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Selección de artículos tomados de la obra completa, The Military Writings and Speeches of Leon Trotsky, How the revolution armed

Introducción a "Cómo se armó la revolución"

por Andrea Polaco y Liliana Ogando Caló

Armando la Revolución

La Primera Guerra Mundial provocó una crisis social y política en Europa con pocos o ningún precedente histórico. Los esfuerzos de gue­rra descalabraron la economía de los Estados imperialistas y provocaron el descontento y la tendencia a la desintegración de los ejércitos europeos. Ya en 1916 la euforia patriótica inicial había desaparecido y existía una enorme oposición a la continuación de la guerra 1, expresada, espe­cialmente, en sectores del proletariado organizado en los centros indus­triales de armamento (los shop stewards 2 en Gran Bretaña, y los artificie­ros y mecánicos de los nuevos navíos dotados de alta tecnología en Alemania), y tanto en Rusia como en Alemania las principales bases navales (Kronstadt, Kiel) serían, más adelante, núcleos revolucionarios importantes.
En Rusia el proceso de desintegración del ejército zarista se había iniciado desde antes de la Revolución de Febrero de 1917 debido a las consecuencias desastrosas de la conflagración mundial3. El ejército ruso tenía proporcional­mente a la cantidad de habitantes, casi el mismo porcentaje de movilizados que el ejército británico mientras que, desde el punto de vista del aparato del Estado y la industria, Rusia y Gran Bretaña tenían absoluta desigualdad y esto implicaba para la primera una enorme carga estatal de guerra. Por otro lado, el atraso general de Rusia y las derrotas en los frentes fueron factores fundamentales que convencieron a las masas y, sobre todo, a los propios soldados, de que sus condiciones de vida sólo podrían revertirse con el fin de la guerra4. Pero el régimen de Kerensky se negó a acordar la paz, cedien­do a las exigencias aliadas de cumplir con los compromisos asumidos por el zarismo. Por el contrario, el Partido Bolchevique fue el único que levantó consecuentemente el programa sentido por el movimiento de masas, plan­teando que sólo la clase obrera en el poder podía resolver el problema de la paz y sosteniendo una política activa para contribuir a la desintegración del ejército burgués y preparar la insurrección.

 

 La política militar del Partido Bolchevique

La política del marxismo revolucionario hacia las cuestiones militares siem­pre partió de considerar que tanto las guerras como la represión a los pueblos son dos consecuencias inherentes a los sistemas basados en la división de cla­ses. Las premisas de principio para resolver correctamente la cuestión de las tácticas antimilitaristas fueron establecidas por el marxismo internacional hace más de un siglo. Ya en el Congreso Internacional de París de 1889 se aprobó la sustitución de los ejércitos permanentes por el armamento general del pue­blo, se exigía consolidar la paz entre los pueblos, se instaba a los socialistas a votar contra créditos militares y se vinculaba la lucha por la paz con la lucha por el socialismo. Por supuesto el reconocimiento de esta ligazón estructural entre el militarismo y el capitalismo en su fase imperialista no determinaba, por sí misma, la táctica concreta de los socialistas o el problema práctico de cómo luchar contra la carga del militarismo y cómo impedir la guerra, pero sentó las bases para desarrollar, en cada situación histórica, una política revo­lucionaria en este aspecto5. Así, en Rusia el Partido Bolchevique supo realizar un trabajo militar conspirativo y clandestino, llevado adelante por sus células dentro del ejército y un trabajo abierto y público, con el curso de los sucesos revolucionarios, en las instituciones de autoorganización de las masas.

El objetivo de las células clandestinas dentro del ejército zarista era la pro­paganda revolucionaria entre las tropas y el fortalecimiento de las tendencias hostiles de la base hacia la oficialidad. Al estallar la guerra mundial, la princi­pal consigna de los bolcheviques fue “convertir la guerra imperialista en guerra civil”, lo cual implicaba la agitación y propaganda de una política internacio­nalista y clasista que, con el tiempo, fue coincidiendo con las tendencias obje­tivas dentro del ejército que se oponía a seguir combatiendo. Luego de la Revolución de Febrero de 1917, acompañando el enorme cambio favorable en la subjetividad de las masas y los síntomas de desintegración, el trabajo bol­chevique en el ejército giró de una política negativa, de hostigamiento y debi­litamiento, a una política de acción que sentaría las bases para la insurrección armada: la organización de núcleos de soldados que estuvieran convencidos de defender la revolución y que evitaran que la contrarrevolución se agrupe y organice a través de la oficialidad en el ejército zarista. “La tarea de estas célu­las ya no era debilitar la autoridad de los oficiales sino más bien ejercer el control sobre sus superiores para evitar la creación dentro del ejército 'democrático' de for­maciones voluntarias especiales que pudieran luchar contra la revolución; también organizaron unidades militares para preparar una insurrección armada (...) Luego de la Revolución de Febrero, Petrogrado se transformó en el centro del trabajo mili­tar bolchevique. El comité local del Partido Bolchevique formó 'una Comisión militar' especial para hacer trabajo entre las tropas de la guarnición de Petrogrado. Se formaron comisiones similares en la flota del Báltico y en el frente”6. La importancia del trabajo militar bolchevique quedó demostrada en la Conferencia Panrusa de Organizaciones Militares Bolcheviques, realizada el 16 de junio de 1917 donde asistieron delegados de 500 formaciones que incluían 30.000 bolcheviques en sus filas. La organización militar bol­chevique cumplió un rol destacado en la preparación y la dirección de la insurrección armada, y luego de octubre fue el punto de apoyo para la construcción del nuevo ejército. Como afirmó Trotsky “allí encontramos los primeros elementos resueltos, aunque no muy numerosos, que fueron de tanto valor en los momentos críticos de la revolución. Durante el período del alzamiento de Octubre hicieron su trabajo como comandantes y comisarios de las unidades militares, a la vez que muchos de ellos, estaban destinados a con­vertirse en organizadores de las Guardias Rojas y el Ejército Rojo”7.

 

Las Guardias Rojas

La historia de las Guardias Rojas en Rusia es, en gran medida, la histo­ria de la dualidad de poderes que facilitó a los obreros la tarea de construir una fuerza armada aun antes de la insurrección. Ya en la Revolución de 1905 se formaron unidades de combate en las fábricas a las que, luego del triunfo contrarrevolucionario, la clase dominante desarmó. En febrero de 1917 las Guardias Rojas renacieron restableciéndose como fuerza de defen­sa de los trabajadores y representando desde los primeros días un peligro para el Gobierno Provisional. Durante los cuatro meses siguientes, gracias a que los soviets estaban aún dominados por mencheviques y socialrevolucio­narios, Kerensky logró imponer, fundamentalmente en Petrogrado, un decreto que fusionaba a las Guardias Rojas (milicias obreras) con las milicias civiles, como intento de evitar el desarrollo y fortalecimiento de milicias cla­sistas e independientes. Pero los intentos del gobierno provisional de desar­mar totalmente a los trabajadores fracasaron. “...El Soviet del barrio de Viborg que era, por así decirlo, el bastión de los trabajadores, decidió por unanimidad a fines de abril presionar por la formación de unidades independientes de la Guardia Roja, considerando a ésta una tarea indispensable para el proletariado. Una resolución similar fue aprobada por el Consejo General de Trabajadores Industriales de Petrogrado, cuya creación había sido impulsada por los bolche­viques. Ambas instituciones definieron los designios y objetivos de las Guardias Rojas así: defensa de las conquistas de la revolución (conquistas de las clases tra­bajadoras, de acuerdo con el Soviet de Viborg) y defensa contra las conspiracio­nes de la contrarrevolución (de las clases dominantes en las palabras del Soviet de Viborg)”8. La política de desarme del Gobierno Provisional sólo pudo hacerse efectiva luego de las Jornadas de Julio, luego de la represión a la revuelta obrera y la persecución y encarcelamiento de los bolcheviques, que se vieron obligados entonces a pasar a la clandestinidad; es decir, el desar­me de las Guardias Rojas no se llevó a cabo por medio de la persuasión sino por medio de la represión. Pero en agosto, ante el intento golpista de Kornilov, el Gobierno Provisional se vio obligado a recurrir al armamento del proletariado y a legalizar las Guardias Rojas. Cuando los bolcheviques ganaron la mayoría en el Soviet de Petrogrado y su dirección pasó a manos de Trotsky, las Guardias Rojas, conocidas allí como “milicia obrera”, se con­virtieron en el brazo armado del soviet y la perspectiva de la insurrección armada planteada por los bolcheviques inclinó a los obreros más avanzados a considerarlas como los pilares del futuro ejército de la insurrección. A partir de entonces adoptaron una forma puramente militar (pelotones, compañías, cuadrillas, cuerpo de dinamiteros, etc.) y, junto con el sector revolucionario del ejército regular, actuaron como fuerza conjunta al servi­cio de la revolución proletaria durante Octubre y hasta que comenzó a construirse el Ejército Rojo.

 

La insurrección y el partido revolucionario

Desde la Revolución de Febrero de 1917 se hizo claro que el gobierno provisional no resolvería las demandas fundamentales de los obreros, cam­pesinos y soldados. La desilusión del campesinado con “su” partido, el Socialismo Revolucionario (SR) que contra todas sus promesas mantuvo intactas las propiedades terratenientes, provocó un vuelco de los campesi­nos a la oposición y un aumento de la influencia de los bolcheviques que llamaron, con éxito, a la ocupación de tierras. El crecimiento de la agita­ción fue considerado por la contrarrevolución como una señal de que el período de conciliación había concluido y el 25 de agosto el general Kornilov intentó un golpe de Estado para derrotar de forma aplastante la revolución. Frente a esto se produjo una inmediata respuesta: los soldados que debían marchar a Petrogrado al mando de la oficialidad “kornilovista” se amotinaron, los ferroviarios paralizaron los trenes, los marineros de Kronstadt acudieron a defender la Capital y liberaron a los militantes bol­cheviques de las prisiones, los bolcheviques organizaron destacamentos de Guardias Rojas y en los regimientos los soviets de soldados enfrentaron a los “kornilovistas”. El fracaso de la contrarrevolución cambió la situación política por completo y llevó a un reavivamiento de los soviets y a un aumento de la fuerza bolchevique. El 31 de agosto el Soviet de Petrogrado votó el reclamo de todo el poder para los soviets y el 9 de septiembre con­denó la política de coalición con los representantes de la burguesía en el Gobierno Provisional. La situación era más que favorable para la insurrección y Lenin, desde el exilio, comenzó a llamar a los dirigentes del partido a organizarla de manera urgente. El 13 de septiembre dirigió dos cartas al Comité Central cuyo contenido era que, tras haber obtenido la mayoría en los Soviets de Petrogrado y Moscú, los bolcheviques podían y debían tomar el poder. Pero no había homogeneidad al interior del partido revolucionario sobre el momento histórico, se entablaron duras luchas entre sus principales diri­gentes y recién el día 10 de octubre, sobre la base del auge revolucionario, el Comité Central votó la decisión de proceder a la insurrección armada. Trotsky, que desde el principio estuvo de acuerdo con Lenin en la necesi­dad de preparar y organizar la insurrección, había conseguido el 9 de octu­bre que se vote en el Soviet de Petrogrado la formación del Comité Militar Revolucionario que, en los hechos, fue el órgano militar de la misma. El 22 de octubre la tripulación del crucero Aurora, a instancias de los bolchevi­ques, se negó a acatar la orden del Gobierno Provisional de levar anclas. El 23, el Comité Militar Revolucionario envió delegados a todas las unidades militares cuyos representantes habían comunicado que no reconocían la autoridad del gobierno provisional. El 24, se distribuyeron armas en los cuarteles a todos los destacamentos obreros y los marineros de Kronstadt acudieron a Petrogrado. El 25 de octubre, cuando se iniciaba el Segundo Congreso Panruso de los Soviets, los revolucionarios se apoderaron del Palacio de Invierno. La insurrección había triunfado.

Sin embargo, las divergencias en torno a la insurrección en el Comité Central del Partido Bolchevique no desaparecieron completamente. Kamenev9 y Zinoviev10, junto a otros dirigentes que se habían opuesto a Lenin considerando que la insurrección era una aventura política, luego de conquistado el poder y constituido en Petrogrado el gobierno soviético exi­gían la creación de un gobierno de coalición reclutado entre los partidos de los soviets, junto a mencheviques y eseristas, integrantes del Gobierno Provisional. Como observamos, tanto antes como después de la toma del poder, miembros del partido y el resto de los partidos soviéticos planteaban que era un error instaurar la dictadura del proletariado y que lo que corres­pondía a la situación era un gobierno con “todas las fracciones de la demo­cracia” (eseristas y mencheviques).

“Encontramos un testimonio de extremado interés en una Memoria presen­tada por Uritsky11 a la sesión de nuestro Comité en Petrogrado el 12 de diciem­bre respecto a la convocatoria de la Asamblea Constituyente: 'No son nuevas las divergencias dentro de nuestro partido. Siguen la misma corriente iniciada con anterioridad en la cuestión de la insurrección. Ahora ciertos compañeros consi­deran la Asamblea Constituyente una coronación de la Revolución. Razonan como pequeños burgueses, piden que no cometamos faltas de tacto, etc., y no quie­ren que los bolcheviques de la Asamblea decidan sobre su convocatoria, su rela­ción de fuerzas, etc. Estiman las cosas desde un punto de vista meramente formal; no comprenden que los datos de nuestra inspección nos permitan ver lo que ocu­rre alrededor de la Constituyente, y, en consecuencia, determinar nuestra actitud respecto a ella… Luchamos ahora por los intereses del proletariado y de los cam­pesinos pobres; pero algunos compañeros conceptúan que hacemos una revolución burguesa, que debe ser coronada por la Asamblea Constituyente'. La disolución de ésta (días después, NdeC) marcó el fin de una etapa importante en la histo­ria de Rusia y de nuestro partido. Después de vencer las resistencias internas, no sólo se apoderaba del Poder el proletariado, sino que lo conservaba”12. Octubre demostró que si bien la insurrección es en sí misma un acto militar, esto no quiere decir que su desenlace esté determinado sólo y fundamentalmente por sus aspectos tácticos, sino que la orientación polí­tica brindada por el partido revolucionario y la lucha política tenaz y persistente desplegada por él contra el reformismo fueron la condición indispensable para el triunfo. La victoria militar del Soviet de Petrogrado que permitió la toma del poder en esa ciudad y, con ello, la extensión de la revolución a Moscú y a todo el país estaba basada en una estrategia políti­ca revolucionaria que se había desarrollado y puesto en acción muchos años antes, una voluntad política resuelta que consideró a la insurrección como un arte, un convencimiento profundo de que el camino era la dictadura proletaria en alianza con el campesinado pobre y, al mismo tiempo, la bús­queda de la revolución en los países avanzados como única vía para emprender la construcción del socialismo. Sin esta estrategia política, el triunfo militar de la insurrección podría haber sido efímero y, asimismo, sin el triunfo militar que arrebató el poder a la burguesía, la política revolu­cionaria no podría haberse aplicado. Esta es la relación más justa que puede establecerse entre la política y la esfera militar.

El rol de Trotsky en la insurrección

Trotsky, al igual que Lenin, entendió profundamente la relación entre revolución e insurrección, así como entre insurrección y conspiración. La insurrección espontánea, de fuerzas “elementales”, podía desestabilizar al régimen pero no podía poner en el poder a la clase obrera y al campesina­do. Era necesaria la dirección revolucionaria para preparar la conquista del poder. Al mismo tiempo, desde el punto de vista militar, la conspiración no podía sustituir a la insurrección masiva. Era necesaria la insurrección arma­da para que la revolución cumpla sus fines y era necesaria la conspiración para que la insurrección salga victoriosa. Pero no al revés. “De sus observacio­nes y reflexiones sobre el fracaso de numerosos levantamientos en los que partici­pó o de los cuales fue testigo, Augusto Blanqui dedujo cierto número de reglas tác­ticas, sin las cuales la victoria de la insurrección es extremadamente difícil, sino imposible. Blanqui encarecía la organización con tiempo de destacamentos revo­lucionarios regulares, su dirección centralizada (...) Como es lógico, todas estas reglas, concernientes a los problemas militares de la insurrección, se modifican junto con las condiciones sociales y la técnica militar; pero de ningún modo hay que considerarlas 'blanquismo', en el sentido que los alemanes dan al 'putchismo' o al 'aventurerismo' revolucionario. La insurrección es un arte y, como cualquier arte, ella tiene sus leyes. Las reglas de Blanqui respondían a una visión realista de la guerra revolucionaria. El error de Blanqui no residía en el teorema directo, sino en su recíproca. Del hecho de que la incapacidad táctica conducía la revolución al descalabro, Blanqui deducía que la observancia de las reglas referentes a la tác­tica insurreccional era capaz, por sí misma, de proporcionar la victoria. Sólo desde este punto es legítimo contraponer al blanquismo el marxismo. La conspi­ración no reemplaza a la insurrección. Por mejor organizada que se encuentre, la minoría activa del proletariado no puede adueñarse del poder independiente­mente de la situación general del país. En esto, el blanquismo está condenado por la historia. Pero sólo en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Para con­quistar el poder, no basta al proletariado un alzamiento de fuerzas elementales. Necesita la organización correspondiente, el plan, la conspiración. Así es como Lenin plantea la cuestión”13. El stalinismo ha difundido cierta “interpretación” de Octubre en la cual Lenin instaba al partido a la insurrección y Trotsky, junto a otros dirigentes bolcheviques y no bolcheviques estaban en contra de ella. Cierto es que hubo diferencias entre Lenin y Trotsky en los días previos a la toma del poder, pero ambos revolucionarios estaban convencidos de que la insurrec­ción tenía que ser efectuada con urgencia. Lo que los diferenciaba era una cuestión de ritmos y consideraciones de oportunidad política. Las vacila­ciones de la dirección bolchevique llevaban a Lenin a temer que se perdie­ra el momento oportuno y que esto provocara una desilusión en las masas y un aborto de la revolución e instó al partido a llevar adelante el asalto al poder ya en septiembre y, a mediados de octubre, en vistas de que no había podido convencer al Comité Central, estaba preparando un avance desde el Norte (Finlandia, Kronstadt, Vyborg) para derrotar a Kerensky y tomar Petrogrado14. Por otro lado Trotsky, sin dejar de comprender los temores de Lenin pero convencido de que el ánimo de las masas y, en especial, del Soviet y la guarnición de Petrogrado era más firme que el de su dirección, insistía en que además de preparar la insurrección adecuadamente desde el punto de vista del armamento y la organización, era necesario que ante los ojos de las amplias masas de obreros, campesinos y soldados (sobre todo los obreros de Petrogrado)15 el asalto al poder obtuviera una legitimidad que escape a toda duda. Por ese motivo insistía en que la insurrección debía pre­pararse para la fecha de convocatoria del Segundo Congreso de los Soviets que la contrarrevolución intentaría disolver mediante la represión armada. Por lo tanto, luego de que el 9 de octubre el Soviet de Petrogrado votara la formación del Comité Militar Revolucionario, Trotsky comenzó a preparar la insurrección mediante una táctica defensiva basada en que Kerensky y la “kor­niloviada” estaban preparando un nuevo ataque contrarrevolucionario16: en el Congreso de los Soviets coincidirían la concentración de armamento para su defensa, la actitud vigilante de las Guardias Rojas, la presencia de los obreros y soldados más concientes y la disposición de defender hasta el final la institución que había adquirido mayor importancia en la vida del pue­blo ruso. La táctica de Trotsky tendía un puente hacia la insurrección y la legalizaba. La realización del Congreso el 25 de octubre dio comienzo a la insurrección y, tal como Trotsky había preparado, los soviets se hicieron con el poder. Desde su puesto de presidente del Comité Militar Revolucionario consiguió en el término de unas horas apoderarse de los centros principales de poder de la burguesía (el Palacio de Táurida, las ofi­cinas de correos y las estaciones del ferrocarril, el Banco Nacional, las cen­trales telefónicas, las plantas de energía eléctrica, entre otros). Desde el punto de vista del coronel norteamericano Harold Walter Nelson, docente de Historia militar, estrategia y política de seguridad nacio­nal en el ejército de ese país y en la Universidad de Calgary, la experiencia de Trotsky como reportero de la Primera Guerra Mundial en los Balcanes, su interés por las cuestiones militares que allí se producían, fue clave para su comprensión de lo que había que hacerse en Rusia en octubre de 1917. En su libro León Trotsky y el arte de la insurrección, 1905-1917 dice: “Aunque sus teorías no fueron perfectamente aplicables a las circunstancias objetivas en 1917, Trotsky tenía una imagen clara de lo que debía hacerse para lograr una victoria revolucionaria. Incluso sus tácticas políticas básicas en Octubre reflejaron una comprensión de la realidad del campo de batalla que los especialistas mili­tares pueden admirar. Al argumentar la 'legalidad soviética' Trotsky estaba colocando a los insurrectos en una ofensiva estratégica para que pudieran lograr sus objetivos, mientras los dejaba en una defensiva táctica para reducir su ries­go. En el campo de batalla esta es la esencia de la maniobra (poner los elemen­tos de tal forma que no puedan ser evitados pero que al mismo tiempo puedan destruir las fuerzas enemigas que buscan desmembrarlos). Trotsky y otros miem­bros del Comité Militar Revolucionario usaron la autoridad legitimante del Soviet de Petrogrado para poner las fuerzas en posición de defender Petrogrado de la contrarrevolución. Al hacerlo, incrementaron drásticamente las posibilida­des de victoria”17. Así explica Nelson la táctica concreta de octubre: “Trotsky no veía razón para comprometer el movimiento del Partido hacia el poder sepa­rándose de las acciones ya aprobadas por el Soviet. Sus reflexiones sobre 1905 lo llevaron a la conclusión de que se requería un agente no faccional para obtener apoyo de las masas en una situación insurreccional. El Soviet tenía la oportuni­dad de tener ese agente necesario en su Comité Militar Revolucionario. El 12 de octubre exhortó al Soviet a formar un comité que fuera 'no una pieza de museo sino una organización práctica, teniendo su propia fuerza organizacional, formada en tres facciones -los Bolcheviques, los Mencheviques, (palabra ilegible, probablemente los SR de Izquierda)'. Esta composición alejaría temores sobre que el Comité era nada más que un instrumento de los Bolcheviques para tomar el poder, y esto era importante si el Soviet debía enfrentar el problema muy real de defender Petrogrado. El 16 de Octubre el Soviet aprobó la forma­ción del Comité Militar Revolucionario con los SR de Izquierda y los Anarquistas unidos a los Bolcheviques que conformaban la mayoría de sus miembros”18. A pesar de que la insurrección en Rusia pudo triunfar mediante esta tác­tica (legal) y la toma del poder fue prácticamente incruenta, Trotsky no generalizó esta experiencia como modelo ahistórico19. Muy por el contrario, remarcó que pudo adoptar estas características por una combinación de cir­cunstancias particulares: fundamentalmente que el ejército, hastiado de la guerra, se negaba a seguir combatiendo y que la guarnición de Petrogrado se mantuvo firme junto al Soviet, siendo que éste levantaba la política contra la guerra que el Gobierno Provisional no concretaba. “Como regla general, conforme hemos dicho en el IV Congreso de la Internacional Comunista, cabe suponer que sea mucho más fuerte que entre nosotros la resistencia de la burgue­sía en los antiguos países capitalistas, y el proletariado obtendrá con mayor difi­cultad la victoria. En cambio, la conquista del Poder le asegurará una situación mucho más firme, mucho más estable que la nuestra a raíz de Octubre”20.

 

La búsqueda de la paz y la firma del tratado de Brest-Litovsk con Alemania

El Segundo Congreso de los Soviets reunido durante el curso mismo de la insurrección aprobó la misma y en una sesión de inigualable clima revolucionario e internacionalista votó el famoso decreto relativo a la paz. “El gobierno considera que continuar esta guerra por el reparto entre las nacio­nes fuertes y ricas de los pueblos débiles conquistados por ellas, es el mayor cri­men contra la humanidad y proclama solemnemente su resolución de firmar inmediatamente cláusulas de paz que pongan fin a esta guerra en las condicio­nes indicadas igualmente justas para todas las nacionalidades sin excepción”21. Este decreto generó una fuerte oposición por parte de los eseristas de izquierda22 y de algunos dirigentes del Partido Bolchevique (los autodeno­minados “comunistas de izquierda”). Obstinados en principios abstractos consideraban el llamado a la paz una capitulación frente al enemigo impe­rialista. “...Nuestros comunistas de izquierda -a quienes también gusta deno­minarse comunistas 'proletarios', pues tienen muy poco de proletario y mucho de pequeño burgués- no saben pensar en la correlación de fuerzas, no saben tomar en consideración la correlación de fuerzas. En eso reside la médula del marxismo y de la táctica marxistas (...)”23. Para Lenin y Trotsky, Rusia era la avanzada de la revolución internacio­nal y no un fin último. La política de paz, por lo tanto, no sólo era una polí­tica doméstica para la defensa del Estado obrero (que permitiera recompo­ner la crítica situación económica y satisfacer al ejército y al campesinado), sino también una forma de dialogar con el proletariado europeo mediante la propaganda revolucionaria y la confraternización y lograr que, en la lucha por la conquista de la paz, éste se enfrentara con los gobiernos imperialistas beligerantes que la rechazaran. En palabras de Carr constituía “una política exterior encaminada por igual a promover la revolución mundial y la seguridad nacional de la República soviética, y que se negaba a reconocer que esos dos obje­tivos esenciales fuesen incompatibles. La revolución mundial era la única garan­tía de la seguridad nacional; pero la seguridad nacional era también condición indispensable para impulsar con éxito la revolución mundial”24. Si bien el llamado a la paz estaba dirigido a todas las potencias belige­rantes, las negociaciones de un armisticio se iniciaron sólo entre la delega­ción alemana y la rusa, encabezada por Trotsky en su cargo de Comisario del Pueblo encargado del Departamento de Relaciones Exteriores, ya que los Aliados no aceptaron participar de negociaciones generales25. La diplo­macia alemana, el 5 de enero de 1918 planteó que Polonia, Lituania, Rusia Blanca y la mitad de Letonia debían permanecer ocupadas por el ejército alemán y otorgó a los bolcheviques un breve plazo para responder a la pro­puesta. El Comité Central del Partido Bolchevique se dividió frente a la misma. Lenin llamó a resolver la firma de la paz inmediatamente mientras que Bujarin, que integraba el ala denominada “comunistas de izquierda” se opuso a la sola idea de negociar con Alemania26. La mayoría, sin embargo, votó a favor de la propuesta de Trotsky de “poner fin a la guerra sin firmar la paz”. El contenido de esta política consistía en negarse a aceptar la pro­puesta de paz con anexiones pero dando señales de que los bolcheviques, al contrario de lo que pedían los Aliados, no emprenderían ninguna acción contra el ejército alemán. Trotsky consideraba que esta táctica, a la vez que permitía ganar tiempo y prepararse para un eventual enfrentamiento con Alemania, abría la posibilidad de que la agudización de la lucha de clases en ese país y en Austria pusiera un freno al anexionismo imperialista o que, al menos, éste fuera resistido duramente por el proletariado de esos países. Alemania consideró la actitud rusa como una ruptura y el 17 de enero lanzó una ofensiva en todo el frente que, nuevamente, obligó a rediscutir la situación en el Comité Central. Lenin insistió en que se vuelvan a empren­der las negociaciones de paz27 mientras que la mayoría votó otra vez a favor de Trotsky y Bujarin que propusieron retrasar el comienzo de nuevas nego­ciaciones hasta que la ofensiva alemana fuera lo suficientemente clara y se pudiera evaluar la reacción del movimiento obrero frente a ella. Pero aquí, por la gravedad de la situación, a pesar de sus diferencias Lenin y Trotsky realizaron un acuerdo por el cual el último aceptaba volver a las negociacio­nes inmediatamente si la ofensiva alemana continuaba. Finalmente, el 18 de enero quedó claro que el avance alemán sobre Ucrania era rápido y, el 23 de febrero, el gobierno soviético retomó las negociaciones de paz donde Alemania exigió peores condiciones que las anteriores: esta vez reclamaba también la evacuación de Ucrania, Livonia y Estonia, privando a Rusia del 27% de su superficie cultivable, del 26% de sus vías férreas y del 75% de su producción de acero y hierro. El Comité Central aprobó, aún con diver­gencias, la firma del tratado y los bolcheviques defendieron la moción en el Comité Ejecutivo de los Soviets donde se aprobó por 116 votos contra 84, absteniéndose un gran número de mencheviques. El 3 de marzo de 1918 se firmó lo que pasó a la historia como el “Tratado de Brest-Litovsk”28. La firma del Tratado de paz no sólo conmocionó al Partido Bolchevique sino que provocó el alejamiento de los eseristas de izquierda del gobierno, aunque mantuvieron sus puestos en casi todos los Departamentos. Sin embargo, su denuncia del Tratado no obtuvo resultados y decidieron ter­minar con su semioposición y romper abiertamente con el gobierno bol­chevique. En su Congreso panruso, celebrado en Moscú en julio de 1918, adoptó la resolución de “destruir por medios revolucionarios el Tratado de Brest-Litovsk”. El 6 de julio un grupo preparado por ellos cometió un aten­tado terrorista en el que asesinó al conde Mirbach, embajador alemán en Rusia, desafiando la decisión del V Congreso panruso de los Soviets que el mismo día había aprobado la política exterior del Consejo de Comisarios del Pueblo. El gobierno soviético decidió, entonces, adoptar serias medidas represivas contra quienes realizaron el atentado29 con la autoridad que le daba, no sólo la racionalidad política sino la resolución misma del V Congreso que condenaba a los grupos que, a espaldas del Congreso de los soviets, querían decidir la cuestión de la guerra y la paz. Cuando se votó esta resolución la fracción de los eseristas de izquierda abandonó el Congreso30. El stalinismo ha resaltado y deformado las diferencias entre Lenin y Trotsky durante Brest en su intento de presentar a Stalin como el verdadero continuador del leninismo. Pero Lenin y Trotsky, a diferencia de los “comu­nistas de izquierda” que levantaban por “principios” la “guerra revoluciona­ria”, tenían una comprensión común de la importancia de las relaciones de fuerza, de la ligazón del destino de la revolución rusa al de la europea y del empeño puesto en conseguir la paz como un respiro inmediato para la clase obrera y el pueblo ruso y por tanto, sus discusiones tenían un carácter fun­damentalmente táctico. E. H. Carr, historiador al que nadie acusaría de trotskista escribió: “Los desacuerdos entre Lenin y Trotsky sobre la cuestión de Brest-Litovsk eran menos profundos que los que separaban al primero de los par­tidarios de Bujarin. La fuerte personalidad de Trotsky y su papel dramático en la historia de Brest-Litovsk le confirieron una gran importancia práctica y un relieve no menor ante los ojos de sus contemporáneos y de la posteridad; pero la imagen popular de Trotsky, defensor de la revolución mundial, chocando contra Lenin, campeón de la seguridad nacional o socialismo en un país, está tan deformada que puede considerarse casi, o totalmente, falsa”31. Los acontecimientos de Brest son una gran enseñanza de táctica y estra­tegia, de ofensiva y defensiva, de intransigencia y negociación32, ya que pusieron de relieve las grandes dificultades y la complejidad de las tareas que el joven Estado obrero debería enfrentar: actuar en un mundo rodea­do de Estados imperialistas, conservando la revolución que había triunfado en el terreno nacional sin dejar de actuar como un baluarte y una fuerza impulsora de la revolución mundial. Es por este tamiz por donde los bol­cheviques pasaron las medidas políticas prácticas que tuvieron que adoptar durante todo el curso de la guerra civil, construyendo los cimientos revo­lucionarios que el stalinismo se encargó de derribar con su teoría del “socia­lismo en un solo país”.

La creación del Ejército Rojo

“La revolución emergió directamente de la guerra y una de sus principales consignas era poner fin a la guerra, que había engendrado el cansancio y la repulsa contra ella. Pero la misma revolución generó nuevos peligros bélicos, que fueron acentuándose cada vez más. De allí la extrema debilidad exterior de la revolución en su primer período. Su indefensión casi total se puso de relieve durante las conversaciones de Brest-Litovsk. No se quería combatir, consideran­do que la guerra era cosa del pasado: los campesinos se apoderaban de la tierra, los obreros crearon sus organizaciones y tomaron en sus manos la industria. De ahí salió la colosal experiencia pacifista de la época de Brest-Litovsk. La República Soviética declaró que no podía firmar un tratado opresivo, pero que tampoco combatiría, y decretó la disolución del ejército. Fue un paso muy arries­gado, pero derivado de la situación. Los alemanes reanudaron la ofensiva y este fue el inicio de un cambio profundo en la conciencia de las masas: comenzaron a comprender que había que defenderse con las armas en la mano. Por otra parte, nuestra declaración pacifista introdujo un fermento de descomposición en el ejército de los Hohenzollern. De modo que la ofensiva del general Hoffmann nos ayudó a emprender seriamente la organización del Ejército Rojo”33. Luego de la insurrección había comenzado de forma masiva y espontánea el regreso de los soldados a sus hogares en las ciudades o el campo. El gobier­no intentaba apenas controlar y encauzar la desmovilización del viejo ejército. Sin contar con una institución para la defensa armada, quienes combatieron en los primeros enfrentamientos con los guardias blancos, paralelamente a la lucha de las guerrillas en el campo, fueron los militantes bolcheviques, los obreros avanzados, los soldados más concientes y los guardias rojos. El decreto del gobierno soviético del 18 de enero de 1918 que ordenaba la creación del Ejército Socialista, al igual que muchos de los primeros decretos (que el gobierno producía en cantidad a efectos de dejar huellas históricas más allá del devenir aún muy incierto de la revolución) sólo se puso en práctica parcialmente34. Lo que primaba en el terreno era la desmovilización del anti­guo ejército, aunque se fueron creando algunas unidades bajo los lineamien­tos generales del voluntariado y la elegibilidad de los mandos. El déficit más importante era el caos del aparato militar administrativo que inmediatamen­te comenzó a intentar revertirse, con la creación del Comisariado de Asuntos Militares35, puesto que era imposible enrolar hombres y organizarlos, alimen­tarlos y vestirlos, sin una institución que centralizara este trabajo. Pero los obs­táculos organizativos que suponían la creación de una administración militar eran sólo uno de los problemas que los bolcheviques tuvieron que enfrentar. Las masas tenían una enorme hostilidad a la sola idea de volver a la guerra. “Después de la disgregación del viejo ejército quedó un odio en el país, un odio implacable a la casta militar. El viejo ejército que soportó enormes sacrificios, no cosechó más que derrotas, humillaciones, retiradas, millones de muertos y millones de inválidos, y miles de millones de gastos. No es sorprendente que esta guerra dejara en la conciencia del pueblo una terrible repulsión contra el militarismo y la sol­dadesca. Y fue en estas condiciones, camaradas, cuando comenzamos la creación de un ejército. Si nos hubiera tocado edificar sobre un terreno virgen, la cosa habría sido, desde el comienzo, más fácil y segura. Pero no: nos correspondió construir el ejército sobre un terreno recubierto por la sangre y el fango de la pasada guerra, sobre el terreno de la necesidad y el agotamiento, cuando el odio a la guerra y a todo lo militar estaba vivo en millones y millones de obreros y campesinos. He ahí por qué hubo muchos no sólo entre los enemigos sino entre los amigos, que nos decían: el intento de crear un ejército en los próximos años no dará ningún resul­tado. Nosotros respondimos: 'La duda no es admisible; ni Alemania, ni Francia, ni Inglaterra van a esperar decenios y, por consiguiente, quien afirme que el pue­blo ruso no se dará un ejército en los próximos meses, afirma al mismo tiempo que la historia ha puesto una cruz sobre el pueblo ruso, cuyo cadáver será despedazado por los buitres del imperialismo europeo occidental'. Como es natural el poder soviético y el partido que tiene el poder, el Partido Comunista, no podían ver así el problema y admitir que los esfuerzos serían vanos. No, nosotros no dudamos de que el ejército sería creado en cuanto respondiese a una idea nueva, a una nueva base moral. Esta es la esencia del problema, camaradas”36. La ofensiva alemana provocó la indignación sin límites en los barrios obreros de Petrogrado y Moscú, y puso en evidencia que no habría tregua para el poder soviético y, fundamentalmente, que los ataques imperialistas no podrían enfrentarse como se combatía a los guardias blancos. Apenas unas semanas después de la firma de la paz con Alemania (marzo), la revolución se encontró combatiendo en todos los frentes: el 3 de abril de 1918 tropas japonesas desembarcaron en Vladivostock; el 4 de abril los turcos se apode­raron de Batum (sobre el mar Negro); a fines de abril los alemanes ocupaban Jarkov y gran parte de Ucrania; el 12 de mayo, en Finlandia fueron derrota­das y expulsadas las tropas rojas; el 25 de mayo tropas checoslovacas prisione­ras se sublevaron e iniciaron una lucha contra los soviets en la cual lograron tomar varias ciudades, incluida Kazán; el 1 de agosto las unidades inglesas se habían adueñado de Arcángel en el Norte y Bakú en el Sur. Ante esta situación el llamado del gobierno a construir un nuevo ejército encontró una base “realista” ya que por primera vez estuvo claro, para las amplias masas, que la instauración del poder obrero y campesino era sólo el comien­zo de un camino de lucha y de guerra civil para defender lo conquistado.

Los primeros llamamientos fueron especialmente dirigidos a los obreros y miembros del Partido y de los Soviets, de quienes se podía exigir el máxi­mo sacrificio y ellos se convirtieron, en este período tan difícil, en la base fundamental para la realización de las tareas y los planes votados. Siguiendo esta lógica política, como plantea Deutscher, el Ejército Rojo triunfó por­que fue organizado en “una serie de anillos concéntricos que se ampliaban gradualmente” donde el núcleo central siempre se componía de bolchevi­ques que podían infundir una fuerza moral que arrastrara a los obreros y campesinos pobres dubitativos y vacilantes, es decir, un grupo conciente aunque reducido numéricamente, que conquistara la hegemonía de los sectores más atrasados. Es que la fuerza moral tiene una importancia difícilmente exagerable en las cuestiones militares y puede compensar las desventajas, incluso la superioridad numérica del enemigo, en determina­das circunstancias. La dimensión moral tiene implicancias objetivas, es decir, influye decisivamente en los resultados de cualquier guerra37. “Claro está, el ejército es una organización material, estructurada hasta cierto punto por sus propias leyes internas, y equipada con las armas creadas por la técnica según el estado general de la industria y, en particular, de la ciencia técnico­militar. Pero no ver en el ejército más que hombres que se entrenan, maniobran y combaten; es decir, ver sólo sus cuerpos, sus fusiles, ametralladoras y cañones, es tanto como no ver el ejército, porque todo eso es únicamente la forma exte­rior de otra fuerza, interior. El ejército es fuerte si está cohesionado por ideas interiorizadas”38. Las masas, utilizadas en la época imperialista como carne de cañón de los ejércitos burgueses, sabían ahora por qué luchaban y por primera vez en la historia, su objetivo no era de dominación alguna sobre sus hermanos de clase sino el triunfo de los intereses de los explotados39.

Como dijimos antes, al decretarse la creación del Ejército Socialista se pensaba en una organización de voluntarios. Sin embargo, esta medida no era suficiente para combatir a la contrarrevolución y el 22 de abril de 1918 Trotsky, nombrado Comisario de Guerra por el Comité Central del Partido Bolchevique y el Ejecutivo de los soviets, presentó ante el Comité Central Ejecutivo panruso de los soviets los fundamentos para la construcción de un ejército regular. En su discurso publicado bajo el título “El Ejército Rojo”, Trotsky sintetizó los principales lineamientos que debía seguir el ejército para cumplir con el objetivo de la defensa de Rusia: - instrucción general obligatoria (que se decretó inmediatamente). - creación de cuadros militares de entre las filas de los combatientes. - utilización de especialistas militares (oficiales y suboficiales del viejo ejército). -implantación de comisarios de guerra (comisarios políticos).

Estos fundamentos, que guiarían al gobierno soviético en la construc­ción del Ejército Rojo en el siguiente período, provocaron gran oposición sobre todo en las filas del partido ya que constituían medidas que, en su mayoría, eran novedosas con respecto al programa general que esperaba poder llevarse adelante (el armamento general del pueblo organizado en milicias, entre otros aspectos). Así, la historia de la construcción del Ejército Rojo no sólo es la del heroísmo de las masas, la de la alianza obrero y cam­pesina en la defensa de la revolución, la de la enorme resolución del partido revolucionario en llevar la lucha hasta el final, sino que también es la de una experiencia nueva para la clase obrera y sus partidos y la adquisición de importantes conquistas programáticas40.

 

Ejército regular

 Lo que comenzó como enfrentamientos con las Guardias Blancas, que se reorganizaban y resistían el avance de la revolución, pronto se transfor­maría en una guerra con las potencias imperialistas, tanto con los Aliados (Gran Bretaña y Francia, fundamentalmente) como con el eje alemán, que apoyarían directamente a los destacamentos contrarrevolucionarios. El 21 de marzo de 1918 Trotsky escribía: “Mientras se trataba de combatir a los kaledinistas41 bastaba, para tener éxito, con destacamentos organizados a prisa y corriendo. Pero ahora, cuando se trata de asegurar el trabajo creador necesa­rio para el renacimiento del país, cuando se trata de asegurar la defensa de la república soviética en las condiciones del cerco contrarrevolucionario interna­cional, esos destacamentos son insuficientes. ¡Necesitamos un ejército de nueva planta, bien organizado!”42. Sin embargo, la propuesta del gobierno sovié­tico de crear un ejército regular fue un golpe para aquellos que tenían la convicción de que la clase obrera no podía combatir con un instrumento del mismo tipo que el de la burguesía y en el Partido surgió la oposición a la construcción de un ejército de este tipo: si las clases dominantes siempre habían levantado poderosos ejércitos para reprimir al pueblo y conquistar a las naciones más pobres, el proletariado en el poder no podía asimilar una institución semejante, sino que debía crear nuevas formas de organización propias de la clase obrera. Trotsky fundamentaba la necesidad de un gran aparato militar centralizado y perfectamente organizado: “Ya he dicho en mi informe que si los peligros que nos amenazan se limitasen al peligro de la contrarrevolución interna, no tendríamos necesidad, en general, de un ejército. Los obreros de las fábricas de Petrogrado y Moscú podrían crear en cualquier momento destacamentos de combate suficientes para aplastar... cualquier inten­to de sublevación armada dirigida a devolver el poder a la burguesía. Nuestros enemigos interiores son demasiado insignificantes y lastimosos como para que sea necesario crear en la lucha contra ellos un aparato militar perfecto, cons­truido sobre bases científicas y movilizar toda la fuerza armada del pueblo. Si ahora necesitamos esa fuerza es, justamente, porque el régimen y el país sovié­ticos están gravemente amenazados desde el exterior, porque nuestros enemigos interiores no son fuertes más que en virtud del vínculo de clase que los une a nuestros enemigos de clase exteriores. Y precisamente en este aspecto vivimos un momento en el cual la lucha por el régimen que estamos creando depende, directa o indirectamente, de llevar la capacidad defensiva del país a su máximo nivel.43” Paralelamente, el éxito de la lucha guerrillera campesina en la expulsión de los terratenientes profundizaba la creencia de que la organización de des­tacamentos guerrilleros sería la clave y bastaban para la defensa armada. Para Trotsky estas posiciones subestimaban la lucha que debía llevar ade­lante el proletariado en el poder y llevaban a mantener la revolución en un nivel de desventaja total frente a sus enemigos: “...han escuchado aquí la afirmación de que nosotros no necesitamos, en general, un ejército, edificado sobre principios científicos, sino milicias guerrilleras. Es como si se nos dijera: 'El gobierno obrero y campesino no necesita ferrocarriles, utilizaremos el trans-porte a tracción animal; abandonemos el arado para tractor, allí donde lo haya y volvamos al arado romano; volvamos en general, al régimen de los siglos die­ciséis y diecisiete', porque esa vuelta a los destacamentos de guerrilleros es un salto atrás de varios siglos”44. Lo que estaba en discusión, según Trotsky, no era la legitimidad de utili­zar destacamentos guerrilleros como táctica militar en condiciones concre­tas que lo requirieran45, sino cuál era la orientación central y más impor­tante en la esfera militar, frente a la amenaza y la intervención militar extran­jera. Habiendo tomado el poder, la clase obrera debía utilizar todo el poten­cial de su dictadura para derrotar a los enemigos en la guerra revolucionaria y no para “debilitarlos”. La guerrilla siempre fue la forma de lucha del más débil contra el más fuerte, en condiciones en que el enemigo no puede ser derrotado sino sólo obstaculizado, en cuyo caso sería un gran error no preparar destacamentos guerrilleros que lo hostiguen, desorganicen y debi­liten. Desechando el mito de que la forma de lucha y organización están determinadas exclusivamente por el carácter de clase (los burgueses siempre utilizan tropas regulares y métodos convencionales de guerra de posición, los obreros siempre deben utilizar guerrillas y métodos basados en la maniobra), fueron los propios burgueses y terratenientes quienes, por su debilidad, tuvieron que recurrir a organizar a sus hombres en forma de guerrillas y sólo cuando fueron apoyados decididamente por los imperialistas pudieron orga­nizar ejércitos contrarrevolucionarios regulares. Al nivel de las amplias masas, años del más brutal autoritarismo zarista habían provocado un auténtico odio a todo centralismo. Toda orden que viniera del centro, todo intento de organización disciplinada eran vistos por las masas como “más de lo viejo” y rechazado de plano. El enfrentamiento de las tendencias centralista y autonomista en todas las esferas del poder político expresaba la dificultad del paso de la revolución de la etapa des­tructiva a la constructiva: la oposición al poder del centro y la reivindica­ción del poder autónomo, el separatismo, el deseo de desintegrar al impe­rio gran ruso y su maquinaria estatal habían jugado un rol enormemente revolucionario cuando el zarismo y la burguesía dominaban el Estado, pero a partir del momento en que la clase obrera y sus aliados pobres de la ciu­dad y el campo se encontraron en el poder, las tendencias antiestatales se transformaron en un peligro que debilitaba la fuerza de choque de la dic­tadura soviética. Mientras que en las revoluciones burguesas el trabajo constructivo de organización de la nueva sociedad podía apoyarse en la acu­mulación económica y cultural previa de la nueva clase dominante, en la Rusia soviética debía ser llevado adelante por una clase desposeída y cultu­ralmente atrasada para quien la dirección estatal era una tarea mucho más compleja y novedosa. Para el Partido Bolchevique era fundamental que el proletariado adquiriera una profunda conciencia estatal, es decir, la con­vicción de que el avance de la revolución dependía de cada obrero y cam­pesino y del desarrollo de las iniciativas de las masas en el ejercicio de su propio poder. De lo que se trataba para el gobierno bolchevique era de conquistar, no sólo en la esfera militar sino en todas las ramas de la economía y la política, el orden y centralización necesarios para enfrentar a un enemigo igualmente fuertemente organizado. “El año 1918 y gran parte de 1919 transcurren en una lucha incesante y encarnizada por la creación de un ejército centralizado, aprovisionado y dirigido por un centro único. En el terreno militar esta lucha refleja, sólo que en forma más aguda, el proceso que se originaba en todos los dominios de la construcción de la República Soviética”46. Tal fue la expresión militar del Estado de transición: un tipo transitorio de ejército que “sien­do de clase por su composición social, por los métodos en su formación e instrucción, no es un ejército miliciano sino 'permanente'”47. Es sólo desde esta contradicción histórica que puede comprenderse que el programa socialista de milicias no se haya aplicado para la defensa de la Rusia sovié­tica. Lo que inspiraba la creación del Ejército Rojo no eran los principios del orden socialista del futuro sino la necesidad de la dictadura proletaria de destruir a la burguesía y al imperialismo y, por tanto, el carácter clasista de la defensa armada48. Sólo la abolición completa de las clases y, con ello del Estado, permitirá la instalación de milicias socialistas de todo el pueblo. Aun así, cuando la guerra civil estaba llegando a su fin el Partido Comunista comenzó a desarrollar experiencias de milicias territoriales, aunque era imposible prescindir del Ejército Rojo en su forma regular. Trotsky planteó que la milicia y el ejército regular no debían oponerse como conceptos abstractos absolutos, sino que había que dar los pasos posi­bles para adaptar las unidades del Ejército a la distribución territorial de la industria y colocarlas lo más cerca posible de los procesos productivos.

Los oficiales zaristas en el Ejército Rojo

La utilización de los “especialistas militares” que eran los antiguos oficiales y suboficiales zaristas fue la expresión de la contradicción, en el terreno militar, entre el poder de la clase obrera y su atraso cultural y científico. Bajo condiciones pacíficas, el proletariado hubiese contado con el tiempo necesario para destacar de sus filas a los comandantes rojos, pero la tiranía de la contrarrevolución impedía el desarrollo “gradual” y “natural” y obligaba a usar todo lo heredado al servicio de los nuevos objetivos revolucionarios. Deutscher escribe que: “Entre los bolcheviques y los obreros ordinarios prevalecía un intenso disgusto por los profesionales que habían gozado de libertad y privile­gios mientras los revolucionarios pasaban sus mejores años en el destierro y la cár­cel. Se sintieron anonadados cuando se les dijo que la revolución debía restaurar la respetabilidad y la influencia de los 'lacayos del zar' y los 'filisteos burgueses'. Y, sin embargo, eso era lo que la revolución empezaba a hacer, porque no podía tomar represalias contra la intelectualidad sin destruir la base de su propio futuro. Sin sus médicos, hombres de ciencia, investigadores y técnicos, de los que no disponía en exceso, y sin sus escritores y artistas, la nación habría acabado por descender al nivel de la barbarie primitiva, del que en todo caso se hallaba peligrosamente cerca. Las disputas sobre los 'especialistas' eran implícitamente, por lo tanto, una lucha acer­ca del nivel de civilización a partir del cual habría de comenzar la 'construcción del socialismo'. Trotsky planteó repetidamente la cuestión en su contexto más abar­cador, y no como un mero trámite de organización militar. Sostuvo que el 'legado cultural' del que la revolución había tomado posesión debía salvarse, cultivarse y desarrollarse; y, mientras la revolución tuviera que defenderse, la capacidad de los conocimientos militares debían considerarse como parte de ese legado. Sus exhor­taciones en este sentido llenan muchas páginas en los volúmenes de sus escritos mili­tares y pertenecen tanto a la historia cultural cuanto a la militar del régimen soviético”49. Trotsky preveía que muchos jefes militares, si se les permitía, traicio­narían a las masas50 y este hecho fue tratado por él con absoluta dureza. Se los tenía que utilizar al servicio de la dictadura obrera, se tenía que recurrir a ellos por sus conocimientos técnicos y su experiencia como dirigentes militares; incluso se tenía que intentar ganarlos para el socialismo (excepto cuando tenían un origen aristocrático), lo que se logró en muchos casos; pero no por ello se debía ser laxo o permisivo con ellos. Por el contrario, la política era en muchos casos represiva y a algunos se los obligó a tomar parte de las nuevas funciones por medio del terror rojo (hacia ellos y sus familias)51. La contradicción de un ejército revolucionario comandado, en su mayor parte, por ex oficiales zaristas llevó a la creación de una nueva institución: los Comisarios Militares52. Todas las ramas de la esfera militar se estruc­turaron alrededor del doble mando que estaba compuesto generalmente de dos miembros: un especialista con conocimientos y capacidad adecuados a sus funciones y un comisario político fiel a la revolución y al socialismo. La responsabilidad por las cuestiones puramente militares, operacionales y del combate, era absolutamente del especialista militar quien tenía la última palabra. El comisario político que, con algunas excepciones (hubo socialre­volucionarios de izquierda que fueron comisarios políticos antes de la ruptura de dicho partido con los soviets), era un militante fogueado del Partido Comunista, tenía la función de vigilar las decisiones y los actos del especialista para evitar que fueran en contra de la revolución o contrarios a los lineamientos políticos generales. El doble mando no se concebía como una institución permanente, sino que estaba determinado por el período crítico en que debía realizarse la construcción del nuevo ejército con el objetivo de mediar entre la masa de soldados que tenía una gran desconfianza en los mandos y para responder por los comandantes. Pero suscitó profundas diferencias de opinión al inte­rior del Partido Comunista. La oposición se manifestó tanto en contra de la utilización de especialistas militares (posición mayoritaria), como a favor de un mando único en manos de los jefes militares sean éstos del partido o no. Desde el comienzo y durante toda la guerra civil, los mayores oponen­tes al uso de los especialistas militares eran los que veían una absoluta con­tradicción entre un ejército revolucionario y un mando compuesto por ofi­ciales que habían servido a la burguesía poco tiempo atrás, es decir, los que veían que el ejército obrero y campesino tenía que constituirse con “mili­tantes comunistas en uniforme”. Estos objetores habían sido en su mayor parte “Comunistas de Izquierda” (que se habían opuesto a la paz de Brest) y formularon una crítica más general contra el sistema de organización y disciplina militar impuesto por Trotsky al Ejército Rojo, al tiempo que defendían la doctrina de la guerra de guerrillas. Se ponían de relieve aquí también las creencias idealistas sobre que la revolución inauguraba la época del reino absoluto del proletariado y las masas pobres y sobre que estas cla­ses, históricamente explotadas, no necesitaban ahora apelar más que a sus propias fuerzas. En una explicación brillantemente dialéctica, Trotsky da cuenta de la relación entre las necesidades y las dimensiones históricas de la revolución de la siguiente manera: “Recurriendo al terror contra los sabotea­dores, el proletariado no decía, en modo alguno: 'Yo os extermino a todos y no necesitaré de especialistas'. Hubiera sido un programa de desesperación y de ruina. Persiguiendo, deteniendo y fusilando a saboteadores y conspiradores el proletariado decía: 'Yo doblegaré su voluntad, porque mi voluntad es más fuer­te que la suya, y los obligaré a servirme'. Si el terror rojo hubiese significado la puesta en marcha de un proceso conducente al exilio y la exterminación total de los especialistas, habría que ver la Revolución de Octubre como un fenóme­no de decadencia histórica. Afortunadamente no es así. El terror, como demos­tración de la voluntad y la fuerza de la clase obrera, encuentra su justificación histórica precisamente en el hecho de que el proletariado consiguió doblegar la voluntad política de la intelligentsia, apaciguar a los profesionales de diversas categorías y esferas del trabajo y someterlos gradualmente a sus objetivos, cada uno en el dominio de su especialidad. Sabemos que nos han saboteado los tele­grafistas, los ingenieros del ferrocarril, los profesores de los liceos, los profesores de la universidad, como también los médicos. ¿Podemos, a partir de ahí, llegar a la conclusión de que, una vez tomado el poder en Octubre, podemos prescin­dir de la medicina?... Semejante filosofía no tiene nada de común con el mar­xismo, es una filosofía de simplificación, de curanderos, de fanfarrones igno-rantes”53. De esta forma Trotsky atacaba la ignorancia autosuficiente que conducía a la subestimación de las complejas tareas de la revolución y expresaba una peligrosa tendencia conservadora en dirigentes partidarios y comandantes militares rojos. La toma del poder no garantizaba la victoria de la revolución socialista en sí misma. Había que superar el atraso y la inexperiencia de las masas y aprovechar todos los recursos que la burguesía había acumulado, todo el conocimiento que había sistematizado y utilizar­lo en su contra para derrotarla. Como dijimos, existía también otra posición dentro del partido que se oponía al doble mando por motivos opuestos: Smilga, miembro del Consejo Militar Revolucionario sostenía que había que conceder a los Jefes Militares la absoluta responsabilidad y abolir los comisarios políticos, en pos de la construcción de un ejército fuertemente centralizado. Sin embar­go, la política de Trotsky, apoyada por Lenin y otros miembros del Comité Central fue la que guió la construcción del Ejército Rojo: el doble mando constituía, como dijimos, una institución transitoria que, apenas existieran comandantes rojos formados a través de la experiencia de la guerra civil y el estudio militar en las instituciones educativas soviéticas, dejaría paso a un mando único que pudiera reunir en sí mismo el conocimiento militar y las tareas políticas comunistas. La oposición contra los oficiales zaristas coincidió con la discusión sobre el derecho a la elección de los mandos como principio más general opues­to al método del nombramiento desde el aparato central. La política de los bolcheviques antes de octubre era la oposición a los nombramientos y la reivindicación del derecho democrático de los soldados a elegir a sus comandantes, como forma de dividir al ejército enemigo en dos partes según sus líneas de clase y así contribuir a su desorganización54. Al decir de Trotsky, éste era más un método de la lucha de clases que un método de nombramiento y, por lo tanto, mantenerlo bajo la dictadura proletaria era inconducente ya que no hacía más que retrasar la ejecución de las órdenes y obstaculizar el trabajo. El rechazo a la disciplina impartida por los espe­cialistas militares era combatido por Trotsky que planteaba: “(...) ¿Y si se trata -dicen- de órdenes contrarrevolucionarias? Si lo que se quiere es introdu­cir en la constitución de nuestro ejército su derecho a no cumplir órdenes con­trarrevolucionarias tengan en cuenta que todo el texto del juramento solemne leído por mí está dirigido contra la contrarrevolución, que todo el ejército se forma para hacer frente a la contrarrevolución rusa y mundial. Este es el eje moral del ejército... Se sobreentiende que si el régimen soviético entero, junto con su ejército, resulta víctima de generales contrarrevolucionarios, ello signifi­caría que la historia pasó de largo, que todo el régimen actual estaba condena­do a derrumbarse” (...) “una orden es una orden, el soldado del Ejército Rojo es un soldado, el ejército de los obreros y campesinos es un ejército, en el cual existen órdenes militares que deben ser cumplidas sin rechistar. Si son refrenda­das por los comisarios, éstos asumen la responsabilidad y los soldados rojos tienen la obligación de ejecutar esas órdenes. Sin aplicar esta norma elemental no puede existir, naturalmente, ejército alguno. ¿Cuál es la base de un ejército? La confianza en determinado régimen, en el poder que lo ha creado y lo con­trola dentro de las circunstancias dadas”55. Para Trotsky la cuestión de los especialistas, el doble mando y el ejérci­to regular eran, entonces, no cuestiones de principios sino de carácter prác­tico y este problema, que se presentaba en todas las ramas de las disciplinas profesionales o “técnicas”, debía ser resuelto haciendo una propaganda política profunda sobre las contradicciones de la Rusia soviética. Si estas cuestiones adquirieron tanta importancia fue porque, en el fondo, se trata­ba de una cuestión más amplia y profunda que era la situación histórica de la clase obrera rusa, dueña del poder pero en un país atrasado, gobernante pero inculta, audaz pero conservadora a la vez. “Somos el partido de la clase obrera. Con sus elementos avanzados hemos pasado décadas en la clandestini­dad, hemos luchado, nos hemos batido en las barricadas... y al frente de la clase obrera hemos tomado el poder en nuestras manos. Pero si nuestro partido está ligado de manera entrañable e indisoluble con la clase obrera, no ha sido nunca, ni puede serlo, un simple adulador de la clase obrera, que se satisface con todo lo que hacen los obreros... no dijimos nunca, y no lo decimos ahora, que nuestra clase obrera había alcanzado toda su madurez y podía, como quien dice 'jugando', resolver todas sus tareas, vencer todos los obstáculos. El proleta­riado, y con mayor razón los campesinos, acaban de salir de una esclavitud secular y arrastran consigo todas las consecuencias del yugo, de la ignorancia y del oscurantismo. (...) Pero la posesión del poder político le descubre, de hecho por primera vez, el panorama completo de su indigencia en el dominio de la instrucción general y especializada, así como de la práctica gubernamental. Y la comprensión misma de sus propias carencias es, para la clase revolucionaria, la garantía de que las superará. Lo más peligroso para la clase obrera sería, indudablemente, que su élite creyese haber resuelto lo esencial con la conquista del poder, y dejase a su conciencia revolucionaria dormirse en los laureles. El proletariado, en efecto, no ha hecho la revolución para que unos miles o dece­nas de miles de obreros avanzados se instalen en los soviets y los comisariados. Nuestra revolución no se justificará plenamente hasta que cada trabajador, cada trabajadora, no sienta vivir de manera más fácil, más libre, más digna y limpia. Aún no hemos llegado ahí. Nos queda por recorrer un camino difícil hasta alcanzar ese objetivo fundamental, nuestro único objetivo”56.

 

Un ejército clasista y no “nacional”

El decreto de instrucción militar obligatoria, del 22 de abril de 1918, no era un llamado a todos los “ciudadanos” ya que, como dijimos, la creación del Ejército Rojo fue concebida con un claro criterio clasista que se corres­pondía con la naturaleza del régimen soviético, es decir, con la dictadura de la clase obrera y las capas inferiores del campesinado aliadas con ella57. El Ejército Rojo no era un ejército “nacional” sino de clase: “Son llamados a la instrucción militar los obreros que trabajan en fábricas, talleres, explota­ciones agrícolas, pueblos, y los campesinos que no explotan trabajo ajeno”. Quienes aducían que sólo una idea “nacional” podía dar fuerza moral a la construcción de un ejército olvidaban, según Trotsky, que dicha idea nacional era inexistente en Rusia. “¿Pero dónde encontrar ahora una idea nacional capaz de unir a nuestros regimientos rojos con los regimientos de Kolchak y de Krasnov? Krasnov vendió Rusia, primero a los aliados, después a los alemanes, más tarde a los franceses e ingleses, de nuevo. Kolchak la vende a los norteamericanos. Cherbachiev a los rumanos y otros, y así sucesivamente. Yo pregunto dónde encontrar ese ideal común, capaz de inspirar al mismo tiempo a Krasnov y a nuestros obreros y campesinos soldados. Tal ideal no existe. Estos dos campos están divididos por una hostilidad de clase irreconciliable. Cada uno de estos dos ejércitos, el Rojo y el Blanco, tiene su ideal: uno, el ideal de la liberación, el otro, el ideal inmoral de la esclavitud. Unificarlos en un solo ejér­cito nacional es impensable. Es una idea utópica, falaz, quimérica”58. Por lo tanto, expresando las nuevas relaciones de clase, se construyó un ejército de millones de hombres (el Ejército Rojo llegó a tener aproxima­damente cinco millones de hombres hacia 1920), en su mayoría prove­nientes del campesinado que habían sellado su alianza con los trabajadores alrededor del hecho de que sólo la revolución proletaria había realizado su mayor reivindicación histórica. El odio hacia el terrateniente favoreció, incluso en épocas de crisis con la política soviética (debido al gran esfuerzo económico que se le exigía), que el campesino peleara con el Ejército Rojo contra la ofensiva de los blancos. Como dice Lenin: “Si nos preguntamos cuál es el resultado de nuestra experiencia de tres años (...), si nos preguntamos cómo se explican en última instancia nuestras victorias sobre un enemigo mucho más fuerte, habrá que contestar: porque la organización del Ejército Rojo plasmó magníficamente la consecuencia y la firmeza de la dirección pro­letaria en la alianza de los obreros y el campesinado trabajador contra todos los explotadores. ¿Cómo pudo ocurrir eso? ¿Por qué la enorme masa del campesi­nado lo aceptó de buen grado? Porque estaba convencida, aunque la mayoría abrumadora era apartidista, de que no había otra salvación que apoyar al poder soviético. Y se convenció de ello, claro está, no por los libros ni por la pro­paganda, sino por la experiencia. La convenció la experiencia de la guerra civil y, en particular, la alianza de nuestros mencheviques y eseristas, que es más afín a ciertos rasgos básicos de la pequeña economía campesina. La experiencia de la alianza de estos partidos de los pequeños propietarios con los terratenientes y los capitalistas, y también la experiencia de Kolchak y Denikin, convencieron a la masa campesina de que no era posible un camino intermedio, de que la franca política soviética era justa, de que la dirección férrea del proletariado era el único camino para salvar al campesinado de la explotación y la violencia. Y sólo porque pudimos convencer al campesinado de ello, sólo por eso, nuestra políti­ca de coerción, fundada en esta convicción firme y sin reservas, tuvo un éxito tan gigantesco”59. Es llamativo observar que lo contrario sucedió con los ejércitos blancos. Mientras combatían por medio de destacamentos profesionales, ofrecieron mayor resistencia a las tropas del Ejército Rojo. Pero con la prolongación de la guerra civil tuvieron que recurrir al campesinado más atrasado de sus regiones para engrosar sus filas y, con esto, incorporaron un elemento de disgregación: la lucha de clases al interior de sus unidades. El llamado a combatir al campesino fue un resguardo de éxito para el proletariado y un “talón de Aquiles” para la contrarrevolución.

La guerra civil

La guerra civil se inició en gran escala el 25 de mayo de 1918 con el alzamiento de la Legión Checoslovaca que constituyó el primer caso de tropas en el interior de Rusia apoyadas directamente por una potencia impe­rial. Instigados por Francia, los prisioneros de guerra checoslovacos hereda­dos del gobierno zarista a los que la república soviética les concedió la liber­tad y el derecho de volver a sus hogares, tomaron las armas y se convirtieron en el centro de reorganización de la contrarrevolución en el frente este. Debido a que el viejo ejército estaba aún disgregándose y las nuevas unida­des que se empezaban a formar en el Ejército Rojo eran aún débiles y no poseían experiencia de combate, los enfrentamientos con la legión checos­lovaca hicieron retroceder al poder soviético en el Este acumulando impor­tantes derrotas. En los primeros días de agosto, después de tomar varias ciudades, los checoslovacos ocuparon Kazán, importante centro de opera­ciones y Trotsky manifestó que “nuestra incapacidad para conservar Kazán simbolizaba el nivel extremadamente bajo del desarrollo del Ejército Rojo”. El cambio que se produjo en el frente Este determinó las futuras victo­rias rojas: las masas comprendieron que el país se encontraba mortalmente amenazado y se dispusieron a movilizarse, aún antes del llamado oficial a los primeros enrolamientos60, e integrar activamente el Ejército Rojo que todavía descansaba en los combatientes de Petrogrado, Moscú, los comités de fábrica y los guardias rojos, llamados al frente del este desde los inicios de los combates. “Estos camaradas, miembros de los sindicatos y empleados de diferentes comisariados se integraron en el ejército obrero y campesino aún difu­so, desorganizado, y crearon allí, como ya he informado en el Comité Central ejecutivo, la columna vertebral, sólida y flexible, del ejército. Sin estos miles de cuadros soviéticos y de proletarios avanzados, el departamento militar no habría podido hacer frente a su tarea”61. La situación en el verano de 1918 era la siguiente: en el Oeste los ale-manes, que ya controlaban los territorios de Lituania, Estonia, Polonia, se apoderaron de Bielorrusia y Ucrania. En el Este avanzaban los checoslova­cos comandados por el imperialismo francés e inglés. En el Norte los anglo­franceses se apoderaron de Murmansk y Arcángel y hubo una sublevación de guardias blancos en Yaroslav con apoyo de los franceses. En el Sur cre­cía la insurrección dirigida por Krasnov, aliado directo de los alemanes. Trotsky planteó que “desde el primer momento, por consiguiente, nuestro fren­te amenazaba con transformarse en un anillo que debía irse cerrando, cada vez más apretadamente, en torno a Moscú, corazón de Rusia”62. Con el aumento de la disposición de las masas a combatir y la afluencia creciente de obreros y campesinos al Ejército Rojo fue posible la recupera­ción de Kazán el 10 de septiembre de 1918 y se dio así una advertencia al imperialismo mundial de que el Estado obrero no retrocedería fácilmente, sino que opondría una defensa organizada con su Ejército obrero y campe­sino hasta el final63. El hecho de que Rusia estuviera rodeada por un “anillo” de enemigos llevó a la táctica de concentrar grandes fuerzas en el centro del país para, desde allí, enviarlas “radialmente” donde fuera más importante. “Con un frente de 8.000 verstas (aproximadamente 8.500 km), para desplegar una estrategia activa debíamos tener en todas partes un ejército numeroso. Como no lo tenemos, algunas partes de ese frente están, por el momento, pasivas, concen­trándose la actividad en otros sectores, más importantes actualmente. En esto consiste la ventaja de nuestra situación central respecto a los frentes: tenemos la posibilidad de trasladar y concentrar fuerzas en todo momento”64. La impor­tancia que tenía la centralización de la dirección, la unidad de mando para todos los frentes y para todos los ejércitos de cada frente, el cumplimiento absoluto de las órdenes impartidas, de arriba hacia abajo, aspectos que ya hemos desarrollado anteriormente, se comprende más claramente a la luz de esta organización “radial” necesaria para la guerra. Entre agosto de 1918 y marzo de 1919 el Ejército Rojo retomó una superficie que equivale a casi 1 millón de km2, que incluía ciudades muy importantes desde el punto de vista económico, industrial y de las vías de comunicación y abastecimiento. La política del poder soviético era una política de paz, rechazada por todos los imperialismos, por lo que Trotsky definió a la guerra civil rusa como una guerra revolucionaria defensiva (en el sentido militar del término) ya que “... la política de paz no significa política de capitulación, política de entrega de las conquistas de la revolución a sus enemigos jurados. No, la políti­ca de paz presupone estar prestos a defender las conquistas de la revolución, si el enemigo las amenaza, hasta el último aliento”65. La guerra civil duró treinta meses (hasta la derrota de Wrangel en el frente sur, el 20 de noviembre de 1920)66 y tanto para la burguesía mun­dial como para los bolcheviques fue el frente de una lucha internacional en la que se enfrentaron el viejo mundo y la vanguardia de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

 

Ucrania y el peligro de la guerrilla

Las riquezas naturales de Ucrania y su importancia geopolítica la con­virtieron en una región privilegiada que, al mismo tiempo que mantenía sólidos lazos económicos con Rusia la hacía atractiva a los intereses impe­rialistas occidentales. La zona carbonífera del Don, el acceso al Mar Negro y las fronteras que compartía con Europa favorecieron su desarrollo econó­mico y alentaron fuertes tendencias autonomistas. Bajo el gobierno de Kerensky la burguesía ucraniana utilizó la demago­gia nacionalista e independentista que se basaba en el odio a la opresión zarista, para mantener cierta autonomía, teniendo incluso su propio gobier­no: la Rada ucraniana67. Pero como Trotsky decía, “si la burguesía rusa podía resignarse a reconocer una cierta independencia a Finlandia, que tenía con Rusia débiles lazos económicos, no podía de ningún modo consentir la 'autono­mía' de los trigos de Ucrania, del carbón de Donetz y del mineral de Krivoi Rog.” (Historia de la Revolución Rusa). Efectivamente, ni la burguesía rusa ni el imperialismo occidental podían permitir que Ucrania fuera realmente independiente y esto mantuvo conflictos irresueltos tanto desde el punto de vista del problema nacional como de la lucha de clases donde la segregación en el campesinado fue más marcada que en el resto de Rusia y había dado lugar a una economía campesina basada en la explotación de parcelas con preponderancia de campesinos ricos y kulaks. Luego de la victoria de la Revolución de Octubre, cuando la autoridad del gobierno soviético se extendía por todo el país, la Rada ucraniana se mantuvo y conservó su influencia en Kiev, la vieja capital, al mismo tiem­po que se formó el Comité Ejecutivo Central de los Soviets en Jarkov, el centro del área industrial y minera que gradualmente extendía su influen­cia hacia el Oeste. Durante las negociaciones de paz con Alemania esta situación de “doble poder” era la que predominaba y la Rada había envia­do su propia delegación a “negociar” como parte del tratado de paz la independencia de Ucrania. Apoyándose en Alemania, la burguesía ucra­niana se convirtió en defensora a ultranza del separatismo y levantó con­tra los bolcheviques el argumento en favor de la “autodeterminación” que, por supuesto, no era más que un engaño ya que en marzo de 1918, al fir­marse el tratado de Brest, el imperialismo alemán entró en Ucrania resta­bleciendo el poder de los nobles y de los señores agrarios, parcialmente ya derribados por el pueblo, e instaló el gobierno autócrata de Skoropadsky. A partir de allí el saqueo económico de los alemanes fue colosal. Además de la violencia de los invasores y el cínico bandolerismo militar, la ocupa­ción de Ucrania por los austroalemanes fue acompañada por una reacción feroz de parte de los propietarios agrarios contra las conquistas revolucio­narias obtenidas por campesinos y obreros, intentando una vuelta com­pleta al pasado. Esta nueva situación provocó una agudización de la lucha del movimiento de masas que se venía desarrollando durante el gobierno de la Rada y comenzaron a sucederse en el campo actos insurreccionales contra los terratenientes y los austroalemanes. Al calor de la revolución rusa y con el impulso causado por la opresión alemana, el campesinado se alzó insurrecto y expulsó a los propietarios de sus tierras, apoderándose de ellas y de sus bienes por medio de unidades de guerrilleros que fueron la expresión armada de esta revuelta. A la resistencia obrera y la guerra campesina en Ucrania se sumó la revo­lución alemana que provocó la caída del imperio alemán y austrohúngaro y que llevó en noviembre de 1918 a la anulación del tratado de paz de Brest y al retiro de los ejércitos de las potencias centrales68 de Ucrania y de otros territorios ocupados. Esta nueva situación intentó ser aprovechada por la contrarrevolución para imponer un régimen duro y represivo con el gobier­no del atamán69 blanco Petliura y no dejar que el vacío militar sea ocupa­do por la revolución. Pero este intento fue barrido inmediatamente por la insurrección y a fines de enero de 1919 el gobierno soviético de Ucrania anunció la organización del Gobierno Obrero y Campesino bajo la presi­dencia de Rakovsky70 (dirigente bolchevique). Aunque los artículos seleccionados para el presente libro dan sólo una visión parcial de la guerra civil que se desarrolló en el frente sur, zona de permanente conflicto y lucha armada durante casi dos años (entre fines de 1918 y noviembre de 1920), creemos que permiten comprender una cues­tión fundamental y particular que el poder soviético debió enfrentar en la zona: el movimiento guerrillero anarquista. Como explica Trotsky en sus escritos militares, la combinación de la terrible opresión gran rusa por parte del imperio zarista y las demandas no resueltas del campesinado ucraniano a pesar de los continuos cambios de regímenes políticos, gene­raron un terreno propicio para el fortalecimiento de tendencias autono­mistas anarquistas. El poder soviético tuvo dificultades para asentarse en Ucrania debido, por un lado, a la existencia de un campesinado bien dife­renciado con gran cantidad de campesinos ricos hostiles y, por otro lado, al hecho de que al mismo tiempo que debía combatir en el frente externo con los ejércitos blancos también lo tenía que hacer contra los movimientos gue­rrilleros en el frente interno. A diferencia de la mayoría de los destacamentos guerrilleros que se iban disolviendo al interior del Ejército Rojo, como fue el caso de las guerrillas siberianas, en Ucrania se fortalecieron las tendencias hostiles al poder soviético local y central y la guerrilla de Majno se mantuvo independiente, reclamando ser la única dirección del pueblo ucraniano. La inestabilidad política del régimen soviético fue una constante durante todo el período siguiente. Las clases terratenientes ucranianas actuaron como agentes de los numerosos intentos de intervención imperialista, principal-mente alrededor de Denikin71 que en mayo de 1919 lanzó una ofensiva gene­ral para reconquistar la región. Al mismo tiempo, la burguesía conciliadora intentó, a través de los mencheviques y los socialrevolucionarios de dere­cha, que conservaron significativa influencia en las instituciones políticas y sindicales soviéticas, desmoralizar al proletariado urbano y rural, apoyán­dose en que la predominante masa de campesinos medios y ricos eran hos­tiles a la política agraria bolchevique y utilizando los sentimientos de desconfianza por todo “lo ruso” en el campesinado para desprestigiar el poder central soviético. La alianza obrero-campesina fue más conflictiva en Ucrania que en el resto de Rusia debido a estos elementos que, junto a la propia debilidad militar bolchevique en la zona, favorecieron la masifica­ción y permanencia de los movimientos guerrilleros que se transformaron en enemigos del Ejército Rojo, complicando todas las operaciones y retra­sando el triunfo de la lucha contra el imperialismo.

La lucha guerrillera en Ucrania

No es objetivo de este trabajo analizar en profundidad el movimiento guerrillero en el que, sin lugar a dudas, confluían diferentes estrategias e ideologías. El movimiento guerrillero, en sí mismo, se caracteriza por la falta de homogeneidad estratégica. La propia forma organizativa basada en destacamentos pequeños dispersos en grandes regiones favorece las diferen­cias e incluso el desconocimiento de muchos combatientes acerca de los objetivos políticos deseados por los dirigentes, más allá de la unidad cir­cunstancial contra un enemigo común. Pero cabe aclarar que existe una gran diferencia entre un movimiento guerrillero que se perpetúa en el tiem­po y destacamentos guerrilleros que combaten por una causa práctica inmediata, como fue el caso de las guerrillas campesinas en Siberia72 que fueron quienes defendieron las tierras conquistadas antes de la llegada del Ejército Rojo a la región. Estos destacamentos, al igual que los de la mayor parte del territorio, comprendieron claramente la ventaja de integrarse al Ejército Rojo y no continuar sus combates aislados. Varios historiadores anarquistas plantean que mientras la insurrección en el sur de Ucrania se colocó claramente desde el comienzo contra todos los ele­mentos “no trabajadores” de la sociedad, en el Oeste una parte de la guerri­lla sirvió a los intereses de la burguesía liberal petliurista bajo el estandarte nacionalista. Fue en la zona sur precisamente donde se desarrolló el movi­miento “majnovista”, así denominado porque Néstor Majno (originario del sur de Ucrania) se convirtió en el dirigente indiscutido de los destacamentos guerrilleros allí, combatiendo a los alemanes y al régimen de Skoropadsky. La admiración que despertaron las formas y métodos guerrilleros en Ucrania no fue fortuita: luego de la caída de Skoropadsky, durante los acontecimientos insurreccionales contra Petliura y los guardias blancos, las guerrillas habían sido la forma “natural” de lucha y habían cumplido un rol central. Esto contribuyó a embellecer en la conciencia de las masas la orga­nización guerrillera sobre el ejército regular. Sin embargo, como plantea Trotsky, es falso pensar que lo que permitió el triunfo de la insurrección que instauró el gobierno obrero y campesino fueron los métodos guerrille­ros. “La victoria soviética en Ucrania es la victoria de la insurrección masiva de los obreros y campesinos sobre la burguesía, no la victoria de la forma guerrillera de operación militar sobre la regular. La presión de las masas traba­jadoras fue tan grande, todas las estructuras anteriores que apenas podían mantenerse en pie se derrumbaron tan rápidamente, que las tropas blancas se descompusieron de manera irremediable”73. Trotsky distinguía entre el heroísmo y la acción desplegada por los des­tacamentos de obreros y campesinos de un lado, y los dirigentes guerrilleros de otro74. Grigoriev75 fue visto por Trotsky como un síntoma de la dege­neración del guerrillerismo y el movimiento anarquista majnovista76 como expresión pequeño burguesa del campesinado ucraniano, hostil al poder estatal y a las confiscaciones bolcheviques. En las condiciones de inestabi­lidad política ya mencionadas, las “ideas libertarias” de los majnovistas, tenían un campo fértil para propagarse sobre los sectores más atrasados del campesinado, agitando la bandera de los sin partido. El culto a las perso­nalidades por sobre el programa político como elemento aglutinador central de los movimientos guerrilleros favorecía la conspiración y las trai­ciones. En los artículos seleccionados Trotsky resalta este peligro: “(...)El ejército de Majno es la peor forma de guerrillerismo. El carácter antipopular del majnovismo se revela, mejor que nada, en el hecho de que el 'ejército' de Guliai-Polié se denomina 'Ejército de Majno'. Es decir individuos armados que no se agrupan en torno a un programa ni a un ideal sino en torno a una persona. Lo mismo exactamente sucedía con Grigoriev. En la Ucrania soviéti­ca y en la Rusia soviética los regimientos y divisiones son instrumentos de toda la clase obrera.” La contraposición absoluta que Majno planteaba entre su movimiento y el Ejército Rojo surgía de las concepciones antiestatales propias del anarquismo. Según esta corriente política todo poder estatal debía ser combatido sin importar cuál era la clase que lo dirigiera. Se establecía así una unidad de prin­cipios entre la organización de destacamentos guerrilleros y la lucha “liberta­ria” contra el ejército centralizado y la “opresión” del poder del Estado. Esta propaganda antiestatal adquiría un significado profundamente regresivo fren­te al nuevo Estado obrero. Hasta tal punto el carácter de clase era un factor nulo para los anarquistas, que cuando comenzó la ofensiva de Denikin la posi­ción de la guerrilla de Majno era poner un signo igual entre su ejército con­trarrevolucionario y el Ejército Rojo, ya que ambos eran “estatistas”77. El centralismo y la disciplina que exigía la dictadura del proletariado tenían un carácter antagónico al del Estado burgués: requerían la partici­pación de las masas obreras y sectores oprimidos, una participación y un rol dirigente. Por eso Trotsky, al tiempo que llamaba a enfrentar con las armas a los movimientos guerrilleros, consideraba fundamental que el pro­letariado avanzara en el ejercicio de su dictadura y lograra extender la influencia y autoridad del Congreso panucraniano, creado por la voluntad de las masas obreras y de su brazo armado78, cuya reorganización fue apoyada por los sectores del proletariado conciente del Partido Comunista organizados en el Ejército Rojo de toda Rusia. A pesar de las divergencias y los enfrentamientos, hacia abril de 1920, Majno se mostró inclinado a unirse con los destacamentos del Ejército Rojo frente al peligro de Wrangel que reemplazó a Denikin al frente del ejército contrarrevolucionario. Los bolcheviques consideraron que no podían existir obstáculos para la unidad contra este enemigo común en la guerra civil. En tal sentido se realizó la conjunción del ejército majnovis­ta con el Ejército Rojo en un acuerdo estrictamente militar que de ningu­na manera implicó un embellecimiento por parte de los bolcheviques de aquellos contra quienes venía combatiendo. La organización interna maj­novista se mantuvo en forma independiente y Trotsky, en “¿Cómo está organizada la tropa de Majno?”79, cuestionó cada uno de los tres “princi­pios” en que se basaba: el voluntariado (únicamente se incorporaban a las tropas los combatientes que quisieran hacerlo); la elegibilidad de los man-dos (los insurgentes de la unidad respectiva o del conjunto, elegían o daban aceptación definitiva a los integrantes de los puestos de mando); la disciplina “libremente consentida” (todas las reglas disciplinarias eran ela­boradas por comisiones y validadas en asambleas generales de las unidades del ejército, para ser observadas después bajo responsabilidad personal de cada insurgente).

 

La lucha contra el guerrillerismo

El problema de la viabilidad de la lucha y métodos “guerrilleros” ocupa un lugar importante en los escritos militares puesto que la guerra campe­sina fue uno de los elementos centrales durante la revolución y en la gue­rra civil. Trotsky no rechazaba ninguna forma de lucha de las masas sino que intentaba comprenderlas en función del propio desarrollo de la lucha de clases, analizando las condiciones históricas que las generaban y bus­cando el camino más directo para vincularlas en la acción, en la política e ideológicamente a la estrategia del proletariado. Según las condiciones sociales, políticas y económicas, cada forma de lucha adquiría mayor pre­ponderancia sobre otras, contribuía más directamente al desarrollo de la revolución, favorecía la solidaridad de clase, etc. Esta concepción no dog­mática le permitió combatir políticamente el programa guerrillerista sin descalificar la utilización del método guerrillero unilateralmente80, sino oponiéndose a transformarlo en una estrategia que deje de lado las nece­sarias consideraciones sobre su validez histórica o su utilidad práctica. “Al mismo tiempo que facilita la victoria, la revolución dificulta hasta cierto punto, las formaciones regulares. Impulsa a pensar por la línea de menor resis­tencia y favorece con ello el culto al guerrillerismo. Los ejércitos guerrilleros son victoriosos cuando tras de ellos está la ola revolucionaria victoriosa. Pero cuan­do refluye, una vez victoriosa la clase revolucionaria, y los éxitos posteriores dependen ya del arte organizacional y operacional, los destacamentos guerri­lleros revelan inmediatamente su inconsistencia.” Según Trotsky era conser­vador y erróneo pensar en términos de “guerra chica” cuando la propia realidad imponía con claridad absoluta una “guerra grande”. También es importante comprender el guerrillerismo como momento del proceso revolucionario a nivel de la conciencia de sectores de masas. En el período de ascenso insurreccional lo que mayor peso adquiere es el afán de destruir el odiado Estado de clase. La conciencia antiestatal se eleva a su máximo nivel, lo cual es altamente progresivo y muestra cuán profundo es el ánimo revolucionario. Sin embargo, al establecerse la dictadura del pro­letariado lo que ésta requiere es todo lo contrario. Sólo con una profunda conciencia de tener el poder estatal en sus propias manos, el proletariado y los campesinos pobres se convierten en dirigentes reales de su dictadura. Los revolucionarios deben luchar aquí por desarrollar las tendencias cons­tructivas y por ese motivo la importancia que adquiere en esta etapa la disciplina, la centralización, la regularidad. “En el período de ascenso de la guerra civil el guerrillerismo es estimulado por el afán de destruir el odiado Estado de clase. Pero cuando el poder ha pasado a la clase revolucionaria el gue­rrillerismo con sus destacamentos independientes pierde su justificación ideal y se hace reaccionario. Al desarrollar las tendencias centrífugas y distanciarse por tanto, del poder revolucionario, sin tener ningún ideal específico propio, el gue­rrillerismo se agrupa en torno a individualidades.” Así como el marxismo reconoce las más diversas formas de lucha que surgen en el curso del movimiento de masas e intenta infundirles concien­cia revolucionaria, sin partir de fórmulas abstractas o recetas doctrinarias, en el terreno militar también incorpora la experiencia de las masas organi­zando y elevando a un plano revolucionario sus formas espontáneas de combate, sin sobredimensionar jamás la técnica militar por sobre la estra­tegia política. El marxismo revolucionario, por lo tanto, no sólo no se opone a la lucha guerrillera sino que considera que determinadas circuns­tancias pueden hacer necesario recurrir a su instrumentación como parte de la organización militar del proletariado en el camino a su armamento gene­ral. Pero la experiencia demuestra que para hacerlo se debe proceder de manera científica81, centralizando las decisiones militares y los destaca­mentos al partido revolucionario y, fundamentalmente, subordinándolos a la autoorganización de las masas. La propia historia de la guerra civil lo demostró: la fuerza de combate del proletariado reside en la organización sovietista, base de su poder y en su dirección revolucionaria, que permiten combinar todas las formas de lucha con la mayor flexibilidad táctica (inclu­so en el terreno militar) y la intransigencia ideológica necesaria para garan­tizar los objetivos revolucionarios y la estrategia de clase proletaria.

Polonia, la cuestión nacional yla intervención del Ejército Rojo

El estallido de la guerra con Polonia y la extensión de la revolución

Como parte de la Primera Guerra Mundial, Alemania había ocupado territorios que, en su mayor parte, pertenecían al imperio zarista y se constituyeron, bajo la bota alemana, en Estados pseudoindependientes: Polonia, Finlandia, Letonia, Lituania, Bielorrusia y Ucrania. En 1918 la firma de la paz de Brest reafirmó la dominación alemana en esos países que duró hasta su derrota en la guerra. La firma del Tratado de Versalles en junio de 1919, y el estallido de la revolución en Alemania impusieron el retiro de todas las tropas de los territorios ocupados. En el caso de Polonia, ésta se constituyó como un Estado nacional independiente bajo el gobier­no pro-imperialista de Moraczevski, independencia que los bolcheviques reconocieron desde el principio demostrando ante el mundo y, principal-mente hacia el pueblo polaco y los pueblos que habían sido oprimidos his­tóricamente por los “gran rusos”, que no tenían ambiciones anexionistas ni de conquista alguna mientras que, como está expresado en los artículos de Trotsky, la burguesía y los terratenientes polacos alentados por los imperialistas utilizaban el sentimiento anti-ruso para desprestigiar a los bolcheviques. El gobierno polaco de Pilsudski82, continuador del anterior, mantenía relaciones permanentemente tensas y amenazas de guerra hacia Rusia utilizando estos sentimientos83. Sin embargo la política del gobier­no soviético hacia Polonia era la misma que hacia todo el frente occiden­tal heredado de la guerra mundial84: mantener la paz (excepto ante un ataque), para poder concentrar recursos y fuerzas militares en el resto del extenso país donde se abrían nuevos frentes de ataque directo. Como parte de esta política, frente a la amenaza polaca de avanzar hacia Ucrania a principios de 1920, los bolcheviques ofrecieron en las negocia­ciones de paz la conservación para Polonia de lo que se conoció como “línea Pilsudski” (territorio hasta donde llegaba el dominio de Polonia y que incluía parte de Ucrania y Bielorrusia). Al hacer esta propuesta tan des­ventajosa estaban dispuestos a retirarse y otorgar concesiones importantes puesto que los bolcheviques priorizaban iniciar el rumbo hacia el trabajo económico pacífico para recuperar la economía devastada, lo que conside­raban más importante que la posibilidad de liberar por medio de victorias militares a Bielorrusia y Ucrania o la Galitzia Oriental. Pero el gobierno de Pilsudski aspiraba a reconquistar Ucrania, donde la aristocracia terrateniente polaca había poseído vastas extensiones y espera­ba restablecer su dominio y, con la excusa de liberar a Ucrania del yugo bol­chevique, rechazó la propuesta de paz, entró en Ucrania derrotando dos ejércitos rusos el 7 de mayo y se apoderó de Kiev (la capital). Este logro duró poco ya que el levantamiento del campesinado fue total y en junio de 1920 las fuerzas polacas fueron obligadas a abandonar Kiev, al tiempo que el Ejército Rojo emprendía la ofensiva, mostrando un fortalecimiento de su estado de ánimo y su voluntad de combate. El triunfo bolchevique en Ucrania planteó por primera vez a los bol­cheviques una posible política ofensiva en la esfera militar, abandonando la situación defensiva que la guerra civil les había impuesto hasta el momen­to. El Comité Central85 resolvió avanzar hacia Varsovia (cruzar la frontera polaca) y testear con las armas el grado de desarrollo de la revolución para ayudar a sovietizar Polonia. Fue el primer intento de extender sobre las vie­jas fronteras del imperio zarista la revolución proletaria. Cuando hacia junio de 1920 la ofensiva bolchevique había alcanzado la frontera etnográ­fica de Polonia, el gobierno británico por medio de su agente diplomático Curzon envió a Rusia un ultimátum para que se detenga y firmar la paz, ofreciendo a cambio la Galitzia oriental. La importancia estratégica de Varsovia se demostraba por la rapidez con que las potencias occidentales enviaron municiones y misiones militares para alejar la amenaza bolchevi­que86. La propuesta de Curzon fue rechazada y el Ejército Rojo continuó su avance hacia Varsovia ya que, aunque la propuesta de paz ofrecida daba a Rusia fronteras favorables, significaba aceptar una posición defensiva mientras que, de lo que se trataba, era de aprovechar los triunfos obtenidos y la nueva moral y entusiasmo revolucionario del Ejército Rojo como una palanca para alentar el desarrollo revolucionario y sovietizar Polonia. En esta decisión había un pensamiento estratégico sobre las condicio­nes para el desarrollo de la revolución internacional. Lenin planteó en un Informe político del Comité Central de septiembre de 1920 que la deci­sión de pasar a una política ofensiva había constituido un giro en la polí­tica internacional del Estado obrero. En este giro Polonia era un puente entre la revolución y el quiebre del orden mundial establecido al final de la guerra, ya que su sovietización podía desestabilizar el statu quo del Tratado de Versalles e influir decisivamente en la lucha obrera en Europa, principalmente en Alemania y en los destinos de los pequeños países pseudoindependientes fronterizos. Esta perspectiva se fundaba no sólo en las victorias obtenidas en la guerra civil donde se había derrotado a Yudenich, Kolchak y Denikin (los generales blancos más peligrosos) y en los triunfos que se estaban obteniendo rápidamente en Polonia, sino tam­bién en la situación internacional. En Alemania, el golpe de un sector nacionalista del ejército al mando del general Kapp (a quien Lenin con­sideraba el “Kornilov” alemán), en marzo de 1920, había sido derrotado por una huelga general masiva y el régimen político no lograba consoli­darse aunque ya había pasado más de un año desde el fin de la guerra y los bolcheviques consideraban que acercarse a las fronteras alemanas podía alentar la radicalización de la situación política. El proletariado europeo, principalmente en Gran Bretaña, Francia y Alemania daba muestras de su hostilidad a las amenazas militares contra la Rusia sovié­tica: los trabajadores alemanes fueron a la huelga en Danzig por no descargar municiones para Polonia; los obreros ingleses se negaron a car-gar los barcos y formaron “consejos de acción” contra cualquier acción militar contra Rusia y, desde el punto de vista de su ideología política, importantes sectores del proletariado se pasaban a las filas de la III Internacional y abandonaban a la socialdemocracia. El II Congreso de la Comintern reunido en julio de 1920 parecía constatar, por fin, que la extensión de la revolución hacia Occidente se transformaría en un hecho en el siguiente período. Sin embargo, el resultado de la guerra no fue el esperado: la situación polaca no estaba madura para el estallido revolucionario y las revueltas de elementos pequeño burgueses que temían por su “independencia nacional” frente a la irrupción del Ejército Rojo dificultó las operaciones militares87. El 16 de agosto el ejército polaco lanzó una terrible contraofensiva que obligó a la retirada bolchevique y en septiembre de 1920 se firmó el Tratado de Riga que puso fin a las hostilidades. La causa central, aunque no exclu­yente, del fracaso de los objetivos bolcheviques sobre Varsovia fue política: para testear el estado de ánimo con “las bayonetas” se necesitaba lograr un acceso directo al proletariado polaco que no pudo alcanzarse; implicaba alentar la respuesta del proletariado industrial y rural; significaba barrer las tropas polacas blancas y asegurar la ocupación de Varsovia por medios mili­tares, como ayuda auxiliar a la acción del proletariado urbano, que permi­tiera combinar la invasión militar con la insurrección obrera, que no esta­lló. Trotsky, refiriéndose al balance de los acontecimientos, planteó: “La situación demostró que los sucesos de las guerras y los movimientos revoluciona­rios de las masas deben medirse con escalas distintas. Lo que para un ejército en operaciones son días y semanas para una masa en movimiento son meses y años. La diferencia de los ritmos puede hacer que los engranajes de la guerra rompan los engranajes de la revolución en vez de ponerlos en movimiento”88.

 

El avance hacia Varsovia y la cuestión de la autodeterminación nacional

La ofensiva sobre Varsovia fue juzgada por algunos como el abandono del principio por el respeto a la autodeterminación nacional que los bolchevi­ques habían proclamado históricamente. Sin embargo esta acusación parte, en el caso de quienes la formulan honestamente, de considerar el problema nacional como una fórmula abstracta y, en el caso de los enemigos del Estado obrero, de utilizarla como base para una política pro-imperialista. Al finalizar la Primera Guerra Mundial todos los partidos burgueses y “socialpatrióticos” utilizaron los sentimientos de independencia nacional como cobertura en la lucha contra la Rusia soviética; esta “independencia” consistía en permitir que los diferentes grupos imperialistas operen en las regiones gobernadas por esta burguesía “autóctona” utilizándolas como peones en su lucha por el reparto del mundo. De esta forma, el programa por la autodeterminación nacional fue conducido por los partidos social­demócratas a la nada. Por el contrario, la República soviética sin ocultar su estrategia de la revolución internacional y de la federación de repúblicas socialistas, proclamó abiertamente el derecho de autodeterminación e inde­pendencia nacional no como una fórmula vacía sino conciente de que el imperio zarista se había formado por medio de la opresión y violencia y de que el centralismo socialista no podía reemplazar al centralismo imperialis­ta sin una transición. Sólo a través de su propia experiencia, las masas de las nacionalidades oprimidas podrían reconocer que los bolcheviques no tenían intereses coloniales y fundar una unión voluntaria que partiera de la base de la lucha común contra el capitalismo sin imposición alguna de forma de gobierno o de relación estatal con la Rusia soviética. Si la sovieti­zación triunfaba en un país vecino, la política de los comunistas no debía estar guiada por el nacionalismo ni se debía forzar al proletariado a acordar en la cuestión de las fronteras nacionales. Refiriéndose a Ucrania soviética, donde la organización política no bolchevique más importante se mostra­ba a favor de la independencia, Lenin planteaba: “Los bolcheviques no hacen de esto (de la independencia absoluta de Ucrania) objeto de divergencias, de desunión, no ven en esto ningún obstáculo para un trabajo solidario de los pro­letarios. Lo principal es que haya unidad en la lucha contra el yugo del capi­tal, por la dictadura del proletariado, pues los comunistas no deben tener diver­gencias por cuestiones de fronteras nacionales o de los vínculos federativos o de cualquier naturaleza entre los Estados... Estas cuestiones serán resueltas por el Congreso de los Soviets de Ucrania”89. Sin embargo, si se esgrime el respeto a la “independencia nacional” cuando se trata de un Estado burgués sacudido por su proletariado o que por su alianza con el imperialismo pone en peligro al Estado obrero, la defensa de las fronteras nacionales se transforma en una defensa burguesa. Cuando los bolcheviques avanzaron sobre Varsovia buscaban extender la revolución proletaria y no pisotear las libertades del pueblo polaco que, por otra parte, sólo podían conquistarse plenamente a través de la expulsión de los terratenientes y el imperialismo. Aquellos “nacionalistas” que entrega­ron a sus pueblos a todos los bandidos imperialistas durante décadas se atre­vieron a hablar de la “libertad” y “autodeterminación” del Estado polaco para impedir, a sangre y fuego, el posible avance de la revolución en la arena europea. No fue accidental que la política militar hacia Polonia sirviera a la socialdemocracia internacional para acusar por primera vez a los bolchevi­ques de “imperialistas”. Refiriéndose a este período Trotsky escribía: “(...) la marcha sobre Varsovia fue un error. Pero fue un error práctico, no de principio. Si las condiciones hubieran sido más favorables, nuestro deber habría sido pres-tar ayuda armada a la revolución, en Polonia o en cualquier otro lado. Sin embargo, fue precisamente en esa época que Lloyd George, Bonar Law y otros nos acusaron por primera vez de imperialistas rojos. Luego la acusación fue reco­gida por la socialdemocracia y de allí pasó en forma imperceptible a los ultraiz­quierdistas. (…) ¿Es lícito que los obreros de un país ayuden a los huelguistas de otro? ¿Pueden enviar armas a los insurgentes? ¿Pueden enviar su ejército, si lo poseen? ¿Pueden enviarlo para ayudar a la insurrección o para ayudar a prepa­rar la insurrección, de la misma manera en que los huelguistas envían piquetes para sacar a la huelga a los obreros que se han quedado atrás?”90.

El ejemplo de Georgia en 1921

La historia de Transcaucasia fue instructiva acerca de cómo los “demó­cratas” utilizaron la consigna de la “independencia nacional” contra la Rusia soviética y al mismo tiempo demostró, una vez más, la ruptura de la socialdemocracia internacional con el marxismo revolucionario. La inter­vención soviética en Georgia, en 1921 llevó a la Segunda Internacional, en la figura principal de Kautsky, a denunciar el supuesto anexionismo y piso­teo de la democracia por parte de los bolcheviques. “Así como durante una huelga dirigida contra el gran capital, los obreros atentan contra la alta sufi­ciencia del pequeño burgués, así también en una lucha contra el imperialismo o al procurarse garantías militares contra el imperialismo, el Estado obrero, aún completamente sano y revolucionario, puede verse obligado a violar la inde­pendencia de éste o aquél pequeño Estado. En 1921, la República soviética sovietizó por la fuerza a Georgia, que constituía un camino abierto para el asalto imperialista en el Cáucaso. Desde el punto de vista de los principios de la autodeterminación nacional mucho podría objetarse a tal sovietización. Desde el punto de vista de extender la arena de la revolución socialista, la inter­vención militar en un país campesino era un acto más que dudoso. Desde el punto de vista de la autodefensa del Estado obrero rodeado de enemigos, la sovietización forzosa estaba justificada: la salvaguardia de la revolución socia­lista se imponía a los principios democráticos formales”91. El programa de secesión de Transcaucasia no fue levantado hasta luego del triunfo de la Revolución de Octubre. En las elecciones a la Asamblea Constituyente de Toda Rusia (recordemos que Georgia formaba parte del imperio zarista) ninguno de los partidos políticos del Cáucaso tenía un pro-grama de separación y de formación de un Estado independiente. Sin embargo, bajo el gobierno de los soviets, sin ninguna consulta a las masas de esta región, algunos de sus diputados resolvieron por su cuenta la sece­sión y la República de Transcaucasia fue proclamada como una unión de todas las nacionalidades que cohabitaban en ella. Pero la separación de Rusia y la búsqueda de nuevos aliados internacionales provocaron, cinco semanas más tarde, el 26 de mayo de 1918, la separación de Azerbaiján, Armenia y Georgia. Los mismos diputados que crearon la República de Transcaucasia la disolvieron, otra vez, sin consultar a nadie. Ese mismo día los georgianos proclamaron la independencia de la República de Georgia, que el gobierno soviético aceptó reconociendo también al gobierno men­chevique. Como se ve, lejos de constituir un programa nacional basado en reales aspiraciones de las masas, los diputados mencheviques revelaron con estos zig-zags un mero cálculo político y el gobierno menchevique de Georgia puso de manifiesto el lugar que ocupaba en la lucha contra la República Soviética, del lado del imperialismo. En una declaración oficial del 13 de junio de 1918, se informaba a la población que las tropas alema­nas que habían llegado a Tiflis (la capital) habían sido invitadas por el gobierno de Georgia mismo, y que su tarea era “defender las fronteras de la República Democrática de Georgia”. Recordemos que el rol de las tropas ale­manas en los Estados fronterizos de Rusia durante 1918 era actuar como asesinos de los revolucionarios y destructores de los soviets, así fue en Finlandia, en el Báltico y en Ucrania. Por lo tanto era obvio que, invitán­dolos, los mencheviques esperaban que actúen de la misma manera en Georgia, defendiendo al capitalismo contra el régimen soviético. Los mismos que habían gritado que la paz de Brest-Litovsk era una traición a Rusia, abrían su “democracia” a la bota alemana (que una vez derrotada fue reemplazada por la inglesa) para luchar en mejores condiciones contra la revolución92. Georgia fue centro de conspiración para varios grupos rusos y caucásicos de guardias blancos ilegalizando entre febrero de 1918 y junio de 1920 al Partido Comunista que tuvo que mantenerse en la clandestini­dad o en la semiclandestinidad. Aun cuando estaban plenamente justificados para atacar militarmente la Georgia menchevique, los bolcheviques no lo consideraban políticamente conveniente ya que sabían que los acusarían de “imperialistas”. Trotsky señalaba que aunque fuera por esa sola razón, “sólo por el deseo de no dar ocasión a una histeria 'democrática' internacional, estábamos preparados para dejar solos en su refugio georgiano a los líderes mencheviques de la contrarrevo­lución”. La Rusia soviética esperaba que bajo la presión de las masas tra­bajadoras de Georgia atraídas por la influencia del Cáucaso soviético, pudiera ser derrocado el capitalismo allí por las fuerzas revolucionarias locales o, como mínimo, que Georgia se transformara en un “buen” veci­no de la Federación Soviética. Y por eso, denunciando la actitud hostil de los mencheviques, no dejaba de buscar unidad en la acción contra los ene­migos comunes, como fue el intento de un acuerdo para combatir a Denikin. “La 'realpolitik' de hoy exige la conformidad de los intereses del Estado obrero con las condiciones creadas por el hecho de que está rodeado por Estados burgueses democrático-nacionalistas grandes y pequeños. Tuvimos en cuenta estas consideraciones basándonos en una evaluación precisa de los hechos, cuando mantuvimos nuestra actitud de paciencia y tolerancia hacia Georgia. Pero cuando esta actitud, después de un largo período de prueba, no nos brindó siquiera las más mínimas garantías de seguridad -cuando el princi­pio de autodeterminación se convirtió, en manos del general Walker y del admi­rante Dumesnil en una garantía jurídica para la contrarrevolución que estaba preparando un nuevo ataque contra nosotros- no vimos ningún reparo moral, ni podíamos verlo, a introducir, ante el llamado de la vanguardia revolucionaria de Georgia, nuestro Ejército Rojo con el fin de ayudar a los obreros y los campesinos más pobres a derrocar, con el menor retraso y sacrificio posible, a esa democracia lamentable que se había destruido a sí misma por su propia política”93. Si el avance hacia Varsovia representaba un giro ofensivo en la política internacional, la invasión a Georgia donde la sovietización fue completada en marzo de 192194, expresaba la defensa geopolítica del Estado obrero por medios militares. La intervención del Ejército Rojo en ambos casos sólo puede adquirir su significación histórica completa si se admite que el reco­nocimiento al derecho de autodeterminación nacional nunca puede poner­se por encima de los intereses de la revolución proletaria. “Al abandonar el enfoque clasista en aras de una posición nacionalista abstracta, los ultraiz­quierdistas se alejan necesariamente de la posición revolucionaria para caer en el pacifismo puro. Louzon relata cómo, en su momento, las tropas soviéticas capturaron el ferrocarril siberiano y cómo luego 'el Ejército Rojo, conforme a la política antimperialista de Lenin, se detuvo cuidadosamente al llegar a la fron­tera china. No hubo el menor intento de reconquistar los territorios del Ferrocarril Oriental de China' (La révolution prolétarienne). Parece que el deber supremo de la revolución proletaria es inclinar respetuosamente sus ban­deras ante las fronteras nacionales. ¡Aquí está, según Louzon, el eje de la polí­tica antimperialista de Lenin! Uno se sonroja de vergüenza al leer esta filosofía de la 'revolución en un solo país'. El Ejército Rojo se detuvo al llegar a la fron­tera china porque carecía de la fuerza suficiente para cruzar dicha frontera y enfrentar el ataque avasallador que inevitablemente lanzaría el imperialismo japonés. Si el Ejército Rojo hubiera tenido la fuerza suficiente como para lan­zar esa ofensiva, habría sido su deber lanzarla. Si el Ejército Rojo hubiera renunciado a lanzar la ofensiva revolucionaria contra las fuerzas del imperia­lismo y en defensa de los intereses de los obreros y campesinos chinos y la revo­lución proletaria mundial, no habría cumplido con la política de Lenin sino traicionado vilmente el abecé del marxismo. ¿En qué consiste la desgracia de Louzon y de otros de su tipo? En sustituir la política internacionalista revolu­cionaria por una política nacional-pacifista. Esto no tiene nada que ver con Lenin”95.

 

¿Extensión de la revolución “a punta de bayonetas”?

Pero si Trotsky defendía el deber del proletariado revolucionario de intervenir en ayuda de sus hermanos de clase en otros países, incluso por medios militares, al mismo tiempo planteaba que la intervención armada en ningún caso podía sustituir el proceso revolucionario. Trotsky decía: “Debemos infringir una derrota militar completa sobre las fuerzas armadas de la Polonia de las Guardias Blancas, de manera de volver política y psicológica­mente inevitable la derrota revolucionaria de la burguesía polaca. Esta segun­da tarea debe ser llevada a cabo enteramente por el proletariado polaco. Nuestro deber es simplemente facilitar esta tarea, acortando, lo más que se pueda, el camino de Waterloo que está siguiendo el Napoleón de la aristocracia polaca”96. Claramente Trotsky plantea aquí los marcos en los que el Ejército Rojo puede ser de ayuda a la revolución y no una institución sustituta del poder obrero y campesino autóctonos. Por eso de lo que se trata no es la “expor­tación” de la revolución sino del uso de las bayonetas para abrevarle el camino (acortar el camino; no transitarlo sin las masas). Una política inter­nacionalista correcta debe ser comprendida por la clase obrera y sus accio­nes deben alentar la intervención activa del movimiento de masas y estar en consonancia con sus aspiraciones y deseos. No puede haber contradic­ción alguna entre el programa revolucionario y la acción, de lo contrario el Ejército revolucionario no será visto como un aliado sino como un “con­quistador” y con esto, incluso si se triunfara contra la burguesía de ese país, se perdería en el terreno de la conciencia y la organización del proletariado no sólo allí sino a nivel internacional. Años después la burocracia stalinista, lejos de ser continuadora de la política internacional bolchevique, proclamó la teoría del “socialismo en un solo país” y su famosa fórmula “no queremos conquistar un solo centímetro de tierra extranjera; no entregaremos un centímetro de la nuestra”. Con esto hacía gala de un profundo nacionalismo y de una ruptura absoluta con los principios elementales del bolchevismo. Sin embargo la URSS se vio obli­gada a tomar parte en las disputas internacionales y a utilizar al Ejército Rojo (ya burocratizado) e intervenir en la vida de algunas naciones bur­guesas. Al hacerlo buscó la “defensa de la URSS” y no extender la revolu­ción socialista, es decir, buscó resguardar sus intereses geopolíticos y eco­nómicos y no desarrollar la acción y la organización revolucionaria en los territorios que ocupaba. Los métodos burocráticos militares con los que se realizaban las intervenciones stalinistas eran contradictorios con el llamado a la actividad independiente de las masas, sin la cual era imposible cons­truir un nuevo régimen. La genuina acción revolucionaria fue sustituida por medidas políticas que tenían como objetivo asegurar la preponderancia de la burocracia97, transformando un posible triunfo militar inmediato en una pérdida estratégica para el Estado obrero y la revolución mundial. Trotsky, en su trabajo En defensa del marxismo, discutía la posición que debía adoptar la IV Internacional en relación a la invasión del Ejército Rojo a Polonia y Finlandia y planteaba que, aunque había que defender no sólo a la URSS sino también las expropiaciones en estos territorios “nuestro cri­terio político primordial no es el cambio de las relaciones de propiedad en tal o cual área, por muy importante que sea, sino el cambio en la conciencia y orga­nización del proletariado mundial, el afianzamiento de su capacidad para defender sus conquistas y proponerse otras nuevas. Desde este punto de vista, los políticos de Moscú, en conjunto, constituyen el principal obstáculo para la revo­lución mundial.”

 

La crisis de 1921

Tras la larga prueba de la Primera Guerra Mundial y los tres años de gue­rra civil, la Rusia soviética se encontró al borde del colapso. La perspectiva de triunfos revolucionarios en otros países que pudieran cambiar radical-mente la situación quedó truncada luego del derrumbe de las esperanzas del levantamiento obrero en Polonia, a fines de 1920, el fracaso del “bienio rojo” italiano y la derrota de la huelga general en Alemania en marzo de 1921, traicionada por la socialdemocracia. Como consideró el Tercer Congreso de la III Internacional (junio de 1921) el período revolucionario había pasado momentáneamente98. En esta situación de aislamiento, con una economía dislocada y una grave crisis social, política y cultural, la dic­tadura proletaria estaba en grave peligro. La alianza de obreros y campesinos que había hecho posible el triunfo revolucionario de Octubre y de la guerra civil, estaba en su punto más crí­tico desde 1917. La crisis económica llevó a la desesperación al campesina­do que venía de protagonizar junto al proletariado los combates de la gue­rra civil. Si durante esos años, a pesar del comunismo de guerra, con la con­fiscación absoluta de la producción agraria, el campesino se mantuvo firme del lado de la revolución, en 1921 estallaron las contradicciones acumula­das dando paso a tendencias hostiles hacia el Estado obrero y el partido gobernante por parte de amplios sectores, quienes protagonizaron en algu­nas regiones levantamientos y huelgas, que impactaron también en el pro­letariado y a un aumento de la influencia de corrientes pequeño burguesas entre ellos. Lenin decía: “En nuestro país esta fuerza vacila (el campesinado, NdeC); está particularmente cansada. Sobre ella recae el peso de la revolución que, en los últimos años, es cada vez mayor (...) En semejantes condiciones, se comprende por qué esta segunda fuerza, la masa campesina, se deja llevar por la desesperación. A tres años y medio del derrocamiento de los terratenientes, no pudo mejorar aún su situación y este mejoramiento resulta indispensable. El ejército licenciado no logra aplicar de manera adecuada su trabajo, como resul­tado de lo cual esta fuerza pequeño burguesa se transforma en elemento anár­quico y expresa sus demandas agitándose”99. Al mismo tiempo en las ciudades la hambruna se generalizaba a medida que las relaciones con el campo se hacían más distantes y conflictivas. El hambre y las epidemias amenazaban las supervivencia de millones de trabajadores. La crisis del alimento se agra­vó con la crisis del combustible y amplios sectores de la población enfren­taban la perspectiva inmediata de morir de hambre o congelarse hasta morir. La crisis en las ciudades provocó, incluso, migración de obreros al campo con el objetivo de procurarse alimento, lo cual llevó a algunos bol­cheviques a hablar de “desproletarización”100. Esta situación agudizaba las contradicciones que, como planteó luego Trotsky analizando la mecánica de las revoluciones, se dan en todo período post-revolucionario: “La revo­lución es imposible sin la participación de las masas a gran escala. Esta parti­cipación se torna posible a su vez solamente si las masas oprimidas ligan su esperanza de un futuro mejor a la idea de la revolución. En este sentido las esperanzas engendradas por la revolución son siempre exageradas. Esto es a causa de la mecánica de clases de la sociedad, la terrible penuria de la abru­madora mayoría de las masas, la objetiva necesidad de concentrar la mayor esperanza y esfuerzo con el fin de asegurarse el más modesto progreso, y así suce­sivamente. Pero de estas mismas condiciones surge uno de los más importantes -y además, uno de los más comunes- elementos de la contrarrevolución. Las conquistas ganadas en la lucha no se corresponden, y en la naturaleza de las cosas no pueden directamente corresponderse, con las expectativas de las masas atrasadas que han despertado a la vida política por primera vez en gran número en el curso de la revolución. La desilusión de estas masas, su retorno a la rutina y a la futilidad, es una parte integrante del período post-revolucio-nario tanto como el pasaje al campo de 'la ley y el orden' de aquellas clases o sectores de clase 'satisfechos', que habían participado en la revolución. (...) La desilusión de un sector considerable de las masas oprimidas con los beneficios inmediatos de la revolución y -directamente ligado a esto- la declinación de la energía política y de la actividad de la clase revolucionaria engendra un resur­gimiento de la confianza entre las clases contrarrevolucionarias, tanto entre aquellos derrocados por la revolución pero no completamente aniquilados, como entre aquellos que ayudaron a la revolución en un cierto momento, pero fueron arrojados al campo de la contrarrevolución por el devenir de la revolución”101. Fue en estas condiciones críticas que una medida absolutamente indis­pensable como la reducción del tamaño del Ejército Rojo se convirtió en un nuevo factor conflictivo. Habida cuenta de que la guerra civil había con­cluido y de que el Partido Bolchevique, siguiendo con su programa esperaba el momento apropiado para efectuar tal reducción, el octavo Congreso de los Soviets de diciembre de 1920 votó la desmovilización de la mitad del Ejército y la Armada rojos. Es decir, había que pasar de 5.300.000 hombres a 2.700.000. Trotsky cuenta que durante 1921 la reducción se hizo más pro­funda de lo que se había planeado y el Ejército, contando la Armada, quedó conformado por aproximadamente 1.500.000 hombres. Tal desmoviliza­ción, que siguió un curso más abrupto que el esperado debido a las urgen­cias económicas del Estado obrero, se transformó en un proceso sumamen­te crítico debido a que millones de hombres quedaban “libres” para trabajar y vivir en un país en ruinas. Los soldados obreros y campesinos perdían una forma de vida que habían hecho suya durante más de dos años y los secto­res más desclasados sembraban de desorganización a los poblados. El Partido Bolchevique, desde el punto de vista de su organización y su influencia no quedó inmune a esta crisis. Durante la guerra civil decenas de miles de los mejores militantes murieron y los sobrevivientes estaban exhaustos y vivían con sus familias en las peores condiciones. El proletaria­do más avanzado, concentrado en los principales centros industriales como Petrogrado y Moscú, que había sido llamado a los combates en los frentes como la vanguardia armada de la revolución, quedó diezmado. A diferencia de 1917, donde el partido se nutría de los lazos con una clase insurrecta, en este período ya no había tal ánimo revolucionario sino que los trabajadores se aferraban a una perspectiva de salvación individual. Al mismo tiempo, arribistas y oportunistas ingresaban a las filas del partido para intentar ubi­carse en puestos de funcionarios y sacar ventaja de dicha situación102. Por tanto, desde el punto de vista de la situación objetiva nacional e internacional, de la conciencia de la clase revolucionaria y de su relación de fuerzas con la mayoritaria clase campesina, la situación que tuvieron que afrontar los bolcheviques en 1921 era de un grave peligro para la conserva­ción de la revolución e imponía un giro profundo para asegurar la hege­monía obrera y fortalecer la dictadura proletaria103

Kronstadt104

La mecánica que Trotsky atribuía a los procesos revolucionarios, sus ritmos y transformaciones, como hemos citado anteriormente, se desarrolló y alcanzó su expresión concreta en los acontecimientos de Kronstadt de marzo de 1921. La guerra civil había producido una despoblación continua de Kronstadt y de toda la flota del Báltico que cambió la fisonomía de esta región por completo ya que los marineros, considerados los más heroicos combatientes, habían sido enviados a otros frentes para ayudar a los pode­res locales a organizarse y a las tropas del Ejército Rojo a combatir. La for­taleza que en la Revolución de Octubre jugó un papel de vanguardia, cua­tro años más tarde estaba impregnada de elementos conservadores, refor­mistas y anarquistas. Reivindicando algunas de las mismas consignas que los obreros en Petrogrado (durante febrero varias huelgas se habían suscitado en las fábri­cas de Petrogrado), el 28 de febrero se realizó una reunión en el acorazado Petropavlosk, donde los marineros de Kronstadt adoptaron una resolución de quince puntos que exigía, entre otras cosas, la reelección de los soviets por escrutinio secreto tras una campaña electoral libre, libertad de prensa y de reunión para los partidos anarquistas y socialistas y para los sindicatos obreros y campesinos, así como la convocatoria de una conferencia inde­pendiente para el día 10 de marzo de los obreros, soldados y marineros de Petrogrado, Kronstadt y toda la región, además de la liberación de los mili­tantes de partidos socialistas, entre otros puntos. El 3 de marzo se celebró una conferencia donde los marineros de Kronstadt decidieron arrestar a Kuzmín (comisario de la flota) y a Vassiliev, dirigente comunista del soviet. Aquí es donde comenzó el motín propiamente dicho. El 6 de marzo, el Soviet de Petrogrado propuso el envío de una delegación de sus miembros, afiliados y no afiliados al partido, para visitar Kronstadt y analizar la situación. Esta fue una política conciliadora de los bolcheviques con los amotinados, pero los dirigentes de Kronstadt rechazaron esta delegación y exigieron que los enviados fueran obreros y soldados no miembros del partido y sólo un 15% de delegados comunistas designados por el soviet. “Esta réplica, abrupta e inflexible, anuló efectiva­mente la propuesta.105” En los días sucesivos se profundizaron los enfrenta­mientos, que pasaron al terreno militar. Los bolcheviques no dejaron de ver móviles honestos en la protesta, comprendían la situación calamitosa por la que estaba pasando el país ente­ro. Pero los actos de los dirigentes, seguidos por los marineros y también incluso por muchos militantes comunistas, que se habían apoderado del armamento de las fortalezas, se convirtieron en una rebelión armada a pesar de los intentos de conciliación que se venían llevando a cabo desde el comienzo de la crisis y obligaron a los bolcheviques a reprimir duramente la revuelta. Paul Avrich, historiador anarquista, a pesar de no acordar con las ideas bolcheviques, escribe: “Kronstadt presenta una situación en la cual el historiador puede simpatizar con los rebeldes y conceder, no obstante, que los bolcheviques estuvieron justificados al someterlos. Al reconocer este hecho se capta en verdad toda la tragedia de Kronstadt”106. El Partido Bolchevique caracterizó el levantamiento de Kronstadt (a dife­rencia del descontento en Petrogrado o en otras ciudades) como un motín contrarrevolucionario107 en el cual las potencias imperialistas, que habían fracasado en derrotar a la URSS a través de la intervención armada directa, aprovechaban el descontento de amplios sectores de la población para soca-var al Estado obrero desde adentro. Además de la información que llegaba desde el exterior de periódicos burgueses que comunicaban la revuelta antes de que ésta sucediera, existe constancia de un “Memorándum sobre la cuestión de la organización de un levantamiento en Kronstadt” de 1921, encontrado por Avrich en el Archivo Ruso en Columbia, Estados Unidos. Dicho Memorándum muestra el plan armado por los emigrados blancos en Francia para aprovechar la situación, organizar una insurrección contra el poder soviético, conseguir apoyo de Francia para la misma y tomar el poder en Kronstadt y de allí avanzar a Petrogrado. Citaremos algunas de sus líneas que, aunque hagan un poco más extenso este traba­jo, permiten comprender mejor las decisiones político-militares del gobierno bolchevique. “Información emanada de Kronstadt obliga a creer que durante la próxima primavera se producirá un levantamiento en Kronstadt. Si su preparación reci­be alguna ayuda exterior, se puede contar enteramente con el éxito del levanta­miento... “Por lo dicho más arriba, resulta claro que existen circunstancias excepcio­nalmente favorables para que tenga éxito un levantamiento en Kronstadt: 1) la presencia de un grupo fuertemente articulado de enérgicos organizadores del levantamiento; 2) una correspondiente inclinación hacia la rebelión entre los marineros; 3) la pequeña región de operaciones delimitada por los estrechos con­tornos de Kronstadt, que asegurará el éxito total del levantamiento; 4) la posi­bilidad de levantar la rebelión en pleno secreto, debido al aislamiento de Kronstadt respecto de Rusia y a la homogeneidad y solidaridad que reina entre los marineros. “(...) Visto lo dicho más arriba, la situación militar de Kronstadt a conti­nuación de la revuelta puede considerarse como completamente segura, y la base podrá resistir tanto como sea necesario. “(...) Aparte de la rendición de Kronstadt a los bolcheviques en caso que no se la provea de alimentos, surge el peligro de una quiebra de la moral entre lo rebel-des mismos, como resultado de lo cual podría reestablecerse la autoridad bolche­vique en Kronstadt. Tal quiebra moral sería inevitable si los marineros insurgen­tes no recibieran seguridades de simpatía y apoyo del exterior, en particular del Ejército ruso comandado por el general Wrangel, y también si los marineros se sin­tieran aislados del resto de Rusia al percibir la imposibilidad de que se extienda la revolución para lograr el derrocamiento del poder soviético en Rusia mismo. “(...) El objetivo más cercano de acción desde Kronstadt sería la indefensa ciudad de Petrogrado, cuya conquista significaría haber ganado la mitad de la batalla contra los bolcheviques”108. El programa del levantamiento de Kronstadt era antibolchevique, lo que explica que haya podido reunir en su defensa a un arco político amplio que iba desde los mencheviques, los anarquistas, los socialrevolucionarios y los imperialistas. Los emigrados blancos sabían que no podían dirigir el motín ni extenderlo si el mismo se mostraba directamente hostil a la revolución. Por lo tanto, presentaban una falsa defensa de una república “de trabajado­res y campesinos” opuesta al poder que el Partido Bolchevique y su gobier­no ejercían a través de los soviets. “A menos que nos engañemos con consignas pretenciosas, falsos rótulos, etcétera, veremos que la insurrección de Kronstadt no fue más que una reacción armada de la pequeña burguesía contra las penalida­des de la revolución social y la severidad de la dictadura del proletariado. Ese fue exactamente el significado de la consigna de Kronstadt, 'soviets sin comunistas', de la cual se apoderaron inmediatamente no sólo los socialrevolucionarios sino también la burguesía liberal. Como representante sagaz del capital, el profesor Miliukov comprendió inmediatamente que liberar a los soviets de la dirección bolchevique significaría, en poco tiempo, la destrucción misma de los soviets. La experiencia de los soviets rusos durante el período de dominación menchevique y socialrevolucionaria, y aún más claramente, la experiencia de los soviets alemán y austríaco, bajo la dominación de los socialdemócratas, comprobaron este hecho. Los soviets socialrevolucionarios y anarquistas podían servir solamente como un puente entre la dictadura proletaria y la restauración capitalista. No podían jugar otro papel a pesar de las 'ideas' de sus integrantes. La rebelión de Kronstadt, por lo tanto, tenía un carácter contrarrevolucionario”109. Aunque los representantes de la burguesía habían sido excluidos de los soviets desde el principio, los partidos soviéticos fueron legales en varios períodos y contaron con publicaciones propias y locales públicos. Pero como consecuencia de la crisis de 1921 fueron ilegalizados absolutamente todos los partidos soviéticos, debido a su apoyo o participación directa en el levantamiento armado de Kronstadt o, en el caso de los mencheviques, por su agitación a favor de levantamientos fabriles contra el poder soviéti­co110. Esta fue la primera vez, bajo el bolchevismo, que el régimen soviético atravesó un período de “partido único”, ya que desde la toma del poder la política revolucionaria era el pluripartidismo soviético111. Por lo tanto, se abrió aquí una coyuntura completamente nueva si uno repasa la historia de la democracia soviética, empezando por el hecho de que los bolcheviques, de inmediato al triunfo revolucionario, ofrecieron la dirección común de los soviets a los SR y a los mencheviques, quienes se negaron rotundamen­te (excepto un sector de izquierda de los SR que entró al gobierno de coa­lición) durante el Segundo Congreso de los Soviets que acababa de aprobar la insurrección de Octubre. Remarcando el carácter excepcional de estas medidas, Trotsky escribía en “Stalinismo y bolchevismo”: “En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos, no deriva de ninguna 'teoría' bolchevique, sino que fue una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado de enemigos. Los mismos bolcheviques compren­dieron desde un comienzo, que esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior y exterior”112. 

 

El Ejército Rojo luego de la guerra civil

Tras la finalización de la guerra civil a fines de 1920, con la derrota deci­siva sobre Wrangel, el gobierno tomó la decisión de proceder a la desmovi­lización de las tropas basado no sólo en la perspectiva de que se entraba en un período de construcción pacífica sino también en la imperiosa necesidad de recuperación económica. La política combinaba una reducción del tama­ño del ejército regular con la elevación de su nivel de instrucción y técnico y la instauración, en algunas localidades, de milicias territoriales que pudie­ran ser llamadas al combate si la situación lo exigía. Por lo tanto, el período iniciado en 1921 fue uno de desmovilización y reorganización militar. Con el telón de fondo de la victoria en la guerra civil se discutieron impor­tantes cuestiones militares en el X Congreso partidario de marzo de 1921, alrededor de las milicias, el mando único y la doctrina militar. Surgieron tres posiciones que podemos esquematizar de la siguiente manera: a) Podvoiski bregaba por un traspaso total y completo hacia un sistema de milicias territo­riales, aferrándose al programa histórico socialista; b) Smilga se manifestaba por el mantenimiento del ejército regular argumentando que el traspaso al sis-tema de milicias minaría la base proletaria del ejército y también, como lo había hecho en otras ocasiones, se declaró en contra de mantener a los comi­sarios políticos; c) Frunze abogaba por una “doctrina militar unificada” que manifestara el carácter proletario en todos los aspectos militares. Las discusiones llevadas a cabo como era tradicional en sesión secreta del Congreso fueron muy polémicas pero las votaciones se limitaron a asuntos prácticos de la organización militar. Rechazando la propuesta de Smilga, el Congreso decidió conservar el aparato político del Ejército Rojo en la misma forma que asumió en los tres años de la guerra civil. Con relación al sistema de milicias, volvió a insistir en que el ritmo para su implementación depen­día de las condiciones concretas y que el Ejército Rojo debía continuar siendo la base de las fuerzas armadas. En cuanto a la “doctrina militar unifica­da”, Frunze (aparentemente convencido por Lenin) retiró su exigencia de que el Congreso vote esta posición y, por lo tanto, no se trató en sesión común. De las divergencias surgidas en el Congreso, el grupo más importante era el constituido por Frunze, antiguo sargento zarista que poseía gran reconoci­miento por haber encabezado la victoria contra Wrangel. Junto a él se encontraban Gussev, Voroshilov y, aunque con distintos matices, Tujachevsky, considerado uno de los mejores comandantes del Ejército Rojo. Para estos oficiales rojos la nueva “doctrina militar proletaria” debía integrar las características de la clase revolucionaria a la esfera de la guerra y, por lo tanto, se oponían a la guerra defensiva y de posición, a la que consideraban propia de la burguesía. Auspiciaban la movilidad y la ofensiva como táctica excluyente y permanente del proletariado, como esencia del estilo de guerra proletario. Como decía Trotsky en La revolución traicionada: “La escuela de la 'doctrina proletaria de la guerra', a la que pertenecían o se adherían Frunze, Tujachevsky, Gussev, Voroshilov y otros, procedía de la convicción a priori de que el Ejército Rojo en sus fines políticos y en su estructura, así como en su estrategia y su táctica, no debía tener nada en común con los ejércitos nacionales de los paí­ses capitalistas. La nueva clase dominante debía tener, en todos los aspectos, un sistema político distinto. Durante la guerra civil, todo se limitó a formular pro­testas de principio en contra del empleo de generales, es decir, de los antiguos ofi­ciales del ejército del zar, y a enfrentarse al mando superior que luchaba contra las improvisaciones generales y los ataques incesantes a la disciplina. Los promo­tores más decididos de la nueva palabra trataron incluso de condenar en nombre de los principios de la 'maniobra' y de la 'ofensiva' erigidas en imperativos abso­lutos, a la organización centralizada del Ejército, susceptible de dificultar la ini­ciativa revolucionaria en los futuros campos de batallas internacionales. En el fondo, era una tentativa para elevar los métodos de la guerra de fracciones del comienzo de la guerra civil, a la altura de un sistema permanente y universal”. Trotsky rechazó esta escuela de pensamiento del mismo modo que en otro campo desestimó la “cultura proletaria” y la “literatura proletaria”113. Para Trotsky el marxismo permite adoptar un análisis internacional y encontrar la orientación apropiada para cada combinación de fuerzas y relaciones de cla­ses, favoreciendo el conocimiento de cuándo y cómo combatir, pero “el mar­xismo no provee recetas preconcebidas. Mucho menos podría darlas en la esfe­ra de la construcción militar”. El correcto enfoque del proletariado sobre las cuestiones militares fue dado porque se tomó como punto de partida no una “doctrina militar” como sumatoria de postulados dogmáticos, sino un análisis marxista de los requisitos para la autodefensa de la clase obrera que, “habien­do tomado el poder, ha tenido que armarse, desarmar a la burguesía, combatir para mantener el poder, liderar al campesinado contra los terratenientes, evitar que la democracia de los kulaks armara a los campesinos contra el Estado obrero, cre­ando para sí misma un cuerpo de comandantes confiable y todo lo demás”114.

 

La campaña contra Trotsky

El grupo de Frunze fue ganando terreno en los años sucesivos en los puestos dirigentes del Ejército Rojo por dos motivos principales: por un lado, representaba a la nueva camada de líderes militares comunistas que se sentían artífices del triunfo en la guerra civil y que querían imponer su impronta en todas las instituciones de la esfera militar; por otro lado, sus rivalidades con Trotsky, basadas en viejas polémicas y en algunos hechos propios de la guerra (Tsaritsin115, Varsovia) lo convirtieron en un candida-to apropiado del grupo opositor para minar su autoridad en el ejército a partir del momento que empezó a desatarse la campaña “antitrotskista”. Consideramos que fueron estos motivos y no la posición teórica de Frunze y sus seguidores en las cuestiones militares los que le otorgaron fuerza y lo llevaron a encabezar años más tarde el Ejército Rojo. El cambio en la situación de la URSS a partir de los primeros resultados positivos de la NEP abrió nuevas contradicciones sociales, como ya habían previsto los bolcheviques, particularmente alrededor del enriquecimiento de un sector campesino y el crecimiento desarticulado de la economía de conjunto, como lo demostraba el atraso de la industria, sobre todo la esta­tal y la industria pesada. Esta situación llevó a una mayor concentración de la dirección del partido en los asuntos económicos del país. En la esfera mili­tar se continuó con la política votada en el X Congreso y Trotsky se con­centró con más intensidad en los temas económicos que en los militares. Dos problemas acaparaban su atención: el proceso de “tijeras” que se pro­fundizaba entre la ciudad y el campo (las curvas representativas de los pre­cios industriales y agrícolas, tras su intersección en el otoño de 1922, no dejan de separarse) y las cuestiones del régimen interno del partido que habían alcanzado rasgos preocupantes, especialmente la cuestión de la buro­cratización del aparato del partido116. Durante la discusión de las “tijeras” Stalin, Zinoviev y Kamenev se manifestaron a favor del statu quo, oponién­dose a los proyectos de industrialización y planificación económica que pro­ponía Trotsky y fue sobre esta base que estos dirigentes del Politburó sella-ron una alianza a la que pronto comenzó a llamarse “troika”. En este marco, ocurrieron dos hechos que asestaron un duro golpe al Estado Obrero en 1923: la derrota de la revolución alemana por los errores del Partido Comunista alemán y el último y fatal ataque de la enfermedad de Lenin. Ambos acontecimientos, aunque de magnitud diferente, aceleraron el forta­lecimiento de la recién formada camarilla burocrática en el Politburó a la que Trotsky (también miembro del Politburó) venía oponiéndose.

Es en el artículo “La actual situación y nuestras tareas en la construcción del Ejército Rojo”, del 21 de octubre de 1923, donde puede rastrearse la primera advertencia de Trotsky en sus escritos militares sobre la existencia de un “discurso oficial” y una crítica al “funcionarismo” dirigente. “El dis­curso oficial consiste en el autoengaño, en una papilla de palabras mentirosas que expresan rituales, que gradualmente se acumulan y que son presentadas a los nuevos inscriptos al Ejército Rojo con fines educativos. Pero de aquí resulta un daño muy perjudicial. De todos los bosquejos históricos empapados de romanticismo oficial emerge una cosa, es decir, que todos nuestros regimientos estaban compuestos de héroes y que todas sus acciones eran heroicas. Ahora bien, hay dos posibilidades: o bien el joven camarada, si es inteligente, no creerá esto y, entonces, no creerá tampoco en otra ocasión cuando le estemos diciendo la ver­dad; quedará lleno de desconfianza hacia la ideología del Ejército Rojo. Otro grupo considerará todo este romanticismo oficial como algo que no les concier­ne. Finalmente, un tercer grupo creerá sincera e ingenuamente, y cuando en su primera escaramuza bajo fuego un joven comandante se asuste hasta los huesos (nada puede hacerse al respecto, les pasa a los mejores de nosotros), se va a decir a sí mismo: 'Soy un inservible, no soy como todos esos héroes genuinos sobre los cuales leí en los libros'. Bajo la influencia del romanticismo oficial se forma una concepción falsa de la realidad que, al final de cuentas, acabará matando la confianza en sí mismo: y sin eso nadie puede ser un combatiente y mucho menos un comandante (…) El autoengaño oficial tiene otra consecuencia más en la corrupción del ejército. Cuando el discurso oficial se asienta corroe al ejército, como el óxido, en todas las direcciones. El discurso oficial encuentra expresión, por ejemplo, en los informes falsos (…) Los informes falsos resultan de un sen­timiento de falsa vergüenza y de falso orgullo oficial, de la necesidad de pre­sentar algún error que alguien cometió en forma bien retocada (…) La cues­tión de la veracidad de los informes es una de las cuestiones más importantes para educar al soldado, aumentando su sentido de responsabilidad. La veraci­dad en los informes es la precondición para tomar decisiones correctas y para emitir las órdenes correctas (…) Esta cuestión es, insisto, de excepcional impor­tancia, y la tarea que se sigue a ella sólo puede ser realizada si le declaramos la guerra al discurso oficial en todas sus manifestaciones”117.

Este artículo fue escrito dos semanas después de la carta que Trotsky dirigió al Comité Central (8 de octubre) contra la política económica y el método de los nombramientos de funcionarios partidarios que no se basa­ba en sus méritos o en su votación sino en función de su alineamiento con la política “oficial” y una semana después de que 46 miembros destacados del partido presentaran una declaración conocida como la “plataforma de los 46” al Comité Central (15 de octubre) en la cual reclamaban la rein­troducción de la democracia interna en el partido y la convocatoria a una Conferencia extraordinaria. Si bien Trotsky no fue firmante de la misma, pronto se transformó en el eje de la oposición y, por lo tanto, en el centro de los ataques del “triunvirato” dirigente, que ya había intentado interfe­rir en la dirección de los asuntos militares para desplazarlo y limitar su autoridad indiscutible sobre el Ejército Rojo. La propuesta de septiembre de 1923 de reorganización del Consejo Militar Revolucionario que signi­ficaba incorporar al mismo miembros del Comité Central del partido, entre ellos Stalin, fue retirada pero Trotsky se vio obligado a aceptar el apartamiento de su fiel lugarteniente de la guerra civil Skliansky y su sus­titución por dos de los hombres de la troika, Voroshilov y Lashevich, ambos enemistados con Trotsky durante la guerra civil. En el período en que la camarilla gobernante se vio obligada a abrir la discusión interna a partir del crecimiento de la oposición, período que se conoció como el “nuevo curso”, quedó demostrada la influencia de Trotsky en las filas del ejército, no sólo entre sus capas dirigentes sino también en las células par­tidarias y en la juventud del partido, pero el “derecho de nombramiento” permitió aislar a Trotsky y decapitar a la oposición: muchos de sus cola­boradores fueron designados para altos cargos diplomáticos (Joffe a China, Krestinsky a Alemania, Rakovsky a Francia) en el exterior y den­tro del Ejército Rojo, allí donde existía una “oposición trotskista” la demo­cracia interna desaparecía y daba lugar al recambio en los puestos dirigen­tes. Esto ocurrió con Antonov Ovseenko, el jefe de la PUR (Administración Política del Ejército Rojo) que había firmado el progra­ma de los 46 y era uno de los principales partidarios de Trotsky: fue des­plazado de su cargo y reemplazado por Bubnov quien había demostrado su realineamiento con la “troika”. Estas transformaciones fueron el prelu­dio de la condena del propio Trotsky en la XIII Conferencia del Partido Comunista, celebrada en enero de 1924 que votó una resolución que con­denaba abiertamente los intentos de introducir “actividades fraccionales en el Ejército Rojo” y que, aunque no desposeía a Trotsky de su cargo mar­caba el fin de su autoridad efectiva en las cuestiones militares. Esa misma Conferencia designó a Frunze como encargado de una comisión destina­da a “reorganizar el Ejército Rojo”, en ausencia de Trotsky que se encon­traba enfermo. Un año después, en enero de 1925 fue aceptada la dimi­sión de Trotsky y Frunze fue quien lo reemplazó como Comisario del Pueblo para la Defensa y Tujachevsky ocupó el cargo de Vicecomisario para la Defensa. La conferencia de enero de 1924 fue el final de esta batalla política para desplazar a Trotsky en la que la troika había vencido. Desde este momento Stalin, quien en el primer aniversario de la Revolución de Octubre había escrito que “todo el trabajo de organización práctica de la insurrección fue realizado bajo la dirección inmediata del presidente del Soviet de Petrogrado, Trotsky”, continuó dirigiendo al partido con el puño férreo del aparato y la campaña contra la Oposición de Izquierda se transformó en una encarnizada lucha política y física, que no cesaría hasta el asesinato de Trotsky, el 20 de agosto de 1940.

La degeneración del Ejército Rojo

El Ejército Rojo no escapó a la degeneración del régimen soviético sino que, por el contrario, ésta ha encontrado en el ejército su expresión más acabada. El grupo de “jóvenes oficiales rojos” que años atrás había desarro­llado su “doctrina proletaria” de la guerra fue, una vez llegado al poder y derrotada la oposición, el que llevaría adelante la “doctrina del statu quo”. Trotsky escribía en La revolución Traicionada: “Los antiguos adversarios del empleo de generales habían llegado a transformarse en generales; los promotores del Estado Mayor Internacional se habían vuelto cuerdos bajo la égida del 'Estado Mayor en un solo país; la doctrina de la 'seguridad colectiva' sustituía a la de la 'guerra de clases'; la perspectiva de la revolución mundial cedía su sitio al culto del statu quo.” La situación económica interna que fue variando desde la toma del poder y los años de la guerra civil y el comunismo de guerra hasta la intro­ducción de la NEP y la recuperación económica de los años sucesivos comenzó a hacer posible la implementación de ciertas medidas a las que el gobierno soviético antes había tenido que renunciar transitoriamente. Sin embargo, es ilustrativo el retroceso que se produjo en todos aquellos aspec­tos de la edificación militar en los cuales la situación del país hacía posible implementar, por fin, ciertas medidas postergadas en los años de la guerra civil. Los bolcheviques siempre fueron claros a la hora de manifestar las contradicciones entre las medidas que la realidad obligaba a adoptar y las que eran deseables de alcanzar. El derrotero que siguieron aspectos crucia­les para el Ejército Rojo como el establecimiento del mando único, el sis-tema de milicias territoriales, la elegibilidad de los mandos, la igualación y mejoramiento en las condiciones de vida de los soldados, etc., mostró el camino contrarrevolucionario seguido por la burocracia del Kremlin. El doble mando en el ejército era una solución de “mal menor” en los tiempos en que el Ejército Rojo surgió del colapso del ejército zarista y de las condiciones de la guerra civil. “Esperábamos que la creación gradual de un cuerpo de oficiales rojos pondría fin a los consejos y restablecería el princi­pio del mando unificado, necesidad inexorable de la ciencia militar. Frunze, quien en 1925 me remplazó como jefe del Departamento de Guerra, introdu­jo el mando unificado a ritmo acelerado. Voroshilov, su reemplazante, siguió el mismo camino. Se diría que el gobierno soviético ya había tenido el tiempo sufi­ciente para educar a un cuerpo de oficiales dignos de confianza y eliminar así la onerosa necesidad de utilizar a los comisarios políticos para vigilar a los jefes militares”118, pero en 1937 se volvieron a crear los Consejos Militares evi­denciando el conflicto que se estaba desarrollando entre la burocracia gobernante y el cuerpo de oficiales. Recordemos que las purgas en el ejér­cito ya habían comenzado. “En vísperas del vigésimo aniversario de la revo­lución, la oligarquía de Moscú impone una administración colectiva sobre el ejército. Los nuevos Consejos Militares no llevan el nombre de 'revolucionarios'. Y, en verdad, no tienen nada que ver con sus prototipos. Mediante los Consejos Militares de la guerra civil, la clase revolucionaria ejercía su control sobre los técnicos militares provenientes de las filas enemigas. La tarea de los consejos de 1937 es ayudar a la oligarquía, encaramada sobre la clase revolucionaria, a proteger el poder usurpado de toda intromisión por parte de sus propios genera­les y mariscales”119. La preponderancia del ejército permanente con respecto al sistema de milicias territoriales había sido una de las controversias mayores durante toda la guerra civil. Trotsky escribía en La revolución traicionada: “No hay que perder de vista estas dos consideraciones: si el establecimiento del régimen soviético crea por primera vez la posibilidad de un sistema de milicias, el tiempo que necesitemos para lograrlo estará determinado por el estado general de la cultura del país -técnica, comunicaciones, instrucción, etcétera. Las bases políticas de las milicias están firmemente establecidas entre nosotros, pero sus bases económicas y culturales están muy atrasadas”. Y explicaba que si las condiciones materiales necesarias estuvieran dadas, el ejército territorial, lejos de ceder ante el ejército permanente, le sería francamente superior. “La URSS paga cara su defensa porque es demasiado pobre para tener un ejército territorial que resultaría menos caro”. Sin embargo en este terreno es donde más marcados fueron los zig-zags de la burocracia. La era de Frunze abrió el período del paso acelerado al sistema de milicias, a toda luz desproporcionado con las condiciones de la URSS, a tal punto que en 1935, el Ejército Rojo tenía aproximadamente 500.000 efectivos, de los cuales el 74% pertenecía a las divisiones territoriales y solamente el 26% a las unidades acuarteladas. La burocracia stalinista se jactaba de este “completo triunfo del sistema de milicias” hasta que en 1935, en uno de sus característicos giros pragmáticos reestableció la importancia del ejér­cito acuartelado. Ironizando sobre esta política Trotsky escribía: “Todos estos cálculos, bastantes precarios en sí mismos, se bambolearon con la llega­da de Hitler al poder; Alemania se armó febrilmente, contra la URSS ante todo. La perspectiva de cohabitar pacíficamente con el capitalismo se borró al momento. La amenaza de guerra, cada vez más precisa, obligó al Gobierno soviético a modificar radicalmente la estructura del Ejército Rojo, aumen­tando sus efectivos a 1.300.000 hombres. En la actualidad, el ejército com­prende un 77% de las divisiones llamadas de cuadro y un 23% de divisiones territoriales. Esta eliminación de las formaciones territoriales se parece mucho al abandono del sistema de milicias”120. En este nuevo zig-zag podía pal-parse también cómo la burocracia utilizó la reorganización del ejército regular políticamente: por definición, las milicias territoriales se encuen­tran directamente relacionadas con la población. Esto, que es una venta­ja desde el punto de vista del socialismo, constituía para la burocracia un peligro, especialmente teniendo en cuenta que existía agitación en las filas del Ejército Rojo (en los países capitalistas avanzados donde el sistema de las milicias sería perfectamente realizable, es rechazado justamente porque acerca el ejército al pueblo). La reducción de las milicias territoriales y la reintroducción de los gra­dos en el ejército, ambas medidas tomadas en 1935, fueron caracterizados por Trotsky como una “especie de golpe de Estado doble”. El decreto que, en septiembre de 1935 restableció el cuerpo de oficiales “en todo su esplen­dor burgués” fue para los principios enarbolados por el bolchevismo un golpe muy duro y evidenció que la senda de la elegibilidad de los mandos no iba a ser tomada. El gobierno estableció que el Ejército Rojo tendría una jerarquía de oficiales, comenzando por teniente para acabar en mariscal y como explicación de semejante vuelta atrás en la historia Tujachevsky dijo que “el restablecimiento de los grados creaba una base más estable a los cua­dros del ejército, tanto técnicos como de mando”. Por el contrario, los líde­res revolucionarios habían dicho que: “El aumento del espíritu del cuerpo de las unidades y la formación del espíritu crítico de los soldados respecto a sí mis-mos y a sus jefes, crearán las condiciones favorables para la aplicación cada vez más amplia del principio de elegibilidad de los jefes”. Quince años después de esta moción, los dirigentes soviéticos tomaron el camino opuesto. En La revolución traicionada Trotsky planteó que: “El interés de la defensa no exige el restablecimiento de una casta de oficiales. Lo que importa prácticamente es el puesto de mando y no el grado… El derecho a un puesto de mando está ase­gurado por los conocimientos, el talento, el carácter, la experiencia; factores que exigen una apreciación incesante e individual. El grado de mayor no agrega nada al comandante de un batallón. Las estrellas de los mariscales no confieren a los cinco jefes superiores del Ejército Rojo ni nuevos talentos, ni mayor auto­ridad.” En realidad, la reforma implementada en 1935 perseguía un obje­tivo político que consistía en dotar al cuerpo de oficiales de una entidad con peso social propio y, a su vez, profundizar la diferenciación aumentan­do la importancia y subordinación de los cuadros en el ejército. Por tal motivo, además de la reintroducción de los grados, se dio un salto notable en el mejoramiento de las condiciones de vida de la oficialidad, constru­yendo precipitadamente habitaciones especiales para ella, aumentando sus salarios y desarrollando, así, una tendencia opuesta a los días de la guerra civil en los que Trotsky llamaba a una mayor igualdad entre todas las cate­gorías del Ejército Rojo y a directivas partidarias como las de febrero de 1921 que ordenaban a los comisarios políticos que vivieran como sus hom­bres en los cuarteles, que compartieran su vida y que mantuvieran el prin­cipio de igualdad entre oficiales y soldados. “El restablecimiento de la casta de oficiales, dieciocho años después de su supresión revolucionaria, atestigua con igual fuerza el abismo que se ha abierto entre los dirigentes y los dirigidos, y que el ejército ha perdido las cualidades esenciales que le permitían llamarse Ejército Rojo, así como el cinismo de la burocracia que hace ley de las conse­cuencias de esta desmoralización. La prensa burguesa ha comprendido esta reforma, como era natural. Le Temps escribía, el 25 de septiembre de 1935: 'Esta transformación exterior es uno de los indicios de la profunda transforma­ción que se realiza actualmente en toda la URSS. El régimen definitivamente consolidado se establece poco a poco. Los hábitos, las costumbres revolucionarias ceden su lugar, en la familia soviética y en la sociedad, a los sentimientos y a las costumbres que siguen dominando en los países llamados capitalistas. Los soviets se aburguesan'. Casi no tenemos nada que añadir a esta apreciación”121. Como señalaba Trotsky en “Stalinismo y bolchevismo”, “el stalinismo ha 'surgido' del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación thermidoriana”. Fue a través de una contrarrevolución política que fue escalando, en sus formas, de acusaciones, desplazamientos, nombramientos arbitrarios, etc., a la persecución física y aniquilación no sólo de los opositores sino de todo aquello que pudiera mantener latente, en alguna medida, la historia de los revolucionarios días de Octubre. Por lo mismo, la burocracia stalinista no podía dejar intacto al Ejército Rojo que había sido, bajo la dirección de Trotsky, el brazo armado de la revolución internacional, sino que debía transformarlo por completo y convertirlo en instrumento de defensa de los privilegios burocráticos, sobre todo teniendo en cuenta el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. Esta tarea sólo pudo ser completada median-te las purgas en el ejército que sucedieron a las de los soviets y el partido. La mayor parte de la “vieja guardia”, es decir, los bolcheviques que actua­ron en el período previo y durante la Revolución de Octubre había sido exterminada. El stalinismo comenzó a apuntar luego decididamente a la generación siguiente, a la que surgió durante la guerra civil y que, en gran parte, ayudó a Stalin a liquidar a la “vieja guardia”. El relevo del “mariscal” Tujachevsky de su puesto de vicecomisario de Defensa, en mayo de 1937, y de los comandantes de los distritos militares y los generales más destaca­dos, fueron medidas que presagiaban la andanada de la contrarrevolución burocrática. Trotsky explicó de la siguiente manera el motivo de esta polí­tica: “Los generales se apresuraron a defender al Ejército Rojo de las intrigas desmoralizadoras de la GPU. Defendieron a los mejores oficiales de las acusa­ciones falsas. Se resistieron al establecimiento de la dictadura de la GPU sobre el Ejército Rojo bajo la apariencia de 'soviets militares' y 'comisarios'. Los gene­rales lucharon por los intereses de la seguridad de la Unión Soviética contra los intereses de la seguridad de Stalin. Esa es la razón por la cual murieron. Así, desde las contradicciones vacías y el montón de mentiras del nuevo juicio, la sombra del mariscal Tujachevsky se levanta con un atronador llamamiento a la opinión pública mundial”122. Entre 1937 y 1938 las purgas decapitaron al Ejército Rojo. Entre 20 y 35.000 oficiales, el 90% de los generales y el 80% de los coroneles fueron asesinados123.

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A lo largo de este trabajo el lector podrá comprobar que León Trotsky fue el indiscutido jefe militar de la Revolución Rusa y podrá surgir, quizás, una pregunta que fue reclamada una y otra vez en la historia: por qué no utilizó su prestigio y enorme influencia en el Ejército Rojo para dar un golpe de Estado y quitar a Stalin del poder. Trotsky respondió a esta cues­tión con la misma lógica que, desde el comienzo de Octubre, ligaba intrín­secamente las cuestiones militares a las circunstancias históricas de la revo­lución: “Es indudable que hubiera sido posible dar un golpe de Estado militar contra la fracción de Zinoviev, Kamenev, Stalin y compañía sin la menor difi­cultad, sin siquiera derramar sangre; pero eso sólo hubiera servido para acele­rar el ritmo de la burocratización y el bonapartismo contra los cuales luchaba la Oposición de Izquierda. Por su esencia, la tarea de los bolcheviques leninis­tas no era la de apoyarse en la burocracia militar contra la burocracia partida­ria, sino la de apoyarse en la vanguardia proletaria y por su intermedio en las masas populares, para dominar a la burocracia en su conjunto, purgarla de ele­mentos extraños, someterla a la vigilancia y control de los obreros y reencauzar su política por la senda del internacionalismo revolucionario...124” León Trotsky nos ha legado las lecciones fundamentales de cómo el pro­letariado puede armarse, organizarse para tomar el poder, triunfar y defen­der sus conquistas frente a grandes enemigos externos e internos, incluso en un país extensísimo y relativamente atrasado y sin contar con ninguna ayuda externa, excepto la solidaridad activa de otros trabajadores del mundo. Pero este no ha sido su único legado. Junto a su lucha por mante­ner esta tradición y luego de su destierro y exilio forzoso de la URSS, Trotsky aplicó estas lecciones revolucionarias en el terreno militar frente a los fenómenos centrales de revolución y contrarrevolución que se susci­taron en el mundo en la década del '30, aportando nuevas enseñanzas a partir de las combinaciones particulares e innovaciones de la época. La política militar proletaria para combatir al fascismo, para que triunfara la revolución socialista española o para transformar a la Segunda Guerra Mundial en revolución socialista fue siempre parte integral de la política y, en la medida de lo posible, de la práctica de los revolucionarios. Estas lecciones forman parte del Programa de Transición y otros documentos fundamentales de la época de Trotsky y la IV Internacional.


1. Esta oposición se expresaría abiertamente hacia el final de la guerra. En enero de 1918 cuan-do los bolcheviques entablaban las negociaciones con Alemania, Europa central fue sacudida por una oleada de huelgas políticas y manifestaciones antibelicistas que se iniciaron en Viena, luego en Budapest y en los territorios checos hasta Alemania, culminando en una revuelta de la marinería aus­trohúngara en el Adriático. En los países derrotados las cuatro monarquías de Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía habían sido derrocadas y sus ejércitos desintegrados. Los disturbios sociales se dieron también en los países vencedores. 
2. Dirigentes sindicales por sector de las fábricas.
3. Wollemberg señala que un informe del general Dujonin ubicaba, en septiembre de 1917, en 2.000.000 de hombres a los desertores del ejército burgués, la lista de bajas en 1.800.000, unos 5.000.000 de heridos y 2.000.000 de prisioneros, y las fuerzas efectivas en aproximadamente 10.000.000. 
4. Ejemplo de ésto fue el fracaso de la ofensiva del 18 de junio de 1917 cuando por orden del mandosupremo el XI y el VII Ejército del frente sudoeste iniciaron el ataque a las posiciones enemigas, sumán­dose el 23 de junio el VIII Ejército, comandado por el general Kornilov. Pese a una preparación intensa, y a la presencia del mismo Kerensky en el frente, los ejércitos ya no eran capaces de un impulso prolon­gado. El 15 de julio el frente sudoeste había retrocedido sin resistencia hasta la antigua frontera rusa. 
5. En este sentido los Congresos marxistas internacionales, en particular el de Stuttgart (1907),iniciaron una serie de debates en la Segunda Internacional. Se plantearon posiciones que iban desde la “defensa de la patria” hasta la “huelga militar” y la “insurrección”. Estos debates sirvieron de base a la resolución del Congreso Internacional realizado en Basilea (1912) que advertía a los pueblos sobre la amenaza de una guerra mundial y denunciaba su carácter imperialista, llamando a los obreros de todos los países a “oponer al imperialismo capitalista la fuerza de la solidaridad internacional del pro­letariado”. Sin embargo, una vez comenzada la guerra, la mayoría de los dirigentes de la Segunda Internacional adoptaron la posición de la “defensa de la patria”, dando lugar a la formación de un ala izquierda dirigida por Lenin en 1915, que se oponía a este curso reformista. En la actualidad el militarismo creciente y las tendencias guerreristas del imperialismo otorgan a la política revoluciona­ria frente al problema de las guerras, la profesionalización de los ejércitos nacionales y el armamento en general, una importancia crucial. El marxismo ha sentado las bases para desarrollar el pensamien­to táctico y estratégico en este aspecto a través de su teoría y de la experiencia de más de un siglo, donde se ha agudizado profundamente la interdependencia de las esferas política y militar. 
6. Wollemberg, Erich, El Ejército Rojo, Ediciones Antídoto, Bs. As., p. 17.

7. Idem, p. 19.

8. Idem, p. 21.

9. Kamenev, Lev (1883-1936). Antiguo bolchevique. Fue director de Pravda y de la fracción bol­chevique de la Duma en 1914. Su vida política después de la Revolución de Octubre de 1917 siguió el mismo curso que la de Zinoviev. 

10. Zinoviev, Grigori (1883-1936). Ingresó al Partido Bolchevique en 1903. Durante la Revolución de 1905 actuó en Petrogrado y luego emigró al exterior. Desde 1907 fue miembro del Comité Central del partido. Fue redactor y miembro del Comité de redacción de varios periódicos bolcheviques y estrecho colaborador de Lenin. Después de la Revolución de Febrero de 1917 retor­nó a Rusia y se transformó en el principal agitador del partido. En octubre de 1917 junto a Kamenev se opuso a la toma del poder a través de su conocida carta “Sobre el momento presente”, aunque los acontecimientos lo convencieron de la política llevada por Lenin y después de la insurrección victoriosa se transformó en presidente del Soviet de Petrogrado. Fue presidente de la III Internacional en vida de Lenin y, después de su muerte, formó parte de la “troika” junto a Kamenev y Stalin desde donde participó en la campaña contra Trotsky y la Oposición de Izquierda. Sin embargo en 1926 rompió con Stalin y formó un frente común con la Oposición que duró hasta 1928, año en el que capituló ante Stalin y fue readmitido en el partido. Sus relaciones con el stalinismo se mantuvieron tensas y Zinoviev fue ejecutado después del primer Proceso de Moscú, en 1936. 
11. Uritsky, Moisei (1873-1918). Militante socialdemócrata desde 1890, deportado entre 1897 y 1902 a Siberia, entró allí en contacto con Trotsky haciéndose muy amigo suyo. Fue Presidente del Soviet de Krasnoiarsk durante la Revolución de 1905, colaborador de Trotsky en la Pravda vienesa. Ingresó al bolchevismo en julio de 1917 y fue elegido miembro del Comité Militar Revolucionario en agosto y miembro suplente del Comité Central en 1918. En el mismo año fue nombrado jefe de la Cheka en Petrogrado. El mismo día en que los socialrevolucionarios atentaron sin éxito contra la vida de Lenin, el 30 de agosto de 1918, fue asesinado por un joven socialrevolucionario.
12. Trotsky, León, “Lecciones de Octubre”, en La teoría de la revolución permanente, Ediciones CEIP, segunda edición, Buenos Aires, 2005, p. 199. 13. Trotsky, León, Historia de la Revolución Rusa, Vol. 2, en Obras de León Trotsky, Juan Pablos Editor, México, 1972, Tomo VII, p. 571.

13. Trotsky, León, Historia de la Revolución Rusa, Vol. 2, en Obras de León Trotsky, Juan Pablos Editor, México, 1972, Tomo VII, p. 571.

14. Lenin envió una carta a Smilga, presidente del Comité Regional del Ejército, la Armada y losobreros de Finlandia, el día 27 de septiembre (10 de octubre) de 1917, con las instrucciones precisas para preparar la insurrección, debido a que dicho dirigente bolchevique estaba convencido de su posición.
15. “Tras la derrota de julio, las masas se hicieron más prudentes. Tanto o más que antes anhela-ban la insurrección, pero temían un nuevo fracaso. Para las masas no era suficiente una nueva orienta­ción política, también precisaban rehacerse psicológicamente. Durante ocho meses las masas habían vivido una intensísima vida política. No sólo provocaban acontecimientos sino que aprendían a com­prender sus conexiones. El parlamentarismo soviético se convirtió en el mecanismo cotidiano de la vida política del pueblo. No era posible convocar a las masas a la lucha en nombre del soviet sin haber plan­teado la cuestión categóricamente ante dicho organismo, es decir, sin haber convertido la insurrección en objeto de debates abiertos, con la participación incluso de representantes del campo enemigo” (León Trotsky, op. cit., p. 680).
16. Kerensky, como presidente del Gobierno Provisional días antes había anunciado la orden de enjui-ciar al Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, iniciar una nueva búsqueda de Lenin, arres­tar a Trotsky y demás dirigentes bolcheviques, y ejecutar medidas contra los marinos de Kronstadt. 
17. Nelson, Harold Walter, León Trotsky and the art of insurrection, 1905-1917. (León Trotsky y el arte de la insurrección, 1905-1917), Ed. Frank Cass, Londres, 1988, p. 128.
18. Idem, p. 120.
19. Planteó sus posibilidades y límites al analizar la experiencia de la Comuna de París de 1871:la táctica legalista de convocar a elecciones regionales como forma de hacer concretas las aspiraciones de autogobierno y autonomía frente al poder central, podía adoptarse para legitimarse frente a las masas pero se transformó en un obstáculo para el desarrollo de la revolución ya que fue considerada suficiente para impedir el avance de Thiers sobre París, contra el nuevo gobierno legítimamente cons­tituido, y significó el ahogo reformista de la revolución.
20. Trotsky, León, “Lecciones de Octubre, op. cit.
21. Lenin, Obras Completas, Ed. Cartago, Buenos Aires, 1970, Vol. XXVI, p. 236.
22. El SR (Socialismo Revolucionario) o eseristas se escindió frente a la toma del poder enOctubre. El ala izquierda apoyó finalmente al poder soviético entrando a un gobierno de coalición con los bolcheviques. En enero-febrero de 1918 se pronunciaron contra la conclusión del Tratado de Paz de Brest y abandonaron el gobierno reclamando la “guerra revolucionaria” sin negociaciones y sin compromisos.
23. Lenin, “Acerca del infantilismo ‘izquierdista’ y del espíritu pequeño burgués”, Obras Escogidas, Tomo VIII, Ed. Progreso, 1977, p. 145.
24. Carr, E. H., Historia de la Rusia Soviética. La revolución bolchevique, 1917-1923, tomo 3, Ed. Alianza Universidad, Madrid, 1985, p. 71.
25. “Las negociaciones de paz comenzaron el 22 de diciembre (antiguo calendario), mes y mediodespués de haberse aprobado el decreto expedido para que se propusieran al enemigo. Este hecho basta para destruir la calumnia sustentada por la prensa socialista de alquiler, traidora a nuestra causa. Esta prensa dijo, en efecto, que no dimos ningún paso para buscar un terreno de entendimiento con nuestros aliados. Durante mes y medio no cesamos de tenerlos al corriente de todo cuanto hacíamos y renovábamos nuestras invitaciones para que se nos unieran. Sobre este punto, nada podrán repro­charnos los pueblos de Francia, Italia y la Gran Bretaña. Nuestra conciencia está tranquila. Hicimos cuanto nos fue dado para persuadir a las naciones beligerantes y si éstas no se unieron a nosotros, si hubo negociaciones de paz separadas, la responsabilidad no es nuestra sino de los imperialistas del Oeste y de aquellas agrupaciones políticas rusas que predecían el próximo fin del Gobierno de los obreros y campesinos y que instaban a los Aliados para que no diesen importancia a nuestra iniciati­va de paz” (Discurso de León Trotsky ante el Comité Ejecutivo Central el 27 de febrero de 1918).
26. Los “comunistas de izquierda”, entre los cuales estaba Bujarin, Bubnov, Uritsky, Piatakov yVladimir Smirnov, se oponían en forma abierta a toda la línea de Lenin, en razón de la “guerra revo­lucionaria”. A propuesta de Trotsky, se les dieron libertades para constituir una oposición pública.
27. Stalin y Zinoviev le prestaron su decidido apoyo en los debates del Comité Central; Stalin decla-ró que “no hay movimiento revolucionario en el Oeste, no hay hechos, solamente una potencialidad”, y Zinoviev argumentó que, aunque “al hacer la paz fortaleceremos el chovinismo en Alemania y debili­taremos por cierto tiempo el movimiento en todo Occidente”, eso era mejor por lo menos que “la ruina de la República socialista”. Lenin rechazó el apoyo que le viniese basado en cualquiera de estos dos argu­mentos. Existía “un movimiento de masas de Occidente”, aunque la revolución no había comenzado aún, y si los bolcheviques cambiaban su táctica contando con ella “traicionarían al socialismo interna­cional”. Por otro lado, si Zinoviev tenía razón y si el “movimiento germánico es capaz de desarrollarse inmediatamente en el caso de una ruptura de las negociaciones de paz, habremos de sacrificarnos, pues­to que la revolución alemana será mucho más poderosa que la nuestra”. (Carr, E. H., op. cit., p. 66).
28. El Tratado de Brest-Litovsk se anuló con la derrota de Alemania en noviembre.Posteriormente, aunque se devolvieron algunos territorios a Rusia, dentro de los que se destacaba Ucrania, no se llegaron a restablecer las fronteras anteriores a su firma. El artículo 433 del Tratado de Versalles firmado el 29 de junio de 1919, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, establecía que: “En garantía de la ejecución de las disposiciones del presente Tratado, por las cuales reconoce Alemania definitivamente la derogación del Tratado de Brest-Litovsk y de todos los tratados, conve­nios y arreglos concertados por ella con el gobierno maximalista de Rusia y a fin de asegurar el resta­blecimiento de la paz y de un buen gobierno de las provincias bálticas y en Lituania, todas las tropas alemanas que se encuentran actualmente en dichos territorios regresarán al interior de las fronteras de Alemania, en cuanto los gobiernos de las principales potencias aliadas y asociadas estimen llegado el momento, teniendo en cuenta la situación interior de dichos territorios (...).” 
29. La condena al acto terrorista no tenía ningún halo de pacifismo. Lo que los bolcheviques y elCongreso de los soviets condenaron fue el intento de provocar la guerra ruso-alemana contraria a la política aprobada.
30. Es muy importante la consideración que Trotsky hace al respecto del comportamiento antide-mocrático de los SR de izquierda en el artículo “La sublevación” p. 177 de este libro. “Así, para provocar la guerra, este grupo no tiene en cuenta la opinión del Congreso panruso de los soviets, expre­sado en vuestra votación del 4 de julio”. “Yo preguntaba al partido de los SR de izquierda, en la pri­mera resolución que presenté, si se consideraban ligados por la disciplina con los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos y con el congreso de los soviets. Yo había dicho, no sólo en mi nom­bre, sino en el del Partido Comunista, que nosotros nos sometíamos al voto del Congreso panruso, fuera cual fuera, en la cuestión internacional -la cuestión de la guerra o la paz- como en cualquier otra”.
31. Carr, E. H., op. cit., p. 68, resaltados nuestros. 
32. Como señaló Trotsky refiriéndose a Brest: “Un Estado obrero aislado no puede dejar de manio-brar entre los campos imperialistas hostiles. Maniobrar significa apoyar temporalmente a uno de ellos contra el otro. Saber exactamente cuál de los dos campos es más ventajoso o menos peligroso apoyar en determinado momento, no es una cuestión de principios sino de cálculos y propósitos prácticos. La inevi­table desventaja que se engendra como consecuencia de este apoyo limitado a un Estado burgués contra otro está más que compensada por el hecho de que de este modo el Estado obrero tiene la posibilidad de continuar existiendo.” (León Trotsky, En defensa del marxismo, El Yunque, Buenos Aires, 1975). 
33. Trotksy, León, “El camino del Ejército Rojo”, p. 102 de este libro. 
34. Hacia mayo el ejército de voluntarios sumaba aproximadamente 300.000 hombres. 
35. Sobre estos aspectos echa luz el artículo “El Ejército Rojo” en la p. 113 de este libro. 
36. Trotsksy, León, “Sobre los frentes”, p. 247 de este libro.
37. “Históricamente las fuerzas morales se manifestaron en la modernidad como el elemento cen-tral de la potencia militar tanto del ejército francés, compuesto por soldados que eran ciudadanos con derechos políticos, como por los milicianos españoles que defendían su independencia amenazada por la invasión napoleónica. Clausewitz fue testigo lúcido de estos procesos y, como teórico, concluyó diciendo que fuerzas morales y fuerzas físicas están íntimamente ligadas en la guerra y se potencian o se suplen mutuamente” (José Fernández Vega, Carl von Clausewitz. Guerra, política, filosofía, Ed. Almagesto, Buenos Aires, 1993, p. 87).
38. Trotsky, León, “Sobre los frentes”, p. 247 de este libro.
39. “En toda guerra, la victoria depende en último término del estado de ánimo de las masas quederraman su sangre en el campo de batalla. La convicción de que se lucha en una guerra justa, la con­ciencia de la necesidad de sacrificar la vida en bien de sus hermanos, eleva el espíritu de los soldados y les permite soportar penalidades increíbles. Los generales zaristas dicen que nuestros soldados rojos soportan tales penalidades como jamás las hubiese soportado el ejército del régimen zarista. Esto se explica porque cada obrero y campesino enrolado sabe por qué combate, y concientemente derrama su sangre en aras del triunfo de la justicia y el socialismo. El hecho de que las masas tengan concien­cia de las finalidades y las causas de la guerra tiene una enorme importancia y garantiza la victoria.” (Lenin, Discurso en la Conferencia ampliada de obreros y soldados del Ejército Rojo en el barrio Rogozhski-Simonovski, 13 de mayo de 1920, Informe de Prensa, publicado en Obras Militares Escogidas de Lenin, op. cit., p. 722). 
40. La corroboración de la política del año 1918 se realizó en el VIII Congreso del PartidoComunista ruso en marzo de 1919, donde, entre otras resoluciones, se aprobaron las Tesis presenta­das por Trotsky (que estaba en el frente) a través de Sokolnikov. El artículo “Nuestra política en la creación del ejército” en la p. 160 de este libro es la reproducción de las mismas. 
41. El general Kaledin fue uno de los primeros en concentrar unidades blancas junto a Alekseievy Kornilov y en enfrentarse con los destacamentos de las Guardias Rojas. 
42. Trotsky, León, Escritos Militares. Cómo se armó la revolución. Materiales y documentos para la historia del Ejército Rojo, ed. Ruedo Ibérico, Francia, 1976, Tomo 1, p. 20. 
43. Trotsky, León, “El Ejército Rojo”, p. 113 de este libro. 
44. Idem, p. 315. 
45. Como veremos más adelante, en Ucrania hubo un enfrentamiento directo, sólo interrumpidopor un breve período de alianza, con la guerrilla dirigida por el anarquista Majno. En la base de dicho enfrentamiento estaba, no una crítica metodológica, sino una profunda crítica política y estratégica.
46. Trotsky, León, “El camino del Ejército Rojo”, p. 102 de este libro. 
47. Trotsky, León, “Nuestra política en la creación del ejército”, p. 160 de este libro, resaltadosnuestros. Christian Rakovsky decía: “El Ejército Rojo es el único ejército donde el soldado no deja de ser ciudadano, pues el Estado soviético es el único Estado en el cual la oposición entre las tareas del ejército y los intereses de toda la masa trabajadora se ha abolido. Mientras que, en el Ejército Rojo, la disciplina descansa en el hecho de que el soldado toma cada vez más conciencia de sus derechos, la disciplina de los ejércitos capitalistas burgueses está basada en la obediencia ciega a las órdenes de los jefes. El ejército capitalista burgués sólo es fuerte mientras que el obrero y el campesino que allí entre siga la consigna: ‘cerrar la boca’. Por el contrario, en el Ejército Rojo, más el obrero y el campesino rechaza ‘cerrar la boca’ en relación con sus intereses y más comprenderá con claridad la necesidad de ser un soldado honesto y serio del Ejército Rojo”. (Christian Rakovsky, “La organización comunista del Ejército Rojo”, discurso del 8 de octubre de 1920 en el palacio Uritsky, Petrogrado).
48. Sin excluir consideraciones de carácter cultural y técnico que el sistema de milicias requierepara su implementación, cuestiones que Trotsky desarrolla en los artículos de esta compilación.
49. Deutscher, Isaac, Trotsky, el profeta armado, Ed. Era, México, 1966, p. 377. 
50. La posición de muchos antiguos oficiales luego de la firma de la paz de Brest-Litovsk fue tra-bajar en las fuerzas de cobertura del frente occidental, considerando un deber ayudar a la República en la resistencia a los alemanes, pero negándose a participar en la guerra civil en el Sur y en el Norte.
51. El 11 de julio de 1918 el V Congreso panruso de los soviets, sobre la base del informe de Trotskyresolvió: “Todo especialista militar que trabaje honestamente y a conciencia en el desarrollo y fortaleci­miento de la potencia militar de la República soviética, tiene derecho al respeto del Ejército obrero cam­pesino y al apoyo del poder soviético. El especialista militar que intente utilizar pérfidamente su puesto de responsabilidad para un complot contrarrevolucionario a favor del imperialismo extranjero debe ser castigado con la muerte”. (León Trotsky, Escritos Militares. Cómo se armó la revolución. Materiales y docu­mentos para la historia del Ejército Rojo, op. cit., Tomo 1, p. 147). 
52. La figura del Comisario Militar fue tomada de la Revolución Francesa. En Rusia, la organi-zación de esta institución fue el Buró de Comisarios Militares de toda Rusia, luego Sección Política del Consejo Militar Revolucionario en abril de 1919 que recibió el nombre de Administración Política del Ejército Rojo o PUR en mayo de 1919.
53. Trotsky, León, “Los especialistas militares y el Ejército Rojo”, p. 144 de este libro.

54. El principio de elección en el Ejército Rojo fue casi enteramente abolido por la disposición“Sobre las normas de nombramiento para los cargos en el Ejército Rojo obrero y campesino”. El decreto fue ratificado

por el Comité Central ejecutivo el 22 de abril de 1918, pero las reglas de la dis­posición fueron promulgadas por el Comisariado de asuntos militares un poco antes.

55. Trotsky, León, “El Ejército Rojo”, p. 113 de este libro. En el año 1918, tres cuartas partes delpersonal de mando y administración del Ejército Rojo eran oficiales del antiguo régimen. Hacia el fin de la guerra civil los oficiales zaristas constituían sólo un tercio y el resto fueron promovidos de las filas del ejército.

55. Trotsky, León, “El Ejército Rojo”, p. 113 de este libro. En el año 1918, tres cuartas partes delpersonal de mando y administración del Ejército Rojo eran oficiales del antiguo régimen. Hacia el fin de la guerra civil los oficiales zaristas constituían sólo un tercio y el resto fueron promovidos de las filas del ejército.

56. Trotsky, León, “¿De manera científica o de cualquier modo?”, p. 154 de este libro.

57. El 20 de julio de 1918 el Consejo de comisarios del pueblo aprobó un decreto que disponíael Estatuto de las milicias de retaguardia (sin armas), por el cual todos los ciudadanos no incluidos en los llamamientos a filas de sus clases de edad debían cumplir un año en las milicias de retaguardia dedicadas a obras, construcción de caminos, depósitos, talleres, almacenamiento de combustible y víveres, trabajos de carga, etc. Debían registrarse todos los ciudadanos sometidos al llamamiento, entre los 18 y los 45 años de edad según las siguientes categorías: 1) los que vivían de rentas no pro­venientes de su trabajo; 2) los que utilizaban trabajo asalariado para obtener algún beneficio; 3) los miembros de los consejos de administración de las sociedades por acciones, de las empresas indus­triales, comerciales y agrícolas; 4) los antiguos abogados y sus ayudantes, habilitados privados, nota-rios, agentes de cambio, intermediarios, colaboradores de la prensa burguesa; 5) monjes y servidores de las iglesias y cultos religiosos (de todas las confesiones); 6) las personas de las llamadas profesiones liberales si no cumplen funciones de utilidad pública; 7) antiguos oficiales, funcionarios, alumnos de las escuelas de junkers, cuerpos de cadetes y personas sin ocupación definida.
58. Trotsky, León, “Sobre los frentes”, p. 247 de este libro.
59. Lenin, Obras Completas, Tomo XXXIV, op. cit., p. 228.
60. El 29 de mayo de 1918 entra en vigor la primera disposición del Comité Central ejecutivosobre el reclutamiento obligatorio. Su aplicación comenzó en las regiones más amenazadas y en los centros fundamentales del movimiento obrero: regiones del Don y del Kubán, Moscú, Petrogrado. El primer decreto abriendo la inscripción en el servicio militar fue el del 12 de junio, para los obreros y campesinos nacidos entre 1893 y 1897, en las regiones del Volga, el Ural y Siberia occidental. El día 17 se abrió la inscripción para los obreros de Moscú nacidos en 1896 y 1897. El día 29 se convocó a los obreros de Petrogrado nacidos entre 1896 y 1897.
61. Trotsky, León, “La situación militar”, p. 232 de este libro.
62. Después del desembarco en la costa de Mursmak y en Arcángel, los Aliados organizaron variasinsurrecciones en ciudades del Volga superior para ligar el frente norte con el checoslovaco. 

 

63. “Acampando aquí, en las cercanías de Kazán, podía uno estudiar, en una superficie relativa-mente pequeña los diversos factores que componen la sociedad humana y sacar argumentos contra ese cobarde fatalismo histórico que en todas las cuestiones concretas y privadas de la vida se atrinchera pasivamente tras el imperio de las leyes que rigen las cosas, pero olvidando que el resorte más impor­tante de estas leyes es el hombre viviente y activo. En aquellos días, la revolución estuvo al borde de la ruina... Y, sin embargo, la revolución se salvó. ¿Qué hizo falta para ello? Poco: que las capas más avanzadas de las masas se diesen cuenta de la gravedad de la situación. La primera condición de que dependía todo el éxito era no ocultar nada, no ocultar, sobre todo, la propia debilidad; no andar con astucias ni engaños, llamar a las cosas abiertamente por su nombre. La revolución era todavía bastan­te candorosa. El triunfo de octubre había sido conseguido fácilmente. Además, la revolución no había acabado, ni mucho menos, de un manotazo con los males que la habían hecho surgir. El impulso ele­mental de avance se había paralizado. El fuerte del enemigo estaba en la organización militar, que era precisamente lo que a nosotros nos faltaba. Fue en Kazán donde aprendimos este arte revoluciona­rio.” (León Trotsky, Mi vida, Ed. Pluma, Bogotá, 1979, p. 304.)
64. Trotsky, León, “Sobre los frentes, p. 247 de este libro.
65. Idem
66. Oficialmente se estableció esta fecha como el fin de la guerra civil, aunque posteriormentehubo enfrentamientos al interior de Rusia. Estos, sin contar ya prácticamente con la ayuda extranje­ra, fueron muy efímeros y fáciles de derrotar. En conjunto, luego de la derrota de Wrangel las poten­cias imperialistas perdieron toda esperanza de triunfar por medio de la intervención armada y cam­biaron su orientación, discutiendo nuevos métodos para recuperar a Rusia. Los más avanzados en este camino eran Gran Bretaña y Estados Unidos que se inclinaban por reanudar relaciones comerciales, mientras que en Francia había todavía una sólida ala “guerrerista” que, junto a los emigrados blancos, se dedicó a preparar el levantamiento de Kronstadt. El cambio de orientación no se debió sólo a la derrota militar del último intento con Wrangel, sino también a la necesidad de la burguesía imperia­lista de recuperación económica tras el desangre de la guerra imperialista y al miedo al enfrentamien­to con sus propios proletariados para quienes la Revolución Rusa podía ser un ejemplo a seguir. 
67. Rada ucraniana: en el Congreso nacional panucraniano, de abril de 1917, fue elegida la Rada central, menchevique-socialrevolucionaria, con Simon Petliura a su cabeza. La Rada llegó a un acuer­do con el gobierno provisional sobre la autonomía de Ucrania y comenzó a formar unidades militares nacionales. Después de la Revolución de Octubre, la Rada proclamó la independencia de Ucrania, ucranizó los frentes sudoeste y rumano y realizó una política contra el poder soviético. Se negó a dejar pasar convoyes soviéticos hacia el Don, pero no obstaculizó la concentración de cosacos y tropas de choque contra la Rusia soviética. A comienzos de enero de 1918, el gobierno soviético se vio obligado a liquidar este centro contrarrevolucionario por la fuerza militar. El comandante en jefe, Antonov-Ovseenko, hizo avanzar sus unidades sobre Kiev. Durante este avance los obreros iniciaron la insurrec­ción y el 26 de enero Kiev cayó en manos de los soviets. Al verse sin apoyo dentro del país, Petliura realizó un pacto con los alemanes por el cual ellos reconocían la independencia de la Rada y ésta se comprometía a abastecerlos con productos y a limpiar Ucrania de destacamentos rojos. Bajo la presión de las tropas alemanas los destacamentos de la Guardia Roja se retiraron del territorio ucraniano.

 

68. Así se le llamaba al bando imperialista dirigido por Alemania en la Primera Guerra Mundial,bloque constituido por Alemania y Austria-Hungría, al que más tarde se unieron Turquía y Bulgaria. El otro bando imperialista era el de los países Aliados, conformado por Gran Bretaña, Francia, Rusia, Serbia, a los que más tarde se unieron Grecia, Bélgica, Italia, Rumania, Portugal, Estados Unidos y Japón. 
69. Petliura era el dirigente militar y político del movimiento blanco de independencia ucrania­no. Atamán era el jefe militar entre los antiguos regimientos cosacos. 
70. Rakovsky, Christian (1873-1941). Ingresó al Partido Bolchevique en 1917. Fue el dirigente de la Ucrania soviética y Jefe de la Administración Política del Ejército Rojo y uno de los creadores del cuer­po de los Comisarios políticos. Miembro de la Oposición de Izquierda desde sus inicios, capituló en 1934 y Stalin lo hizo ejecutar luego de la invasión alemana contra la URSS. 71. Denikin, A. I. (1872-1947). General zarista que encabezó las fuerzas de la contrarrevolución Blanca en el sur de Rusia después de 1917. Emigró al ser derrotado por las tropas soviéticas en marzo de 1920.
72. En el caso de Siberia se manifestó, además, su alto grado de politización debido a que tradi-cionalmente eran deportados allí los militantes y dirigentes políticos revolucionarios durante el zaris­mo. El proceso de transformación de los ejércitos guerrilleros en regulares fue especialmente lento en Ucrania. Una resolución del 4 de agosto de 1919 del Buró político del Comité Central del Partido Comunista ucraniano decía: “Casi en todas partes falta una buena red de comités políticos, no existe disciplina, ni mandos instruidos, ni abastecimiento organizado, ni incluso una dirección correcta­mente organizada. La causa fundamental de ello reside en que la creación del ejército regular en Ucrania tiene que hacerse en el proceso de una guerra civil cada vez más encarnizada y en la confu­sión de un guerrillerismo aún no extinguido.”
73. Trotsky, León, Escritos Militares. Cómo se armó la revolución. Materiales y documentos para la historia del Ejército Rojo, op. cit., Tomo 2, p. 183. 
74. “No es concebible que en las condiciones de guerra civil se permita la existencia en el terri-torio de la República soviética de bandas armadas, organizadas en torno a atamanes y padrecitos que no reconocen la voluntad de la clase obrera, se apoderan de lo que les place y combaten cuando se les da la gana. Es hora de acabar con este anarcokulak, acabar de modo que a nadie le queden ganas de recomenzar.” 
75. La sublevación de Grigoriev comenzó el 7 de mayo de 1919. En enero de 1919, durante laofensiva del Ejército Rojo en Ucrania, el ex petliurista Grigoriev pasó al lado del Ejército Rojo con todos sus destacamentos y entró en acción contra Petliura. Grigoriev había capturado material mili­tar a los austroalemanes, griegos y rumanos en Jerson, Nikolaiev y Odesa. Se había pensado transfe­rir su división al sector del Donbas pero la medida no se realizó al advertirse la inclinación de Grigoriev a resolver pacíficamente la lucha con los cosacos. Habiendo recibido la orden de traslado a Bielorrusia no obedeció y el 7 de mayo se levantó contra el poder soviético. Su sublevación fue acogida con simpatía por la población de Jerson que le dio cierta ayuda. El III Ejército (con base en Odesa) al mando de Voroshilov tuvo que emplear todas sus fuerzas en la liquidación del motín de Grigoriev. La acción de Grigoriev influyó en el curso de las operaciones contra los rumanos y en la ayuda de Ucrania al frente sur, dado que hubo que dedicar fuerzas importantes al frente interior. 
76. El movimiento majnovista fue un movimiento anarcoinsurreccional entre el campesinadoucraniano. En 1918 bajo la ocupación alemana Majno llevó a cabo la lucha contra los alemanes y con­tra Skoropadsky había ganado enorme reputación entre los campesinos más acomodados. Durante la primera ofensiva en Ucrania, Majno pasó al lado del Ejército Rojo, pero muy pronto, apoyándose en los kulaks de la región de Guliai-Polié, se sublevó contra el poder soviético. Convocó para el 15 de junio un congreso de unidades militares y de campesinos para la lucha abierta contra el poder sovié­tico y el orden instaurado por el Ejército Rojo. A diferencia del levantamiento de Grigoriev por carre­rismo, Majno era una amenaza mayor contra el Ejército Rojo y el poder soviético, ya que tenía un programa anarcoinsurreccional. Las autoridades militares centrales prohibieron categóricamente el congreso y enviaron unidades militares seguras para poner orden en la zona de los majnovistas. Majno apoyó la ofensiva de Denikin pero muy rápidamente pasó a organizar la lucha guerrillera en su reta­guardia. Fue derrotado definitivamente en 1921, después de la abolición de la requisición de granos y del paso a la NEP. 
77. “Ya el enemigo mortal del trabajo y de la libertad, la Autoridad cercaba a la región y la amena-zaba por dos lados. Del Sudeste ascendían las tropas de Denikin, y del Norte descendía el ejército del Estado comunista”. (Extracto de La revolución desconocida de Volin. Ed. Campo Abierto, http://www.galeon.com/ateneosant/Ateneo/Historia/SigloXX_2/sxx-makh3.html). 
78. Contra aquellos que planteaban que la lucha guerrillera era una manifestación cultural ucra-niana, Trotsky argumentaba que era una cuestión de utilidad militar y que, por tanto, no tenía nada que ver con el resguardo a la identidad nacional. “Ucrania debe ser y será un país independiente, per­teneciente a los obreros y campesinos ucranianos. Pero los grupos individuales de insurgentes no son la personificación ni la encarnación de la voluntad de los obreros y campesinos ucranianos. El prole­tariado y el campesinado ucraniano expresan su voluntad en su propio Estado soviético, su trabajo económico y cultural creativo, y en tanto que este trabajo se desarrolla en la forma de la cultura nacio­nal ucraniana, en la lengua ucraniana, ninguno de nosotros, por supuesto, nunca tratará de obstruir el desarrollo de una Ucrania Soviética libre. Más aún, justamente debido a que el pueblo ucraniano fue un pueblo oprimido, aplastado por los rusificadores imperialistas, es y seguirá siendo por mucho tiempo sensible a cualquier menosprecio, o declaraciones que puedan ser interpretadas como ataques contra la lengua, la cultura o la escuela ucranianas. Sería contrario tanto a los principios como a las consideraciones prácticas de la política actual, ofender, directa o indirectamente, esta sensibilidad. Además, como dijo certeramente el camarada Rakovsky, es necesario, en cambio, asegurar que la len­gua ucraniana se transforme en la lengua en la cual las masas trabajadoras de Ucrania reciban educa­ción comunista. Pero esta cuestión no debe confundirse con la cuestión de la guerrilla. Camaradas ucranianos, la cuestión del movimiento guerrillero no es una cuestión de cultura o de lengua nacio­nal, es una cuestión de utilidad militar. Para nosotros no hay diferencias entre las guerrillas de Ucrania, de Siberia y de Caucasia del norte. Y si dejamos que el movimiento guerrillero ucraniano continúe con la esperanza de que de él surgirá un ejército ucraniano, destruiremos la Ucrania Soviética una vez más -y esta vez por un largo período” (León Trotsky, “Nuestro trabajo en la construcción del ejército y nuestros frentes”, p. 277 de este libro).

 

79. Trotsky, León, “¿Cómo está organizada la tropa de Majno?”, p. 311 de este libro.
80. La necesidad de utilizar destacamentos guerrilleros para el combate contra cierto tipo de fuerzas Blancas sumamente móviles, como la caballería de Mamontov, obligó a pensar en el uso de guerrillas de alta calidad como complemento de las tropas regulares del Ejército Rojo. En el artículo “¿Necesitamos guerrilleros?” Trotsky dice: “Contra la caballería de Mamontov hemos apelado a los combatientes de choque, a los guerrilleros audaces. Algunos pueden decirse perplejos: '¿Cómo es eso? ¿Las autoridades militares soviéticas han criticado constantemente la guerrilla, la han declarado fuera de uso, y ahora se ponen ellas mismas a crear guerrillas?' Semejante interpretación del problema reve­la simplemente confusión, la cual proviene de que bajo el término 'guerrilla' se entienden dos fenó­menos completamente distintos. La guerrilla ucraniana que se rebeló incapaz de defender la Ucrania soviética consistía en destacamentos formados apresuradamente, reclutados entre obreros y campesi­nos insurrectos sin instrucción militar y mal armados (…) A través de una larga lucha logramos supe­rar ese guerrillerismo informe, torpe, y organizar regimientos y divisiones regulares, instruidos y dis­ciplinados. Pero justamente ahora, cuando tenemos ya un ejército regular fuerte, podemos y debemos completarlo con destacamentos guerrilleros bien estructurados. El ejército actúa en masas compactas, barre al enemigo, conquista extensos territorios. Los destacamentos guerrilleros subordinados al mismo mando, actúan separadamente (cuando es necesario) del ejército principal, cumplen tareas especiales, asestan golpes al enemigo, penetran profundamente en su retaguardia.” (León Trotsky, Escritos Militares. Cómo se armó la revolución. Materiales y documentos para la historia del Ejército Rojo, op. cit., Tomo 2, p. 279).
81. Se confunde muchas veces guerrilla con improvisación, cuando en realidad de lo que se trataes de destacamentos cuidadosamente organizados y bien armados. 
82. Pilsudski, J. (1867-1935). Participó en la fundación del Partido Socialista polaco y en noviem­bre de 1918 se convirtió en presidente de la recientemente creada República polaca. 
83. La diplomacia soviética, como se relata en el artículo “La guerra con Polonia” (p. 351), no sehizo eco de las provocaciones a las que se vio sometida. Ejemplo de esto fue el caso del asesinato de la delegación soviética en una misión de paz bajo el auspicio de la Cruz Roja durante el gobierno de Moraczevski. Al mismo tiempo, la política diplomática soviética marcó un cambio en las relaciones internacionales burguesas. Trotsky y los bolcheviques recurrieron, como en otras oportunidades, a la diplomacia abierta y pública para que el pueblo polaco comprendiese que si comenzaba la guerra la responsabilidad era absolutamente del gobierno polaco.  
84. Frente occidental: frente abierto con Alemania desde el ingreso de la Rusia de los zares a la Primera Guerra Mundial.

 

85. Lenin era el principal partidario de avanzar hacia Varsovia. Trotsky cuenta en Mi vida cuáles fueron los términos en que planteó sus dudas: “(...) La toma de Kiev por los polacos, que carecía de todo fundamento militar nos sirvió de gran servicio pues todo el país se conmovió ante la agresión. Retomamos Kiev, los polacos retrocedían, lo que favoreció la visión de la facilidad de la victoria (...) Empezó a apuntar, y acabó por consolidarse la tendencia de convertir aquella guerra que habíamos aceptado como una guerra defensiva en una campaña ofensiva de carácter revolucionario. Claro está que, en principio, yo no tenía nada que oponer contra esos planes. La cuestión estaba en saber si dis­poníamos de las fuerzas necesarias para realizarlos. El espíritu de los obreros y campesinos polacos era una incógnita” (resaltados en el original). Las diferencias de Trotsky con Lenin sobre el avance hacia Varsovia no giraban en torno al contenido central de la orientación (si era válido o no avanzar con las armas hacia un país vecino para expandir la revolución), si bien Trotsky fue el único que votó en con­tra en el Comité Central, sino que tales diferencias giraron en relación a aspectos tácticos militares (la fuerza y organización del Ejército Rojo en el frente, el estado de las tropas, el armamento, etc.) y en torno al grado de desarrollo de la situación política polaca y del proletariado en particular. 

86. La amenaza sobre Polonia puso en estado de alerta a los Aliados, reunidos en la Conferenciade Spa para estudiar las reparaciones germánicas y a través de Curzón propondrían que las conversa­ciones para el armisticio comenzaran inmediatamente entre Rusia y Polonia, sobre la base de una línea trazada en el otoño de 1919 añadiendo que el gobierno británico estaba comprometido por el Convenio de la Sociedad de las Naciones, a defender la integridad e independencia de Polonia den­tro de los límites de sus legítimas fronteras etnográficas.

87. “Posteriormente se dieron muchas explicaciones de la derrota soviética. Los expertos milita-res soviéticos posteriores, disfrutando de las ventajas de la visión retrospectiva, condenaron toda la campaña como mal calculada militarmente: el Ejército Rojo estaba inadecuadamente equipado y pre­parado, en todo menos en entusiasmo, para una empresa tan seria como la invasión de Polonia. Tujachevsky, comandante de las fuerzas que avanzaron sobre Varsovia fue criticado por dedicar su fuerza principal al intento de rodear Varsovia desde el Norte, exponiendo de esta manera a su frente principal a un contraataque desastroso; esto fue visto por algunos como una maniobra política tendiente a acortar el pasillo polaco y establecer contacto con el Reichswehr alemán. Finalmente, el ejército del sur, que avanzaba sobre Lvov, no pudo en los últimos días críticos responder con rapidez a la orden del capitán general Sergei Kamenev, de dirigirse hacia el Norte a rescatar a las tropas que había frente a Varsovia, aunque no estuvo claro si esto se debió a un fallo en las comunicaciones o a la impetuosa obstinación de su comandante Egorov y del jefe de la caballería Budyonny, o a rivalida­des políticas. Según presenta el caso L. Trotsky (en Mi Vida y en el Stalin) Stalin como representante del consejo militar revolucionario del ejército del sur indujo a Egorov y Budyonny a persistir en el avance sobre Lvov por celos hacia Smilga, su oponente en el Ejército Central, quien compartiría con Tujachesvky la gloria de la captura de Varsovia” (E. H. Carr, Historia de la Rusia Soviética. La revolu­ción bolchevique, 1917-1923, op. cit., Tomo 3, pp. 226 y 227).

88. Trotsky, León, Mi vida, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1990, p. 360.

89. Obras militares escogidas de Lenin, Instituto del Libro, La Habana, Cuba, 1970, p. 689.

90. Trotsky, León, “Defensa de la república soviética y de la Oposición”, 7 de septiembre de 1929,Escritos de León Trotsky 1929-1940, CD del CEIP “León Trotsky,”, Buenos Aires, 2000.

91. Trotsky, León, En defensa del marxismo, op. cit.

92. La política del gobierno georgiano de abrir la nación “independiente” a las tropas imperialis-tas, mientras que las mismas atacaban a la Rusia soviética por todos los frentes, fue rechazada por los mencheviques en Moscú. Hacia fines de 1918, una conferencia partidaria de los mencheviques dis­cutió la política de aquellas secciones que se habían aliado abiertamente a los gobiernos de guardias blancos, principalmente los mencheviques georgianos. El reporte oficial del Comité Ejecutivo Menchevique decía expresamente que la política de la socialdemocracia georgiana había sido opuesta a la del partido. Mientras Kautsky, quien dirigía la Segunda Internacional, presentaba la política geor­giana como la política verdaderamente menchevique, el juicio oficial era que ésta había tenido una “influencia desintegradora en el partido, cuyo prestigio estaba bajando, si no destruyéndose, a los ojos de las masas proletarias”. 

93. Trotsky, León, Social Democracy and the Wars of Intervention. Between Red and White (La socialdemocracia y las guerras de intervención en Rusia. 1918-1921. Entre el imperialismo y la revo­lución), Editorial Union Books, Londres, 1991, p. 94.

94. En febrero de 1921 el Ejército Rojo que mantenía en las fronteras de Georgia una posiciónpreventiva invadió el país. La orden fue dada por el Politburó en base a informes de los comunistas georgianos sobre un estallido revolucionario antimenchevique. Trotsky no supo del cambio de orien­tación hasta después de consumados los hechos y si bien no compartía las expectativas sobre una auténtica revolución en Georgia, acordaba en el peligro que representaba como posible plataforma de ataque imperialista. Según relata Deutscher “... la orden de marcha había sido dictada, con la apro­bación del Politburó, por el Consejo de Guerra Revolucionario del Cáucaso, en el que Ordzhonikidze, amigo de Stalin y georgiano él mismo, actuaba como Comisario en Jefe. El Politburó había considerado el asunto en ausencia de Trotsky (que se encontraba en una gira de inspección en los Urales). Stalin y Ordzhonikidze habían informado sobre el estallido de una insurrección bolche­vique con fuerte apoyo popular en Georgia, diciendo que no cabía duda sobre el resultado de la lucha y que el Ejército Rojo sólo ayudaría a hacerla más breve. El Politburó que naturalmente consideraba a Stalin y Ordzhonikidze como expertos en los asuntos georgianos, aceptó su consejo. El levanta­miento en Georgia, sin embargo, no gozaba del apoyo popular que se le atribuía y el Ejército Rojo tuvo que combatir enconadamente durante dos semanas antes de entrar en Tiflis.” (Deutscher, Isaac Trotsky, el profeta armado, Ediciones Era, México, 1966, p. 432). Después de la sovietización de Georgia se suscitó una fuerte disputa ya que los bolcheviques georgianos se oponían a la política cen­tralizadora de un sector de Moscú. La famosa controversia que dejó documentada Lenin en su “Testamento” se originó a causa de la falta de miramiento y cautela de Stalin y otros comisarios cau­casianos hacia los órganos de dirección locales.

95. Trotsky, “Defensa de la república soviética y de la Oposición”, 7 de septiembre de 1929,Escritos de León Trotsky 1929-1940, op. cit., resaltados en el original.

96. Trotsky, León, “El frente polaco”, p. 346 de este libro.
97. Por ejemplo, la ocupación de Polonia reafirmada por el pacto Hitler-Stalin de 1939, fue cues-tionada por Trotsky y la Cuarta Internacional quienes, aunque defendían las medidas de expropiación llevadas adelante en la zona oriental, consideraban que fueron realizadas por la burocracia de tal forma que bastardeaba la capacidad de las masas para defender sus conquistas y para avanzar en su concien­cia y organización. 
98. Por lo tanto, a instancias de Lenin y Trotsky, la Internacional Comunista votó una política de“preparación” e inserción en las masas. El hecho de que la burguesía hubiera sobrevivido fortalecía su conciencia dominante y debilitaba la confianza del proletariado en sus fuerzas (la burguesía no estaba fortalecida por una superación de la crisis económica y financiera, pero sí por haber podido impedir la revolución proletaria). La III Internacional caracterizaba que la situación en Europa no era revolucionaria de forma inmediata, y la tarea principal era “ganar a las masas antes de hablar en la práctica de ganar el poder” y el fortalecimiento de los recién formados partidos comunistas insertán­dose en el movimiento obrero (lo que se denominó comúnmente “nueva etapa”). 
99. Lenin, “Discurso en el congreso de obreros del transporte de Rusia”, 27 de marzo de 1921,tomado de Obras militares escogidas de Lenin, op. cit.
100. Para más datos sobre la crisis económica, ver el capítulo VII de Historia del Partido Bolchevique de Pierre Broué.
101. “Tesis sobre revolución y contrarrevolución”, en La teoría de la revolución permanente, com­pilación, op. cit., p. 284.
102. El aumento numérico fue rápido. En marzo de 1919, el Partido Comunista contaba con 250.000 miembros. En marzo de 1920 eran 610.000 miembros y en marzo de 1921 eran 730.000 (Pierre Broué, Historia del Partido Bolchevique, capítulo VI, ed. Ayuso, Madrid, 1973).
103. El X Congreso del Partido Comunista en marzo de 1921 votó, entre otros puntos, lo que se conoció como el paso del “comunismo de guerra” a la Nueva Política Económica (NEP por sus siglas en inglés). “Hacia fines de 1920 y principios de 1921, el ‘comunismo de guerra’ era evidente que entraba a un callejón sin salida. Según señala el mismo Trotsky, las discusiones fraccionales surgidas entre los bolcheviques (como la aguda polémica sobre los sindicatos) tenían como trasfondo esta situación a la que era necesario encontrar una salida. (...) Esta situación se veía acompañada por la ausencia de un triunfo proletario en Occidente, con el cual los bolcheviques habían contado, y una estabilización capitalista relativa luego de la oleada revolucionaria de la inmediata postguerra, cuestiones que se expresaron en la orientación planteada en el III y IV Congresos de la Internacional Comunista (junio de 1921 y noviembre de 1922 respectivamente). La salida encontrada fue la lla­mada Nueva Política Económica. La NEP fue adoptada por el X Congreso del partido, en marzo de 1921, concebida por Lenin como una ‘retirada forzada’ hacia el mercado, con el fin de lograr el aumen­to de la producción en el agro y la industria. ‘Su propósito inmediato (señala Isaac Deutscher), era inducir a los campesinos a vender alimentos y a los comerciantes privados a traer los alimentos del campo a la ciudad, del productor al consumidor’ (Isaac Deutscher, El profeta desarmado). Las conce­siones dadas al intercambio y a la producción privados eran controladas con la mantención en poder del Estado de los principales recursos de la industria y el transporte así como del riguroso monopolio del comercio exterior. Esta política provocó un importante reanimamiento de la producción agrícola y de la industria liviana, aunque no de la industria pesada.” (“Introducción (II)”, en Naturaleza y diná­mica del capitalismo y la economía de transición, Ed. CEIP “León Trotsky”, Buenos Aires, 1999, p. 210).
104. Para estudiar con profundidad los acontecimientos, recomendamos Historia del Partido Bolchevique de Pierre Broué, Kronstadt en 1921 de Paul Avrich y Cronstadt de Jean Jacques Marie.
105. Broué, Pierre, op. cit., capítulo VII.
106. Avrich, Paul, Kronstadt 1921, Editorial Anarres, Colección Utopía Libertaria, Buenos Aires, Argentina, p. 12.
107. Para una caracterización más fundamentada y extensa sugerimos el texto “Alarma por Kronstadt”, 15 de enero de 1938, Escritos de León Trotsky 1929-1940, op. cit.
108. Memorándum sobre la cuestión de la organización de un levantamiento en Kronstadt, reproducido en Kronstadt 1921, op. cit., p. 231.
109. Trotsky, León, “Alarma por Kronstadt”, 15 de enero de 1938, Escritos de León Trotsky 1929­1940, op. cit.
110. “Incluso bajo el período de excepción de la guerra civil, es interesante volver a este estudio de E. Carr, donde documenta cómo a pesar de que los partidos menchevique y eserista habían sido ilegali-zados por sus prácticas que favorecían a la reacción, eran ampliamente tolerados, seguían sacando su prensa, hacían sus congresos e incluso participaban con delegados en los congresos de los soviets. En res­puesta a la crítica de un delegado bolchevique en el congreso del partido de 1919 a la relegalización de mencheviques y eseritas, Lenin responde: ‘Se requiere que cambiemos frecuentemente nuestra línea de conducta y esto puede parecer extraño e incomprensible al observador superficial. ¿Qué es esto?, dirá. Ayer hacíais promesas a la pequeño burguesía y hoy Dzerzhinski declara que los mencheviques y eseris­tas tienen que ir al paredón. ¡Qué contradicción! Sí, una contradicción, pero hay también una contra­dicción en la conducta de esta misma democracia pequeño burguesa que no sabe dónde sentarse, inten­ta hacerlo entre dos asientos, salta de uno a otro y tan pronto cae a la derecha como a la izquierda… A esto decimos: No sois un enemigo serio; nuestro enemigo serio es la burguesía. Pero si os alineais con ella tendremos que aplicaros a vosotros también las medidas propias de la dictadura proletaria.’” (Claudia Cinatti y Emilio Albamonte, “Trotsky y la democracia soviética. Más allá de la democracia libe­ral y el totalitarismo”, en Estrategia Internacional Nº 21, Buenos Aires, septiembre de 2004, p. 247).
111. En la lucha contra el stalinismo, Trotsky sistematizó el contenido político programático del pluripartidismo como parte del programa de la revolución política contra la degeneración burocráti­ca del Partido Comunista y la URSS.
112. Trotsky, León, “Stalinismo y bolchevismo. Sobre las raíces históricas y teóricas de la Cuarta Internacional”, 29 de agosto de 1937, Escritos de León Trotsky 1929-1940, op. cit. Además, durante el otoño ruso de 1920 surgió un importante y largo debate dentro del Partido Comunista ruso con la Oposición Obrera, dirigida por Schliapnikov y Kollontai, cuyo principal punto programático con­sistía en que la dirección de la economía nacional estuviera dirigida por un “Congreso de toda Rusia de Productores”, organizados en sindicatos industriales y comerciales. En el partido se vivía un clima fraccional desde fines de 1920 que no cesó a pesar de la aguda crisis que se estaba desarrollando en el terreno político y económico. Lenin planteó en el X Congreso que se llevaba meses discutiendo con estos grupos de oposición y que era inconcebible que el partido se mantuviera en semejante esta­do deliberativo y de indisciplina frente a las amenazas para la revolución.”No sería de temer una pequeña desviación sindicalista o semianarquista: el partido la advertiría con rapidez y decisión y se dispondría a corregirla. Pero si esa desviación está ligada a un gigantesco predominio de los campe­sinos en el país, si la crisis de la agricultura campesina está llegando a su punto culminante, si la des­movilización de un ejército formado por campesinos deja a cientos y miles de hombres extenuados sin tener nada que hacer, acostumbrados a ocuparse sólo de la guerra, y que originan bandolerismo, entonces no es hora de discutir sobre desviaciones teóricas. En el Congreso debemos decir con toda franqueza: no permitiremos debates sobre desviaciones, debemos terminar con ellos... La atmósfera de discusión se va haciendo extremadamente peligrosa y constituye una amenaza directa a la dicta-dura del proletariado.” (Lenin, Obras completas, Tomo XXXV, Ed. Cartago, Buenos Aires, 1971, pág. 22.) Es evidente que para Lenin la supresión del fraccionalismo era una medida política para lograr unidad y cohesión en el partido dirigente: la influencia pequeño burguesa anarquista y apartidista, debido al desclasamiento del proletariado, estaba en su punto más álgido desde 1917 y se manifes­taba también dentro del partido. Ni frente a la toma del poder a la cual un grupo importante de diri­gentes del partido se oponía, ni durante la firma del tratado de Brest, donde surgieron los “Comunistas de Izquierda”, ni frente a la incorporación de cuadros militares provenientes del zarismo en el Ejército Rojo que encolerizó al principio a la mayoría del partido; en ninguno de estos agudos momentos de existencia de grupos y fracciones la política del Lenin fue prohibirlos. Por el contrario, una política correcta y la comprobación por la experiencia de su justeza fueron los medios para asegurar la unidad del partido y encauzar las discusiones. Las medidas tomadas en el X Congreso, frente a la grave situación existente, aún constituyen terreno de discusión. Lo cierto es que toda la dirección bolchevique esperaba que esta situación de la vida partidaria pudiera superar­se lo antes posible. Además, queremos destacar que la prohibición de fracciones, aun cuando sea una medida discutible sobre todo después de su utilización por parte de la burocracia stalinista, no impli­caba la supresión del debate ni de las críticas políticas o metodológicas sino que significaba unir al partido en la acción, más allá de los debates teóricos que se realizaran en su interior. No obstante la medida adoptada, Lenin recogió las críticas que realizaban los grupos de oposición en relación a la burocratización creciente de los funcionarios del Estado y del partido y reconoció que aún no se había hecho todo lo necesario contra este mal.
113. “La ‘doctrina proletaria de la guerra’ fue rechazada por el partido como su hermana mayor, la doctrina de la ‘cultura proletaria’. Posteriormente, sus destinos cambiaron; Stalin y Bujarin recogieron el estandarte de la ‘cultura proletaria’, sin resultados apreciables es cierto, durante los siete años que sepa­ran la proclamación del socialismo en un solo país a la liquidación de todas las clases (1924-1931). La ‘doctrina proletaria de la guerra’, por el contrario, no ha sido reconocida, aunque sus antiguos promo­tores llegasen rápidamente al poder. La diferencia entre los destinos de estas dos doctrinas tan semejan­tes, es muy característica de la sociedad soviética. La ‘cultura proletaria’ se refería a cosas imponderables, y la burocracia ofreció al proletariado esta compensación mientras lo alejaba brutalmente del poder. La doctrina militar, por el contrario, tocaba los intereses de la defensa y los de la capa dirigente; no dejaba lugar a las fantasías ideológicas.” (León Trotsky, La revolución traicionada, Ed. Crux, La Paz, Bolivia).
114. La discusión contra la “doctrina militar proletaria” forma parte de los artículos sobre teoría militar seleccionados en este trabajo.
115. Durante la guerra civil, la ciudad de Tsaritsin, luego rebautizada Stalingrado, tradicional centro partisano guerrillero, era el cuartel general del X Ejército, comandado por Voroshilov. Bajo la influencia de Stalin se convirtió en el centro de la “oposición” militar, contraria a la utilización de especialistas militares del viejo ejército zarista y a la centralización del Ejército Rojo bajo un mando único. El Octavo Congreso del partido (marzo de 1919), amonestó al grupo de Tsaritsin y ratificó la política militar de Trotsky. En 1919 el grupo empezó a desobedecer órdenes directas y a poner en peli­gro al país en la guerra civil, por lo cual Lenin y Trotsky ordenaron el traslado de Voroshilov a Ucrania.

 116. La preocupación por la burocratización del partido venía siendo manifestada desde 1920 por Lenin quien, en sus discursos de 1920, 1921 y 1922 hacía múltiples referencias a la burocracia del aparato estatal y a la herencia del zarismo e insistía en la importancia de la educación y el eleva­miento de la cultura de las masas por un lado, y en medidas prácticas que en el corto plazo limitaran el ingreso al partido de arribistas y el nombramiento para puestos de responsabilidad a comunistas no probados (las condiciones mínimas que se exigían para el ejercicio de responsabilidades dentro del partido eran un año para ser secretario de célula, tres años para convertirse en secretario de distrito y pertenecer al partido con anterioridad a la Revolución de Octubre para ser secretario regional). Lenin insistía en que el aislamiento de Rusia y el atraso de las masas eran elementos que fortalecían objeti­vamente la tendencia a la burocratización del aparato estatal y del partido. Es conocido que a fines de 1922 Lenin escribió su “testamento” donde expresaba esta gran preocupación y al mismo tiempo una nueva relacionada con el nacionalismo o chovinismo gran ruso que se había desplegado en relación a los sucesos de Georgia. Durante septiembre de 1922, los comunistas georgianos se alzaron contra el proyecto de Ordzhonikidze, prolongación de Stalin, comisario para las Nacionalidades, que se pro­ponía constituir una República Federal que comprendiera Georgia, Armenia y Azerbaiján, destinada a adherirse a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con el mismo titulo que la RSFSR, Bielorrusia y Ucrania. A mediados de octubre, el proyecto de Stalin se reforzó gracias a la aprobación que le dio el Comité Central del partido ruso. Sin embargo, los georgianos se oponen y Ordzhonikidze, instalado en Tiflis, emprende la tarea de romper su resistencia con los métodos carac­terísticos del aparato, obligando al Comité Central georgiano a dimitir. Los dirigentes georgianos entraron en contacto con Lenin y le presentaron el informe de la actividad desplegada contra ellos en Georgia por Stalin y Ordzhonikidze. El 30 de diciembre de 1922 Lenin escribió que las “fuerzas pode­rosas que desvían al Estado soviético de su camino deben ser denunciadas: surgen de un aparato que nos es completamente extraño y que representa una mescolanza de supervivencias burguesas y zaris­tas” al que “sólo recubre un cierto barniz soviético”. Contra Stalin empleaba palabras muy duras: “El georgiano que contempla con desdén este aspecto del asunto, que profiere despreciativas acusaciones de ‘social-nacionalismo’, ese georgiano lo que hace es ‘atacar a la solidaridad de clase proletaria’”.

117. The Military Writings and Speeches of Leon Trotsky. How the revolution armed, op. cit., Tomo 5, p. 222.

118. Trotsky, León, “La decapitación del Ejército Rojo”, 17 de junio de 1937, Escritos de León Trotsky 1929-1940, op. cit. 119. Idem.
120. Trotsky, León, La revolución traicionada, op. cit.
121. Idem.
122. Trotsky, León, “El ejército contra Stalin”, 6 de marzo de 1938, Escritos de León Trotsky 1929­1940, op. cit.
123. Tres mariscales, 13 comandantes, 57 comandantes de cuerpo, 111 comandantes de división, 220 comandantes de brigada y todos los comandantes de los distritos militares fueron fusilados por los pelotones de ejecución de la GPU. El número de detenciones en este periodo incluye tres de los cinco mariscales; tres de los cuatro altos jefes del ejército; 60 de los 67 comandantes de cuerpo; 136 de 199 jefes de división; y 221 de los 397 jefes de brigada; los dos almirantes de primer rango y los dos almi­rantes de segundo rango de la flota; los seis almirantes de primer rango y nueve de los 15 de segundo; los 2 comisarios de primer rango de la flota, los 15 de segundo rango, 25 de los 28 comisarios de cuer­po, todos los comisarios de división y 34 de los 36 comisarios de brigada. (Ted Grant, “Rusia, de la revo­lución a la contrarrevolución. Un análisis marxista”, extraído de http://www.engels.org/libr/rusia/capi-tulo3/R_c3_14.htm)
124. Trotsky, León, “¿Cómo venció Stalin a la Oposición?”, 12 de noviembre de 1935, Escritos de León Trotsky 1929-1940, op. cit.



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