertes. En dos o tres meses ella estaría totalmente asimilada”.



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