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La guerra y la Cuarta Internacional- parte 2

Alejandro Tresso

 

Como vimos en el número anterior, Trotsky, partiendo de las contradicciones abiertas hacia el final de la Primera Guerra Mundial, analizando la situación de los Estados imperialistas, la URSS y los pueblos coloniales, señaló el carácter interimperialista de la próxima guerra. En este artículo esbozamos la estrategia y el programa levantados por Trotsky y la IV Internacional ante los escenarios más importantes que plantearía la guerra1.

 

 

Los revolucionarios frente a las guerras

Trotsky, como lo hicieron Marx, Engels y Lenin, analizó la guerra partiendo de la definición del general prusiano Clausewitz que sostenía que “la guerra es la continuación de la política por otros medios (por la violencia)”. Lo hizo desde el punto de vista marxista, es decir, partiendo de la existencia de clases sociales y del carácter de clase de los Estados nacionales. Esta formulación le sirvió para determinar el carácter fundamental de la guerra y otras posibles combinaciones, como ubicación para levantar una política independiente del proletariado.

La aplicación de la máxima de Clausewitz le permitía a Trotsky reconocer que no hay una línea divisoria que separe y “borre” la política en los tiempos de paz con aquella de los momentos de guerra; por el contrario, decía que estos últimos eran una “continuación concentrada” de los primeros, donde los mismos problemas se expresarían de forma más aguda. Mientras que quienes proclamaban que había que detener la lucha de clases ante el inicio de la guerra, argumentando la defensa nacional, tenían una política de conciliación de clases contra los intereses del proletariado. Contra éstos, Trotsky planteaba: “Si durante la guerra hay que dejar de lado la lucha de clases en beneficio de los intereses nacionales, entonces también hay que dejar de lado el marxismo durante una gran crisis económica, que pone a la nación tan en peligro como una guerra2”.

Trotsky, como Lenin, definía a la época imperialista abierta con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914 como de crisis, guerras y revoluciones, y que por ende, no habría una “guerra que termine con todas las guerras” si el proletariado no daba su salida. Como sus antecesores marxistas revolucionarios, Trotsky consideraba a las guerras como parteras de revoluciones, de lo que se desprendía la estrategia revolucionaria de transformar la guerra imperialista en guerra civil. En todos los casos, la clave para la intervención de los revolucionarios era la lucha por la independencia política del proletariado y el internacionalismo revolucionario. Esta era la base y el principal objetivo, en función del cual había que definir la estrategia, el programa y las tácticas que permitieran desarrollar partidos revolucionarios para la lucha por la toma del poder. Contra la “Unión sagrada” y el “Derrotismo revolucionario”

Debido al carácter reaccionario de la guerra imperialista, la política revolucionaria implicaba, en primer lugar, no ceder a la “unión sagrada” o colaboración de clases. El principal obstáculo para una salida revolucionaria ante la guerra, era la política de la burguesía de imponer a las masas el deber de defensa de la patria, transformándolos en carne de cañón para los intereses de la burguesía.

Ya en la Primera Guerra, los revolucionarios proclamaron la lucha contra la “unión sagrada”, con la que se justificaba la defensa de la patria, formulada por Lenin a través de la estrategia del derrotismo revolucionario. Cuando se trata de un conflicto entre países imperialistas, el proletariado de cualquiera de ellos se nie­ga categóricamente a sacrificar sus intereses históri­cos, que en última instancia coinciden con los intereses de la nación y de la humanidad, en beneficio del triun­fo militar de la burguesía. La fórmula de Lenin “La derrota es el mal menor” no significa que lo sea la derrota del propio país respecto a la del país enemigo, sino que la derrota militar resultante del avance del movimiento revolucionario es infinitamente más bene­ficiosa para el proletariado y todo el pueblo que el triunfo militar garantizado por “la paz civil”. Karl Liebknecht planteó un lema hasta ahora no superado para la política proletaria en épocas de guerra: “El principal enemigo del pueblo está en su propio país”. Esta actitud dialéctica hacia la guerra constituye el elemento más importante de la educación revolucionaria y por lo tanto también de la lucha contra la guerra.

La transformación de la guerra imperialista en guerra civil, es decir, desarrollar la guerra contra la burguesía del propio país, es el objetivo estratégico general al que se debe subordinar toda la política de un partido pro­letario. Lejos de la “unión sagrada” la lucha por el derrotismo contempla la derrota de la propia burguesía, la confraternización con los soldados de los ejércitos enemigos y la lucha por la liberación de las colonias del propio imperialismo.

 

La lucha contra el fascismo

Las rápidas y fulminantes victorias de la maquinaria militar alemana y la ocupación de gran parte de Europa continental3 a mediados de 1940, mostró que la burguesía de los países ocupados prefiere huir o convertirse en colaborador directo de los ocupantes antes que confiar la resistencia contra el fascismo a la clase obrera y las masas. El impacto de una Europa conquistada por el fascismo planteó nuevos interrogantes y discusiones dentro del trotskismo: si se estaba ante un prolongado período de dominio fascista, si las viejas potencias imperialistas (ahora ocupadas) se convertirían en nuevas semicolonias o colonias alemanas, qué política debían levantar los revolucionarios en los países ocupados por los nazis, entre otras. La discusión sobre la actitud de los revolucionarios en los países ocupados por los nazis o fascistas, aunque siguió desarrollándose durante toda la guerra, comenzó en vida de Trotsky, quien siempre afirmó que el nazismo como régimen de dominación permanente no tenía perspectiva histórica, al igual que a Alemania no le iba a ser posible sostener por demasiado tiempo su dominio de los países ocupados.

En 1939 surgió una discusión con el grupo palestino Haor que, impactados por el expansionismo nazi, planteaban que no había que aplicar el derrotismo en los países en guerra con el fascismo, ya que este representaba una amenaza directa e inmediata a todo el mundo civilizado. Trotsky les respondió que el carácter cada vez más reaccionario de la dominación imperialista mantenía todo el vigor de la política derrotista, volviendo a definir su contenido: “El derrotismo es la política de clase del proletariado, que incluso durante la guerra ve a su principal enemigo en casa, en su propio país imperialista. El patriotismo, en cambio, es una política que ubica a su principal enemigo fuera de su propio país. La idea del derrotismo significa en realidad lo siguiente: llevar adelante una irreconciliable lucha revolucionaria contra la propia burguesía como enemigo principal, sin detenerse por el hecho de que esta lucha pueda causar la derrota de propio gobierno; dado un movimiento revolucionario la derrota del propio gobierno resulta el mal menor (...) ¿Debería renunciarse al derrotismo revolucionario en relación a los países no fascistas? Aquí está el nudo de la cuestión; a partir de este punto se yergue o cae el internacionalismo revolucionario”. En la época de decadencia capitalista los cambios de regímenes burgueses son circunstanciales, no alteran los cimientos sociales, ni frenan la decadencia capitalista. La actitud de los revolucionarios no podía estar subordinada a “consideraciones y especulaciones tácticas coyunturales”. En el caso específico de la invadida Checoslovaquia (que los palestinos invocaban para negar la efectividad del derrotismo), no se aplicaba el “derrotismo” ya que la burguesía ni siquiera había entablado una guerra. En la guerra revolucionaria no se podía confiar en la burguesía checa para luchar contra el fascismo. Por el contrario, el proletariado habría podido tomar el poder de haber un partido revolucionario.

 

La “política militar proletaria”

Con el comienzo de las hostilidades, el gobierno norteamericano prepara a la opinión pública para una eventual participación de EE.UU. en la guerra, intentando capitalizar el rechazo de las masas a la barbarie nazi. En este contexto, Trotsky formula a sus camaradas norteamericanos lo que se conocería como la política militar proletaria (PMP). Habida cuenta que, durante la guerra, todos los problemas se resuelven por medio de las armas y que los imperialismos “democráticos”, enrolarían masivamente a los obreros bajo la ilusión de combatir al fascismo, la PMP tenía el objetivo de que los revolucionarios establecieran un diálogo partiendo de la conciencia de los obreros y les plantearan una perspectiva transicional en este terreno. En el Programa de Transición de 1938 se encuentra la primera formulación precisa donde enumera una serie de posiciones específicas que los cuartainternacionalistas debían defender: entre ellas, el entrenamiento militar y el armamento de los obreros y campesinos bajo el control directo de comités de obreros y campesinos, la creación de escuelas militares para la formación de oficiales elegidos entre los trabajadores por las organizaciones obreras y la sustitución del ejército permanente por una milicia popular vinculadas a las fábricas, minas, granjas.

En el “Manifiesto de Emergencia”, Trotsky brindó la formulación más clara de la PMP. En una de sus secciones finales el manifiesto señala: “No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el Estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindicatos para que los obreros puedan transformarse en especialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante”.

Como sostiene el historiador trotskista inglés, Al Richardson: “Esta política por un lado era para poder entrar en contacto con la conciencia de la clase obrera en ese punto, y por el otro lado, para prepararse para cuando se produjera el giro a la izquierda al final de la guerra, momento en el cual se esperaba que se planteara la cuestión del poder. De esta forma, los trabajadores ya tendrían sus instituciones militares, como las Guardias Rojas en Petrogrado en 1917, y luego podrían hacer el intento de tomar el poder”4.

 

La defensa de la URSS

La cuestión del fascismo y la cuestión de la URSS, fueron dos problemas que los trotskistas tuvieron que responder por primera vez. Como sabemos, en torno a la URSS, los trotskistas partían del carácter obrero del Estado y la necesidad del derrocamiento de la camarilla estalinista mediante una revolución política. Trotsky sostenía que para triunfar en la lucha por la emancipación completa de la humanidad, era necesaria la defensa de las conquistas ya obtenidas, por modestas que estas fueran, llamando a la defensa incondicional de la URSS. Esta defensa sólo podría ser llevada a cabo con los métodos de la lucha revolucionaria de clases: “Enseñar a los obreros a comprender correctamente el carácter de clase del Estado -imperialista, colonial, obrero- así como sus contradicciones internas, permitirá que los obreros extraigan las conclusiones prácticas correctas en cada situación determinada. Mientras libra una lucha incansable contra la oligarquía de Moscú, la IV Internacional rechaza decididamente cualquier política que ayude al imperialismo en contra de la URSS. La defensa de la URSS coincide, en principio, con la preparación de la revolución proletaria mundial”5.

Para Trotsky la defensa de la URSS estaba en estrecha conexión con la revolución proletaria internacional, remarcando que la primera era táctica en relación a la segunda, yendo de esta forma contra la política de la burocracia que proclamaba que la tarea más importante era la “defensa de la patria”, la “defensa de Stalin” aunque esto fuera en detrimento de la lucha de clases en otros países. Planteaba que “Al defender a la URSS el proletariado no defiende las fronteras nacionales sino una dictadura socialista encerrada provisoriamente dentro de los límites nacionales”6. Su salvación como Estado obrero (volver a colocar al Estado obrero en transición en el camino del socialismo) sólo sería posible de triunfar la revolución proletaria en un país avanzado.

Una situación particular se plantearía en los países circunstancialmente aliados a la URSS. Por ejemplo, tras la firma de un pacto entre Stalin y Francia en 19357, el PCF hizo un llamado a finalizar la lucha de clases nacional, ya que ella debilitaría a un aliado de la URSS, Trotsky sostuvo que era obligación de los revolucionarios no ceder ante esta política y más allá de los pactos firmados entre la URSS y otra potencia imperialista, el proletariado no podía dejar la tarea de “defender a la URSS” a las burguesías imperialistas. La política de un partido proletario tanto en un país imperialista “aliado” como en uno enemigo debía orientarse hacia el derrocamiento revolucionario de la burguesía y la conquista del poder. Sólo de esta manera se crearía una verdadera alianza con la URSS y se salvaría del desastre al primer Estado obrero.

Respecto a la ocupación de territorios por parte de la URSS, si bien Trotsky planteó la posibilidad de que la burocracia se limitara a “controlarlos” sin expropiar a la burguesía, veía como más probable que debido a su “incapacidad” de compartir el poder (y no a su fidelidad al socialismo), avanzara en la expropiación. Estas tendrían un carácter contradictorio, ya que serían medidas de carácter revolucionario pero llevadas adelante por métodos burocráticos-militares. Trotsky ante esta posibilidad afirma que “Nuestro criterio político primordial no es el cambio de las relaciones de propiedad en tal o cual área, por muy importante que sea, sino el cambio en la conciencia y organización del proletariado mundial, el afianzamiento de su capacidad para defender sus conquistas y proponerse nuevas y que cuando Hitler vuelva sus armas contra las nuevas formas de propiedad, los trabajadores deberán defenderlas”8.

Con la invasión soviética a Finlandia, las potencias aliadas lanzaron una furibunda campaña contra la invasión “imperialista” de la URSS. Para Trotsky y la mayoría de la IV, sin embargo, esta invasión estaba justificada tanto desde el punto de vista de la defensa del Estado soviético ya que el gobierno finlandés actuaba como lacayo del imperialismo anglo-americano como, porque inmediatamente después de la invasión, el Ejército Rojo expropió a la burguesía. Pero, como en Polonia, los métodos burocráticos con que se realizaban estas medidas anulaban las simpatías y fuerzas revolucionarias de los obreros y socavaban la defensa real de la URSS, se pronunciaron claramente por el derrotismo en EE.UU., en Finlandia y por la defensa de la URSS, pero al mismo tiempo contra la anexión burocrático-militar y por la independencia de la Finlandia soviética.

 

La liberación de las colonias y semicolonias

Trotsky y los trotskistas ya habían anticipado varios años ante de la guerra, que esta involucraría a los cinco continentes y no sólo a los ejércitos sino al conjunto de las poblaciones. La Conferencia de Emergencia de la IV Internacional reafirmó esta postura: “La guerra imperialista mundial es la continuación de la lucha comenzada en 1914 por el control, no sólo de Europa, sino también de la riqueza, del trabajo y de los mercados de los dos hemisferios, de Africa y Asia, de América Latina y de Oceanía”9.

La Primera Guerra había sido una escuela para los países oprimidos, en la medida que las disputas de las potencias por dominar mayor cantidad de países y territorios, abría fisuras que podían terminar en la dominación de un nuevo amo, pero que también brindaban las mejores oportunidades para la lucha por la liberación nacional. “La mitad de la población mundial vive en la esclavitud colonial. (...) La lucha de esta gran masa de desposeídos para liberarse representa una de las dos grandes fuerzas progresistas de la sociedad moderna. La otra es el combate del proletariado de los países avanzados para su emancipación. Es en el logro de esta conjunción en donde reside la clave de toda la estrategia de la revolución socialista mundial”10.

Trotsky planteó que la guerra ofrecería grandes posibilidades revolucionarias en los países coloniales y semicoloniales, frente a las divisiones y debilitamiento de los imperialismos en la guerra y la posibilidad de enfrentamiento de las burguesías nacionales contra los imperialismos dominantes. Sin embargo las luchas nacionales que se desarrollarían sólo podían triunfar con el proletariado a la cabeza, y con la colaboración de los trabajadores de los países avanzados. El apoyo activo del proletariado de los países imperialistas dominantes era clave para el triunfo del proletariado de las colonias en su lucha por la liberación nacional.

Por el carácter de la revolución en estos países, en la cual toman un lugar central las tareas de liberación nacional y la reforma agraria, la política de los revolucionarios debía partir de las consignas democráticas y transitorias, especialmente la de asamblea constituyente ligada a la revolución agraria y a la lucha por la liberación nacional y la formación de consejos obreros, campesinos y de soldados locales, provinciales y nacionales como organismos de poder de los trabajadores. Sin embargo, Trotsky, en el Manifiesto de Emergencia, advirtió a las naciones atrasadas: “que sus Estados nacionales tardíos ya no podrán contar con un desarrollo democrático independiente. Rodeada por el capitalismo decadente y sumergida en las contradicciones imperialistas, la independencia de un país atrasado será inevitablemente semificticia. Su régimen político, bajo la influencia de las contradicciones internas de clase y la represión externa, inevitablemente caerá en la dictadura contra el pueblo. La lucha por la independencia nacional de las colonias es, desde el punto de vista del proletariado, sólo una etapa transicional en el camino que llevará a los países atrasados a la revolución socialista internacional. La IV Internacional no establece compartimientos estancos entre los países atrasados y los avanzados, entre las revoluciones democráticas y las socialistas. Las combina y las subordina a la lucha mundial de los oprimidos contra los opresores. Así como la única fuerza genuinamente revolucionaria de nuestra época es el proletariado internacional, el único programa con el que realmente se liquidará toda opresión, social y nacional, es el programa de la revolución permanente”. Para ello, la condición para que los oprimidos pudieran aprovechar las brechas en las “alturas” durante la guerra, era que el proletariado fuese capaz de sostener una política y una organización independientes, tanto de los bandos imperialistas (fuesen “democráticos” o fascistas) como de su burguesía nacional.

 

 

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1 Este artículo está basado en la compilación Guerra y Revolución, Una Interpretación Alternativa de la Segunda Guerra Mundial. Tomo 1, CEIP, 2004 y la introducción de Gabriela Liszt.

2 León Trotsky, “La guerra y la IV Internacional”

3 Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Francia fueron los países que sucumbieron ante el avance alemán.

4 “Los trotskistas y la Segunda Guerra Mundial (entrevista a Al Richardson)” en Estrategia Internacional. Nº 8. Mayo/junio 1998.

5 “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, op. cit.

6 L. Trotsky, “La guerra y la IV Internacional”, op. cit.

7 Ver artículo “El pacto Hitler y Stalin y el debate sobre el carácter de la URSS”.

8 León Trotsky, La URSS en Guerra, op. cit.

9 Conferencia de Emergencia, “El mundo colonial y la Segunda Guerra Mundial”, Mayo 1940, op. cit.

10 Ibídem.


 

 



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