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Coyoacán

Me embarqué en Cherburgo, el 28 de diciembre de 1936, en el Empress of Australia para Nueva York. Era invierno y el barco, bastante grande, estaba casi vacío. A bordo había un grupo de estudiantes norteamericanos que volvían a su país después de una estadía de varios meses en Europa. Ese fue mi primer contacto con la juventud norteamericana, cuya vitalidad y espontaneidad pude sentir.
Pasé unos días en Nueva York, donde me reuní con trotskistas norteamericanos. Me acuerdo de una cena iluminada con velas en casa de James Burnham que me sorprendió mucho. Me alojé en casa de Harold Isaacs. Tomé el avión para México en Newark, en medio de una tormenta de nieve. El avión no fue más allá de Memphis. Una ventisca cubría todo el sudeste de los Estados Unidos y tuve que atravesar en tren las llanuras heladas. Por fin llegué a Laredo, donde tomé el avión para México. Aterricé en México el 11 de enero, al mediodía. Desde el aeropuerto tomé un taxi hacia Coyoacán. En la casa azul de la avenida Londres, rodeada de policías, me encontré con Trotsky y Natalia que habían llegado de Tampico una hora antes. Les di las noticias de París.
Escapado de la trampa noruega, Trotsky estaba lleno de entusiasmo. Había que organizar el secretariado lo más rápidamente posible, en un país nuevo, con una lengua nueva. Encontré una dactilógrafa rusa, muy competente, Rita Jakolevna, que empezó a trabajar el 16 de enero.
Se desarrollaba entonces el segundo proceso de Moscú, el de Rádek, Piatakov, Murálov, Sokólnikov y una docena más. Cada día, a los despachos de prensa que detallaban los puntos de acusación fabricados en Moscú, Trotsky respondía con un artículo, demostrando el mecanismo de la fabricación. Había que traducir ese artículo en el momento al inglés y al español, distribuirlo a las agencias de prensa internacionales y entregarlo a los diarios mexicanos. Por la noche, yo hacía la ronda de las redacciones de los periódicos de México.
Una de las falsas acusaciones del proceso de Moscú era que Piatakov había llegado en avión a Noruega en diciembre de 1935 para encontrarse con Trotsky. Se pudo establecer que en esa fecha el aeropuerto de Oslo estaba cerrado, a causa del mal tiempo. El 29 de enero Trotsky me dijo: “Así como un cuervo puede provocar una avalancha, la historia del avión de Piatakov puede ser el comienzo de la caída de Stalin”. Y el 31, después de la ejecución de Piatakov: “Eso costará mucho a Stalin”. Era esa una perspectiva demasiado estrecha. Sin duda pensaba él en Stalin cuando el 31 de enero me dijo: “La astucia, cualidad inferior de la inteligencia”.
Diego Rivera había ofrecido a Trotsky la casa azul de Coyoacán, en la avenida Londres[1]. Él vivía entonces con Frida en San Ángel, a tres o cuatro kilómetros. Los dos tenían grandes atenciones con Trotsky. Conocimos a los miembros más activos del grupo trotskista mexicano. Eran jóvenes maestros o jóvenes obreros. Pronto empezaron a venir de noche, a la vez, dos o tres para montar guardia hasta la mañana, lo cual me permitía descansar del trabajo del día. Un alto funcionario mexicano, Antonio Hidalgo, aseguraba la relación con el gobierno y pronto se convirtió en un amigo personal. Era un hombre derecho, de carácter fuerte, que había participado en la revolución mexicana. Trotsky y Natalia le cobraron afecto. En cuanto a mí, corría a su despacho cuando había algún problema que arreglar con cualquier administración y siempre nos auxiliaba.
A comienzos de febrero pasamos con Hidalgo dos o tres semanas en la casa de campo de Bojórquez cerca de Cuernavaca. Era también un alto funcionario, amigo de Hidalgo, pero que guardaba cierta distancia respecto de nosotros. Las relaciones entre Trotsky y él eran corteses, pero nada más. Durante esa estadía en la residencia de Bojórquez fuimos a pasar el día a casa de Mújica, quien tenía un rancho muy cerca. Mújica era secretario de Comunicaciones y Obras Públicas; de hecho, era el amigo y colaborador más cercano de Cárdenas. Un encuentro entre Trotsky y Cárdenas, jefe del Estado, era imposible, pero no así una reunión con Mújica, que de cierta manera se hizo en lugar de la reunión con Cárdenas. Era un hombre de una gran inteligencia. La frente amplia y los ojos vivaces le daban una cierta semejanza con Trotsky, un parecido que tal vez él cultivaba. La conversación fue amistosa y animada. Se habló de México, sobre todo de sus problemas económicos y sociales, pero sin tocar temas políticos inmediatos.
Los trotskistas norteamericanos habían organizado, para el 16 de febrero, un mitin en una gran sala de Nueva York, el Hipódromo. Trotsky debía hablar por teléfono desde México, en ruso y en inglés. Al final de la tarde estábamos, Trotsky, Natalia y yo, en una piecita del edificio de la compañía de teléfonos de México. Un micrófono había sido instalado en el medio de la pieza y un ingeniero había dado instrucciones a Trotsky sobre la forma de hablar. Nos quedamos allí varias horas. Por momentos, la comunicación con Nueva York parecía establecerse, pero luego inmediatamente se cortaba. Finalmente hubo que abandonar la idea. Yo todavía conocía bastante poco el medio mexicano. Si hubiera tenido entonces la experiencia que a continuación adquirí, tal vez habríamos podido encontrar una solución de reemplazo. En Nueva York, Max Shachtman sacó de su bolsillo el texto en inglés del discurso de Trotsky enviado como medida de precaución unos días antes y lo leyó al auditorio. Las comunicaciones telefónicas, evidentemente, no tenían en 1937 la calidad que tienen hoy en día. Pero estábamos, después de todo, en la central de teléfonos misma, rodeados de ingenieros. No hay en mi espíritu la menor duda de que la comunicación fue saboteada en alguna parte, ya sea por agentes rusos, o por las autoridades norteamericanas.
Jan Frankel llegó de Checoslovaquia el 19 de febrero. Un miembro del grupo trotskista norteamericano, Bernard Wolfe, vivía en la casa y se ocupaba de la correspondencia en inglés. Hacía mucho tiempo que Trotsky no tenía un secretario tan completo. Trabajaba mucho.
En febrero se encontraba en México un escritor norteamericano, Waldo Frank. Tenía lazos personales con los stalinistas de los Estados Unidos y de América Latina, pero los procesos de Moscú lo habían dejado perplejo. Vino a ver a Trotsky una o dos veces. Las conversaciones fueron animadas, pero quedaron en el aire. De Nueva York, John Dewey invitó a Frank a quedarse en México para participar en los trabajos de la comisión de investigación cuando sus representantes llegaran a México. Frank encontró un pretexto para zafarse. Tenía una gran vanidad. Había escrito a Trotsky pidiéndole una entrevista. Antes de decidirse, Trotsky me pidió que fuera a ver a Frank a la ciudad para tantear el terreno. Lo encontré en el vestíbulo de su hotel. Lo primero que me dijo para presentarse, sabiendo que yo era francés, fue: “Yo, sabe usted, soy el André Gide de las Américas”.
Desde el mes de febrero Trotsky había reclamado la formación de una comisión investigadora internacional para examinar las acusaciones lanzadas contra él y su hijo en los procesos de Moscú. El proyecto dio un gran paso adelante cuando John Dewey, el filósofo norteamericano, aceptó formar parte de esa comisión e incluso ser su presidente. Además de seis norteamericanos, la comisión comprendía un francés (Alfred Rosmer), dos alemanes (OttoRühle y Wendelin Thomas), un italiano (Cario Tresca) y un mexicano (Francisco Zamora). Suzanne La Follette fue extremadamente activa y diligente como secretaria de la comisión...
Una subcomisión vino a México a oír la declaración de Trotsky y a interrogarlo. Las audiencias de esta subcomisión se realizaron del 10 al 17 de abril, en el salón de la casa de avenida Londres, arreglado para la ocasión. Había unos cuarenta asientos para los periodistas y el público y todo eso planteaba grandes problemas de seguridad.
Las audiencias de la subcomisión significaron, para quienes estaban alrededor de Trotsky, largas jornadas de trabajo. Legajos que habían pasado por Alma-Atá y Prinkipo fueron abiertos por primera vez desde la partida de Moscú. Había que leer todo para encontrar, aquí y allá, un documento útil. Docenas de declaraciones, reunidas a través del mundo, concernían a los puntos del proceso cuya falsedad se podía demostrar. A menudo había que obtener declaraciones de personas que habían sido siempre, o se habían vuelto adversarios políticos de Trotsky; había que traducirlas, hacerlas comprensibles al público y en particular a los miembros de la comisión. Había que aclarar, explicar, coordinar innumerables puntos de detalle. Inútil decir que no hubo, en todo este trabajo, ninguna adulteración, ningún disimulo, ni el menor dedazo a la balanza.
Fueron semanas de actividad febril en la casa de Coyoacán. Cada mañana, toda la gente de la casa se reunía en el estudio de Trotsky, donde se repartían las tareas. Se sentía revivir en Trotsky al organizador que había sido en los años de la revolución.
Jan Frankel se ocupaba de las relaciones con los miembros de la comisión y los trotskistas norteamericanos, bastante numerosos, que habían venido a México. Tenía que pasar por lo tanto mucho tiempo en la ciudad. Un día, Trotsky fue a la habitación de Frankel para reclamarle un documento. El documento no estaba listo. Trotsky regresó a su despacho dando un portazo, la puerta era de vidrio dividido en cinco o seis cristales. Las lluvias mexicanas habían gastado desde hacía tiempo la masilla de los vidrios. Con el golpe, los cristales cayeron uno tras otro y el estruendo cristalino de cada caída repercutió por toda la casa.
Hacia el final de los trabajos, durante un alto en la sesión, Trotsky y Dewey se encontraban en el patio. “Si todos los marxistas fueran como usted, señor Trotsky, yo sería marxista”, dijo Dewey. A lo que retrucó Trotsky: “Si todos los liberales fueran como usted, señor Dewey, yo sería liberal”. La vivacidad del intercambio fue notable, pero no podía dejar de encubrir cierta dosis de diplomacia. Trotsky tenía en ese momento respeto por el empuje y la fuerza del carácter de Dewey. Pero cuando unos meses más tarde, luego de oír por la radio el veredicto de la comisión de investigación, Dewey agregó algunas palabras personales sobre el bolcheviquismo, Trotsky se puso furioso.
Había en el cuarto de baño de la casa, colgado encima de la tina, un cuadro al óleo, puesto allí sin duda por Frida cuando había arreglado la casa. Era un desnudo español del siglo XIX, cubierto de una espesa capa de barniz oscuro, el desnudo menos desnudo que se pueda imaginar. Durante las sesiones de la comisión, todo el mundo, miembros de la comisión y periodistas tenía que utilizar ese baño. En vísperas de la primera sesión, el cuadro desapareció; Natalia lo quitó a pedido de Trotsky. Una vez terminadas las sesiones, el cuadro fue nuevamente colgado en su sitio. ¿Qué significa este menudo incidente? Una desconfianza extrema hacia los periodistas, el deseo de no dar el menor motivo a la malicia. En este caso, era ir bastante lejos. Cuesta imaginar que un periodista norteamericano, aun el peor intencionado, pudiera fabricar un escándalo a propósito de aquel cuadro borroso.
Frida era una mujer notable por su belleza, temperamento e inteligencia. Muy pronto, en sus relaciones con Trotsky, comenzó a tener maneras bastantes libres. Su francés era pobre, pero hablaba bien inglés, pues había vivido largo tiempo en los Estados Unidos, cuando Diego pintaba allí sus murales. Con Trotsky, por lo tanto, hablaba muy a menudo en inglés y Natalia, que no entendía para nada ese idioma, se veía así excluida de la conversación. Frida no vacilaba, un poco a la manera norteamericana, en esgrimir la palabra “love”. “All my love” decía a Trotsky cuando se despedía de él. Trotsky, aparentemente, cayó en el juego. Empezó a escribirle cartas. Deslizaba la carta en un libro y se lo daba a Frida, a menudo delante de otras personas, incluso frente a Natalia o Diego, recomendándole que lo leyera. Yo no sabía nada, por supuesto, de esas astucias en ese momento, fue Frida quien me las contó tiempo después.
Todo esto sucedía unas semanas después del final de las audiencias de la comisión Dewey. A fines de junio, la situación fue tal que los que se encontraban más cerca de Trotsky comenzaron a inquietarse. Natalia sufría. En cuanto a Diego, no se daba cuenta de nada. Era un hombre de unos celos enfermizos y la menor sospecha de su parte hubiera provocado una explosión. Uno puede imaginarse el escándalo y sus graves repercusiones políticas. Jan Frankel, si mis recuerdos no me engañan, se atrevió a hablar a Trotsky de los peligros que presentaba la situación.
A comienzos de julio, para aplacar la tensión que crecía entre ellos, Trotsky y Natalia decidieron separarse por algún tiempo. Trotsky se instaló en la hacienda de un terrateniente, Landero, que Antonio Hidalgo y Diego Rivera conocían. Era cerca de San Miguel Regla, a unos 130 kilómetros al noreste de México, un poco más allá de Pachuca. Trotsky vivía allí con Jesús Casas, el oficial de policía que comandaba la pequeña guarnición de la avenida Londres y con Sixto, uno de los dos choferes de Diego Rivera. Podía pescar y andar a caballo. Llegó allí el 7 de julio. Natalia se quedó en Coyoacán.
El 11 de julio Frida fue a ver a Trotsky a la hacienda. Tengo buenas razones para creer que luego de esa visita Trotsky y Frida decidieron poner fin a sus relaciones amorosas. Hasta ese momento se habían dejado deslizar por la pendiente resbaladiza del flirt. De ahora en adelante no se podía seguir más lejos sin comprometerse a fondo. El desafío era demasiado grande. Los dos dieron marcha atrás. Frida estaba muy ligada a Diego y Trotsky a Natalia. Por otro lado, las consecuencias de un escándalo podrían ir demasiado lejos.
Natalia, que se había enterado del viaje de Frida a la hacienda, escribió a Trotsky para pedirle explicaciones. Trotsky, quien acababa de cumplir con lo que consideraba su deber rompiendo con Frida, respondió a Natalia llamándola “mi víctima” y declaraba que derramaba lágrimas “de piedad, de arrepentimiento y de [...] tormento”.
Algunas de las cartas que intercambiaron Trotsky y Natalia en esas tres semanas de su separación se han conservado. Después de su ruptura con Frida, Trotsky sintió que recuperaba toda su ternura por Natalia, y las cartas que le escribió entonces testimonian su cariño. Como contraparte, pronto apareció sin embargo un tema más oscuro.
Es el “tormento”. Por un mecanismo psicológico bastante conocido, Trotsky se puso a reprochar a Natalia, para aligerar su sentimiento de culpa hacia ella, una pretendida infidelidad. Tal vez pensaba también, que la mejor defensa es el ataque. El motivo se hizo oír primero con vacilación. “Con vergüenza, con odio hacia mí mismo te escribo esto [...]” Luego, la voz se hizo más fuerte. Trotsky planteó a Natalia preguntas sobre las relaciones que había tenido con un joven asistente, cuando ella trabajaba en el Comisariado del Pueblo de la Instrucción Pública, en los primerísimos tiempos del gobierno bolchevique, es decir, hacía un poco menos de veinte años. El asistente se había enamorado de Natalia, pero ella nunca había respondido a sus demandas. El estallido más intenso, por otro lado, no se produjo por carta, sino por teléfono. El 21 de julio por la mañana, Trotsky llamó desde Pachuca a Natalia para hacerle una escena de celos: ¡Trotsky aullando en ruso en un teléfono mexicano que andaba mal, para reprochar a Natalia una infidelidad ficticia, que se habría producido hacia casi veinte años! Natalia jadeaba. “Mi pequeño León no confía en mí. Me ha perdido la confianza. Es tu orgullo”. Después de la llamada, Trotsky se sintió aliviado. “Me parece que me he calmado. Puedo, en todo caso, esperar a que nos veamos”.
Esta crisis de celos no fue, al parecer, un accidente aislado. Trotsky mismo, en sus cartas, habla de “recidiva” y considera su “tormento” como una especie de fiebre cuyos accesos se producirían periódicamente. Cuando Trotsky y Natalia se conocieron en París, en 1903, ella tenía un amante y tuvo, antes de dejarlo, alguna vacilación. Después de la muerte de Trotsky, confiaba a una amiga: “Nunca me lo perdonó. Siempre volvía a lo mismo”.
Durante esas semanas de julio de 1937, Natalia, por su lado, dio a Trotsky un golpe muy duro. El 18 de julio le escribía: “Todos, en el fondo, estamos terriblemente solos”, lo que era, como Natalia misma lo hacía notar, una observación bastante trivial. Trotsky quedó muy sacudido por la frase. “Esa frase ha sido para mí como una cuchillada en el corazón”. Puede haber dos razones que expliquen ese sacudimiento. En primer lugar, la frase traducía, por parte de Natalia, el sentimiento de su soledad. Pero era también para Trotsky una ofensa a su concepción del hombre comunista.
En medio de los tormentos del corazón aparece, en las cartas, el deseo sexual. El 19 de julio Trotsky informa a Natalia sobre el estado de su pene (empleando una palabra rusa popular) y describe, utilizando los términos más crudos, la mecánica de los retozos sexuales que sueña poder gozar con ella. Trotsky regresó a Coyoacán el 26 o el 27 de julio. Yo había ingresado al Hospital Francés de México el 17 de julio, para una operación de apéndice. No estaba por lo tanto en la avenida Londres cuando volvió Trotsky o si estaba ya me había acostado.
La vida en la casa recuperó su ritmo habitual. Para un observador exterior, las relaciones entre esas cuatro personas, Trotsky y Natalia, Diego y Frida, sólo estuvieron marcadas por diferencias sutiles. Se estableció cierta distancia entre Trotsky y Frida. Ya no se oyó más la palabra “love”. El cambio más sensible se produjo, tal vez, en la actitud de Natalia hacia Frida: había momentos de frialdad que alternaban con efusiones súbitas. Trotsky pidió a Frida que le devolviera las cartas que le había escrito. “Podrían caer en manos de la GPU”, le dijo. Frida se las devolvió y, al parecer él las destruyó. Fue entonces cuando Frida me habló un poco de lo que había pasado.
Estoy convencido de que la aventura amorosa que Trotsky tuvo con Frida fue la primera en su género, desde su salida de Rusia. En Turquía, en Francia, en Noruega, las circunstancias no se prestaban para ese tipo de cosas. Poco después del final de su aventura con Frida, Trotsky intentó entablar relaciones amorosas de otro carácter, con una mujer joven. Ya hablaré enseguida de ello. A la luz de lo que pude ver en México, por la manera como Trotsky se conducía ante Frida y esta otra joven mujer, por cierta audacia y soltura que ponía en esas maniobras, tiendo a creer que tuvo, a lo largo de toda su vida, cierto número de aventuras. Cuando Clara Sheridan esculpía en barro la cabeza de Trotsky en el despacho de éste en el Kremlin, en 1920, había en la conversación de Trotsky con ella y en toda su actitud hacia ella un elemento de flirt.
He oído decir (pero a alguien que no estaba en la cercanía inmediata de Trotsky) que en el momento mismo de la insurrección de octubre Trotsky mantenía relaciones con una joven inglesa rubia. Pero ése es un rumor sobre el que nunca pude saber nada preciso.
Bernard Wolfe había regresado a los Estados Unidos en agosto. A fines de septiembre llegó un nuevo norteamericano, Joseph Hansen. Al día siguiente, o quizás el día mismo de su llegada, teníamos que ir de visita a casa de la familia Fernández, que vivía en un suburbio de México. Era una familia mexicana cuyos tres hijos eran miembros del grupo trotskista mexicano. Todos los miembros de la familia tenían mucho afecto a Trotsky y a Natalia. A Trotsky le gustaba estar con ellos. Y nos marchamos en automóvil. Joe conducía, yo iba a su lado, Trotsky y Natalia detrás. Joe evidentemente no conocía la ciudad de México. Yo lo guiaba. A cada cruce de calles, yo le decía left, right o straight ahead. Al día siguiente de esa visita, no sé por qué razón, fue necesario que volviéramos a casa de Fernández. Dos visitas en dos días, era más bien extraordinario, pero en fin eso fue lo que sucedió. El trayecto era largo y complicado y era impensable que Joe pudiera acordarse del itinerario. Por lo tanto, igual que en la víspera, yo lo guiaba: left, right, straight ahead. De regreso a Coyoacán, Trotsky me hizo llamar a su escritorio. “¿No cree usted que habría que hacer que Joe se volviera a los Estados Unidos?” Yo estaba muy sorprendido. “¡Nunca aprenderá!” exclamó Trotsky. Salí en defensa de Joe, tratando de explicarle las cosas. Sin quedar muy convencido, Trotsky me dijo: “Ya veremos”. Joe, de hecho, se convirtió, de todos los norteamericanos que vinieron a vivir a Coyoacán, en el que mejor se entendió con Trotsky y por el que Trotsky tuvo más estima.
A fin de octubre Jan Frankel se fue a vivir a los Estados Unidos. A comienzos de noviembre, Gaby llegó de Francia con mi hijo. En Francia, como ya conté más arriba, ella estaba en el grupo Molinier. Cuando se decidió que tenía que venir a México, ella había aceptado no tener ninguna actividad política. Había vivido varios meses en la casa de Barbizon y una vez instalada en Coyoacán se puso a ayudar a Natalia en las tareas domésticas.
Unas semanas después de su llegada, Gaby se encontraba un día en la cocina, preparando el almuerzo, con Natalia y una joven criada mexicana. En esa época Natalia todavía hablaba muy mal español; en realidad sólo conocía unas pocas palabras. Trataba de hacerse entender por las criadas mediante gestos o palabras aisladas. A veces llegaba a agarrar por el brazo a una muchacha para hacerle ver algo. En un momento dado, no sé por qué razón, Gaby pensó que Natalia trataba a la joven mexicana muy duramente y se lo dijo. Gaby tenía la manera franca de hablar de las bellevillenses (del barrio de París donde nació). Ciertamente también su pertenencia al grupo de Molinier había dejado en ella cierta dosis de animosidad que en ese momento resurgió. Se produjo, en suma, lo que sucede a menudo cuando dos personas se encuentran en la cocina. El tono subió de una y otra parte. En ese mismo instante, Trotsky, al ir de su escritorio al baño, pasó cerca de la cocina. Escuchó voces airadas, entró a la cocina y gritó. “¡Ahora mismo llamo a la policía!” No lo hizo, por supuesto, pero las terribles palabras ya habían sido pronunciadas.
Un poco más tarde yo estaba clasificando papeles cuando Trotsky vino a verme. “No debí haber dicho eso”, me dijo con un aire confuso, casi avergonzado. Es la única vez que lo vi turbado. De todos modos, Gaby no podía quedarse. Volvió a Francia con mi hijo, pasando por Nueva York.
El 12 de noviembre de 1937, Trotsky me hizo enviar el siguiente telegrama: “Chautemps presidente Consejo París. El asunto asesinato Ignaz Reiss robo mis archivos y crímenes análogos me permito insistir necesidad someter interrogatorio al menos como testigo Jacques Duelos vicepresidente Cámara de diputados viejo agente por. Trotsky”.
La palabra “viejo” significaba evidentemente que había tenido conocimiento de la pertenencia de Duclos a la GPU cuando todavía Trotsky formaba parte del gobierno soviético. Era revelar un secreto de Estado. El telegrama provocó algunas olas en los medios trotskistas. Liova, en particular, pensó que su padre había dado un paso en falso al enviar ese telegrama.
Varias veces, en el transcurso del año 1937, Naville nos había escrito de París que André Gide tenía la intención de venir a México; pero cada vez posponía el viaje. En noviembre, el proyecto de Gide pareció precisarse. Trotsky trató de vencer sus titubeos. En un momento pensó escribirle para decirle todo lo que México podía ofrecerle; pero, finalmente, se abstuvo, pensando que Gide podía ver en su carta una tentativa de control. Decidió proceder de una manera menos directa y redactó un proyecto de carta que comenzaba por “Querido maestro” y detallaba todo lo que podía incitar a Gide a venir. La carta iba a ser firmada por varios artistas y escritores mexicanos, entre otros Diego Rivera, Salvador Novo y Carlos Pellicer. No me acuerdo si verdaderamente fue enviada; pero aun cuando lo hubiera sido, la carta no sirvió para nada, pues, como pronto lo supimos, Gide había cambiado bruscamente sus planes y había partido para África.
La casa de la avenida Londres, con su patio, sus jardines y sus dependencias, formaba un rectángulo exacto. Dos de los lados de ese rectángulo se encontraban sobre dos calles paralelas, avenida Londres y avenida Berlín. Un tercer lado se encontraba sobre una calle perpendicular a las mencionadas, la calle Allende. Las ventanas que daban a esas calles habían sido clausuradas; las habían obturado con grandes bloques de adobe mexicano. En cuanto al cuarto lado, colindaba con otra propiedad. A lo largo de todo ese costado había un muro bastante alto. Pero eso era más bien un inconveniente porque no podíamos observar lo que pasaba del otro lado de ese muro, por lo demás bastante cercano al dormitorio de Trotsky y Natalia. Ése era un motivo constante de inquietud para Diego Rivera y para mí. Hablábamos con frecuencia de él.
La inquietud de Trotsky se inclinaba hacia otra dirección. A fin de 1937, la campaña de injurias y de amenazas que los stalinistas mexicanos habían organizado contra él se hacía cada vez más virulenta. Trotsky temía un ataque contra la casa, de frente, por la esquina de la avenida Londres y la calle Allende, llevado a cabo por cientos de asaltantes. El ataque se disfrazaría de manifestación política y terminaría en un atentado contra él. Un día, me presentó su plan. Había que dejar permanentemente una escala apoyada contra el muro, en el extremo derecho del segundo patio, sobre la avenida Berlín. En aquella época esa calle no era más que un prado. Por la noche, estaba mal iluminada o, quizás, ni siquiera iluminada. No se veía, desde afuera, que nuestra casa se extendía hasta allí. En caso de ataque, Trotsky apoyaría esa escala contra el muro, saldría solo y sin que lo vieran, e iría rápidamente a pie a refugiarse en la casa de una joven mexicana que conocíamos. Separada de su marido, vivía en una casa de su propiedad, a pocas cuadras. El plan de escalar el muro tenía sus méritos. Era un plan astuto que me gustó. Un día, Trotsky me propuso un ensayo general. Apoyaría una noche la escalera al muro e iría a casa de la joven mexicana. Entre tanto yo había sabido por ésta, que en los dos o tres últimos meses, Trotsky le había hecho, cuatro o cinco veces, proposiciones directas y apremiantes. Ella las había ignorado, sin hacer ningún escándalo. Trotsky le había comunicado especialmente el plan de la escala y el proyecto de ensayo. El asunto cobraba un giro nuevo. Esta combinación de problemas de seguridad con una aventura amorosa no me gustó nada. No dije nada a Trotsky. Tal vez advirtió mi falta de entusiasmo. No apresuró el asunto del ensayo. Por otro lado, los acontecimientos se precipitaron y la situación cambió rápidamente.
Algunos indicios de idas y venidas hicieron que Diego Rivera y yo viéramos como cada vez más sospechosa la casa de al lado. Rivera, dando prueba de una gran generosidad, decidió comprarla, pero las formalidades iban a durar algunas semanas. Esas semanas eran peligrosas, pues si realmente había en preparación un atentado, los agentes iban a apresurarse a ejecutarlo antes de que se les escapara la casa de las manos. Finalmente nos quedamos con el siguiente plan: hasta que no nos entregaran la casa vecina, Trotsky iría a vivir a casa de Antonio Hidalgo, en las Lomas de Chapultepec, uno de los barrios más hermosos de México. Haríamos, además, todo lo posible por disimular la ausencia de Trotsky de la casa de Coyoacán.
El 13 de febrero de 1938 Trotsky se deslizó en el automóvil estacionado en el patio. Se acostó en el piso. Yo tomé el volante y la puerta de la cochera se abrió a nuestro paso. Rápidamente pasé frente a la garita de los policías, haciéndoles un gesto familiar con la mano, como cuando salía solo y de prisa. Trotsky se irguió y se sentó en el asiento trasero.
Llegamos a la casa de Hidalgo que era muy confortable. No había niños. Hidalgo y su mujer llenaban de atenciones a Trotsky. En Coyoacán, Natalia había puesto en la cama algunas almohadas que simulaban el cuerpo de Trotsky; Alexandra Sokolóvskaya había recurrido a la misma astucia 35 años antes, cuando Trotsky había huido de Siberia. Las criadas eran mantenidas lejos de la habitación y Natalia iba de tanto en tanto a buscar té a la cocina para un Trotsky presuntamente enfermo. En casa de Hidalgo, Trotsky leía y escribía. El contacto entre Coyoacán y Chapultepec se hacía ya a través de Hidalgo o de mí.
Esa era nuestra vida cuando nos llegó la noticia de la muerte de Liova, el 16 de febrero. Con la diferencia horaria, la noticia llegó a Coyoacán cuando terminaba el almuerzo. Creo que fue el representante de una de las grandes agencias de prensa norteamericanas quien nos la dio por teléfono. Joe Hansen y Rae Spiegel estaban conmigo en la casa. Decidimos no decir nada a Natalia, no dejarle ver los diarios de la tarde y no dejar que atendiera el teléfono. Partí a buscar a Rivera a su casa de San Ángel. Es posible que entonces hayamos tenido una conversación telefónica con alguien en París, Gérard Rosenthal o Jean Rous, pero no tengo un recuerdo preciso en ese sentido. Partimos, Rivera y yo, a Chapultepec. Cuando entramos a la pieza en la que estaba Trotsky, Rivera se adelantó y le anunció la noticia. Trotsky, con el rostro endurecido, preguntó. “¿Natalia lo sabe?”. “No”, dijo Rivera. Trotsky replicó “Yo mismo se lo diré”. Salimos rápidamente. Yo conducía, Rivera iba a mi lado. Trotsky, sentado detrás, se mantenía en silencio. En Coyoacán se encerró inmediatamente con Natalia en su habitación. De nuevo fue la reclusión que yo había conocido en Prinkipo, cuando la muerte de Zina. Por la puerta ligeramente entreabierta les pasábamos té. El 18, a la una de la tarde, Trotsky me entregó unas hojas, escritas con su letra en ruso, que me pidió hiciera pasar a máquina, traducir y distribuir a los periodistas. En esas líneas reclamaba una investigación sobre las circunstancias de la muerte de su hijo. Cuando días después de su reclusión Trotsky volvió a su despacho, se puso a escribir el folleto bien conocido sobre León Sedov. Poco antes de irse a la casa de Hidalgo, había terminado el manuscrito de su largo artículo, Su moral y la nuestra, y le había puesto la fecha, 10 de febrero. Cambió esa fecha al 16 y le agregó una postdata.
Jeanne escribió a Trotsky y a Natalia cartas desesperadas. Se había ligado mucho a Liova. Trotsky le envió un telegrama: “Sí, pequeña Jeanne, hay que vivir”. Pero la situación cambió rápidamente. Liova había dejado, al morir, gran cantidad de papeles en su departamento de la calle Lacretelle. Dos o tres semanas después de su muerte, se hizo evidente que Jeanne, quien pertenecía al grupo Molinier, no estaba dispuesta a entregar esos papeles a Trotsky por intermedio de Gérard Rosenthal, el abogado de Trotsky en París, miembro del grupo trotskista oficial. Trotsky se puso furioso. Los papeles le correspondían de derecho, por todos los derechos, escritos o morales. Tuvo la impresión de que Jeanne jugaba con fuego. La policía francesa, pensaba, sólo buscaba la ocasión de poder meter la nariz en esos papeles; la GPU también, por otro lado. Estaba fuera de sí. Comenzaron una serie de altercados acerbos y dolorosos. Entre tanto, Natalia seguía escribiéndose con Jeanne. Dos mujeres destrozadas intercambiaban cartas llenas de aflicción.
Aproximadamente seis semanas después de la muerte de Liova, a fines de marzo o comienzos de abril, yo estaba en mi habitación después del almuerzo. Trotsky dormía la siesta. En ese momento del día era cuando Natalia venía a menudo a verme para hablarme de los pequeños problemas de la casa o para hacer cuentas. Ese día, cuando entró en mi habitación, estaba muy agitada. Le corrían lágrimas por las mejillas. Exclamó: “Van, Van ¿sabe usted lo que me ha dicho? ¡Tú estás con mis enemigos!” Me repitió la frase en ruso, tal como Trotsky la había pronunciado. No había dicho “adversarios”, sino “enemigos”. Y sus enemigos empezaban entonces con Jeanne y Raymond Molinier, pero la lista era todavía mucho más larga. La frase, por supuesto, podía interpretarse de este modo: “Tú te conduces como si estuvieras de parte de mis enemigos” o “Tú haces el juego a mis enemigos”. Pero lo cierto es que seis semanas después de la muerte de Liova, cuando Natalia estaba todavía desgarrada por el dolor, Trotsky había elegido, para expresarse, la frase más incisiva y más brutal.
Fue en esa época cuando supimos que André Bretón iba a venir a México a dar unas conferencias, enviado por el Ministerio de Relaciones Exteriores. Trotsky me pidió que le procurara libros de Bretón; no había leído nada suyo. Como el tiempo urgía, decidí hacerlos traer de Nueva York, en lugar de pedirlos a París. A fin de abril llegaron el Manifiesto del surrealismo, Nadja, Los vasos comunicantes y una o dos obras más. Abrí las páginas de los que estaban nuevos y se los llevé a Trotsky. Los apiló lejos, en una esquina de su escritorio, donde quedaron algunas semanas. Tengo la impresión de que los hojeó, pero que no los leyó ciertamente de punta a punta.
Cuando Bretón y Jacqueline llegaron a México, en la segunda mitad de abril, los fui a ver. Almorzamos en un restaurante mexicano tradicional. Bretón parecía muy contento de estar en México, todo lo maravillaba. Conmigo se mostraba muy afectuoso. El 29 de abril de 1938, yo escribí a Pierre Naville: “Bretón está aquí desde hace algún tiempo, maravillado por el país, por las pinturas de Diego y por todo lo que hay de magnífico en este país. La contraparte es que asiste a banquetes en recepciones oficiales, qué está asediado por una enorme multitud de personas [...]” Unos días después, es decir en los primeros días de mayo, fui a buscar en automóvil a México a Bretón y a Jacqueline para llevarlos a Coyoacán. El propio Bretón ha descrito ese primer encuentro con Trotsky y Natalia. Se habló del trabajo de la comisión investigadora sobre los procesos de Moscú en París, de la actitud de Gide, de la de Malraux. Se intercambiaron noticias, pero no se abordaron temas importantes. La segunda entrevista tuvo lugar el 20 de mayo. He conservado algunas notas de ella, escritas inmediatamente después del encuentro para mi uso personal. Están lejos de constituir un acta, pero dan algunas indicaciones sobre lo que sucedió. Apenas nos habíamos instalado en el estudio de Trotsky (estaban Bretón, Jacqueline, Natalia y yo), Trotsky se lanzó bastante rápidamente, y sin mayores miramientos, como si se hubiera preparado, en una defensa de Zola. Pretendía considerar al surrealismo como una reacción ante el realismo, en el sentido estrecho y específico de la concepción que había tenido Zola de la literatura. Dijo: “Cuando leo a Zola, descubro cosas nuevas que no conocía, penetro en una realidad más vasta. Lo fantástico, es lo desconocido”. Bretón, bastante sorprendido, se puso tenso. Erguido, apoyado en el respaldo de su silla, dijo: “Sí, sí, sí, estoy perfectamente de acuerdo, hay poesía en Zola”. Trotsky continuó: “Usted invoca a Freud pero ¿no es para una tarea contraria? Freud hace surgir al inconsciente en lo consciente. ¿No quiere usted ahogar lo consciente por el inconsciente?” Bretón respondió. “No, no, evidentemente que no”. Luego hizo la inevitable pregunta: “¿Freud os compatible con Marx?” Trotsky respondió: “¡Oh! usted sabe...Esas son cuestiones que Marx no había estudiado. Para Freud, la sociedad es un absoluto, excepto quizás en El porvenir de una ilusión; ella asume la forma abstracta de la coacción. Hay que penetrar en el análisis de esa sociedad”
La reunión se distendió. Natalia sirvió el té. Se habló de las relaciones entre el arte y la política. Trotsky emitió la idea de crear una federación internacional de artistas y escritores revolucionarios, que contra balancearía las organizaciones stalinistas. Estaba claro: él tenía un plan en la cabeza desde que se había anunciado la venida de Bretón a México. Se empezó a hablar de un manifiesto, Bretón declaró estar de acuerdo para presentar el proyecto. Luego, los encuentros ya no fueron en el despacho de Trotsky sino excursiones en común, picnics en el campo mexicano. Bretón y Jacqueline estaban en relación cotidiana con Rivera y Frida. Vivieron incluso cierto tiempo en la casa de éstos, en San Ángel (a su llegada al país habían sido alojados en su departamento de México por Guadalupe Marín, la ex mujer de Diego Rivera). Con Trotsky tal vez hubo en total ocho o diez encuentros.
En París, en otoño de 1936, con motivo del trabajo de la comisión investigadora, yo había encontrado varias veces a Bretón en el café donde al final de la tarde se reunía con sus amigos. Allí había visto a Bretón actuando como jefe de escuela. En México me encontré con un Bretón bastante diferente, había abandonado su tono magistral, todo le provocaba curiosidad, estaba deseoso de ver y de aprender. A veces llegaba incluso a las confidencias. “Si usted supiera cómo me siento lejos por momentos de todo, aun de Jacqueline”, me dijo un día. Trotsky, el hombre, le había causado una impresión fuerte. “Un príncipe de la Iglesia -decía- ¡y de qué Iglesia!”
El viaje de Bretón a México había provocado reacciones de odio por parte de los stalinistas. Bretón mismo habla de las maquinaciones dirigidas contra él en su discurso del 11 de noviembre de 1938. Su primera conferencia debía tener lugar en el Palacio de Bellas Artes. Trotsky estaba inquieto; pensaba que un grupo de stalinistas mexicanos podía perfectamente sabotearla. Me pidió que organizara un servicio de orden discreto. Me puse de acuerdo con los miembros del grupo trotskista mexicano para que, sin hacerse notar, se situaran en lugares estratégicos. No ocurrió nada enojoso. Pero el hecho deque Trotsky no hubiera vacilado en apelar a los miembros de un grupo político para asegurar la protección de una conferencia literaria de Bretón, muestra toda su buena voluntad hacia él.
Una tarde, en una de esas excursiones con Bretón y Jacqueline, nos detuvimos en una aldea para visitar una iglesia: Era del lado de Puebla, tal vez Cholula, no recuerdo exactamente. Ni Rivera ni Frida estaban con nosotros. La iglesia era, en el interior, baja y sombría. A la izquierda, el muro y los pilares estaban cubiertos de retablos, muy conocidos en México. Son pequeñas placas de metal, cuyo origen a menudo son latas viejas, en las cuales artistas populares pintan escenas de sucesos dramáticos, generalmente accidentes graves de consecuencias funestas de los que quien presenta el retablo ha podido escapar, gracias a la divina providencia. Como esos retablos se acumulan, hay algunos que se remontan a 50 u 80 años. En mi opinión, es la forma de arte popular más notable de México. Bretón estaba maravillado. Tan maravillado que comenzó a deslizar cierta cantidad de esos retablos bajo su chaqueta, tal vez una media docena. No tenía muchos escrúpulos por cuanto se encontraba en una iglesia y consideraba sin duda su acto como una forma de lucha anticlerical. Trotsky estaba muy irritado, lo percibí inmediatamente en su cara. No era ése el tipo de su anticlericalismo. Además, la situación no dejaba de ser peligrosa para él. En México, todos los bienes eclesiásticos pertenecen al Estado. Si las autoridades locales se hubieran dado cuenta del robo podría haberse producido un escándalo del que los stalinistas, entonces tan furiosamente encarnizados por comprometer la estadía de Trotsky, se habrían podido valer y haciendo vibrar la cuerda del patriotismo mexicano, acusar a Trotsky y a sus amigos de atentar contra del patrimonio nacional. Las consecuencias de todo eso podían ir muy lejos. Trotsky salió de la iglesia sin decir una palabra. Debo decir que en esa ocasión dio prueba de un gran control de sí mismo.
Poco después Trotsky comenzó a apurar a Bretón para que le presentara el proyecto de manifiesto. Bretón, con el aliento encendido de Trotsky en la nuca, se sentía paralizado y no podía escribir. “¿Tiene usted algo para mostrarme?” preguntaba Trotsky cuando se encontraban. Se creó así una situación en la que Trotsky venía a desempeñar el papel de maestro de escuela ante un Bretón alumno recalcitrante que no había hecho su tarea. Bretón estaba acongojado. La situación se arrastraba, y él se sentía completamente paralizado. Un día, en casa de Diego Rivera, en el jardín, me llamó aparte y me dijo: “¿No escribiría usted ese manifiesto?” Yo me negué para no hacer todavía más confuso el asunto.
En junio tuvo lugar un viaje a Guadalajara. Diego Rivera estaba allí, pintando, y nosotros debíamos ir a encontrarnos con él. Partimos por la carretera de Guadalajara en dos automóviles. En el primero, conducido, si mal no recuerdo, por Joe Hansen, atrás iban Trotsky y Natalia y al lado del conductor, Bretón, a quien Trotsky había pedido que fuera con él para conversar. Yo estaba en el segundo automóvil, con Jacqueline y creo que con Frida. Era un norteamericano o un mexicano quien conducía. Después de alrededor de dos horas de camino, en una viaje que era entonces de aproximadamente ocho horas, el primer automóvil se detuvo. Nos detuvimos igualmente, a treinta o cuarenta metros del otro, me adelanté hacia el primer automóvil para saber qué ocurría. Joe vino a mi encuentro y me dijo: “The old man wants you”. Bretón descendió también y se acercó al segundo automóvil. Nos cruzamos. Sin decirme nada, hizo un gesto de asombro, como de alguien que no comprende lo que sucede. Me ubiqué en el primer automóvil, que volvió a partir. Trotsky estaba sentado atrás, erguido y silencioso. No me dio ninguna explicación sobre lo que había pasado.
Llegamos a Guadalajara y descendimos en un hotel, sin ocupamos del grupo Bretón-Rivera. Yo estaba muy perplejo. Joe, que no hablaba francés, no había podido seguir la conversación entre Trotsky y Bretón, y no podía informarme. Natalia me dijo algunas palabras bastante vagas. Una vez que estuvimos instalados, lo primero que Trotsky me pidió fue que arreglara una entrevista con Orozco, quien entonces vivía en Guadalajara. Rivera y Orozco eran en esa época los pintores más célebres de México. No eran enemigos; no obstante, por su carácter, sus gustos, su modo de vida, el estilo de pintura, se situaban en dos polos opuestos. Orozco era un introvertido atormentado mientras que Rivera era un extrovertido jovial. E1 hecho mismo de ser los dos más grandes pintores del país no podía sino crear entre ellos una especie de rivalidad, tenían entre sí pocas relaciones personales, o ninguna. Lo que Trotsky me pedía tenía un sentido bien claro: quería establecer cierta distancia respecto del grupo Rivera-Bretón. Fui entonces a ver a Orozco, quien me recibió en su estudio y arreglé la cita. Lo vimos al día siguiente o a los dos días, Trotsky, Natalia y yo. La conversación fue agradable, pero no tuvo la vivacidad ni la calidez que tenían frecuentemente los encuentros entre Trotsky y Rivera. Al salir, Trotsky nos dijo, a Natalia y a mí: “¡Es un Dostoievsky!”
Entretanto, Rivera y Bretón recorrían Guadalajara, en busca de cuadros y de objetos antiguos, como cuenta Bretón en su artículo “Souvenir du Mexique”, reproducido en La Cié des champs.
Volvimos a tomar el camino de México sin que Trotsky viera de nuevo a Bretón. Había sido el retraso persistente de Bretón en presentarle el proyecto de manifiesto lo que en el camino a Guadalajara provocó su cólera. Sin embargo, aparentemente, a Trotsky se le había pasado el enojo y no quería la ruptura. Cuando todo el mundo hubo regresado de Guadalajara, las relaciones, poco a poco, se restablecieron. Bretón nunca me contó en detalle lo que había pasado en el automóvil y yo tampoco le pregunté nada.
A principio de julio se decidió ir a pasar unos días a Pátzcuaro, en el Estado de Michoacán. Bretón, Jacqueline y yo partimos antes. Yo tenía que encontrar un hotel conveniente para Trotsky; Bretón y Jacqueline querían ver la región. Diego Rivera tenía en su casa de San Angel una colección bastante importante de figuras precolombinas de Chupícuaro. Campesinos del Estado de Guanajuato se las habían traído poco a poco. Esas estatuillas de barro, de apenas unos diez centímetros, representan mujeres desnudas, engalanadas y voluptuosas. Sus ojos almendrados y su sexo estaban moldeados con pequeñas tiras de barro adheridas. Bretón había admirado mucho esas damas de Chupícuaro. Un poco antes de Morelia me preguntó sino podíamos hacer un desvío para tratar de encontrar esas figuras. Era una improvisación. No teníamos informaciones precisas. Partimos, por lo tanto un poco a la aventura. Nos metimos en un camino de terracería. La estación de las lluvias había comenzado ya. Pronto, el automóvil se empantanó. Hubo que llamar a unos campesinos para que nos ayudaran a salir del mal paso. Abandonamos las damas de Chupícuaro y retomamos el camino a Pátzcuaro. Cuando ya habíamos logrado ponernos en marcha, Bretón me dijo: “Para mí es muy simple, yo habría dejado todo y habría seguido a pie”. Eso me pareció extraño: ¿Dónde habría ido en ese campo mexicano?
En Pátzcuaro tomamos una lancha en el lago y fuimos, al caer la noche, a comer pescado blanco en la islita de Janitzio. Bretón cuenta todo esto en sus recuerdos de México.
La pequeña ciudad de Pátzcuaro era entonces apacible y encantadora. Al deambular por sus calles de piedra y por sus plazas silenciosas, uno se creería en el siglo XVII. El hotel que elegimos era en realidad una gran casa antigua con una decena de habitaciones y un jardín cubierto de flores. Dos días más tarde, Trotsky llegó con Natalia y dos norteamericanos; creo que uno de ellos era Joe Hansen. También llegaron Diego Rivera y Frida. Se hicieron planes. Después de las excursiones del día, por la noche habría pláticas sobre arte y política. Se habló incluso de publicar esas conversaciones con el título Las charlas de Pátzcuaro, firmadas por Bretón, Rivera y Trotsky. En la primera velada fue sobre todo Trotsky el que habló. La tesis que desarrolló era que en la futura sociedad comunista el arte se disolvería en la vida. No habría más danza, ni bailarines, ni bailarinas, sino que todos los seres se desplazarían de una manera armoniosa. No habría más cuadros: las habitaciones serían decoradas. La discusión fue remitida a la siguiente velada y Trotsky se retiró bastante temprano, según su costumbre. Yo me quedé a charlar con Bretón en el jardín.”¿No cree usted que siempre habrá gente que querrá pintar sobre un cuadradito de tela?” me dijo.
No hubo segunda sesión. Bretón se enfermó. Tuvo fiebre y se le produjo una crisis de afasia. Jacqueline lo cuidaba con mucha dedicación. Estábamos inquietos, pero ella nos dijo que eso ya se había producido antes.
El 10 de julio Trotsky recibió la visita de un grupo de maestros de los alrededores. Se habían enterado que él estaba allí y habían venido a conversar. Se habló de las tareas y de los problemas del maestro rural. Trotsky comparó México con Rusia. Al final de esa conversación escribió a lápiz una nota breve en ruso sobre ese tema. La traduje al español y el texto fue enviado a los visitantes, que la publicarían en un pequeño periódico, Vida, órgano de los maestros de Michoacán.
Dejamos a Bretón al cuidado de Jacqueline y nosotros, Trotsky, Natalia, los norteamericanos y yo, regresamos a Coyoacán. Unos días después, Bretón y Jacqueline reaparecieron. Bretón se había repuesto bastante rápidamente. Salimos, finalmente, del impasse a propósito del manifiesto. Si no recuerdo mal, fue Bretón el que dio el primer paso. Entregó a Trotsky algunas páginas escritas a mano, con su letra apretada. Trotsky dictó unas páginas en ruso, yo las traduje al francés y se las mostré a Bretón. Después de nuevas conversaciones, Trotsky tomó el conjunto de los textos, los recortó, agregó palabras aquí y allá y pegó todo en un rollo bastante largo. Pasé a máquina el texto final en francés, traduciendo el ruso de Trotsky y respetando la prosa de Bretón. Sobre ese texto se pusieron de acuerdo. Cualquiera que lo lea puede, por el vocabulario, reconocer con seguridad los párrafos escritos por Trotsky y los que son de Bretón. El primero escribió un poco menos de la mitad del texto, el segundo un poco más. Dirigido a los artistas, el manifiesto fue publicado con las firmas de Bretón y Rivera, aunque éste no hubiera participado en su redacción. El manifiesto llamaba a la creación de una Federación Internacional de artistas revolucionarios independientes (FIARI). Fue traducido a varios idiomas y es bien conocido.
El último encuentro entre Trotsky y Bretón, justo antes de la partida de éste para Francia, fue muy cálido. La guerra amenazaba y Bretón iba tal vez a ser movilizado a su regreso a Francia. Eran los últimos días de julio. Estábamos en el patio lleno de sol de la casa azul de Coyoacán, en medio de los cactos, naranjos, buganvillas e ídolos, a punto de separarse, cuando Trotsky fue a buscar a su escritorio, el manuscrito común del manifiesto y se lo entregó a Bretón. Éste estaba muy emocionado. Era, por parte de Trotsky, un gesto inusitado, único inclusive en todo el período en que me tocó vivir con él. Hay un facsímil de uno de los pasajes del manuscrito en el libro de Bretón, La Cié des champs, entre las páginas 40 y 41, el manuscrito original debe encontrarse entre los papeles dejados por él.
De regreso a Francia, Bretón fue movilizado, como se había temido, pero solamente durante unas semanas. El 11 de noviembre de 1938 pronunció un vibrante discurso en el que describía su estadía en México. Ese discurso ha sido publicado. Quisiera que se me permitiera aquí una observación personal. En ese discurso, Bretón declara que yo era “muy pobre”. Las categorías de “pobre” o de “rico” no eran en las que yo hubiera pensado situarme durante mi vida con Trotsky. Evidentemente, disponíamos de muy poco dinero en la casa, yo no tenía lo que podría llamarse un salario y los pequeños gastos personales se arreglaban de la manera más simple entre Natalia y yo. Cuando llevé a Trotsky a su escritorio el texto impreso del discurso de Bretón, yo me sentía sin embargo turbado; temía que él pensara que la observación de Bretón había sido suscitada por alguna queja de mi parte. No me dijo nada, yo tampoco le dije nada y nunca hubo ningún malentendido entre nosotros al respecto. Lo que la observación de Bretón no obstante indica es que surrealistas y trotskistas vivían en mundos diferentes.
La visita de Bretón no había interrumpido la política revolucionaria. Se preparaba entonces la conferencia de la fundación de la Cuarta Internacional. El 18 de julio nos llegó la noticia de la desaparición de Rudolf Klement. Su cuerpo decapitado fue encontrado en el Sena unos días más tarde. Era él quien tenía entre sus manos todo el trabajo administrativo del Secretariado Internacional. Por Zborowski, la GPU conocía exactamente el papel de Klement y había golpeado cuando comenzaba a prepararse la mencionada conferencia. Esta debía tener lugar en septiembre, en París.
Siguiendo el ejemplo de Marx que ante las propuestas inesperadas de algunos de sus discípulos había declarado no ser “marxista”, Trotsky decía a veces que él no era “trotskista”. De hecho, era “trotskista” en todo, si se entiende por eso que tenía una preocupación constante por los problemas internos de los diferentes grupos trotskistas. En la mayor parte de los casos, cada uno de esos grupos estaba dividido en dos o tres fracciones. Las luchas entre esas fracciones, sus alianzas y sus rupturas en el interior de un grupo o de un grupo al otro, todo eso le llevaba mucho tiempo. Consagraba a esas luchas de fracciones gran parte de su vida, de su energía y de su paciencia.
El reproche que incansablemente Trotsky hacía a los grupos trotskistas era su composición social: demasiados intelectuales, no los suficientes obreros. “Pequeñoburgueses”, ésa es una acusación que aparece constantemente en sus escritos contra las personas y contra los grupos. Los dos únicos grupos sobre los que le escuché expresar una admiración sin reservas eran el de Charleroi, en Bélgica, compuesto por mineros, y el de Minneápolis, en los Estados Unidos, formado por camioneros.
Reconstruir el desarrollo de todas las luchas intestinas en las diversas secciones nacionales de la organización trotskista, constituiría un trabajo complejo y arduo. Sin embargo, sólo un estudio detallado y concreto que recreara las condiciones propias de cada situación, permitiría emitir un juicio sobre las decisiones de Trotsky en esas materias. Es demasiado fácil, en ese campo, dejarse llevar por apreciaciones superficiales. Sin duda, el resultado aparente de los enormes esfuerzos que Trotsky desplegó en las cuestiones organizativas fue más bien pobre. Para no citar mis que un ejemplo, Trotsky escribió sobre España páginas y páginas llenas de pasión revolucionaria, cuando, durante la guerra civil, el grupo trotskista de Barcelona contaba apenas con una decena de miembros, por lo general jóvenes sin experiencia. A la muerte de Trotsky, los grupos trotskistas no eran, cuantitativamente, tan diferentes de los diversos grupos de oposición que había encontrado al salir de Rusia. Una gran cantidad de hombres valiosos se habían declarado trotskistas en un momento u otro de su vida pero luego se habían alejado de las organizaciones trotskistas. No hay que olvidar las dificultades de esos años terribles. ¿Cómo revivir, para quienes no los conocieron, los años treinta? Las calumnias y las persecuciones stalinistas arreciaban. El dinero faltaba en un grado difícilmente imaginable y la falta de medios financieros paralizaba las tareas más simples.
Sin duda fue al desarrollo del trotskismo en Francia a lo que Trotsky dedicó los mayores esfuerzos, linos meses después de su llegada a Turquía prestó una gran atención a La Vérité, que entonces se fundaba. De 1929 a 1931, los conflictos entre Raymond Molinier, Pierre Naville y Alfred Rosmer le tomaron mucho tiempo. De 1935 hasta su muerte, la querella, cada vez más acerba, con Raymond Molinier se convirtió en una pesadilla. Ya conté cuál había sido la actitud de Trotsky durante las grandes huelgas de junio de 1936. “La revolución francesa ha comenzado”, había escrito. A continuación, con el repliegue de los obreros franceses y su instalación en México, comenzó a ver los problemas del trotskismo en Francia un poco lejos. Distancia muy relativa, por cierto. Seguía siempre lo que pasaba, tanto en la escena política francesa como en el interior del grupo trotskista francés, pero ya no con la misma tensión.
En Coyoacán, las novedades sobre la vida interna del grupo francés y, en particular, sobre el funcionamiento de su conducción nos llegaban, sobretodo, a través de Jean Rous, quien escribía bastante regularmente largas cartas que, aunque destinadas a Trotsky, estaban dirigidas a mí. Rous tenía una letra muy mala y Trotsky no podía leer sus cartas sin dificultad. Tomé entonces la costumbre de hacer una copia a máquina de cada carta que entregaba luego a Trotsky. Un día, debía ser ya a mediados de 1939, acababa de llegar una carta de Rous. En pocas palabras informé a Trotsky su contenido y agregué: “Voy a pasársela a máquina”. Trotsky me respondió: “No vale la pena, usted tiene otras cosas que hacer”. Una actitud semejante hubiera sido impensable unos años antes.
Un universitario norteamericano, Hubert Herring, organizaba seminarios de estudio en México. Una o dos veces por año, llevaba su pequeño grupo, de unas treinta personas, a Coyoacán. Durante una o dos horas, Trotsky respondía a sus preguntas. A cambio de eso, Herring había puesto a disposición de Trotsky una casa que tenía en Taxco. Cada dos o tres meses íbamos allí a pasar una semana o dos. La primera estadía de este tipo se hizo poco tiempo después de las sesiones de la comisión Dewey. Más tarde, ya en 1938, en una de esas permanencias en Taxco, alquilamos caballos para hacer un paseo por los cerros que enmarcan la ciudad. Estaban con nosotros unos trotskistas norteamericanos, entre los que había varias mujeres, que habían venido a pasar dos o tres semanas a México y a ver a Trotsky. Éramos más de doce. Íbamos al paso y no parecía que fuéramos a marchar más velozmente. De pronto sin decir nada a nadie, ni siquiera a Natalia, Trotsky empezó a fustigar a su caballo, lanzó gritos en ruso y partió al galope. Yo estaba lejos de ser un jinete experimentado, pero no cabía ninguna vacilación: fustigué a mi caballo. Heme aquí galopando, sosteniéndome más mal que bien en la montura. Mi revólver se bamboleaba a mi costado. Si salí del paso sin incidentes, sin duda fue porque la montura era buena. Trotsky y yo galopamos así, yo siguiéndolo con esfuerzo, hasta reencontrarnos luego de cierto tiempo en la carretera de México a Taxco. Allí galopamos a gran velocidad, hasta la entrada a Taxco. Este tipo de acto inesperado era muy raro en Trotsky.
El día de los muertos en México es una fiesta popular y en los años treinta se celebraba todavía con más estruendo que en la actualidad. Ese día se desfilaba en las calles, en medio de los petardos, con esqueletos de cartón articula dos. Los niños mordisqueaban dulces macabros, calaveras de azúcar rosa, tibias de malvavisco. El 2 de noviembre de 1938, a la tarde, Diego Rivera llegó a la casa de Coyoacán. Jocoso como un aprendiz que acaba de hacer una broma, traía a Trotsky una enorme calavera de dulce color violeta, en cuya frente había escrito, en letras de azúcar blanca, “Stalin”. Trotsky no dijo nada, hizo como si el objeto no estuviera allí. Cuando Rivera se fue, me pidió que la destruyera.
Diego Rivera poseía grandes cualidades. Una imaginación muy viva que le permitía hacer observaciones penetrantes sobre la gente. Pero en su actitud hacia las personas, precisamente, aparecía con más claridad el costado errático de su carácter. Podía fijar su mirada sobre tal aspecto de una persona, luego sobre tal otro y llegar de ese modo, a pocos días de distancia, a conclusiones opuestas en cuanto a su conducta respecto a esa persona. De allí la gran versatilidad en sus relaciones con los demás. Una mañana yo tomaba mi desayuno con Rivera y Frida en su casa de San Ángel, cuando trajeron el correo. Había una carta de un escritor norteamericano. Rivera miró el nombre del remitente, rompió la carta sin abrirla y la arrojó a la otra punta de la habitación gritando: “¡Ah, ese canalla! No se animó a tomar una porción clara sobre los procesos”. Unos días después, al llegar a casa de Rivera, lo encontré conversando amistosamente con el remitente de la carta, quien le había escrito precisamente para anunciarle que venía. En Rivera, esos cambios bruscos en las relaciones personales se producían constantemente.
El grupo trotskista mexicano contaba con veinte o treinta miembros verdaderamente activos. A pesar de esa pequeña cantidad estaba dividido en fracciones. Una se reunía en torno a Octavio Fernández, otra, de Galicia. Rivera por lo general hacía bando aparte. Era también un miembro bastante particular. Mientras que los otros miembros de la organización eran jóvenes, maestros u obreros, con medios económicos muy reducidos, Rivera era una gloria nacional, la venta de sus cuadros le reportaba sumas bastante altas y era él quien a menudo subvenía a las necesidades financieras del grupo. Cuando se planteaba la cuestión de una acción cualquiera, por ejemplo la impresión de un cartel o la organización de un mitin, podía ya sea contribuir inmediatamente y de manera suficiente si estaba de acuerdo, y en el caso contrario, rezongando, imponer su voluntad. Una situación semejante conducía inevitablemente a tensiones en el interior del grupo. Hubiera sido preferible que Rivera se mantuviera al margen de la actividad cotidiana y sólo fuera un generoso simpatizante. Pero no, insistía mucho en participar en la vida interna del grupo.
La presencia de Trotsky en México no simplificaba las cosas. Los miembros activos del grupo, de cualquier fracción que fueran, nos ayudaban a asegurar la guardia durante la noche. Cada noche, dos o tres llegaban a la casa y se iban por la mañana. Trotsky conversaba con ellos cuando llegaban. Intervenía en las luchas de fracciones mediante consejos. Los militantes sentían esa presión constante sobre ellos. La situación en el interior del grupo era por lo tanto bastante caótica. El Secretariado Internacional y luego la Conferencia de fundación de la Cuarta Internacional habían tenido que tomar decisiones a propósito de la sección mexicana. En dicha conferencia, se votó una resolución que ordenaba la reorganización de dicha sección. Se leía allí: “En lo que se refiere al camarada Diego Rivera, la Conferencia declara asimismo que teniendo en cuenta las dificultades surgidas en el pasado con este camarada en las relaciones internas de la sección mexicana, no formará parte la organización reconstituida; pero su trabajo y su actividad en relación con la Cuarta Internacional quedarán bajo el control directo del Subsecretariado Internacional”. Rivera no era hombre que aceptara sin protestar las decisiones tomadas de lejos, sin su participación directa. Los choques no podían sino ser constantes e inevitables.
Trotsky tenía con Rivera conversaciones frecuentes sobre la actividad del grupo mexicano. Los consejos que le daba variaban con el tiempo. En el otoño de 1938, Trotsky sin duda había llegado a la conclusión de que Rivera debía mantenerse a cierta distancia de la actividad cotidiana del grupo. ¿Qué le dijo exactamente? No lo sé. De esas conversaciones entre Trotsky y Rivera yo me mantenía voluntariamente al margen. De todos modos, esos consejos no podían sino irritar a Rivera, cuya ambición era precisamente ser también un militante político.
Hay que agregar que el trotskismo de Rivera era bastante relativo. Durante el transcurso de nuestras relaciones, muy a menudo declaró: “Yo, usted sabe, soy un poco anarquista”. Contaba, acerca de los bastidores de la Internacional Comunista, que había visto de muy cerca, que aun en la época de Lenin ocurrían allí cosas bastante sucias. De todo eso, evidentemente, no decía nada a Trotsky. Mostraba otra fachada. En 1938 escribió algunas tesis sobre los países de América Latina; en ellas analizaba la situación y el papel de las “sus burguesías”, como las llamaba, de esos países con mucha penetración y vivacidad.
¿Cuáles fueron exactamente los sentimientos de Trotsky respecto de Rivera? Sólo puedo aportar algunos elementos de respuesta a esta pregunta. Después de las ignominias del gobierno noruego, Trotsky evidentemente reconocía los esfuerzos que había hecho Rivera para conseguirle la visa mexicana (Rivera, enfermo, había hecho un largo viaje a través de México para ir a hablar directamente con Cárdenas, por entonces de gira). Estaba muy agradecido igualmente por la hospitalidad que Rivera le ofrecía en su casa azul de Coyoacán. Pero había más. De todas las personas que yo conocí en tomo a Trotsky de 1932 a 1939, Rivera fue con el que más calurosamente y con la mayor entrega llegó a hablar. Por cierto, había con Trotsky límites que la conversación no franqueaba jamás, pero esos encuentros con Rivera tenían una confianza, una naturalidad, una soltura que no se daba con ninguna otra persona. Que un artista de fama mundial se hubiera unido a la Cuarta Internacional era algo que hacía feliz a Trotsky. Un día en que a mí se me había deslizado en mis observaciones una nota de escepticismo sobre la estabilidad política de Rivera, me dijo, no sin cierto tono de reproche: “Diego, es bueno que lo sepa, es un revolucionario”. Ese era un título que él no discernía muy fácilmente. Debo agregar, sin embargo, que esa declaración se produjo en un momento en el que quizás él mismo necesitaba confirmarse.
El malestar, con su entrecruzamiento de factores políticos y personales, comenzó a dibujarse en octubre de 1938, dos o tres meses después del regreso de Bretón a Francia. A todas las circunstancias que he intentado describir, quizás haya que agregar, como una de las causas subyacentes, el hecho deque aparecía la firma de Rivera en un documento del que no había escrito una línea. Por supuesto, él había declarado estar de acuerdo, e incluso calurosamente de acuerdo. ¿Pero acaso es posible saber siempre lo que pasa en el corazón de un hombre? Esta no es más que una conjetura y no hay ningún otro episodio que pueda aportar para apoyarla. Hay que agregar también que, hacia mediados de octubre, Frida partió a Francia, donde iba a pasar varios meses, invitada por Bretón y Jacqueline, y Rivera no podía dejar de sentirse un poco desamparado.
En esas semanas, oscilaba entre actitudes opuestas. Un día quería ser secretario del grupo trotskista mexicano, él, el hombre menos dotado del mundo para ser secretario de lo que fuera. Al día siguiente, hablaba de renunciar al grupo e incluso a la Cuarta Internacional y de consagrarse únicamente a la pintura. A mediados de diciembre, Trotsky vino a verlo a San Ángel. Al final de la entrevista, Rivera manifestó estar de acuerdo en no hablar de renuncia y se separaron aparentemente en buenos términos.
El incidente que encendió la pólvora fue una carta de Rivera a Bretón, a fin de diciembre. Cuando tenía que escribir una carta en francés, Rivera solía pedirme que lo ayudara. Me dictaba la carta y yo la escribía a máquina. Es así como en los últimos días de diciembre de 1938 me pidió que fuera a su casa de San Ángel para escribir una carta a Bretón. Comenzó a dictarme. Enseguida vino una frase en la que cuestionaba los “métodos” de Trotsky. Inmediatamente dejé de escribir. “Escriba, escriba, yo mismo mostraré la carta a L.D.”, me dijo Rivera. Tenía que decidirme. Con cualquier otra persona, me habría ido. Pero las relaciones entre Trotsky y Rivera eran excepcionales. Rivera era la única persona que podía venir a la casa a cualquier hora sin hacerse anunciar y Trotsky siempre lo recibía calurosamente. Con las otras visitas, había siempre un tercero presente que muy frecuentemente era yo; pero con Rivera ese contacto constante entre Trotsky y yo podía aflojarse y deliberadamente yo tenía el cuidado de mantenerme al margen de sus conversaciones. Trotsky me había dicho una vez, como puede recordarse: “Usted me trata como un objeto”. Las relaciones entre Rivera y Trotsky constituían, en alguna medida, un campo reservado que escapaba al sistema. Acepté entonces la declaración de Rivera y me remití a él para que se explicara directamente con Trotsky, sin mi intervención. Rivera terminó su dictado. Antes de que me fuera, me repitió que mostraría él mismo la carta a Trotsky. “Nos explicaremos”, agregó. Regresé a Coyoacán y pasé la carta a máquina, dejando una copia en mi mesa. Estuviera yo o no, Natalia venía a menudo a mi habitación, sobre todo cuando Trotsky dormía la siesta, para leer las cartas y documentos que Trotsky me había dictado y que yo había pasado a máquina. Encontró la copia de la carta de Rivera a Bretón, la leyó y fue a mostrársela a Trotsky. Se produjo una explosión.
Las quejas de Rivera contra los “métodos” de Trotsky se referían a dos pequeños hechos recientes. Después de la publicación del manifiesto Bretón-Rivera se había formado en México un núcleo minúsculo de la FIARI que publicaba una revista, Clave. En una sesión de la redacción de esta revista, un joven mexicano, José Farrel, fue nombrado secretario. Rivera, que había asistido a la reunión, no objetó nada. En la carta a Bretón calificaba este nombramiento de golpe de Estado, “amistoso y tierno” de Trotsky. Segundo punto, un artículo de Rivera, por decisión de última hora en la imprenta y sin que Trotsky lo supiera, había sido presentado como una carta a la redacción. Rivera atribuía la responsabilidad de este acto a Trotsky.
Trotsky pidió a Rivera, por intermedio mío, que escribiera una nueva carta a Bretón para rectificar los dos puntos. Rivera aceptó e hizo cita conmigo para dictarme la carta. A último momento la suspendió. Me fijó una nueva cita que anuló igualmente. Era visible que atravesaba por una crisis emocional. Las palabras “amistoso y tierno”, en la carta a Bretón, muestran perfectamente que estaba todavía ligado por el afecto a Trotsky.
Ante la negativa de Rivera a escribir una nueva carta a Bretón, el tono se elevó. Se atravesó rápidamente las etapas sucesivas que, en una ruptura, van de la familiaridad a la hostilidad. No hubo más encuentros entre Trotsky y Rivera. Charles Curtiss, representante en México del Buró panamericano de la Cuarta Internacional, y yo, servíamos de intermediarios. El 12 de enero, Trotsky escribió a Frida, quien entonces se encontraba en París, una carta en la que le presentaba su manera de ver la ruptura. Frida, naturalmente, se puso del lado de Rivera.
No teniendo más que rendir cuentas políticas a Trotsky, Rivera se lanzó a una serie de combinaciones con diversos grupitos obreros, políticos o sindicales, que eran más o menos hostiles al trotskismo. Trotsky atacó con furia. Los puentes estaban cortados.
En ese momento comenzó la campaña electoral presidencial. Constitucionalmente, Cárdenas no podía volver a presentarse. Pero tampoco logró ni siquiera hacer aceptar un candidato de su elección. El ejército y los medios empresarios le impusieron la candidatura a Ávila Camacho, quien habría de ser elegido. Mújica, el amigo y colaborador más cercano de Cárdenas, decidió presentarse como candidato. Presentaba una imagen, con relación a Camacho, de candidato de la oposición de izquierda. Un tercer candidato, el general Almazán, estaba fuera del partido gubernamental y su imagen era de candidato de derecha. Pero la situación, por el hecho de que Ávila Camacho hubiera sido impuesto a Cárdenas, se volvió tan confusa que, al parecer, muchos cardenistas votaron por Almazán. En febrero, Rivera se lanzó, bastante activamente, en la campaña electoral de Mújica. Trotsky calificó este paso como traición política. Más tarde, Mújica retiró su candidatura y, al parecer, Rivera dio su apoyo a Almazán. Por entonces ya no teníamos ninguna relación con él.
Después de la ruptura con Rivera, Trotsky no podía permanecer en la casa azul de Coyoacán. ¿Cómo encontrar, tan rápidamente, una nueva casa de renta módica y que satisficiera cierto número de condiciones bien precisas? Desde fines de febrero, Trotsky propuso a Rivera, por mi intermedio, pagarle una renta mientras yo buscaba una nueva casa. Rivera rechazó, luego aceptó, finalmente rechazó. Todo eso vino a sumarse a la acrimonia de la última fase de la ruptura. En marzo encontré una casa, en Coyoacán, de alquiler muy bajo, pero en muy mal estado. Esa casa, que se encontraba en la avenida Viena, bastante cerca de la que íbamos a dejar, no estaba habitada. Pertenecía a una familia de comerciantes de México, los Turati, a quienes les había servido de casa de campo. Los propietarios estuvieron contentos de alquilarla, aun a Trotsky. Tenía sus aspectos positivos: un número bastante grande de piezas, un jardín grande, bardas, alrededores fáciles de vigilar pues el barrio estaba por entonces bastante despoblado. Pero había que hacer algunos arreglos para ponerla en condiciones, tenía incluso algunos pisos hundidos. Era necesario también amueblarla. Un joven trotskista mexicano, Melquíades, ayudado por otros, puso manos a la obra. Apenas en los primeros días de mayo pudimos mudarnos de la avenida Londres a la avenida Viena. El 5 Trotsky pasó de una casa a la otra. En el momento de abandonar la casa azul, Trotsky dejó sobre su escritorio vacío dos o tres pequeños objetos que Rivera y Frida, en días más serenos, le habían regalado, en particular la pluma que Frida le había dado y que había usado mucho tiempo.
Trotsky se sintió bien en la nueva morada. Una vez puesta en condiciones, no dejaba de tener atractivo. Había espacio. La disposición de las habitaciones era tal que la parte de la casa en la que vivían Trotsky y Natalia estaba bien separada y podían tener intimidad. Trotsky comenzó aplantar cactos, se instalaron conejeras y era él quien se encargaba todas las tardes de cuidar los conejos.
¿Qué papel desempeñó en la ruptura la aventura de 1937 entre Trotsky y Frida? A menudo me han hecho esa pregunta. Y muchos interlocutores, con aire entendido, me han querido convencer de que ellos saben perfectamente que ésa fue la causa verdadera de la ruptura. Yo diría que, directamente, ese papel fue nulo. He presentado más arriba en detalle el mecanismo de la ruptura. Agregaré dos observaciones. La primera, es que sé por Frida que Rivera ignoraba todo lo que había pasado entre Trotsky y ella. La segunda, es que se puede hacer un razonamiento indirecto: si las viejas relaciones amorosas entre Trotsky y Frida hubieran desempeñado algún papel en la ruptura, ésta habría tomado formas diferentes, pues Rivera era de unos celos enfermizos. Por todo lo que sé, puedo decir que no hubo en Rivera ninguna sospecha particular. Naturalmente, podía perfectamente tener un sentimiento de incomodidad ante la superioridad intelectual de Trotsky, pero esos efluvios de rivalidad no emanaban de un conocimiento preciso de lo que había pasado entre Trotsky y Frida, ni aun de vagas sospechas en ese sentido.
Alrededor de un año después de la ruptura entre Trotsky y Rivera, éste y Frida se divorciaron y luego volvieron a juntarse unos meses más tarde. Es posible que esta crisis conyugal haya sido provocada por lo que Rivera supo, de una manera u otra, sobre el pasado. Sus celos eran extremos, aunque él mismo engañara a Frida en todo momento (o tal vez a causa de ello). Eso explicaría tal vez también su extraña evolución política. En el momento de la ruptura con Trotsky, las tendencias antitrotskistas de Rivera tomaban cada vez más coloraciones anarquistas y liberales, pero ciertamente jamás stalinistas. En realidad, era él quien acusaba a Trotsky de stalinismo. Es posible que su adhesión al stalinismo, que no se produjo sino mucho después de la ruptura con Trotsky, haya sido provocada por una explosión de odio feroz cuando se enteró de lo que había sucedido entre Trotsky y Frida. Pero ésas son sólo conjeturas mías. Yo ya no estaba entonces en México y solamente trato de relacionar algunos hechos notorios con mi conocimiento íntimo del período anterior.
En junio o julio de 1939, Trotsky me pidió que fuera a investigar a la biblioteca nación de México a fin de encontrar textos sobre el siglo xvi y sus guerras de religión, así como sobre el fin del Imperio romano. Según él, con esas épocas de quiebra histórica teníamos que comparar la nuestra. Me vuelvo a ver todavía, de pie ante su escritorio, él también de pie, cerca de mí. Le hice algunas objeciones, le hablé de las atrocidades de las guerra de religión, de gente arrojada desde lo alto cié las torres sobre las lanzas de los soldados, al pie de esas torres. Me miró con una extraña tristeza y me dijo: “Ya verá usted”. Se vio.
Durante esas investigaciones, encontré una cita de Tácito que califica a Locusta, la envenenadora al servicio de Nerón, de regni instrumentum, un instrumento del poder. Trotsky utilizó esa cita a propósito de Yagoda y de Iejov.
Se puede encontrar un eco de estas preocupaciones de Trotsky en los últimos artículos que escribió, cuando se produjo la polémica en el grupo trotskista de los Estados Unidos, y en los que toca el tema de socialismo o barbarie. Tengo, no obstante, la impresión de que sus pensamientos iban más lejos de lo que entonces estaba dispuesto a poner sobre el papel.
Un tema volvía bastante a menudo en la conversación, o aun en los escritos de Trotsky: había que desconfiar de los “viejos” y apostar a los jóvenes. En el segundo artículo que había escrito sobre la capitulación de Rakovsky, el 27 de marzo de 1934, declaraba: “¡Que el viejo luchador de sesenta años sea reemplazado por tres jóvenes de veinte años!”. Un día, debía ser en junio de 1939, inventó durante el almuerzo una especie de juego que consistía en evocar a todos los “viejos” que nos habían abandonado. Trotsky los contaba con los dedos. A cada nuevo nombre, lanzaba su antebrazo izquierdo hacia adelante y separaba un dedo. Así habíamos desgranado algunos nombres: Treint, Rakovsky, Van Overstraeten. Yo sugerí entonces, con un tono bastante tímido, pues no sabía cómo iba a tomar la cosa, “¿Rosmer?”. Continuó, con un tono enérgico, apartando otro dedo, “¡Rosmer!”.
Alfred y Marguerite Rosmer llegaron de Francia el 8 de agosto de 1939. Traían a Sieva. Fueron calurosamente recibidos. Era la primera vez que se veían desde 1929, en Prinkipo. En 1930 se había producido la ruptura política entre Trotsky y Rosmer, cuando Trotsky decidió apostar a Raymond Molinier. Durante toda la estadía de Trotsky y Natalia en Francia, de 1933 a 1935, no había habido contacto de ningún tipo con los Rosmer. Alfred y Marguerite se instalaron en la casa de Coyoacán y comían con nosotros. En las conversaciones, Trotsky y Rosmer hablaban de política, pero sin salir delas generalidades. Había una línea muy precisa que nunca se atravesaba. No se hablaba del pasado, tampoco de los problemas del grupo trotskista francés. Me acuerdo de un incidente que se produjo a fin de agosto. Trotsky había concebido la idea de una especie de comité directivo de la Cuarta Internacional, comité más bien honorífico y formado por personas que tuvieran un nombre conocido, aun cuando se encontraran en la periferia de los grupos trotskistas oficiales. Trotsky mencionó a Chen Tu-hsiu como miembro eventual de ese comité. Era un comunista chino muy conocido que se había hecho trotskista pero que había permanecido al margen de las luchas fracciónales que dividían a los diversos grupos trotskistas chinos. El proyecto de Trotsky era vago y no estoy seguro de que hayan subsistido de él huellas escritas. Una tarde, Trotsky me hizo llamar a su escritorio. Me habló de su proyecto y luego me dijo: “¿Usted podría preguntar a Rosmer si él querría formar parte de este comité?”. Me quedé muy sorprendido. Era una pregunta extraordinaria. Trotsky y Rosmer se veían varias veces al día. Estaban ligados por la edad y por un pasado muy lejano. Yo era de una generación absolutamente diferente. Además Rosmer no podía no darse cuenta de que mi pregunta era hecha a pedido de Trotsky. Y Trotsky no podía no darse cuenta que Rosmer se daría cuenta. Hablé a Rosmer de ese proyecto de comité. Declaró estar de acuerdo, pero sin entusiasmo. El proyecto por otro lado murió antes de nacer.
La declaración de la guerra se produjo en septiembre. Recuerdo haber escuchado, con Trotsky, en una radio de onda corta, la noticia del primer ataque de un barco inglés por un submarino alemán. Todo eso tenía el aire de algo ya sabido. Después fue “la guerra boba”. Se advertía en Trotsky el cansancio de ver que se repetía una catástrofe de la que ya había sido testigo en 1914, pero también la fe de que en unos pocos años la guerra llevaría a la revolución socialista.
En octubre, a propósito de Einstein, cuyo nombre había surgido en una conversación entre los dos, Trotsky me dijo: “¡Oh!´ es ante todo un matemático”. Es inexacto, por supuesto. La manera de pensar de Einstein es, fundamentalmente, la de un físico que ha tomado, absolutamente elaborados en los matemáticos mismos, los instrumentos matemáticos que necesitaba. La observación de Trotsky era un eco de las discusiones que se habían producido en Rusia, hacia 1922, cuando se intentó demostrar que las teorías de Einstein no amenazaban para nada el materialismo marxista porque no eran, en alguna manera, más que ficciones matemáticas.
En octubre se decidió mi partida a los Estados Unidos. Había vivido tantos años a la sombra de Trotsky que era necesario que viviera un poco por mí mismo. Iría a pasar unos meses a los Estados Unidos. Después se vería.
Dejé la casa de Coyoacán el 5 de noviembre a la madrugada. La víspera, por la noche, tuve mi último encuentro con Trotsky. Hablamos de la situación en el grupo trotskista norteamericano. Ese grupo atravesaba por una crisis profunda; estaba dividido entre una mayoría, agrupada en tomo a Cannon, y una oposición dirigida por Shachtman y Burnham. Trotsky temía que Cannon, del que era solidario políticamente, tuviera tendencia a reemplazar el esclarecimiento de desacuerdos políticos por medidas organizativas, forzando la expulsión de la minoría. “Hay que contener a Cannon en el plano organizativo y empujarlo en el plano ideológico”, me dijo. Un poco lo que me había pedido que comunicara a Raymond Molinier en agosto de1933.Es esa última conversación Trotsky no me daba ciertamente “directivas”, que mi situación de recién llegado a Nueva York de ninguna manera me hubiera permitido aplicar. Me explicaba cómo veía él la situación y en qué dirección debía actuar, según mis medios. Todo eso, por otro lado, había sido desbordado por los acontecimientos. Cuando llegué a Nueva York, la escisión ya era un hecho.
Sobre los meses que pasaron desde mi partida de Coyoacán hasta el asesinato de Trotsky, no tengo mucho que decir aparte de lo que fue publicado y es bien conocido. Yo mantenía una correspondencia regular con Trotsky, le daba informaciones sobre lo que veía en el grupo norteamericano después de la escisión. El futuro asesino, Ramón Mercader, teledirigdo por la GPU, se ligó en París con una joven trotskista norteamericana, Sylvia Ageloff, y se convirtió en su amante. Ésta había sido bien elegida, pues tenía una hermana, Ruth Ageloff, por quien Trotsky tenía mucha simpatía. Ruth había estado en México en el momento de las sesiones de la comisión Dewey. Nos había ayudado mucho, traduciendo, escribiendo a máquina, buscando documentos. No había vivido en la casa pero durante varias semanas había venido casi diariamente a compartir nuestra vida y nuestro trabajo. Trotsky conservaba de ella un excelente recuerdo y una hermana de Ruth no podía sino ser bien recibida por él y por Natalia. Un segundo eslabón en la cadena de circunstancias que condujeron al asesino al escritorio de Trotsky, fue el papel de los Rosmer. Adolfo Zamora, quien en 1940 frecuentaba bastante asiduamente la casa de Coyoacán, me contó en 1972 que hubo, por parte de los Rosmer, y sobre todo de Marguerite, una verdadera pasión por Ramón Mercader. Le pedían constantemente pequeños servicios que, por cierto, él estaba siempre dispuesto a prestar. En México y en sus suburbios, los desplazamientos son difíciles. Mercader estaba siempre allí con su automóvil para llevar a los Rosmer de un lado para el otro. Hacían también excursiones, iban de picnic y solían llevarse a Sieva. Como Marguerite era muy amiga de Natalia, esa familiaridad de los Rosmer con Mercader no podía dejar de dar a éste cierto crédito ante Natalia y, por lo tanto, ante Trotsky.
Hay un punto que siempre me ha preocupado: ¿por qué el lenguaje de Ramón Mercader no despertó ninguna sospecha en el espíritu de los Rosmer? Mercader se pretendía belga. Ahora bien, como lo muestran los documentos conservados por la justicia mexicana, su francés estaba salpicado de hispanismos. Un belga y un español que hablan francés no se diferencian de la misma manera de un parisino. Rosmer era francés y conocía, evidentemente, el francés a fondo; manejaba incluso muy bien la pluma. ¿Cómo pudo no ser sensible a la manera de hablar de Mercader?
Agosto de 1940. Vivo en Baltimore, donde enseño francés. El 21 por la mañana estoy en la calle. La pila de New York Times está allí, sobre la acera. Desde arriba echo un vistazo a los titulares. Está allí, en medio de la página: “Trotsky, wounded by ’friend’ in home, is believeddying ”[2]. Deambulo por las calles, luego, espero las noticias de la radio. Una voz anuncia: “León Trotsky died today in México City. ” Todo se confunde.

Después de la muerte de Trotsky milité durante siete años en el movimiento trotskista. En 1948, las concepciones marxistas-leninistas sobre el papel del proletariado y su capacidad política me parecieron cada vez más en desacuerdo con la realidad. Fue también en ese momento cuando conocieron, quienes no querían cerrar los ojos ni taparse los oídos, toda la amplitud del universo concentracionario stalinista. Bajo esa impresión, me puse a examinar el pasado y llegué a preguntarme si los bolcheviques, al establecer un régimen policial irreversible, al anular toda opinión pública, no habían preparado el terreno sobre el que habría de salir el enorme hongo venenoso del stalinismo. Rumié mis dudas. Durante varios años, sólo el estudio de las matemáticas me permitió conservar mi equilibrio interior La ideología bolchevique estaba, para mí, en ruinas. Tuve que construir otra vida.


[1] Hoy "Museo Frida Khalo".
[2] Trotsky, herido por un ’amigo’ en su casa, se cree que agoniza.
[3] León Trotsky murió hoy en la ciudad de México.



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