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Introducción a "La victoria era posible"

A 70 años del inicio de la guerra civil española, historiadores, intelectuales y medios de comunicación burgueses, sostienen que este proceso no fue más que un enfrentamiento entre “la democracia y el fascismo”. Sin embargo detrás de esta premisa se oculta que lo que realmente estaba en juego en España era el triunfo del fascismo o la revolución social. La Revolución española fue en este sentido una de las más grandes gestas de la clase obrera mundial y por esa razón bien puede ser comparada con la heroica Comuna de París de 1871 y la Revolución bolchevique de 1917.

por Mónica Torraz

Durante la guerra civil, las potencias imperialistas, que hoy como ayer se llenan la boca hablando de “democracia” no apoyaron al bando republicano contra el fascista, bajo el pretexto de la “No Intervención” en los asuntos españoles -política a la que finalmente también se alineó la URSS-, aún cuando Alemania e Italia, abastecie­ron al ejército de Franco hasta el hartazgo1. El temor a la revolución encuentra siempre a los representantes del capital (democráticos o no) del mismo bando; es decir, el de la contrarrevolución. A inicios de 1931, León Trotsky escribía: “La cadena del capitalis­mo se ve de nuevo amenazada con romperse en el eslabón más débil: ha llegado el turno de España”2. Hablaba de la revolución en España en momentos en que el sistema capitalista de entre guerras estuvo signado por la debacle económica, la descomposición de los Estados, la tendencia a la bonapartización de los regímenes y al fascismo de una parte del globo -particularmente Europa-, que pronto se desba­rrancaría hacia una nueva guerra imperialista mundial. Pero como planteó Trotsky, la posibilidad de “la victoria de los obreros y cam­pesinos españoles sacudiría violentamente a los regímenes de Mussolini y de Hitler. Por su carácter hermético y totalitario, los regí­menes fascistas dan la impresión de una firmeza inquebrantable. En realidad, en la primera prueba seria, serán víctimas de explosiones internas. La revolución rusa victoriosa socavó el régimen de los Hohenzollern. La revolución española victoriosa socavará los regí­menes de Hitler y de Mussolini. Por esta única razón, la victoria de los obreros y campesinos españoles se revelará de entrada como un potente factor de paz”3. Es decir, que la revolución socialista en España, abriendo la posibilidad de su extensión hacia el resto de Europa, podría haber desarticulado al fascismo y cambiado el curso de los aprestos hacia la II Guerra. Lo cierto es que España era, al inicio del proceso, el país más atra­sado de Europa. Este atraso tenía la particularidad de venir de un gran florecimiento imperialista en el pasado, cuya decadencia ya era evi­dente a fines del siglo XVI. “Las viejas clases y nuevas clases domi­nantes -la nobleza latifundista, el clero católico con su monarquía, la clase burguesa con sus intelectuales-, intentan tenazmente conservar sus viejas pretensiones, pero sin los antiguos recursos”4. Esta contra­dicción fue la que imprimió una dinámica revolucionaria a la situación española. Tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera en 1930, la divisa de las masas sería la república, pero esto significaba para ellas ­al igual que en la gran revolución francesa o en la misma Rusia del 17 ­la necesidad de una salida democrática radical que inevitablemente atentaría contra la propiedad privada de las clases dominantes. En los momentos más álgidos, la clase obrera y el campesinado pobre, crearon en casi todas las regiones un doble poder mediante la constitución de sus comités de gobierno revolucionarios y sus orga­nizaciones de combate -las milicias obreras. Desarticularon aquí y allá a las fuerzas represivas, a las guardias civiles y a las autoridades tradicionales más reaccionarias, y aportaron sus propias soluciones mediante la expropiación y el control de las fábricas y de las tierras a través del ejercicio de su propio poder. El programa de la democracia burguesa, que consiste en salvaguardar a toda costa la propiedad privada, precisaba para triunfar, liquidar cada punto de apoyo o conquista de esta revolución. Es así como afirma Eric Hobsbawm que en esa época: “Tanto el gobierno español como los comu­nistas, que adquirieron en él una posición cada vez más influyente, habí­an insistido en que su objetivo no era la revolución social y, provocando el estupor de los revolucionarios más entusiastas, habían hecho todo lo posible para controlarla e impedirla. Ambos habían insistido en que lo que estaba en juego no era la revolución sino la defensa de la democracia”5.

La constitución del gobierno del Frente Popular -es decir, de la alianza reaccionaria entre las organizaciones del proletariado y los agen­tes de la burguesía democrática-, no tuvo otro fin que el de evitar la pers­pectiva de la revolución y por lo tanto, abrió el camino al triunfo de la reacción fascista. Lo que sucedió en España fue como planteó Trotsky en Clase, partido y dirección: “La línea de acción de los obreros se separó en todo momento y en determinado ángulo de la línea de la dirección. Y en los momentos más críticos, ese ángulo se volvió de 180º. La direc­ción, entonces, ayudó directa o indirectamente a someter a los obre­ros por la fuerza armada. En mayo del 37 los obreros de Cataluña se levantaron, no sólo sin su dirección, sino contra ella”. La revolución entonces remite como cuestión clave al papel del proletariado y el par­tido revolucionario capaz de dirigirlo. En este sentido, la tragedia del proletariado español fue la imposibilidad de contar, en esos momen­tos decisivos, con un verdadero partido revolucionario que, fuerte­mente enraizado en las masas, fuera capaz de llevar la revolución a la victoria.

 

El Carácter y las tareas de la revolución

España puso en discusión la cuestión del carácter de la revolución, de las fuerzas sociales que la encabezarían y las tareas que tenía plan­teadas. En este sentido “Podemos decir a los campesinos con pleno derecho que nuestro fin es la creación de una república obrera y cam­pesina, de la misma manera que después del levantamiento de Octubre hemos dado el nombre de ‘gobierno obrero y campesino’ al gobierno de la dictadura proletaria. Pero no oponemos la revolución obrera y cam­pesina a la proletaria sino que, por el contrario, las identificamos”6.

En línea opuesta, el partido comunista oficial argumentaba en 1933 que “En España, la revolución socialista no puede ser la finali­dad inmediata. La finalidad inmediata consiste en la revolución obre­ra y campesina contra los grandes terratenientes y la burguesía”. Esta concepción escondía la posibilidad falsa, de una revolución de tipo especial (“revolución popular”, revolución democrática”, etc.) que daría paso a la instauración de un régimen social intermedio (“dic­tadura democrática de obreros y campesinos”, “Frente Popular”, etc.), entre la restringida y decadente república y la dictadura del proleta­riado. Tiempo después, ante la emergencia de la reacción fascista, esta idea se cristalizará en la necesidad de la defensa de la “demo­cracia” mediante una alianza de las organizaciones obreras con la burguesía, formando el Frente Popular. Pero la burguesía no estaba en condiciones de resolver ninguna de las demandas de las masas, pendientes en España. La cuestión agra-ria, tarea de primer orden, planteaba la necesidad inmediata de con­fiscación de los grandes latifundios privados para colectivizarlos o repartirlos. La cuestión del clero y las riquezas de la iglesia exigían la lucha por su separación del Estado y la entrega de sus riquezas al pue­blo. Junto con esto, había que resolver la cuestión de la autonomía reclamada por algunas regiones y entre otras, la independencia de la colonia española de Marruecos, lo que demandaba la lucha por la libre autodeterminación nacional. Al mismo tiempo se hacía necesa­rio impulsar las reivindicaciones de carácter transitorio tales como la nacionalización de bancos y la industria bajo el control obrero. En este sentido, los obreros debían y podían dirigir la revolución, a condición de reunir tras de sí al campesinado y desarrollar, al mismo tiempo que sus propias reivindicaciones y en relación con ellas, todas las deman­das democráticas hasta el fin, contra la burguesía. Es así que la mecá­nica de la revolución, que comienza por la resolución de las tareas democráticas, se convierte en socialista. La lucha por estas demandas no implicaban, ni podían implicar, la alianza del proletariado y el campesinado con la burguesía y por ello, se hacía necesaria la más absoluta independencia política de las organizaciones obreras y el empleo de los métodos de la lucha revolucionaria. La heroica insurrección de Asturias marcó una primera e importan­te experiencia del proletariado español bajo el gobierno republicano. Hacia 1933, los reclamos de la ciudad y el campo fueron creciendo cada vez más. Las elecciones a las Cortes constituyentes en las que triunfa­ron los partidos de la derecha reaccionaria y monárquica, mostraron la impotencia de los demócratas burgueses y avivaron aún más el movi­miento. En 1934 se inicia en Asturias una poderosa oleada huelguística cuyo centro será la cuenca minera. Este movimiento toma un carácter netamente insurreccional y de rasgos socialistas: obreros y campesinos toman las fábricas, expropian las tierras y se apoderan del armamento instaurando su propio poder, la Comuna de Asturias. Este cuestiona­miento al orden republicano burgués y por lo tanto, a la propiedad pri­vada de los capitalistas, puso en guardia al gobierno que envió a más de mil hombres del ejército republicano contra los “insurrectos”. La deser­ción de los dirigentes de la CNT y la traición de los dirigentes de la UGT, dejó al movimiento descabezado y el proletariado asturiano, después de resistir sin el apoyo de sus dirigentes durante más de una semana, fue obligado a la capitulación tras la cual se desató una feroz represión y persecución.

Esta derrota, abrió el periodo reaccionario que finalmente se conoció como “Bienio Negro”. En pocos meses de experiencia con la república, Asturias demos­tró que los obreros y campesinos pudieron haber extendido su ejem­plo a toda España, y pasar sin solución de continuidad a la constitu­ción de un nuevo estado obrero. En este primer período de la revolu­ción, la democracia burguesa “dará todo de sí”, es decir poco y nada. Mientras que en Rusia de 1917 la experiencia del movimiento de masas con ella, pudo ser sintetizada y superada en la toma del poder en Octubre por el Partido Bolchevique, en España a falta de un parti­do revolucionario, pudo en cambio imponerse, temporalmente, una salida reaccionaria. Hacia 1936, ante al resurgimiento del movimien­to revolucionario, la burguesía se verá obligada esta vez para frenar­lo, a apelar al prestigio de las organizaciones de la clase obrera mediante su incorporación al Frente Popular.

 

Las Juntas (soviets) y el partido revolucionario

Junto con la importancia de las demandas democráticas radicales con el objetivo de arrancar a las masas de la influencia de la burgue­sía liberal, Trotsky planteó dos problemas claves: la formación de las juntas (o soviets) y la construcción de un partido revolucionario. A principio de los años 30, las organizaciones de mayor influencia eran los socialistas, la UGT7 y los anarquistas; en minoría se encon­traba el comunismo dividido en tres alas, la Federación Comunista Cataleano-Balear dirigida por Maurín*, el partido comunista oficial y la izquierda comunista española (ICE), que dirigidos por Andrés Nin* y Juan Andrade* se identificaban con el trotskismo8. Tras el aleja­miento de Nin y Andrade de la IV Internacional -se fusionarán con la Federación de Maurín- formando el POUM* en 1935. La sección Bolchevique-Leninista, sección de la IV Internacional, se refundará en 1936, luego de un primer periodo de dispersión y a pesar de ser poco numerosa, tendrá participación activa en la revolución9. Desde sus inicios, Trotsky propuso innumerables tácticas para ir hacia las masas y fusionarse con lo mejor de la vanguardia, para cons­truir el partido revolucionario. Antes de la formación del POUM, le planteó a la Izquierda Comunista desde la lucha por la unidad de las filas comunistas10, hasta el entrismo en las juventudes socialistas11. Nin y la mayoría de la ICE se negaron a llevar estas tácticas adelante. Pronto este sectarismo dio lugar al oportunismo y terminará forman-do junto a Andrade, una alianza con la derecha de Maurín bajo pre­texto de que el Bloque Obrero y Campesino aglutinaba en su seno a un importante sector de la vanguardia en Cataluña, constituyendo el POUM. Vale recordar que años antes Nin junto a Trotsky, condenaron correctamente el programa del Bloque, que además de no hablar de la revolución proletaria, ni detentar un carácter obrero de clase, era hostil a la estrategia del trotskismo. Por esta razón, el POUM se cons­tituyó como una organización centrista.

Tal como describe Trotsky, “El centrismo de izquierda, sobre todo en condiciones revoluciona­rias, está siempre dispuesto a adoptar de palabra el programa de la revolución socialista y no se muestra avaro en frases sonoras. Pero la fatal enfermedad del centrismo es su incapacidad para sacar de estas concepciones generales conclusiones valientes de táctica y organiza­ción. Siempre piensa que es ‘prematuro’: ‘hay que preparar la opinión de las masas’ (por medios equivocados de duplicidad, diplomacia, etc.); en cambio teme romper sus relaciones amistosas habituales con sus amigos de la derecha, ‘respeta’ las opiniones personales: por eso siempre ataca a la izquierda, buscando así realzar su propio prestigio a los ojos de la opinión publica seria”12. Sin embargo, apenas reconstruida la sección Bolchevique-Leninista de la IV en 1936, toda la orientación de esta tendencia, por sugerencia del propio Trotsky, fue la de trabajar ampliamente sobre la base de la CNT* y del POUM. Estas tácticas dieron como resultado, en medio de la guerra civil, una importante influencia sobre estas tendencias. En la CNT, sobre su ala izquierda, “Los Amigos de Durruti*”, con los que llegaron a trabajar en frente único y levantar las mismas perspectivas políticas como la cuestión de la necesidad de la toma del poder por parte de los obreros. En cuanto al POUM, además de influenciar a muchos militantes, los trotskistas formaron parte incondicional de sus milicias en el frente de combate, consti­tuyendo, la “Columna Internacional Lenin” del POUM. En torno a la constitución de soviets, el revolucionario ruso expli­caba, “El proletariado, si quiere entrar en la senda de las grandes acciones, tiene necesidad, ya en el momento presente, de una organi­zación que se levante por encima de las separaciones políticas, nacio­nales, provinciales y sindicales existentes en las filas del proletariado y que corresponda a la envergadura tomada por la lucha revoluciona­ria actual… En realidad los soviets se constituyen cuando el movi­miento revolucionario de las masas obreras, aunque se halle lejos todavía de la insurrección, engendra la necesidad de una organización amplia y prestigiosa capaz de dirigir los combates políticos y econó­micos que abarcan simultáneamente establecimientos y profesiones diversas. Sólo a condición de que los soviets, durante el período pre­paratorio de la revolución, penetren en el seno de la clase obrera, resultarán capaces de desempeñar un papel directivo en el momento de la lucha inmediata por el poder”13. Sobre la relación de los soviets y el partido agregaba: “La Junta proletaria será la vasta arena en que cada partido y cada grupo serán sometidos a prueba a la vista de las grandes masas”14.

A poco de la sublevación franquista, operaban en España tendencias a este tipo de organización: comités populares de guerra, de defensa, ejecutivos, revolucionarios o antifascistas, cons­truidos para dirigir la réplica contra la reacción fascista. Pero el secta­rismo de las organizaciones de izquierda que bajo distintos pretextos políticos y teóricos atentaba contra el frente único obrero, tuvo su correlato en el oportunismo y la conciliación de clases, en momentos donde el ascenso de la lucha imponía tendencias a la unidad. En el caso del partido comunista y el partido socialista españoles, toda su política estuvo centrada en impedir la conformación y exten­sión del poder autónomo de las masas, comenzando primero por su incorporación como meros apéndices del régimen y terminando en la aniquilación física de quienes los integraban e impulsaban. Andrés Nin, cuyas divergencias con Trotsky se dieron en cuestio­nes claves, se negó a impulsar las juntas o soviets al considerar que mientras que “en Rusia no había tradición democrática. No existía una tradición de organización y de lucha en el proletariado. Nosotros contamos con ella. Tenemos sindicatos, partidos, publicaciones. Un sistema de democracia obrera”.

De esta forma, Nin reemplazaba la autoorganización independiente y democrática de las masas, por los acuerdos de cúpula y la división del movimiento agrupado en las dis­tintas organizaciones políticas y sindicales, al igual que la CNT. Cierto es que los comités se organizaron espontáneamente por la fuerza misma de los acontecimientos, sin embargo, las concepciones del POUM y la CNT tendían -incluso en Cataluña, donde por la mayor radicalización las bases intentaban imponer su peso a sus representantes- a imponer el frente único sólo entre representantes de partidos y sindicatos, al mismo tiempo que carecían de una polí­tica efectiva de coordinación nacional entre los comités, atentando así contra la potencialidad de su fuerza.

 

Frente Popular, revolución y contrarrevolución

La constitución de la alianza electoral del Frente Popular en enero de 1936, se realiza con el pretexto de la defensa de la república ante un posible nuevo triunfo de la derecha católica y reaccionaria. En su seno va a reunir a los republicanos de izquierda encabezados por Manuel Azaña*, la Unión Republicana del conservador Martinez Barrio, el Partido Socialista de Prieto* y Largo Caballero* -dirigente de la UGT*-, el partido sindicalista de Angel Pestaña*, el Partido Comunista y al POUM15. Su programa será de estricto carácter bur­gués y proclamará, entre otras cuestiones, que “Los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos.” Agregando además que “la república no es una república dirigida por motivos sociales o económicos de clase.” El Frente Popular sostenía, en esencia, los mismos principios de defensa de la propiedad y el régimen capitalista que había soste­nido la fracasada alianza entre republicanos y socialistas, que domi­nó el gobierno hasta 1934. Así, en la cuestión colonial demostró su carácter antidemocrático e imperialista: la negativa de ofrecerle la independencia a la colonia española en Marruecos, que hubiera per­mitido contar con el apoyo -o al menos la neutralidad- de la pobla­ción marroquí con la lucha revolucionaria del pueblo español, allanó el camino para que esta región fuese cabecera de playa del ejército de Franco, donde se armó y planificó la conspiración utilizando tropas marroquíes. Respecto de la autonomía de la región catalana, mientras que durante la dictadura de Primo de Rivera esta región mantuvo cierta autonomía, durante el gobierno del Frente Popular y en nom­bre de la “unidad antifascista”, le será restringida. Sin embargo, la victoria del Frente Popular bastó para que los obre­ros y campesinos -sin esperar las directivas del que consideraban “su” gobierno-, se lanzaran a las calles por la liberación de los presos, la toma de los grandes latifundios y empresas, el ataque a las iglesias y conventos y llevarán a cabo numerosas huelgas, haciendo realidad las promesas de las direcciones de la izquierda que de una u otra mane-ra respaldaban al Frente Popular. “La efervescencia profunda de las masas, así como las ininterrumpidas explosiones violentas prueban que los obreros de la ciudad y el campo, así como los campesinos pobres, engañados con frecuencia, dirigen todas sus fuerzas todavía y siempre hacia la solución revolucionaria. ¿Y que papel desempeña frente a ese movimiento potente el Frente Popular? El de un freno gigantesco, construido y puesto en movimiento por traidores y cana­llas rematados”16. De ahí que Trotsky, refiriéndose al ingreso a la coa­lición electoral del Frente Popular por parte del POUM de Nin y Andrade, declaró que “Los antiguos 'comunistas de izquierda' españo­les se han convertido sencillamente en la cola de la burguesía de izquierda”17. Esta función del Frente Popular se desplegó con mayor fuerza a partir de la sublevación del 17 de julio de las tropas franquistas. En tanto que la respuesta obrera y campesina fue inmediata organizando la defensa militar y profundizando la lucha por sus conquistas, los obreros comprendían que no era posible enfrentar a la reacción más que avanzando en el camino del socialismo18.

En cambio, el Frente Popular, dominado por los stalinistas, ordenaba a las masas detenerse “en la revolución democrática” para enfrentar al fascismo -“primero la guerra, después las reformas sociales” decían-. En los hechos, esto sig­nificó que mientras las milicias combatían en el frente contra el fas­cismo, el Frente Popular -no sin dificultad- desmantelaba en la reta­guardia las posiciones conquistadas por los obreros, para recomponer el estado burgués en ruinas. En Cataluña -con gran peso de la CNT y el POUM-, “... el Comité Central de Milicias Antifascistas19 se trans­formó, sin ruido, en un simple servicio del Ministerio oficial de la Defensa de la Generalitat. Con el fin de quebrar la dualidad de pode­res, crearon en cada ministerio un Consejo Ejecutivo, en donde están representados los partidos y los sindicatos. En una palabra, metieron en caja, dentro del viejo Estado, a los nuevos organismos de poder obrero...”20. Mientras que como señala Rous*, la IV Internacional trots­kista planteó este peligro, el POUM declaraba en su prensa -La Batalla­que, “Esta solución tenía la ventaja de transportar el poder revolucio­nario al seno mismo de los servicios gubernamentales” y que “en Cataluña no se podía hablar de dualidad de poder, esquema tradicio­nal de la Revolución Rusa.”21. Poco después, en septiembre de 1936, la CNT y el POUM, ingresarán al gobierno de Cataluña. La justificación de la CNT fue “... permitir la constitución de un Consejo que estaría formado por los representantes de los diversos sectores antifascistas. En Cataluña, ya no era posible por el bien de la revolución y por el futuro de la clase obrera, que persista la dualidad de poderes...”. En noviembre, esta “colaboración” en nombre de la “unidad antifascista” pega un salto con el ingreso de cuatro ministros de la CNT al gobierno central de la república encabezado por Largo Caballero. Así quedó demostrado el carácter engañoso de las diatribas anar­quistas acerca de su oposición contra “todo” estado, poniendo en evi­dencia que éstas sólo eran contra la conformación de un Estado pro­letario. Asimismo, el POUM declaraba que “vivimos una etapa de transición en la que la fuerza de los hechos nos obliga a la colabora­ción directa en el Consejo de la Generalitat...”22.

De esta manera, las organizaciones de izquierda más prestigiadas ante las masas, capitu­laban ante los cantos de sirena del Frente Popular, el chantaje de Moscú23 y las potencias imperialistas. “Cuanto más tiempo dure la influencia de la política del Frente Popular en el país y en la revolución, mayor será el peligro de que las masas acaben extenuándose y desmoralizándose y de que el fascismo consiga la victoria.”24 Esta previsión se verá confirmada cuando el gobierno, dominado por el stalinismo y la derecha del PS, irían adquiriendo rasgos más reaccionarios, sobre todo a partir de la derro­ta de la insurrección de mayo de 1937 en Barcelona, cuando la Generalitat desarma las milicias y masacra a la vanguardia revolu­cionaria; incluyendo una lucha a muerte por desembarazarse del ala izquierda, representada por la CNT y el POUM y los trotskistas. Las persecuciones, asesinatos, torturas y calumnias contra los revolucio­narios, adquirieron tales proporciones que se conocieron como “La Inquisición de Stalin-Negrin*”, las que finalmente allanaron el cami-no para el triunfo del fascismo25.

En torno a las causas de la derrota y la responsabilidad de la izquierda revolucionaria, Trotsky escribe: “Políticamente el POUM ha estado incomparablemente más cerca del Frente Popular, en el que cubría su ala izquierda que del bolchevismo. Si el POUM ha sido víc­tima de una represión sangrienta y falaz, es porque el Frente Popular no podía cumplir su cometido de aplastar a la revolución socialista, más que acabando pedazo a pedazo con su flanco izquierdo. A fin de cuentas, a pesar de sus intenciones, el POUM ha resultado ser el principal obstáculo en la vía de la construcción de un partido revo-lucionario”26. Con esta introducción no pretendemos agotar todas las lecciones de la Revolución Española, sino esbozar las cuestiones y hechos que creemos fundamentales. Como el mismo Rous afirma, tanto la estrate­gia como el programa de Trotsky y la IV Internacional pasaron la prue­ba de los hechos. Trotsky no sólo siguió los acontecimientos desde sus inicios y durante su exilio, sino que además intentó por todos los medios, ingresar a España para participar activamente en ellos. Al mismo tiempo que supo sostener inflexiblemente los principios revo­lucionarios supo también tener la suficiente flexibilidad táctica en momentos donde la lucha de clases impone dar giros, sin caer ni en el oportunismo ni en el sectarismo, a través de sus escritos, dejó grandes lecciones revolucionarias para las actuales y futuras generaciones.


1. Fue lamentable en ese entonces escuchar al ministro anarquista de Industriadecir a los obreros: “Nuestro triunfo dependía y depende de Inglaterra y Francia y no de la revolución, pero con la condición de hacer la guerra, no la revolución.” J. Rous, España 1936-España 1939- La revolución asesinada.

2. León Trotsky, Escritos sobre España, Ruedo Ibérico, París, 1971, pág. 9

3. L. Trotsky, “La revolución española puede salvar a Europa”, publicado en esta edición.

4. León Trotsky, Escritos sobre España, op. cit., pag. 10

5. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aires, 1998, pág. 167.

6. L. Trotsky, Escritos sobre España, Ruedo Ibérico, París, 1971, pág. 47.

* Todos los nombres y organizaciones con asterisco se encuentran en el glosario.

7. Unión General de Trabajadores, dirigida por el Partido Socialista.

8. Estas tres alas reflejaban en ese periodo las divisiones en la III Internacional ydel PC Ruso entre el ala derecha bujarinista, el centro oficial stalinista y la izquierda trotskista.

9. Ver detalles en esta compilación, M. Casanova, “La IV Internacional en la Revolución Española”.

10. Al inicio del proceso revolucionario el stalinismo era pequeño y débil pero lanueva situación, al igual que en 1917 en Rusia, haría afluir a la vanguardia hacia sus filas. Mientras que el stalinismo internacional buscaba constantemente provocar escisiones por causas artificiales, Trotsky llamaba a la unificación en las filas comunistas, a través de una discusión abierta y honesta y la realización de un Congreso de unificación, junto al com­bate contra la corrupción ideológica y las falsificaciones stalinistas. Esta política permiti­ría la clarificación de la vanguardia de la justeza de la política revolucionaria. Esta políti­ca será planteada hasta 1933, cuando el stalinismo abandona su carácter centrista.

11. A fines de 1933, la juventud socialista española -que giró a la izquierda comoparte de un fenómeno de radicalización mundial de sectores de la socialdemocracia-, convocó a los trotskistas a ingresar a sus filas para que les enseñaran el arte de la revo­lución y discutir la lucha por la IV internacional. La negativa de ingresar a las juven­tudes socialistas, por parte de Nin y la Izquierda Comunista, permitió que posteriormente el estalinismo capitalizara este giro y se fortaleciera ganando a más de cientos de miles de militantes de dicha juventud. Ver, “La táctica de entrismo de Trotsky y la cons­trucción del partido revolucionario” en Cuadernos del CEIP Nº 1,

12. León Trotsky, La Revolución Española (1930-1940), Volumen II, Ed. Barcelona, 1977, pág. 278.

13. León Trotsky, ibídem, pág. 26.

14. Ibídem, pág. 28.

15. En este primer momento, el POUM ingresa a la alianza electoral, pero sin com-prometer su ingreso al gobierno; su integración se producirá recién en septiembre de 1936, cuando A. Nin ingresa como ministro de la Generalitat en Cataluña. La CNT abandonó su tradicional política de boicot para dejar, en una actitud cómplice con el frente popular, “libertad de acción” a sus bases. Años después también integrará no sólo el gobierno de Cataluña sino también el gobierno nacional.

16. León Trotsky, Escritos sobre España, op. cit., págs. 129-130.

17. L. Trotsky, P. Broué (Comp.) La Revolución Española, Vol I, “La traición del Partido Obrero de Unificación Marxista español”, Barcelona, Editorial Fontanella, 1977, pag. 330.

18. “...En todas partes se derrocaba a la propiedad capitalista. Sólo subsistía elpoder oficial del viejo Estado, bajo la protección del Frente Popular, pero estaba com­pletamente quebrado, porque los obreros para expropiar al enemigo capitalista que no era otra cosa que el enemigo fascista, tuvieron que construir su propio aparato de Estado. Frente al parlamento y la Generalitat construyeron los Comités. En lugar del Ejército republicano, que estalló en pedazos, construyeron la milicia popular...”. Publicación traducida al inédito del francés del libro de J. Rous “España 1936- España 1939, La Revolución Asesinada”, presente en esta edición.

19. El CC de Milicias Antifascistas, no era un soviet, no era electo democrática-mente, sino un frente único donde la representación era por acuerdos de cúpula. Los verdaderos organismos de poder obrero eran los comités locales de gobierno.

20. J. Rous, op. cit.21. Ibídem,

22. Se puede ver la argumentación del POUM, en al artículo que aquí publicamos.Resolución del Comité Central del POUM sobre la actual situación política.

23. La “No intervención” de las potencias imperialistas “democráticas” era esgrimi-da por el stalinismo como chantaje para frenar la continuidad del proceso revoluciona­rio. Además, la posibilidad de contagio de esta revolución al resto de Europa, cuyo carác­ter era decididamente autónomo y cuestionador, preocupaba tanto al imperialismo como a la burocracia soviética, que veía en esto una amenaza a sus intereses y privilegios.

24. León Trotsky, ¿Es posible la victoria?, publicado en esta edición.

25. Los asesinatos, persecuciones, juicios y encarcelamiento incluyen, además dea Nin, a importantes dirigentes trotskista de la sección bolchevique de España, como el caso del asesinato de Erwin Wolf -ex secretario de León Trotsky.

26. L. Trotsky, La Revolución Española (1930-40), Vol- II, op. cit., pág. 227-228.



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