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El nuevo curso de la economía soviética[1]

La aventura económica y sus peligros

 

 

13 de febrero de 193O

 

 

El éxito de la industrialización en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es un hecho de trascendencia universal. Los socialdemócratas, que ni siquiera han tratado de evaluar las tasas de crecimiento que la economía soviética demostró ser capaz de alcanzar, sólo merecen el desprecio. Esas tasas no son estables ni seguras. Lo analizaremos más adelante. Pero constituyen la demostración empírica de las infinitas potencialidades inherentes a los métodos socialistas.

Si en 1918 la socialdemocracia alemana hubiera utilizado el poder que le entregó la revolución para implantar el socialismo (contaba con plena oportuni­dad para hacerlo), no resulta difícil comprender, en vista de la experiencia de la Rusia soviética, que las masas socialistas de Europa central, Europa oriental y buena parte de Asia contarían con un poderío económico tremendo. Todo el mundo sería diferente. Pero ahora la humanidad pagará la traición de la socialdemocracia alemana con guerras y revoluciones. La historia no registra crimen mayor. Este no es, empero, el tema de nuestra discusión.

En el libro ¿Hacia el capitalismo o hacia el socialismo?[2], escrito a principios de 1925, antes del fin del período de reconstrucción, analizamos la evaluación preliminar de las posibilidades de la industrialización socialista. Demostramos que, incluso después de agotados todos los medios de producción heredados de la burguesía, es decir, después de la transición a la reproducción independiente basada en la acumulación socialista, la industria soviética podría contar con un coeficiente de crecimiento totalmente inalcanzable por el capitalismo. Con la mayor precaución, previmos una tasa de crecimiento anual del quince al veinte por ciento. Los filisteos como Stalin y Molotov tacharon a esas cifras hipotéticas de fantasía de la "superindustrialización". La realidad superó ampliamente nuestros cálculos. Pero luego ocurrió lo que ya había sucedido en ocasiones anteriores. Estos filisteos empíricos, abrumados por los primeros resultados, resolvieron que a partir de ahí todo era posible, todo era realizable. Los miopes se convirtieron en visionarios.

Finalmente, en los últimos meses se ha hecho evidente que la fracción stalinista ha transformado su zigzag hacia la izquierda en un curso ultraizquierdista, tanto en lo referente a los problemas económicos internos de la URSS como en lo que concierne a la política de la Comintern[3]. Esta orientación es la negación y el complemento aventurero de la orientación oportunista puesta en práctica en 1923 y profundizada mucho más desde 1926 hasta 1928. El curso actual no es menos peligroso que el de ayer, en algunos sentidos el peligro es aun mayor.

El ultraizquierdismo se desarrolla en dos sentidos en la política económica de la Unión Soviética: industrialización y colectivización.

Desde principios de 1923 la Oposición venía exigiendo que se aplicara un ritmo de industrialización más acelerado. Sus exigencias se apoyaban no sólo en las necesidades sino también en las posibilidades económicas reales.

La fracción dominante (Zinoviev, Stalin, Bujarin, luego Stalin y Bujarin sin Zinoviev) acusó a la Oposición de "robar al campesinado" en nombre de la superindustrialización, y así romper el vínculo económico y político entre la ciudad y el campo.

La experiencia dio la razón a la Oposición. La dirección oportunista subestimó sistemáticamente los recursos de la industria nacionalizada. El desarrollo real de la industria, impulsado por el mercado y por la presión de la Oposición, superó los planes oficiales año tras año.

La lucha entre la dirección central y la Oposición se precipitó justamente cuando la corrección de la posición de ésta se confirmaba en toda la línea. Bastaron pocos meses para que la dirección se viera obligada a desechar su viejo plan quinquenal mínimo, ya criticado en el programa de la Oposición [de 1927], y a remplazarlo con un plan nuevo e incomparablemente más audaz. Cuando al cabo del primer año, y ante la evidente sorpresa de la propia dirección, se demostró la viabilidad del ritmo propuesto, ésta olvidó inmediatamente sus dudas mezquinas y se fue al otro extremo. Ahora la consigna es "¡Adelante, sin pausa, adelante!" Se somete el plan a revisiones constantes y siempre se elevan los objetivos.

Los oportunistas pasaron del posibilismo pasivo al subjetivismo sin límites. Cuando un economista o un obrero señalan obstáculos verdaderos -por ejemplo, equipo en malas condiciones, falta o mala calidad de la materia prima- se los considera traidores a la revolución. Desde arriba viene la orden de proceder a toda velocidad, de pasar a la acción, a la ofensiva. Todo lo demás es palabra maldita.

En el primer trimestre del año fiscal en curso (octubre-febrero), el segundo año del plan quinquenal mostró, a pesar de los enormes avances registrados -una tasa de crecimiento que superó a la del primer trimestre del año anterior en un veintiséis por ciento aproximadamente-, un tremendo retraso con respecto a lo proyectado. Por primera vez desde que los epígonos coparon la dirección, la producción industrial se retrasó con respecto al plan. Este retraso fue muy grande sobre todo en la industria pesada. Los costos de producción son excesivos. Para disminuir u ocultar los atrasos, las fábricas recurren a la disminución de la calidad. Se ha registrado un ominoso aumento de la cantidad de bienes defectuosos. El Comité Central respondió exigiendo categóricamente que el programa no sólo se cumpla sino que incluso se lo "sobrepase" (vale decir, se lo supere).

Los datos objetivos comienzan a demostrar de manera cada vez más convincente un fenómeno que habría podido preverse teóricamente: que no se lanzó el plan con la fuerza necesaria como para mantenerlo. La marcha de la industrialización depende cada vez más del látigo administrativo. La maquinaria y la fuerza de trabajo se resienten. Las desproporciones en la producción se acumulan en distintas ramas de la industria. Los retrasos en los próximos trimestres del año bien podrían resultar más ominosos que en el primero. Por su parte, el gobierno se siente obligado a rellenar los huecos que se van abriendo en la industria mediante mayores asignaciones presupuestarias o crediticias.

Esto conduce a la inflación, la cual, a su vez, provoca un incremento artificial en la demanda de bienes y por consiguiente obliga a las ramas de la industria a superar, cada una por su lado, los objetivos del plan, lo que es causa de nuevas desproporciones.

La economía soviética depende de la economía mundial. La dependencia se expresa en las exportaciones e importaciones. El comercio exterior es el cuello de botella más grande de todo el sistema económico soviético. Los problemas de nuestro comercio internacional derivan fundamentalmente de nuestro atraso. Ahora se agrega un factor coyuntural importante. La embestida de la crisis económica mundial ya afecta a las exportaciones soviéticas debido a la disminución de la demanda y la baja de los precios de los productos exportados. Si la crisis industrial y comercial mundial prosigue y se profundiza, la mayor disminución de nuestras exportaciones, que ya son insuficientes, afectará a las importaciones, vale decir, a la compra de las maquinarias y las materias primas básicas que más necesita la industria. Desde luego, este peligro no se debe a la dirección soviética. Pero ésta puede y debe tenerlo en cuenta. El acelerar imprudentemente la industrialización, sin coordinar entre sí las distintas ramas, plantea el riesgo obvio de enredarse, a través del comercio exterior, en la crisis mundial: podría verse frenada la importación de los medios de producción necesarios y un nuevo factor de perturbación se introduciría, como una cuña, en el plan quinquenal.

Es cierto que la crisis industrial norteamericana y europea podría abrir a la Unión Soviética la posibilidad de obtener créditos para la industria y el comercio. Pero ésta es un arma de doble filo. Cuando el proceso económico avanza a un ritmo armonioso, los créditos extranjeros pueden facilitar y acelerar el progreso de la industrialización. Pero cuando se acumulan las contradicciones, los créditos foráneos sólo sirven para postergar la catástrofe, cuyo poder explosivo aumentará al doble.

Sin embargo, mencionamos sólo pasajera e hipotéticamente los peligros que surgen de la economía mundial. El problema central del momento no es ése, por cierto. Los peligros mayores y más inmediatos se concentran en torno al eje fundamental de la política soviética: la relación entre la ciudad y el campo.

Durante varios años la Oposición exigió que se aumentaran los impuestos al estrato más rico del campesinado para volcar lo recaudado a la industria. La dirección oficial negó que los kulakis se estuvieran enriqueciendo y acusó a la Oposición de querer "robar al campesino". Mientras tanto, los kulakis se habían convertido en una fuerza de cierta importancia y, arrastrando consigo a los campesinos medios, sitiaron a la industria y a las ciudades por el hambre. El apogeo de la fuerza de los kulakis coincidió con la dispersión de la Oposición (principios de 1928) por medio de la policía. La burocracia debió cambiar abruptamente su política. Se lanzó la cruzada contra los kulakis. Las medidas que el día anterior la Oposición había propuesto poner en práctica para combatir las tendencias explotadoras de los kulakis resultaron insuficientes apenas comenzó la lucha contra ellos por el trigo.

Sin embargo, no existe una valla insuperable entre los kulakis y los campesinos medios. En una economía de mercado los campesinos medios originan automáticamente a los kulakis. La lluvia de golpes administrativos, incoherentes, fruto del pánico, que cayó sobre los kulakis (y no solamente sobre ellos) paró en seco el desarrollo de la capa superior de campesinos medios. Se manifestaron los llamados "desacuerdos con el campesinado". Este, después de la experiencia de la revolución, no recurre fácilmente al método de la guerra civil. Corre agitadamente de acá para allá, buscando una salida. Así nació la "colectivización total".

El gobierno soviético, en plena consonancia con su objetivo principal, está a favor de los métodos cooperativos tanto en el comercio como en la producción. Sin embargo, hasta hace muy poco las cooperativas de producción del campo (granjas colectivas) constituían un sector insignificante de la economía agrícola. Hace apenas dos años, Iakovlev[4], el actual comisario de agricultura, escribió que, dado el atraso cultural y técnico y la dispersión de nuestro campesinado, las granjas colectivas serían por mucho tiempo "islotes en el mar de los predios privados". Mientras tanto, para gran sorpresa de la dirección, en los últimos tiempos la colectivización alcanzó magnitudes grandiosas. Basta con decir que, según el plan, las granjas colectivas debían abarcar al veinte por ciento del campesinado al finalizar el plan quinquenal; pero ahora, al comienzo del segundo año, la colectivización ya comprende al cuarenta por ciento. De seguir con este ritmo, bastará un año o dos para que la colectivización incluya a todo el campesinado. Esto parecería un éxito gigantesco. En realidad, se trata de un gran peligro.

La colectivización de la agricultura supone la existencia de cierta base técnica. Una granja colectiva es, ante todo, grande. Sin embargo, para determinar racionalmente la extensión de la granja hay que tomar como patrón el carácter de los medios y métodos de producción que se aplican. El arado y la jaca campesina, incluso la suma de todos los que están en existencia, no sirven para crear grandes granjas colectivas, así como no se puede construir una nave con la suma de una escuadra de botes pesqueros. La agricultura no se puede colectivizar si no es a través de la mecanización. De allí surge que el nivel general de industrialización de un país es el elemento que determina el ritmo de colectivización de su agricultura.

Pero, en la realidad, estos dos procesos han sido tratados como si fueran separados y distintos. A pesar de su rápido desarrollo, la industria Soviética todavía es, y por mucho tiempo seguirá siendo, en extremo atrasada. Sus altos coeficientes de crecimiento deben relacionarse con el bajo nivel general. No debemos olvidar por un instante que, aun en el caso de que el plan se cumpliera totalmente, la industria soviética estaría en condiciones de proporcionar tractores y otro tipo de maquinarias sólo al veinte o al veinticinco por ciento de las granjas campesinas, y tan sólo al final del plan quinquenal. Esa es la verdadera escala de la colectivización. Mientras la Unión Soviética permanezca aislada, la industrialización (es decir, mecanización, electrificación, etcétera) de la agricultura deberá considerarse como el resultado de una serie de sucesivos planes quinquenales. La propia dirección lo veía así hace poco tiempo. Pero parece que la colectivización se cumplió ya en un cuarenta por ciento, y que en el curso del año próximo se cumplirá en un cien por cien en algunas de las más importantes regiones agrícolas.

Queda perfectamente claro que lo que determina el ritmo actual de la colectivización no son factores de índole productiva sino administrativa. El cambio abrupto, en realidad aterrorizado, de la política hacia el kulak y también hacia el campesino medio redundó, en el curso del año pasado, en la liquidación casi total de la NEP[5]. Cada campesino representa una pequeña unidad productiva y, por consiguiente, no puede exis­tir sin el mercado. La liquidación de la NEP le planteó al campesino medio las siguientes alternativas: volver a la economía de consumo natural, es decir, desaparecer, librar una guerra civil por el control del mercado o intentar el nuevo camino de la economía colectiva.

Para el campesino la colectivización no significa persecución sino ventajas: impuestos más bajos, maquinaria a pagar en cómodos plazos, préstamos, etcétera. Si en la actualidad el campesinado acude a la granja colectiva, no se debe a que la colectivización ya haya demostrado sus ventajas; tampoco a que el estado ya le haya demostrado al campesino (o al menos a sí mismo) que es capaz de reconstruir la economía agrícola sobre bases colectivas en un futuro cercano. Se debe a que el campesinado, y en primer término su estrato superior, que durante los años en que imperó la política "liberal" de Stalin-Ustrialov se había acostumbrado al modo de vida de un capitalista del campo, se encontró repentinamente en un callejón sin salida. La puerta del mercado estaba cerrada con candado. Los campesinos se detuvieron ante la misma, asustados, y luego corrieron a la única puerta que quedaba abierta, la de la colectivización.

La dirección no se mostró menos sorprendida por el ingreso abrupto y masivo de los campesinos en las granjas colectivas que éstos ante la liquidación de la NEP. Superado el momento de asombro, la dirección creó una nueva teoría: la construcción del socialismo ha entrado en su "tercera" etapa: ya no hay necesidad de un mercado; en un futuro próximo, el kulak como clase estará liquidado.

En esencia, ésta no es una teoría nueva. Es la vieja teoría del socialismo en un solo país, pero con la caja de cambios puesta en "tercera". Antes nos enseñaban que en la Rusia atrasada el socialismo se construiría "a paso de tortuga" y que el kulak se pasaría al Socialismo. Ahora, el paso de tortuga ha sido remplazado por la velocidad casi de un avión. El kulak ya no se pasa al Socialismo - ¡a semejante velocidad es imposible!-; se lo liquida por orden de la administración.

Tomada con seriedad, la liquidación del kulak es sin duda la liquidación de la última clase capitalista. El agiotista, el especulador, el hombre urbano de la NEP no pueden existir económicamente sin el kulak. Y esto es tanto más cierto cuanto que la política oficial para la liquidación del kulak como clase incluye a los elementos pequeño burgueses urbanos. Abarcar al conjunto del campesinado en la economía socializada significa transformar a la Unión Soviética en dos o tres años, en una sociedad sin clases. Una sociedad sin clases no necesita gobierno; menos aun una forma tan concentrada de gobierno como la dictadura. No es de extrañar que algunos de los "teóricos" jóvenes del nuevo curso afirmen que sería aconsejable disolver los soviets, al menos en el campo, para remplazarlos con las organizaciones meramente productivas, es decir, la administración de las granjas colectivas locales. Sin embargo, estos "teóricos" volvieron a la cordura ante una declaración de la cúpula afirmando que la dictadura será necesaria durante mucho tiempo. Por qué y para qué será necesario mantener una dictadura después del período de uno o dos años que exigirá la liquidación total de los kulakis, es algo que los dirigentes no han explicado. Y no es casual. Porque en ese caso ellos mismos tendrían que reconocer que el programa de rápida liquidación de los kulakis con la ayuda de arados campesinos y jacas viejas y carros es una aventura burocrática sazonada de charlatanería teórica. En la práctica, la liquidación de los kulakis redundó simplemente en el empleo de métodos administrativos para confiscar la propiedad, la casa y la tierra del kulak y para deportarlo. Por la forma en que se aplicó esta política, se diría que el kulak es un cuerpo extraño en el campesinado, una especie de invasor, un nómade pechenengo o polovtsiano. En realidad, el kulak es sólo una de las etapas que atraviesa el campesinado medio en su desarrollo. Se puede, claro está, liquidar a todos los kulakis individualmente. Basta para ello con dos agentes de policía (bien armados). Pero impedir la reaparición de los kulakis, al menos en las granjas colectivas, es mucho más difícil. Para ello es necesario llevar a cabo una revolución industrial y cultural.

En la URSS, existen tres tipos de granjas colectivas, clasificadas principalmente según el grado de colectivización de los medios de producción: asociaciones, arteles y comunas. En una asociación, el trabajo en el campo se realiza en forma colectiva con herramientas privadas; se colectivizó el trabajo, no los medios de producción. En los arteles se colectivizan las máquinas más caras. Por último, en las comunas todos los medios de producción son colectivos. La distribución de los ingresos entre los miembros de los distintos tipos de granja difiere según las formas de propiedad: desde el método capitalista hasta el cuasi comunista. Los tres tipos de granja colectiva representan las tres etapas en el proceso de colectivización. El más elevado refleja el futuro del más bajo.

La transición de una etapa a la otra -su volumen y su ritmo- está determinada fundamentalmente por las condiciones técnicas de la producción. De allí surge con toda claridad que en la escala de colectivización actual, cuanto mayor sea su envergadura, más primitiva será su forma, abriendo así el camino a las tendencias capitalizantes. Pero el decreto más reciente del Comité Central exige que, en la medida de lo posible, los medios de producción se colectivicen totalmente desde el comienzo. En otras palabras, la colectivización total basada en el equipo que posee el campesino debe asumir una forma intermedia entre el artel y la comuna. Esto encierra una contradicción patente: cuanto más amplia la escala de colectivización forzada y, por consiguiente, cuanto más primitiva su base técnica, más elevado es el tipo de relación social que la dirección utópica y burocrática quiere imponer. Al mismo tiempo, en la prensa no se discute el problema de las relaciones internas que deben imperar en las granjas colectivas. Para soslayar el problema social decisivo de la distribución de ingresos, los dirigentes y ejecutores reemplazan el análisis marxista por un insoportable griterío propagandístico.

Desde luego, si la industria estatal pudiera proveer los medios de producción que necesitan las granjas colectivas desaparecerían rápidamente las diferencias entre estas y las estatales. Los campesinos se transformarían en trabajadores socialistas comunes de los molinos de trigo estatales y los kulakis perderían de una vez por todas, su base de sustentación. Pero para llegar a ese régimen falta mucho todavía. Por varios años las granjas colectivas se verán obligadas a recurrir al ganado y los aperos de los propios campesinos aun por varios años.

Pero supongamos que, incluso en estas condiciones, la colectivización trae ventajas reales e inmediatas, capaces de superar las tendencias individualistas de los campesinos. Surge inmediatamente una nueva dificultad, no de carácter administrativo sino social, es decir, que no es inherente a los métodos de colectivización sino al carácter de clase de los pequeños productores. Veamos: ¿cómo se distribuirán los ingresos de las granjas colectivas? Un campesino que aporte dos caballos a la granja colectiva, ¿tendrá derecho a un ingreso mayor que el de un peón que sólo aporte sus dos brazos? Si no se acredita el porcentaje de "capital" invertido, nadie querrá regalar su propiedad. Entonces el estado se verá ante una tarea irrealizable: reequipar todas las granjas colectivas con la maquinaria indispensable. Si se acredita el porcentaje de "capital", se producirá inevitablemente una diferenciación económica de los individuos dentro de las granjas. Y si las granjas colectivas demuestran poseer grandes ventajas respecto del cultivo individual, la diferenciación en el seno de las mismas avanzará más rápidamente que antes.

Sin embargo, el problema del equipamiento no agota la cuestión. Una familia que aporte tres trabajadores esperará recibir más que una familia con un solo trabajador adulto. Si una granja quiere tomar en préstamo la parte de las ganancias que los integrantes no han utilizado, para comprar nueva maquinaria o para invertir el capital, se verá obligada a pagar nuevamente un porcentaje. Esto a su vez posibilita nuevas diferenciaciones en la cooperativa agraria y la posible transformación de la misma en una cooperativa pequeño burguesa, donde la dirección quede en manos de los más pudientes mientras que la mayoría de los integrantes serían poco más que peones.

Esos fenómenos se han observado muchas veces en el pasado, cuando las granjas colectivas constituían raras excepciones y eran puramente voluntarias. Son todavía más inevitables bajo la colectivización total que, al retener la base tecnológica de la pequeña granja, introduce todas las contradicciones propias de la pequeña economía mercantil y provoca así, inevitablemente, la reaparición del kulak dentro de las granjas colectivas.

Significa que al día siguiente del anuncio oficial de "la liquidación de los kulakis como clase", esto es, tras la confiscación de la propiedad de los "kulaks reconocidos" y la deportación de los mismos, la burocracia stalinista calificará a los kulakis de las granjas colectivas de "cooperativistas civilizados" o progresistas, citando, incorrectamente, desde luego, la fórmula de Lenín (Acerca del cooperativismo). En este caso, las granjas colectivas podrían convertirse en un nuevo disfraz social y político de los kulakis. El comisario de agricultura Iakovlev cumple el papel de director de esa fantochada a las mil maravillas. No en vano se pasó años enteros jugando con las estadísticas para demostrar que el kulak era un invento de la Oposición. No en vano decía hasta ayer, junto con otros funcionarios, que el programa de la Oposición era un documento contrarrevolucionario... que exigía la aceleración de la colectivización en base a la industrialización planificada.

Mientras tanto, los campesinos reaccionan por adelantado ante las contradicciones entre la colectivización y sus bases técnicas insuficientes vendiendo su ganado a diestra y siniestra antes de ingresar a las granjas colectivas. La prensa oficial abunda en informes alarmantes acerca de la destrucción en masa de animales de labranza y la venta de los mismos a los mataderos. La dirección reacciona con decretos, telegramas y amenazas. Pero obviamente eso no basta. El campesino no sabe si le acreditarán su caballo o su vaca, ni cómo se hará. Espera que la granja colectiva obtenga del estado un tractor. En todo caso no ve ninguna razón para entregar su vaca a la granja colectiva sin recibir nada a cambio. El campesino sigue siendo un realista mezquino. Obligado a ingresar a la granja colectiva, se apresura a sacar provecho de la venta de su propiedad individual. La cantidad de animales de labranza disminuye. Mientras tanto, el estado no puede remplazarlos con maquinaria, ni siquiera con animales de mejor calidad. Esto significa que las granjas colectivas padecerán desde el comienzo tremendas dificultades.

Podemos predecir que a la precaria ofensiva actual, seguirá una retirada en medio del pánico, profundamente lógica aunque por arriba se la haga aparecer como una "maniobra". Las granjas colectivas, organizadas rápidamente, comenzarán a desintegrarse o a degenerar. Seguirá una cruel lucha interna que liberará los medios de producción individuales, abriéndoles la puerta a las tendencias capitalistas. Por supuesto, la dirección infalible acusará a los autores de ser "trotskistas" y desempolvará las fórmulas campesino-capitalistas de Stalin de 1924-1925, si es que el partido concede a los engranajes burocráticos el tiempo necesario para reacomodarse.

No resulta difícil prever la reacción de los círculos oficiales ante nuestro análisis. Los funcionarios del gobierno dirán que nos jugamos a favor de una crisis. Los canallas agregarán que deseamos la caída del gobierno soviético. Los de la calaña de Iaroslavski dirán que escribimos guiados por los intereses de Chamberlain[6]. Posiblemente los mencheviques y liberales usarán unas cuantas frases sacadas de contexto para demostrar que es indispensable que Rusia vuelva al capitalismo. Los funcionarios comunistas volverán a establecer que existen vínculos "de solidaridad entre la Oposición y los mencheviques". Así fue, y así será. Pero eso no nos detendrá. Las intrigas pasan, los hechos quedan. Luego de algunos años de política oportunista, la burocracia stalinista atraviesa un período breve pero absoluto de demencia ultraizquierdista. La teoría y la práctica del "tercer período" son igualmente perjudiciales para la Unión Soviética dentro y fuera de sus fronteras.

Algunos dirán que la Oposición y el aparato intercambiaron sus papeles: la Oposición acusa al aparato de superindustrialización a la vez que gira a la derecha. Otras almas caritativas añadirán que la derecha, que antes acusaba a los stalinistas de superindustrializantes y "trotskistas", capituló ante Stalin, mientras que la Oposición de Izquierda aparentemente asume las posiciones de la derecha.

Esas generalizaciones, comparaciones y aproximaciones son previsibles. Y se puede escribir de antemano todos los artículos y discursos que se publicarán y pronunciarán al respecto. No es difícil desenmascarar la superficialidad de estos argumentos.

La Oposición jamás trató de "alcanzar y sobrepasar en el menor tiempo posible" al mundo capitalista. Exigimos que se acelerara la industrialización porque ésa era la única manera de garantizar que la ciudad y, junto con ella, la dictadura del proletariado, aventajaran al campo.

Hasta 1928 nuestra estimación de las posibilidades de la industrialización era incomparablemente más amplia y audaz que la de los burócratas. Pero nunca pensamos que los recursos para la industrialización eran inagotables, que el ritmo de la misma pudiera regularse únicamente con el látigo administrativo. Siempre hemos afirmado que la premisa fundamental para la industrialización es la necesidad de mejorar sistemáticamente las condiciones de vida de la clase obrera, que la colectivización depende de la industrialización. Para nosotros, la reconstrucción socialista de la economía campesina es una perspectiva a muy largo plazo. Jamás cerramos los ojos al hecho de que era inevitable que se produjeran conflictos en el curso de la reconstrucción socialista de una sola nación. No se pueden resolver las contradicciones de la vida rural si no se resuelven las contradicciones entre la ciudad y el campo. Esto sólo puede lograrse por medio de la revolución mundial. Por esa razón nunca exigimos la liquidación de las clases como lo hace el plan quinquenal de Stalin y Krzhizhanovski[7]. Exigimos en bien de la industrialización que se pusiera freno a las tendencias explotadoras del kulak y se impidiera sistemáticamente que acumulara riquezas. Por eso se nos exilió, apelando al Artículo 58 del Código Penal[8].

La Oposición marxista fue denunciada por el bloque de la derecha y el centro. Este se rompió por un tiempo, pero ahora se ha unificado nuevamente. Sus integrantes comparten una base: el socialismo nacional. Juntos trazaron una curva de ciento ochenta grados sobre nuestras cabezas. Tienden más y más a transformar el problema de la industrialización en superindustrialización burocrática al azar. Abolieron la NEP, es decir, co­metieron el "crimen" que le hablan achacado falsamente a la Oposición y en virtud del cual nuestros ami­gos siguen atiborrando las cárceles y lugares de exilio. Reemplazaron las restricciones a los kulakis por su "liquidación" oficial, hecho que hasta ayer nos atribuían y que nosotros negábamos con buen fundamento marxista.

La derecha, temerosa de tomar las medidas más elementales, se ha unido al centro en frenético avance hacia "adelante". Restauraron el bloque y aceleraron el ritmo, desde el paso de tortuga a la velocidad del avión.

¿Durante cuántos meses seguirá la dirección arrastrando al partido por el camino ultraizquierdista en que se ha embarcado? Creemos que no muchos. Cuanto más frenético sea el carácter del curso actual, más agudas serán las contradicciones y menos tardarán en estallar. Entonces, a la actual curva de ciento ochenta grados, la dirección añadirá otra y volverá a acercarse a su punto de partida desde el otro extremo. Así fue, así será otra vez.

En un trabajo exhaustivo que esperamos publicar en las próximas semanas trataremos los problemas que hemos reseñado sintéticamente en este artículo. Por eso este análisis es simplemente una sinopsis. De la misma manera respondemos brevemente a la pregunta ¿qué hacer?

La industria marcha con botas de siete leguas hacia una crisis, debido principalmente a los monstruosos métodos burocráticos empleados en la elaboración del plan. No se puede elaborar un plan quinquenal con las necesarias proporciones y garantías si no es con la con­dición de que se discutan libremente las tasas y plazos; si todas las industrias afines y la clase obrera con sus organizaciones, principalmente el partido, no participan en dichas discusiones; si no se hace una evaluación de la experiencia de conjunto de la economía soviética en el período anterior, incluyendo los errores monstruosos de la dirección. El parámetro más importante del plan no es qué quieren y pueden consumir inmediatamente los obreros y campesinos, sino qué pueden ahorrar y acumular. El problema del ritmo de industrialización no se resuelve en los términos de las fantasías burocráticas sino de la vida y la cultura de las masas.

Por eso, el plan de construcción del socialismo no puede ser una orden burocrática apriorística. Hay que elaborarlo y corregirlo de la única manera que se puede construir el socialismo, es decir, a través de la más amplia democracia soviética. Para dar un ejemplo, la reso­lución acerca del papel de la química en la economía na­cional sólo puede elaborarse mediante una discusión abierta entre los distintos grupos económicos y ramas de la industria. La democracia soviética no es una consigna política abstracta, ni menos aun una norma moral. Se ha convertido en una necesidad económica.

La primera condición para el triunfo del socialismo es preservar, mejor dicho, salvar al partido. Sin esta herramienta histórica fundamental el proletariado es impotente. Mientras tanto, la burocracia stalinista lo está destruyendo. A la colectivización total del campo agrega el ingreso total al partido de fábricas y arteles enteros. La vanguardia se diluye en la masa. Se pisotea el pensamiento y la voluntad del partido. Las manos de la burocracia están totalmente libres. La dirección es ciega e incontrolable. El partido no podrá crear una di­rección clarividente mientras no vuelva a ser partido. ¿Qué se debe hacer? Arrancarle al aparato de los usurpadores el poder que le ha usurpado al partido. ¿Quién puede hacerlo? El núcleo proletario del partido, apoyado en la clase obrera.

La segunda condición es preservar, mejor dicho restaurar la dictadura proletaria. Esto sólo es posible si el proletariado registra año tras año una mejora en su nivel económico y cultural, un incremento de su importancia en el estado y el país y, al mismo tiempo, se empiezan a cerrar las tijeras de los precios agrícolas e industriales, de manera que los campesinos obtengan ventajas reales de la Revolución de Octubre.

El ritmo de industrialización no debe garantizar la construcción del socialismo sino el fortalecimiento de los cimientos de la dictadura proletaria y el mejoramiento de la situación de las masas trabajadoras de la ciudad y el campo. Se trata de una tarea muy realista. Exige una combinación de coraje y cautela. Excluye tanto la excesiva timidez como la imprudencia desenfrenada.

Sería absurdo exigirle a la Oposición un plan a priori para evitar sin convulsiones los nuevos peligros engendrados por la combinación de aventurerismo y oportunismo. Las mejores directivas para seguir el buen camino resultan inútiles si el automóvil que encabeza la marcha se desvió del camino y está atascado en el barro. Se necesita, pues, toda una serie de medidas especiales para que la caravana retome la senda. Afirmamos que ni el mejor conductor podría resolver el problema por sí solo. Se necesita el esfuerzo colectivo del partido y la clase, con ayuda de las bases, y ello supone el derecho y la posibilidad de utilizar la iniciativa creadora colectiva.

En este momento, la medida que aparece como más inmediata y apremiante es la más estricta disciplina financiera. Es absolutamente necesario reducir lo más posible los gastos estatales en los rubros presupuestario y crediticio. No cabe duda que esta medida resultará penosa al principio, ya que habrá que poner fin a proyectos y planes ya iniciados. Pero es una medida inevitable. La disciplina financiera debe ser el primer paso hacia la disciplina económica general.

Si no se detienen inmediatamente los proyectos exagerados e irrealizables, si no se impone un ritmo realista, la inflación desbocada los inflará a magnitudes peligrosas, cuyas consecuencias afectarán no sólo la falsa reputación de una dirección ignorante -reputación basada exclusivamente en la autoadulación- sino también un valor real de importancia inconmensurablemente más grande: la Revolución de Octubre.

Una y otra vez rechazamos en forma taxativa la tarea de construir una sociedad socialista nacional "en el menor tiempo posible". Para nosotros, la colectivización y la industrialización están ligadas de manera totalmente indisoluble a la revolución mundial. Los problemas de nuestra economía se resuelven en última instancia en la arena internacional. Es necesario reconstruir la Comintern. Es necesario revisar la estrategia revolucionaria del periodo posleninista y condenar sus tres etapas: la de Zinoviev, la de Bujarin-Stalin y la de Stalin-Molotov. Es necesario remover a la dirección actual, porque es precisamente en el terreno de los problemas internacionales que la fracción stalinista llega al colmo del cinismo teórico y el libertinaje práctico, con consecuencias que amenazan a la vanguardia revolucionaria con desastres innumerables. El repudio a la teoría del socialismo nacional y a la práctica del aventurerismo burocrático es la premisa elemental para regenerar la Internacional Comunista.



[1] El nuevo curso de la economía soviética. The Militant, 15 de marzo de 1930.

[2] ¿Hacia el capitalismo o hacia el socialismo? Apareció en su primera versión en inglés con el título Whithere Russia? [¿Adónde va Rusia?], en 1926. También aparece en The Challenge of the Left Opposition, antología de escritos de Trotsky que abarca los años 1923 a 1929, de próxima aparición.

[3] Estamos comprobando, con gran satisfacción, que nuestros compañeros de la URSS no se dejan engañar por este "ultraizquierdismo" de Stalin que la derecha, los mencheviques y los liberales llaman "trotskismo" a la Stalin. En los últimos meses hemos logrado enviar y recibir varias decenas de cartas de nuestros amigos desde diversos lugares de la URSS y nos pusimos totalmente de acuerdo sobre la evaluación del nuevo curso. En esta edición del Biulleten se publican extractos de algunas de las cartas que hemos recibido. [Nota de León Trotsky]

[4] Iakov A. Iakovlev (1896-193 ?): integrante del ala derecha del PC de Ucrania después de la revolución, fue un ferviente partidario de Stalin contra la Oposición de Izquierda, nombrado comisario de agricultura. Desapareció, junto con muchos otros stalinistas, durante las purgas.

[5] La Novaia Ekomitcheskaia Politika (NEP, Nueva Política Económica): puesta en marcha en 1921 en remplazo de la política del comunismo de guerra (véase nota p. 869). La NEP fue adoptada como medida circunstancial para reanimar la economía después de la Guerra Civil; permitió un reanimamiento restringido del libre comercio dentro de la URSS y que ciertas empresas extranjeras coexistieran con los sectores nacionalizados y estatizados de la economía. A los nepmen, que se beneficiaban con esta política, se lo consideraba una base potencial para el surgimiento del capitalismo. En 1928 la NEP fue remplazada por el Primer Plan Quinquenal y la posterior colectivización forzada de la tierra, aunque el régimen stalinista afirmó hasta 1930 que la NEP seguía en vigencia.

[6] Austen Chamberlain (1863-1937): dirigente del Partido Conservador británico, fue secretario de relaciones exteriores de 1924 a 1929, en el interregno entre los dos gobiernos laboristas.

[7] Gleb M. Krzhizhanovski (1872-1959): bolchevique de la Vieja Guardia, fue jefe de la Comisión Estatal de Planeamiento. Destituido en las purgas de los años 30, sobrevivió para ser "rehabilitado" bajo el gobierno de Jruschov.

[8]  El Artículo 58 del Código Penal soviético castiga a quienes realizan actividades contrarrevolucionarias contra el estado soviético. Stalin lo convirtió en un instrumento fraccional para encarcelar, deportar, exiliar o ejecutar a los adversarios del aparato burocrático.



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