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Deportación de la Unión Soviética[1]

 

 

25 de febrero de 1929

 

 

 

Recapitulando: a la exigencia de que cesara toda mi actividad política, respondí declarando que sólo buró­cratas corrompidos podían formular semejante exigen­cia y sólo los renegados podían aceptarla. Es difícil que los propios stalinistas esperaran una respuesta diferen­te. Después de eso, transcurrió un mes sin novedades. Nuestros vínculos con el mundo exterior se encontraban rotos, incluyendo los vínculos ilegales organizados por jóvenes correligionarios que, superando enormes difi­cultades hasta fines de 1928 me enviaban a Alma-Ata, desde Moscú y otros centros, informes abundantes y precisos. En enero de este año sólo recibimos los dia­rios de Moscú. Cuanto más hablaban de la lucha contra la derecha,[2] más seguros nos sentíamos de que vendría un golpe contra la izquierda. Tal es el método político de Stalin.

Volinski, representante de la GPU de Moscú, per­maneció durante todo este tiempo en Alma-Ata, aguardando instrucciones. El 20 de enero se presentó en nuestra casa, acompañado de un gran número de agen­tes de la GPU, armados, que ocuparon todas las entra­das y salidas, y me entregó el siguiente extracto de las actas de una conferencia especial de la GPU realizada el 18 de enero de 1929:

“Considerando: el caso del ciudadano Trotsky, León Davidovich, bajo el Artículo 58/10 del Código Criminal, acusado de realizar actividad contrarrevolucionaria, expresada en la organización de un partido ilegal anti­soviético cuya actividad últimamente se ha orientado hacia la provocación de acciones antisoviéticas y la realización de preparativos para la lucha armada contra el poder soviético. Resuélvese: el ciudadano Trotsky, León Davidovich, será expulsado del territorio de la URSS.”

Cuando se me pidió que firmara una declaración dándome por enterado de esta resolución, escribí: “Se me ha dado a conocer esta resolución de la GPU, crimi­nal por su esencia e ilegal por su forma, el 20 de enero de 1929. Trotsky.”

Califiqué a esta resolución de criminal porque con­tiene una mentira deliberada: me acusa de realizar pre­parativos para la lucha armada contra el poder soviéti­co. Semejante fórmula, que Stalin necesita para justi­ficar mi deportación, pretende, de la manera más crimi­nal, socavar el poder soviético. Porque si fuera cierto que la Oposición, dirigida por gente que colaboró en la organización de la Revolución de octubre y en la cons­trucción de la república soviética y del Ejército Rojo, se estuviera preparando para derrocar el poder soviético por la fuerza de las armas, eso demostraría por si solo que en el país impera una situación desastrosa. Si así fuera, hasta el agente contrarrevolucionario mejor dis­puesto del mundo burgués tendría que decir: “No hay por qué apresurarse a establecer relaciones económicas con los soviets; mejor esperemos a ver cómo termina el conflicto armado.”

Pero, afortunadamente, la fórmula de la GPU es una mentira policial descarada. Nos guía únicamente la con­vicción de que el gobierno soviético posee una profunda vitalidad y una gran elasticidad. Nuestra política es la de la reforma interna. Aprovecho esta oportunidad para proclamarlo ante el mundo entero y, con ello, rechazar, al menos parcialmente, el golpe que la fórmula de la GPU, dictada por Stalin y falsa de pies a cabeza, les dio a los intereses de la república soviética. Por grandes que sean las dificultades internas que hoy atraviesa, resultantes no sólo de las circunstancias objetivas sino también de una política impotente y zigzagueante, los que confían en que el poder soviético se derrumbará pronto cometen, como antes, un grave error de cálculo.

Aparentemente, el señor Chamberlain[3] no abriga esa clase de ilusiones. El se guía por criterios más prác­ticos. Si hemos de creer los informes que la prensa difunde insistentemente, en particular la revista nor­teamericana The Nation [La Nación], el señor Cham­berlain expresó que las buenas relaciones diplomáticas con la Unión Soviética serán posibles el día en que, para usar su propia frase, “hayan puesto a Trotsky contra la pared”. Esta fórmula lapidaria honra el espíritu del ministro conservador, el que, cuando se refiere a la marina de guerra estadounidense, lo hace en términos un poco más vegetarianos.

Aunque no se me han confiado poderes diplomáti­cos, me atrevo a aconsejarle al ministro de relaciones exteriores británico, en bien de la causa (y en parte también por mi propio bien), que no insista demasiado en su demanda, en el sentido literal de ésta. Ya Stalin mostró su buena disposición para satisfacer los deseos del señor Chamberlain al expulsarme de la Unión Soviética. Si no hizo más, no es porque le faltaran ganas de complacerlo. Sería una razón demasiado estúpida para castigar a la economía soviética y a la industria bri­tánica. Aparte de eso, podría señalar que las relaciones internacionales se basan en el principio de la reciprocidad. Pero este es un tema desagradable y prefiero no hablar más de él.

En mi respuesta escrita a la resolución de la GPU, dije no sólo que era criminal por su esencia sino tam­bién ilegal por su forma. Con ello quise expresar que la GPU puede ofrecerle a una persona la opción de salir del país, so pena de sufrir tal o cual represalia si resuel­ve no hacerlo, pero no puede deportar a nadie sin su consentimiento.

Cuando pregunté cómo se me deportaría y a qué país, se me respondió que eso me lo diría un represen­tante de la GPU que se encontraría conmigo en la Rusia europea. Dedicamos el día siguiente a empacar rápida­mente nuestras pertenencias, consistentes casi exclusi­vamente en manuscritos y libros. Los dos perros de caza contemplaban alarmados al grupo que con su ba­rullo perturbaba la tranquilidad habitual de nuestro hogar. Debo decir, de paso, que los agentes de la GPU no dieron la menor muestra de hostilidad. Todo lo contrario.

En la madrugada del 22 de enero, mi esposa, mi hijo y yo, junto con una escolta de la GPU, partimos en un ómnibus a lo largo de un camino cubierto por una capa de nieve firme y lisa, hasta el paso montañoso de Kurda. Allí nos aguardaban vientos fuertes y neviscas. El poderoso tractor que nos debía remolcar estaba totalmente cubierto por la nieve, igual que los siete vehícu­los motorizados que venía remolcando. Durante las grandes nevadas, en este paso murieron de frío siete hombres y muchos caballos. Debimos proseguir el viaje en trineo. Tardamos más de siete horas en cubrir trein­ta kilómetros. A lo largo del camino cubierto de nieve vimos gran cantidad de trineos abandonados, con los ejes apuntando hacia arriba, muchos fardos de materia­les para el ferrocarril Turquestán-Siberia, que estaba en construcción y tanques de querosene, hundidos en la nieve. Hombres y caballos se habían refugiado en los cercanos campamentos de invierno del Kirguis.

Al otro extremo del paso abordamos nuevamente un ómnibus y en Pishpek (ahora Frunze), un tren. Los dia­rios moscovitas que compramos por el camino eran una demostración de cómo se preparaba a la opinión pública para la deportación de los dirigentes de la Oposición.

En la región de Aktiubinsk un comunicado por cable directo nos informó que el lugar de exilio sería Constan­tinopla. Exigí que se me permitiera reunirme con mis dos familiares que estaban en Moscú.[4] Se los trajo a la estación de Riajsk y se los puso bajo vigilancia junto con nosotros. El nuevo representante de la GPU, Bulanov, trató de convencerme de las ventajas de Constantino­pla; pero me negué categóricamente. Bulanov inició las negociaciones con Moscú por línea directa. Allí estaba previsto todo menos la posibilidad de que yo me negara a abandonar el país voluntariamente.

Nuestro tren fue desviado de su ruta, volvió lenta­mente por la vía, se detuvo finalmente en un desvío apartado cerca de una estacioncita perdida y cayó en estado de coma entre dos bosquecitos. Los días pasa­ban. Las latas vacías se acumularon alrededor del tren. Cuervos y urracas acudían al festín en bandadas cada vez más numerosas. No había conejos; en el otoño una epidemia terrible los había exterminado. De modo que las huellas de los zorros llegaban hasta el tren.

La locomotora, con un vagón acoplado, iba diariamente a una estación más grande para buscar nuestros alimentos. La gripe hacía estragos en nuestro vagón. Releímos a Anatole France y la historia de Rusia de Kliujevski. La temperatura bajó a veintiún grados bajo cero. Nuestra locomotora se mantenía en constante movimiento para que sus ruedas no quedaran soldadas a los rieles por el frío. Lejanas estaciones de radio se comunicaban entre sí, buscando en el éter la ubicación de nuestro paradero. No escuchábamos sus preguntas; jugábamos al ajedrez. Pero aunque las hubiéramos es­cuchado no habríamos podido responder; se nos había traído a este lugar de noche, de manera que nosotros mismos sólo sabíamos que estábamos, en algún lugar de la región de Kursk.

Así pasaron doce días con sus noches. Allí supimos de nuevos arrestos: varios cientos de personas, entre ellos los ciento cincuenta integrantes de un supuesto “centro trotskista”. Entre los nombres revelados se encontraban los de Kavtaradze, ex presidente del con­sejo de comisarios del pueblo de Georgia; Mdivani, ex representante comercial soviético en París; Voronski, el mejor crítico literario del partido y Drobnis, uno de los grandes héroes de la revolución ucraniana.[5] Todos eran figuras importantes del partido, hombres que colaboraron en la organización de la Revolución de Octubre.

El 8 de febrero Bulanov anunció: A pesar de los grandes esfuerzos de Moscú, el gobierno alemán se niega categóricamente a permitir su ingreso a Alema­nia. Me han dado instrucciones definitivas de conducirle a Constantinopla.

- Pero no iré voluntariamente; haré una declaración al efecto en la frontera turca.

- Eso no cambiará nada; sea como fuere, usted irá a Turquía.

- Entonces ustedes se han puesto de acuerdo con la policía turca para deportarme a Turquía por la fuerza.

- No sabemos nada de eso - respondió -, sólo obedecemos órdenes.

Después de estar detenidos doce días en ese lugar, nuestro tren se puso nuevamente en camino. Aunque era modesto, comenzó a crecer a medida que crecía nuestra escolta. En todo el viaje, a partir de Pishpek, no se nos permitió abandonar el vagón. Ahora nos dirigía­mos a toda velocidad hacia el sur. Sólo parábamos en estaciones pequeñas para cargar agua y combustible. Estas precauciones extremas eran consecuencia del re­cuerdo de la manifestación que se realizó en la estación de Moscú cuando fui deportado de allí, en enero de 1928; en esa ocasión los manifestantes impidieron por la fuerza que el tren partiera hacia Tashkent, y sólo pu­dieron deportarme en secreto al día siguiente.

Los diarios que nos llegaban en la ruta traían los ecos de la nueva gran campaña contra el “trotskimo”. Entre líneas aparecían ciertos indicios de una pugna en la cúpula en torno a mi deportación. La fracción stalinis­ta estaba apurada. Y con toda razón: las dificultades no eran solamente políticas sino también físicas. El vapor Kalinin debía recogernos en Odesa, pero estaba atrapa­do por el hielo. Los rompehielos se esforzaban en vano. Moscú enviaba telegramas exigiendo rapidez. Se pre­paró rápidamente el vapor Ilich. Nuestro tren llegó a Odesa la noche del 10 de febrero. Por la ventanilla vi los lugares conocidos. Siete años de mi vida escolar habían transcurrido en esta ciudad. Fuimos en automóvil direc­tamente hasta el vapor. Hacía muchísimo frío. A pesar de lo avanzado de la hora, el muelle estaba rodeado de tropas y agentes de la GPU. Aquí debimos despedirnos de los dos familiares que habían compartido nuestro encierro durante dos semanas.

Al contemplar a través de la ventanilla del tren el vapor que nos aguardaba, nos acordábamos de otro barco que una vez nos había llevado a un destino que no habíamos elegido. Fue en marzo de 1917, en Halifax, Canadá, donde marinos británicos me tomaron de los brazos, a la vista de una multitud de pasajeros, y me bajaron a la fuerza del vapor noruego Christianiafjord, en el que viajaba con todos los documentos y visas necesarias hacia Cristianía y Petrogrado. Nuestra fami­lia era la misma, con doce años menos. Mi hijo mayor tenía entonces once años, y había golpeado a uno de los marinos británicos con su puñito, antes de que aquél pudiera impedírselo, con la ingenua esperanza de recu­perar mi libertad y sobre todo de que yo recuperara mi posición vertical. En lugar de Petrogrado, mi destino circunstancial fue un campo de concentración.

El Ilich, sin carga ni otros pasajeros, zarpó alrede­dor de la una de la mañana. Durante noventa kilóme­tros un rompehielos nos abrió paso. El huracán, que había hecho estragos en la zona, sólo nos tocó con las puntas de sus alas. El 12 de febrero entramos al Bósfo­ro. Al oficial de policía turco, advertido de antemano de que el vapor nos transportaba a mi familia y a mí, entre­gué mi declaración de que se me llevaba a Constantino­pla contra mi voluntad. No dio resultado. El vapor pro­siguió su ruta. Después de un viaje de veintidós días, tras cubrir una distancia de seis mil kilómetros, llega­mos a Constantinopla.



[1] Deportación de La Unión Soviética, de Jto i Kai Proizoslo? Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders; en el momento de su publicación apareció también una traducción en el New York Times del 27 de febrero de 1929 (Trotsky describe las dificultades del exilo) y en otros periódicos.

[2] La derecha a que hace referencia era un ala del PCUS, también llamada Oposición de Derecha. Trotsky era un adversario inflexible de su política, que opinaba fortalecía las tendencias pro capitalistas existentes en la Unión Soviética, pero consideraba comunistas a sus dirigentes y no planteaba su expulsión del partido ni de la dirección. Desde 1923 la derecha estaba aliada con los stalinistas (a los que Trotsky llamaba centristas) contra la Oposición de Izquierda. A finales de 1927, poco después de la expulsión de la Oposición de Izquierda, se agudizaron las diferencias entre los stalinistas y los dirigentes de la Oposición de Derecha (Bujarin, Rikov y Tomski). En 1928 los stalinistas emprendieron una ruidosa campaña contra las desviaciones de derecha y sus partidarios, pero a Bujarin. Rikov y Tomski no los asociaron publicamente con la derecha hasta 1929.

[3] Austen Chamberlain (1863-1937): político conservador que ocupó muchos cargos en el gabinete británico, entre ellos el de secretario de relaciones exteriores del gobierno de Baldwin (1924-1929).

[4] Los dos miembros de la familia de Trotsky que vivían en Moscú eran su hijo menor, Serguei Sedov (1908-193?) y la esposa de León Sedov. Serguei, profesor de ciencias que no se interesaba por la política, fue arrestado en 1934 o 1935, como medida de represalia contra Trotsky, y luego se supo que murió en un campo de concentración después de negarse a denunciar a su padre.

[5] Los tres primeros de estos oposicionistas de izquierda murieron en las cárceles y campos de concentración de la GPU; el cuarto capituló en 1929 y le dieron un trabajo en una fábrica de Siberia, pero fue juzgado en el segundo Juicio de Moscú y ejecutado en 1937.



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