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¿Científicamente o de cualquier modo? Carta para un amigo

Traducción al español para esta edición de «Cuadernos», tomada de How the Revolution Armed, Vol. 1: 1918, pág. 220, New Park Publications, Londres, 1979. Publicado en Voyennoye Dyelo, números 5-6 (34-35), 23 de febrero de 1919. La firma al final del artículo «En camino», hace referencia a que fue escrito «en camino» del tren blindado.

Querido amigo:

Ud. pregunta cómo ha sucedido que la cuestión de los especialistas, como los oficiales del antiguo Alto Mando, se haya transformado en un problema de tanta relevancia entre nosotros. Déjeme decirle que lo que está en discusión aquí no es la cuestión de los especialistas militares, sino que es, en realidad, una cuestión mucho más profunda y amplia que esa.
Nosotros somos el partido de la clase obrera. Junto con sus elementos avanzados pasamos décadas en condiciones de clandestinidad, llevamos adelante nuestra lucha, peleamos en las barricadas, tiramos abajo al antiguo régimen, echamos a un lado a todos los grupos intermedios como los socialistas revolucionarios y los mencheviques y, a la cabeza de la clase obrera, tomamos el poder en nuestras manos. Pero si bien nuestro partido está profunda e inquebrantablemente ligado con la clase obrera, nunca fue y no puede transformarse en un mero adulador de la clase obrera, expresando gratificación con cualquier cosa que los trabajadores puedan hacer. Hemos tratado con desprecio a aquellos que predicaban que el proletariado ha tomado el poder “demasiado pronto”, como si la clase revolucionaria pudiera tomar el poder cuando quisiera y no cuando la historia la forzara a ello. Pero al mismo tiempo, nunca dijimos y no lo decimos ahora tampoco, que nuestra clase obrera haya alcanzado una madurez plena y pueda llevar a cabo, como un juego de niños, todas las tareas y resolver todas las dificultades. El proletariado y, sobre todo, las masas campesinas, sólo han emergido recientemente, después de todo, de muchos siglos de esclavitud y soportan todas las consecuencias de opresión, ignorancia y oscurantismo. La conquista del poder, en sí misma, no transforma a la clase obrera en absoluto, y no le confiere todos los logros y cualidades que necesita: la conquista del poder apenas abre para ésta la posibilidad de estudiar realmente, desarrollarse y resolver sus falencias históricas.
Con un tremendo esfuerzo, la vanguardia de la clase obrera rusa ha emprendido una gigantesca tarea histórica. Incluso en esta vanguardia, sin embargo, todavía hay mucho conocimiento y capacidad a medias, demasiados pocos trabajadores que, en virtud de su conocimiento, amplio horizonte y energía, sean capaces de hacer por su clase lo que los representantes, mercenarios y agentes de la burguesía hicieron por las antiguas clases dominantes.
Lasalle1 una vez dijo que los obreros alemanes de su época, hace más de medio siglo, eran pobres en la comprensión de su propia pobreza. El desarrollo revolucionario del proletariado consiste también en el hecho de que éste logra una comprensión de su situación de oprimido, de su pobreza, y se levanta contra las clases dominantes. Esto le da la posibilidad de apoderarse del poder político, pero la toma del poder político esencialmente le revela al proletariado por primera vez un cuadro completo de su pobreza respecto de la educación especializada y la general, y en relación con la experiencia de gobierno. La comprensión por parte de la clase revolucionaria de sus propias falencias es la garantía de que éstas serán superadas.
Sería, sin duda, mucho más peligroso para la clase obrera si sus círculos dirigentes llegaran a suponer que con la conquista del poder político, lo principal ya ha sido terminado, y permitieran que la conciencia revolucionaria cayera en el letargo en función de lo ya conquistado. El proletariado no llevó a cabo la revolución, de hecho, para hacer posible que miles o incluso decenas de miles de obreros avanzados se acomodaran en puestos en los soviets y comisariados. Nuestra revolución se justificará enteramente a sí misma sólo cuando todo trabajador, hombre y mujer, sienta que su vida se ha hecho más fácil, más libre, más limpia y más digna. Esto aún no se ha conseguido. Hay por delante un duro camino todavía que nos separa de ésta, nuestra meta esencial y única.
Para que las vidas de los millones de obreros se hagan más fáciles, prósperas y ricas en contenido, es necesario incrementar en cada esfera la organización y eficiencia del trabajo y lograr un nivel incomparablemente mayor de conocimiento, un horizonte más amplio para todos aquellos llamados a ser los representantes de la clase obrera en todos los campos de su actividad. Mientras se trabaja es necesario aprender. Es necesario aprender de todos de quienes algo se pueda aprender. Es necesario atraer e incorporar a todas las fuerzas que puedan ser abocadas a trabajar. Una vez más: es necesario recordar que las masas evaluarán la revolución, en último análisis, por sus resultados prácticos. Y tendrán razón en hacer esto. Aún así, no puede haber duda de que un sector de los funcionarios de los soviets han adoptado la actitud de que la tarea de la clase obrera ha sido fundamentalmente llevada a cabo por el simple llamado al poder de los diputados obreros y campesinos quienes de “alguna manera” se las arreglan para hacer su trabajo. El régimen soviético es el mejor régimen para la revolución obrera, sólo por el hecho de que refleja más fielmente el desarrollo del proletariado, su lucha, sus triunfos, pero también sus falencias, incluyendo las de su estrato dirigente. Junto a las miles de personas de primera clase que el proletariado ha destacado de sus filas, gente que aprende y progresa, y que sin lugar a dudas tiene un gran futuro, también hay en los órganos soviéticos dirigentes no poca gente equipada a medias que se imaginan que son sabelotodos. La complacencia, el contentarse con los pequeños éxitos; esta es la peor característica del filisteísmo que es radicalmente enemigo de las tareas históricas del proletariado. No obstante, este rasgo también se encuentra entre aquellos obreros que, más o menos justificadamente, pueden ser llamados avanzados: la herencia de las tradiciones y las influencias pequeño-burguesas del pasado y finalmente, la pura y simple exigencia de descanso por parte de los nervios exhaustos, todo ello ayuda. Además, hay un número bastante elevado de representantes de la intelectualidad y la semi-intelectualidad que se han agrupado sinceramente en torno de la causa de la clase obrera pero que todavía no han tenido una radical transformación interna, y así han retenido muchas cualidades y formas de pensamiento que son característicos del medio ambiente pequeño-burgués. Estos, los peores elementos del nuevo régimen, están pugnando por cristalizarse como una burocracia soviética.
Yo dije “los peores” sin olvidar los muchos miles de técnicos que no tienen ninguna idea política que están empleados en todas las instituciones soviéticas. Los técnicos, los especialistas “apartidarios” llevan adelante sus tareas, bien o mal, sin aceptar ninguna responsabilidad por el régimen soviético y sin hacer recaer sobre nuestro partido la responsabilidad por ellos mismos. Es necesario utilizarlos de todas las formas posibles, sin exigir de parte de ellos lo que no pueden dar... Nuestro propio burócrata, no obstante, es un genuino lastre histórico; es ya conservador, perezoso, complaciente, sin disposición de aprender e incluso expresando enemistad hacia cualquiera que le recuerde la necesidad que tiene de aprender.
Esta es la genuina amenaza contra la causa de la revolución comunista. Estos son los genuinos cómplices de la contrarrevolución, aunque no sean culpables de ninguna conspiración. Nuestras fábricas no funcionan mejor que aquellas pertenecientes a la burguesía, sino que funcionan peor. El hecho, no obstante, de que muchos obreros estén al frente de éstas, como administradores, no resuelve en sí mismo ninguno de los problemas. Si estos obreros están llenos de resolución para lograr grandes resultados (y en la mayoría de los casos esto es, o será, así), entonces todas las dificultades serán superadas. Es necesario dirigirse, desde todas las direcciones, hacia una organización de la economía y una conducción del ejército mucho mejores, más racionales. Es necesario despertar la iniciativa, la crítica, el poder creativo. Es necesario darle más alcance al gran resorte de la emulación. Al mismo tiempo, es necesario incorporar especialistas, encontrar organizadores experimentados, técnicos de primera clase, darle oportunidades a todos los talentos, tanto a aquellos que surjan de las profundidades como a aquellos que permanecen como un legado del régimen burgués. Sólo un miserable burócrata soviético, celoso de su puesto reciente, y que cuida con fervor de este puesto en razón de los privilegios personales que éste le brinda, y no en razón de los intereses de la revolución obrera, puede tener una actitud de infundada desconfianza hacia cualquier gran experto, organizador, técnico, especialista o científico destacado; habiendo ya decidido de antemano por su propia que cuenta que “yo y mis compañeros nos las arreglaremos de alguna manera.”
En nuestra Academia para el Alto Mando hay algunos camaradas del partido estudiando en este momento que han comprendido en la práctica, a través de una experiencia sangrienta, concienzudamente, cuán duro es el severo arte de la guerra, y que ahora están trabajando con la mayor atención bajo la guía de los profesores de la antigua escuela militar. La gente cercana a la Academia me dice que la actitud de los alumnos hacia sus maestros no está determinada en absoluto por factores políticos, y aparentemente es al más conservador de los maestros al que más atención se le presta. Esta gente quiere aprender. Ellos ven a otros a su lado que poseen conocimiento, y no tratan con desdén, no fanfarronean, no gritan, “arrojando al aire sus birretes soviéticos”; aprenden en forma diligente y concienzuda de los “generales zaristas”, porque estos generales saben lo que los comunistas no saben y lo que los comunistas necesitan saber. Y no tengo ninguna duda que, cuando hayan aprendido, nuestros académicos militares rojos efectuarán correcciones sustanciales a lo que ellos están aprendiendo ahora, y quizás incluso harán nuevas contribuciones de su propia cosecha.
El conocimiento insuficiente es, por supuesto, no un defecto sino una desgracia, y es por otra parte, una desgracia que puede ser corregida. Pero esta desgracia se transforma en un defecto e incluso un crimen cuando va acompañada de la complacencia, del apoyarse en el “puede ser” y en el “es muy probable”, y en una actitud de envidia y odio hacia cualquiera que sepa más que uno.
Usted preguntaba por qué esta cuestión de los especialistas militares ha encendido tanto las pasiones. La esencia del asunto es que detrás de esta cuestión, si excavamos lo suficiente, se ocultan dos tendencias: una que parte de una apreciación sobre la magnitud de las tareas que tenemos por delante, trata de utilizar todas las fuerzas y los recursos que el proletariado ha heredado del capitalismo -para racionalizar, esto es, para abarcar en la práctica todo el trabajo social, incluyendo el trabajo militar, introduciendo en cada esfera el principio de economía de fuerzas, logrando los resultados más grandes que se pueda con el mínimo de sacrificios- para crear realmente condiciones bajo las cuales será más fácil vivir. La otra tendencia, que afortunadamente es mucho menos fuerte, está alimentada por el estado de ánimo del conservadurismo filisteo-burocrático, limitado, envidioso y complaciente (y aún así, al mismo tiempo, inseguro de sí mismo)...
“De alguna manera nos las estamos arreglando, ¿o no?, entonces seguiremos arreglándonosla muy bien”. ¡No es verdad! No nos las vamos a arreglar “de alguna manera”, en todo caso: o bien nos las arreglamos completamente, como debemos, de acuerdo con la ciencia, aplicando y desarrollando toda la potencia y los recursos de la técnica, o no nos las arreglaremos para nada, sino que colapsaremos en la ruina. Quien no haya entendido esto no ha entendido nada.
Volviendo a la cuestión que usted plantea, viejo amigo, acerca de los especialistas militares, permítame decirle esto, partiendo de mi propia observación directa. Hay ciertos rincones en nuestras fuerzas armadas donde la “desconfianza” hacia los especialistas militares está floreciendo de modo particular. ¿Qué sectores son éstos? ¿Los más cultivados, los más ricos en conocimiento político de las masas? ¡En absoluto! Por el contrario, son los sectores más desposeídos de nuestra república soviética. En uno de nuestros ejércitos, no hace mucho, se consideraba un signo de la más alta calidad revolucionaria mofarse en forma más bien estúpida y pueril de los “especialistas militares”, esto es, de todos los que hubieran estudiado en las escuelas militares. Aún así en este mismo ejército ningún trabajo político se estaba realizando prácticamente. La actitud allí era no menos hostil, incluso quizás todavía más, hacia los comisarios comunistas, esos especialistas “políticos”, que hacia los especialistas militares. ¿Quién estaba sembrando esta hostilidad? La peor calaña entre los nuevos comandantes: expertos militares a medias, guerrilleros a medias, gente partidaria a medias que no querían tener a nadie su alrededor, fueran obreros del partido o serios trabajadores militares. Estos son la peor especie de comandantes. Son ignorantes y no quieren aprender. A sus fracasos -¿cómo podrían tener éxitos?- siempre buscan explicarlos por la traición de algún otro. Se acobardan miserablemente ante cualquier cambio en la moral de sus batallones, ya que carecen de cualquier autoridad moral y militar seria. Cuando un batallón, no sintiendo la mano de un líder firme, se rehúsa a atacar, ellos se esconden detrás de la espalda de éste. Aferrándose de por vida a sus puestos, odian la sola mención de los estudios militares. Para ellos éstos están identificados con la traición y la perfidia. Muchos de ellos, después de caer en un aprieto sin remedio, han terminado por rebelarse sencillamente contra el poder soviético.
En aquellos batallones donde el nivel de la moral de los hombres del Ejército Rojo es más alto, donde se realiza trabajo político, donde hay comisarios y células de partido responsables, no temen a los especialistas militares; por el contrario, los solicitan, los utilizan y aprenden de ellos. Además, en aquellos batallones atrapan a los genuinos traidores con mucho más éxito, y los fusilan a su debido tiempo. Y, lo que es más importante de todo, esas unidades consiguen victorias.
Así es la cosa, mi querido amigo. Ahora, quizás, pueda comprender usted mejor la raíz de las diferencias que existen sobre este asunto de los especialistas militares y de otro tipo.

En camino. Tambov-Balashov
10 de enero de 1919

1 Lassalle, Ferdinand (1825-1864), amigo, luego rival de Karl Marx, es uno de los padres del movimiento social alemán.



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