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Los rostros cambian, el sistema queda[1]

 

 

7 de noviembre de 1929

 

 

 

Hace un año se escribió este folleto, dedicado al carácter de la dirección de la Internacional Comu­nista. Durante este lapso relativamente breve hubo cambios considerables en el aparato dominante de la Internacional. Sin embargo, el folleto no ha enveje­cido. Hubo un marcado giro a la izquierda en la línea política. Los rostros cambiaron. Pero el sistema conti­núa. Además, los aspectos más perniciosos del sistema se manifiestan ahora más claramente aun que hace un año.

Bujarin fue el dirigente formal del Sexto Congreso de la Internacional. En beneficio del Politburó del PCUS, se dirigió una declaración a todos los delegados al congreso de que no había desacuerdos dentro del Comité Central ruso. A la vez, bajo la cobertura del congreso oficial, tuvo lugar un segundo congreso -no oficial, lo que se llama un congreso "de pasillo"- en el que se completaron los preparativos para el derro­camiento de Bujarin y de toda el ala derecha. Mientras se desarrollaba el congreso se obtuvo la mayoría nece­saria en el aparato para llevar a cabo esta operación. Esto de ningún modo fue obstáculo para que la prensa informara de las clamorosas ovaciones que brindaron los delegados a Bujarin después de cada uno de sus innumerables discursos. La duplicidad de la dirección burocrática alcanzó así su expresión culminante. La lucha ideológica sirve de mero acompañamiento musical a la pantomima organizativa. En el congreso se habla, pero las cosas se arreglan en los pasillos. Bujarin fue eliminado poco después del mismo con­greso en el que se anunció que él y Stalin estaban de acuerdo en todo. Después de la liquidación organiza­tiva de Bujarin, comenzó su funeral "teórico". Súbita­mente se reveló que Bujarin, que durante cinco años dirigió la lucha contra el trotskysmo, en realidad no había hecho más que cometer errores durante toda su vida. Precisamente ahora, los jóvenes "profesores rojos" de Moscú, que no son mucho mejores que los profesores blancos, negros o amarillos, escriben cente­nares de artículos sobre este tema.

El nuevo golpe político que se dio en la Interna­cional Comunista produjo un reagrupamiento en la dirección de varios partidos comunistas, y sobre todo en el aparato de la propia Internacional. Pepper, que hasta ayer tenía en sus manos la suerte de varios partidos, hoy fue expulsado de la Internacional, como el norteamericano Lovestone y los que eran ayer dirigentes de Checoslovaquia, Suecia y otros países. ¿Quién surgió para remplazarlos? Los que fueron zinovievistas cuando Zinoviev no había caído en desgracia, bujarinistas cuando Bujarin no había caído en desgracia y se volvie­ron molotovistas en el momento oportuno.

Sí, el dirigente actual de la Internacional es nada menos que Molotov. Él pronunció el discurso programático en el Décimo Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional. Para quienes lo conocen, el solo hecho de su designación (es difícil describirlo de otra manera que como una pesadilla) pinta de cuerpo entero a la dirección actual. Y los que no conocen a Molotov sólo tienen que leer su discurso.

Indudablemente, Molotov es la encarnación mas completa de la burocracia que ascendió con la ola reaccionaria de 1924-1929, y está profundamente conven­cido de que todos los problemas se resuelven con medi­das administrativas o financieras. Estos señores están ciegos ante los problemas fundamentales del proceso mundial, pero son maestros de la intriga de pasillo. Apoyándose en el ciego poder administrativo, ya descabezaron varios partidos y varias revoluciones.

Después del derrocamiento de Bujarin, no quedó en la Internacional una sola persona que haya tenido algo que ver con la dirección de la misma en la época de su creación y de sus primeros cuatro congresos. Lo mismo puede decirse de todas las secciones de la Interna­cional, sin excepción. La dirección cambió totalmente. Oficialmente se justifica la sustitución de revolucio­narios por funcionarios con la filosofía de que, debido a que la Unión Soviética entró a un periodo de construc­ción, hace falta gente práctica, de empresa, no perso­nas que viven en el reino de la revolución "perma­nente" sino aquellas que tienen los pies firmemente asentados sobre la tierra del socialismo nacional. Esta es la típica ideología reaccionaria que sucede a un movi­miento turbulento. Los autores de esta filosofía cons­truccionista burocrática, sin desearlo y sin darse cuenta siquiera de ello, revelan con su estrechez de miras nacional su profundo desprecio por la Internacional Comunista. En realidad, aun si se admite que en la URSS la transición de la lucha por el poder al trabajo constructivo práctico exige un nuevo estrato dirigente, ¿cómo se puede plantear lo mismo para la Internacio­nal, en la que el problema inmediato no es la construc­ción socialista sino precisamente la lucha por el poder? Además, en todos los países, sin excepción, la direc­ción se eligió durante estos últimos años tomando como modelo a Stalin, si no a Molotov. Y este proceso de selección tuvo tanto éxito que los delegados al Décimo Plenario del Comité Ejecutivo, en lugar de echar a Molotov después de su discurso torpe e ignorante lo recompensaron con su aplauso, aunque los informes periodísticos, por prudencia, no hablaron de ovaciones en esta ocasión.

Por supuesto, las características individuales no eliminan la cuestión de la orientación ideológica; por el contrario, sólo a la luz de la orientación ideológica adquieren plena significación. Para proteger su política de abruptos zigzags contra los conflictos internos y la oposición, el centrismo burocrático tiene que seleccionar sus cuadros entre los funcionarios obedientes, acomodaticios, serviles y sin principios o entre los administradores cínicos. Los que con deferencia y cobardía soportan todos los cambios de la dirección, que ocurren sin su participación y sin su conocimiento, jamás serán capaces -y esto hay que tenerlo bien claro- de dirigir a las masas trabajadoras en el asalto al poder burgués.

El problema de la dirección está estrechamente ligado con la línea política y el régimen de funcionamiento, no es un problema aislado. No obstante, es sumamente importante. El argumento de que la clase obrera puede arreglárselas "sin dirigentes" surge de una idealización inconsciente del capitalismo, ya que supone que en una sociedad basada en la esclavitud salarial la clase más oprimida de la población puede elevarse a tal nivel de independencia política que no necesite la dirección de los elementos que tienen más claridad, que son más experimentados y valientes, y que se han templado en la lucha. Si la sociedad bur­guesa fuera capaz de garantizarles a las masas prole­tarias ese nivel de desarrollo político, no seriamos sus enemigos mortales. Por otra parte, si el proletariado pudiera alcanzar ese nivel de conciencia bajo el capita­lismo, también podría transformar la sociedad con métodos totalmente pacíficos.

La realidad está tan lejos de estos ensueños como la tierra del cielo. La revolución es necesaria precisamente para rescatar a las masas populares del atraso y la ignorancia. Y para que la revolución triunfe las masas oprimidas deben unir sus esperanzas y su lucha con un partido al que hayan probado más de una vez en la acción y con una dirección que a sus ojos se haya convertido en la personificación de su propia lucha. Ni el partido ni su dirección pueden improvisar cuando salen al encuentro de las necesidades de la revolución. Gente como el cura Gapón y los abogados Jrustalev[2] y Kerenski aparecen y desaparecen como la espuma sobre las olas. Una verdadera dirección revolucionaria se forja en un prolongado proceso de selección y edu­cación. Este es un problema de tremenda importancia. Si no se lo soluciona correctamente, el proletariado no puede triunfar.

En consecuencia, la cuestión de los cuadros de dirección está inseparablemente ligada a la de la orientación política general de la Internacional Comunista y su capacidad para evaluar las circunstancias, prever qué traerá el mañana y aprovechar al máximo todas las situaciones en función de la causa de la liberación de la clase obrera.

Para reconstituir la dirección hay que cambiar la línea política. El marxismo tiene que remplazar al centrismo. Esta es la tarea de la Oposición de Izquierda comunista.



[1] Los rostros cambian, el sistema queda, con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Marilyn Vogt. Escrito como prólogo a la edición alemana del folleto de Trotsky (1928) ¿Quién dirige hoy la internacional Comunista?, publicado también en varios artículos en The Militant, 15 de agosto-30 de noviembre de 1929 y reproducido en The Challenge of the Left Opposition.

[2] Georgi Gapón (1870-1906) y Jrustalev-Nosar: se destacaron en las primeras etapas espontáneas de la revolución rusa de 1905. Gapón iba a la cabeza de la famosa procesión al Palacio de Invierno del 9 de enero, cuando las tropas del zar hicieron fuego contra las masas de manifestantes. Jrustalev-­Nosar fue, en 1905, el predecesor de Trotsky en la presidencia del Soviet de Petrogrado.



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