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Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista

Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista[1]

Agosto de 1940

Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos en la degeneración, de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo; su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y “anarquistas”. Este solo hecho demuestra que la tendencia a “estrechar vínculos” no es propia de tal o cual doctrina sino que proviene de condiciones sociales comunes para todos los sindicatos.

El capitalismo monopolista no se basa en la competencia y en la libre iniciativa privada sino en una dirección centralizada. Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, bancas, etc. encaran la vida económica desde la misma perspectiva que lo hace el poder estatal, y a cada paso requiere su colaboración. A su vez los sindicatos de las ramas más importantes de la industria se ven privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre las distintas empresas. Deben enfrentar un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. De ahí la necesidad que tienen los sindicatos -mientras se mantengan en una posición reformista, o sea de adaptación a la propiedad privada- de adaptarse al estado capitalista y de luchar por su cooperación. A los ojos de la burocracia sindical, la tarea principal es la de “liberar” al estado de sus ataduras capitalistas, de debilitar su dependencia de los monopolios y volcarlos a su favor. Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y la burocracia obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos por demostrarle al estado “democrático” hasta que punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz, y especialmente en tiempos de guerra. Al transformar los sindicatos en organismos del estado el fascismo no inventó nada nuevo: simplemente llevó hasta sus últimas consecuencias las tendencias inherentes al imperialismo.

Los países coloniales y semicoloniales no están bajo el dominio de una capitalismo nativo sino del imperialismo extranjero. Pero este hecho fortalece, en vez de debilitarla, la necesidad de lazos directos, diarios, prácticos entre los magnates del capitalismo y los gobiernos que, en esencia, dominan, los gobiernos de los países coloniales y semicoloniales. Como el capitalismo imperialista crea en las colonias y semicolonias un estrato de aristócratas y burócratas obreros, éstos necesitan el apoyo de gobiernos coloniales y semicoloniales, que jueguen el rol de protectores, de patrocinantes y a veces de árbitros. Esta es la base social más importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y de los países atrasados en general. Esta es también la base de la dependencia de los sindicatos reformistas respecto al estado.

En México los sindicatos se han transformado por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario. Según los legisladores, la estatización de los sindicatos se hizo en bien de los intereses de los obreros, para asegurarles cierta influencia en la vida económica y gubernamental. Pero mientras el imperialismo extranjero domine el estado nacional y pueda, con la ayuda de fuerzas reaccionarias internas, derrocar a la inestable democracia y reemplazarla con una dictadura fascista desembozada, la legislación sindical puede convertirse fácilmente en una herramienta de la dictadura imperialista.

A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos, en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras.

Al no existir la democracia obrera, no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo, esta posición sería falsa hasta la médula. No podemos elegir a nuestro gusto y placer el campo de trabajo ni las condiciones en que desarrollaremos nuestra actividad. Luchar por lograr ascendiente sobre las masas obreras dentro de un estado totalitario o semitotalitario es infinitamente más difícil que en una democracia. Esto se aplica también a los sindicatos cuyo sino refleja el cambio producido en el destino de los estados capitalistas. No podemos renunciar a la lucha por lograr influencia sobre los obreros alemanes meramente porque el régimen totalitario hace allí muy difícil esta tarea. Del mismo modo no podemos renunciar a la lucha dentro de las organizaciones obreras compulsivas creadas por el fascismo. Menos aún podemos renunciar al trabajo interno sistemático dentro de los sindicatos de tipo totalitario o semitotalitario solamente porque dependan directa o indirectamente del estado corporativo o porque la burocracia no les dé a los revolucionarios la posibilidad de trabajar libremente en ellos. Hay que luchar bajo todas estas condiciones que creó la evolución anterior, en la que hay que incluir los errores de la clase obrera y los crímenes de sus dirigentes. En los países fascistas y semifascistas es imposible llevar a cabo un trabajo revolucionario que no sea clandestino, ilegal, conspirativo. En los sindicatos totalitarios o semitotalitarios es imposible o casi imposible llevar a cabo un trabajo que no sea conspirativo. Tenemos que adaptarnos a las condiciones existentes en cada país dado para movilizar a las masas no sólo contra la burguesía sino también contra el régimen totalitario de los propios sindicatos y contra los dirigentes que sustentan ese régimen. La primera consigna de esta lucha es: independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del estado capitalista. Esto significa luchar por convertir los sindicatos en organismos de las grandes masas explotadas y no de la aristocracia obrera.

La segunda consigna es: democracia sindical. Esta segunda consigna se desprende directamente de la primera y presupone para su realización la independencia total de los sindicatos del estado imperialista o colonial.

En otras palabras, los sindicatos actualmente no pueden ser simplemente los órganos democráticos que eran en la época del capitalismo libre y ya no pueden ser políticamente neutrales, o sea limitarse a servir a las necesidades cotidianas de la clase obrera. Ya no pueden ser anarquistas, es decir que ya no pueden ignorar la influencia decisiva del estado en la vida del pueblo y de las clases. Ya no pueden ser reformistas, porque las condiciones objetivas no dan cabida a ninguna reforma seria y duradera. Los sindicatos de nuestro tiempo pueden servir como herramientas secundarias del capitalismo imperialista para la subordinación y adoctrinamiento de los obreros y para frenar la revolución, o bien convertirse, por el contrario, en las herramientas del movimiento revolucionario del proletariado.

La neutralidad de los sindicatos es total e irreversiblemente cosa del pasado. Ha desaparecido junto con la libre democracia burguesa.

De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aún más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.

Como en los países atrasados el papel principal no lo juega el capitalismo nacional sino el extranjero, la burguesía nacional ocupa, en cuanto a su ubicación social, una posición muy inferior a la que corresponde el desarrollo de la industria. Como el capital extranjero no importa obreros sino proletariza a la población nativa, el proletariado nacional comienza muy rápidamente a jugar el rol más importante en la vida nacional. Bajo tales condiciones, en la medida en que el gobierno nacional intenta ofrecer alguna resistencia al capital extranjero, se ve obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado. En cambio los gobiernos de países atrasados que consideran inevitable o más provechoso marchar mano a mano con el capital extranjero, destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario. De modo que la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado corta de raíz toda posibilidad de un régimen democrático estable. El gobierno de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asume en general un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren entre sí en que algunos intentan orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientas que otros implantan una cerrada dictadura policíaco militar. Esto determina también la suerte de los sindicatos: o están bajo el patrocinio especial del estado o sujetos a una cruel persecución. Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo control de una burocracia.

El capitalismo monopolista cada vez tiene menos interés en transigir con la independencia de los sindicatos. Exige que la burocracia reformista y la aristocracia obrera, que picotean las migajas que caen de su mesa, se transformen en su policía política a los ojos de la clase obrera. Cuando no se puede lograr esto, se reemplaza la burocracia por el fascismo. Dicho sea de paso, todos los esfuerzos que haga la aristocracia obrera al servicio del imperialismo no podrán salvarla, a la larga, de la destrucción.

La intensificación de las contradicciones de clase dentro de cada país, de los antagonismos entre un país y otro, producen una situación en que el capitalismo imperialista puede tolerar (claro que por cierto lapso) una burocracia reformista, siempre que ésta le sirva directamente como un pequeño pero activo accionista de sus empresas imperialistas, de sus planes y programas, tanto dentro del país como en el plano mundial. El social-reformismo debe convertirse en social-imperialismo para poder prolongar su existencia, pero para prolongarla y nada más. Ese camino no tiene, en general, una salida.

¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semiindependientes. Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista sino que se planteen como tarea directamente el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser en la práctica los organismos de la revolución proletaria. En este sentido, en el programa de consignas de transición adoptado por el último congreso de la IV Internacional no es sólo un programa para la actividad del partido sino que, en rasgos generales, es el programa para la actividad de los sindicatos.

El desarrollo de los países atrasados se caracteriza por su carácter combinado. En otras palabras: la última palabra en tecnología, economía y política imperialistas se combina en esos países con el primitivismo y el atraso tradicionales. El cumplimiento de esta ley puede ser observado en las esferas más diversas del desarrollo de los países coloniales y semicoloniales, incluso en el movimiento sindical. El capitalismo imperialista opera aquí de la manera más cínica y desnuda. Transporta a un terreno virgen los métodos más perfeccionados de su tiránica dominación.

En el último período se puede notar en el movimiento sindical de todo el mundo un giro a la derecha y la supresión de la democracia interna. En Inglaterra fue aplastado el Movimiento de la Minoría de los sindicatos (no sin ayuda de Moscú); los dirigentes sindicales son hoy, especialmente en el terreno de la política exterior, fieles agentes del Partido Conservador. En Francia no había cabida para la existencia independiente de sindicatos stalinistas. Se unieron a los llamados anarco-sindicalistas bajo la dirección de Jouhaux, y el resultado de esta unificación no fue un giro general a la izquierda, sino a la derecha. La dirección de la CGT es el agente más directo y abierto del capitalismo imperialista francés.

En los Estados Unidos el movimiento sindical ha pasado en los últimos años por su período más borrascoso. El surgimiento del CIO (Congreso de Organizaciones Industriales) es una evidencia irrebatible de la existencia de tendencias revolucionarias en las masas obreras. Sin embargo, es significativo y muy importante de señalar el hecho de que la nueva organización sindical ¨izquierdista¨ ni bien se fundó, cayó en el férreo abrazo del estado imperialista. La lucha en las altas esferas entre la vieja y la nueva federación2 puede en gran medida reducirse a la lucha por la simpatía y el apoyo de Roosevelt y su gabinete.

Si bien en un sentido diferente, no es menos gráfico el cuadro del desarrollo o degeneración del movimiento sindical en España. En los sindicatos socialistas quedaron todos los elementos que en alguna medida representaban dentro de la dirección la independencia del movimiento sindical. En cuanto a los sindicatos anarco-sindicalistas, se transformaron en instrumentos de los republicanos burgueses. Sus dirigentes se convirtieron en ministros burgueses conservadores. El que esta metamorfosis tuviera lugar en condiciones de guerra civil no atenúa su significación. La guerra no es más que una continuación de la política de todos los días. Acelera procesos, deja a la vista sus rasgos esenciales, destruye lo corrompido, lo falso, lo equívoco y deja al desnudo lo esencial. El giro a la izquierda de los sindicatos se debe a la agudización de las contradicciones de clase e internacionales. Los dirigentes del movimiento sindical sintieron o entendieron (o les hicieron entender) que no es el momento de jugar a la oposición. Todo movimiento de oposición dentro del movimiento sindical, especialmente en las altas esferas, amenaza con provocar una movilización borrascosa de las masas y crearle dificultades al imperialismo nacional. De ahí el giro a la derecha y la supresión de la democracia obrera en los sindicatos. El rasgo fundamental, el vuelco hacia un régimen totalitario, se da en el movimiento obrero de todo el mundo.

También deberíamos tener en cuenta a Holanda, donde no sólo el movimiento reformista y sindical eran los más seguros soportes del capitalismo imperialista, sino que también la llamada organización anarco-sindicalista estaba en realidad bajo el control del gobierno imperialista. El secretario de esta organización, Sneevliet, a pesar de su simpatía platónica por la Cuarta Internacional, estaba muy preocupado como diputado del parlamento holandés por que la cólera del gobierno no cayera sobre su organización sindical.

En los Estados Unidos el Departamento de Trabajo, con su burocracia izquierdista, tenían como tarea la subordinación del movimiento sindical al estado democrático, y es preciso decir que hasta ahora la ha llevado a cabo con bastante éxito.

La nacionalización de los ferrocarriles y de los campos petrolíferos en México no tiene, por supuesto, nada que ver con el socialismo. Es una medida de capitalismo de estado en un país atrasado que busca de este modo defenderse por un lado del imperialismo extranjero y por el otro de su propio proletariado. La administración de los ferrocarriles, campos petrolíferos, etcétera, por medio de organizaciones obreras no tiene nada que ver con el control obrero de la industria, porque en última instancia la administración se hace por intermedio de la burocracia laboral, que es independiente de los obreros pero depende totalmente del estado burgués. Esta medida tiene, por parte de la clase dominante, el objetivo de disciplinar a la clase obrera, haciéndola trabajar más al servicio de los intereses comunes del Estado, que superficialmente parecen coincidir con los de la propia clase obrera. En realidad la tarea de la burguesía consiste en liquidar a los sindicatos como organismos de la lucha de clases y sustituirlos por la burocracia como organismos de dominación de los obreros por el estado burgués. En tales condiciones la tarea de la vanguardia revolucionaria es emprender la lucha por la total independencia de los sindicatos y por la creación de un verdadero control obrero sobre la actual burocracia sindical, a la que se entregó la administración de los ferrocarriles, de las empresas petroleras y demás.

Los sucesos de los últimos tiempos (antes de la guerra) han demostrado muy claramente que el anarquismo, que en cuanto a teoría no es más que un liberalismo llevado hasta sus últimas consecuencias, no era la en la práctica más que propaganda pacífica dentro de la república democrática, cuya protección necesitaba. Si dejemos de lado los actos de terrorismo individual, etcétera, el anarquismo, como sistema de movilización de masas y como política, no ofrece más que material de propaganda bajo la pacífica protección de las leyes. En situaciones de crisis los anarquistas siempre hacen lo contrario de lo que predican en tiempos de paz. Esto ya lo había señalado el propio Marx refiriéndose a la Comuna de París. Y se repetía en mucho mayor escala en la experiencia de la Revolución Española.

Los sindicatos democráticos, en el viejo sentido del término -de cuerpos en los que luchaban en el seno de la misma organización de masas más o menos libremente diferentes tendencias- ya no pueden existir más. Del mismo modo que no se puede volver al estado democrático-burgués, tampoco es posible volver a la vieja democracia obrera. El destino de una refleja el de la otra. En realidad, la independencia de clase de los sindicatos en cuanto a sus relaciones con el Estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales, una dirección de la Cuarta Internacional. Naturalmente, esta dirección debe y puede ser racional y asegurar a los sindicatos el máximo de democracia concebible bajo las condiciones concretas actuales. Pero sin la dirección política de la Cuarta Internacional la independencia de los sindicatos es imposible.

 

1. Tomado de la versión publicada en Sobre los sindicatos, Ediciones Pluma, Bs. As., 1974, pág. 44.

2. La Vieja Federación y la Nueva: Se refiere a la vieja Federación Obrera Americana (AFL, American Federation of Labor) y al recién fundado Congreso de Organizaciones Industriales (CIO, Congress of Industrial Organizations).



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