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Capítulo XXVII

La noche que decide

Se acercaba la hora decisiva de la revolución. El Smolny estaba convertido en una verdadera fortaleza. Arriba, en los tejados, quedaban como herencia del antiguo Comité ejecutivo unas veinte ametralladoras. El Comandante del Smolny, capitán Grekof, era acérrimo enemigo nuestro. En cambio, el jefe del destacamento de ametralladoras vino a decirme que sus hombres estaban con los bolcheviques. Encargué a alguien-tal vez a Markin-de que repasase las ametralladoras. El diagnóstico fue que estaban en mal estado, abandonadas. Los soldados se emperezaban precisamente porque no tenían el menor deseo de salir a la defensa de Kerensky. Hice que mandasen otro destacamento de ametralladoras, seguro y en buenas condiciones. Estaba amaneciendo el día 24 de Octubre[1]. Yo iba de piso en piso, para no estarme quieto en un sitio, para convencerme de que todo marchaba bien y para infundir ánimos a los necesitados de ellos. Por encima de las losas de aquellos claustros, interminables y envueltos todavía en sombras, oíase el rodar de las ametralladoras arrastradas por los soldados, con un estrépito alegre y bullicioso. Era el nuevo destacamento, avisado por mí. Por las puertas asomaban la cabeza, con cara de susto, los pocos socialrevolucionarios y mencheviques que se habían quedado en el Smolny. Aquella música no prometía nada bueno, a sus oídos. Poco a poco fueron desfilando todos, uno detrás de otro, y nos quedamos dueños absolutos de aquel edificio, que se disponía a plantar la bandera bolchevista en la capital y en todo el país.
Por la mañana temprano, me encontré en la escalera con un obrero y una obrera que venían corriendo, jadeantes, de la imprenta del partido a avisar que el Gobierno había prohibido la publicación de nuestro órgano central en la prensa y la del periódico del Soviet de Petrogrado. Dijeron que la imprenta había sido sellada por un agente del Gobierno, que se había presentado en compañía de unos cuantos cadetes de la Escuela Militar. De primera intención, esta noticia nos arredró un poco, con ese poder que tienen los trámites formalistas sobre la razón.
- ¿No podemos arrancar el sello?-preguntó la obrera.
- Arrancadlo tranquilamente, y para que no os pase nada os mandaremos una escolta segura-le contesté yo.
- Hay allí cerca-dijo la obrera, muy segura de sí-un batallón de Zapadores, cuyos soldados se encargarán de protegernos.
El Comité revolucionario de guerra dió inmediatamente el siguiente decreto: "1.º Las imprentas de los periódicos revolucionarios deberán abrirse inmediatamente. 2.º Los redactores e impresores proseguirán sus trabajos para la publicación de los periódicos. 3.º El deber y el honor de proteger las imprentas revolucionadas contra cualquier ataque de la contrarrevolución se encomienda a los bravos soldados del Regimiento de Lituania y al 6.º Batallón de Zapadores de la reserva." La imprenta siguió trabajando ya sin interrupción y los dos periódicos salieron a la calle.
El día 24 surgieron dificultades en la Central de Teléfonos. Los cadetes de la Escuela Militar habían tomado posesión del edificio y, a su amparo, las telefonistas declararon la oposición al Soviet. Se negaban a darnos comunicación. Era el primer acto, episódico todavía, de sabotaje. El Comité militar revolucionario mandó a Teléfonos un destacamento de marineros, que instalaron dos cañoncitos pequeños a la entrada y con esto se restablecieron en seguida, las comunicaciones telefónicas. Empezamos a adueñarnos de los organismos administrativos.
El Comité hallábase reunido en sesión permanente en el tercer piso del Smolny, en un cuarto pequeño que hacía esquina. En aquel cuarto venían a concentrarse todos los informes que se recibían acerca de los movimientos de tropas, el espíritu de los soldados y obreros, las agitaciones en los cuarteles, los planes de los pogromistas, los amaños de los políticos burgueses y de los embajadores extranjeros, la vida en el Palacio de Invierno, las deliberaciones de los antiguos partidos representados en el Soviet. De todas partes se recibían informaciones. Por allí desfilaban obreros, soldados, oficiales, porteros, cadetes socialistas de la Escuela militar, personal doméstico, mujeres de pequeños empleados. Muchos de ellos no hacían más que contarme tonterías, pero otros aportaban datos serios y de valor. Durante la semana anterior yo casi no había puesto los pies fuera del Smolny; me pasaba las noches vestido y tumbado en un sofá de cuero, y dormía en los breves ratos que me dejaban libre, despertado constantemente por los correos, los informadores, los motociclistas, los telegrafistas, las incesantes llamadas al teléfono. Se acercaba el momento decisivo. Era evidente que ya no había modo de volverse atrás.
En la noche del 24 al 25 de octubre, los vocales del Comité revolucionario se repartieron por los distritos. Yo me quedé solo en el Smolny. Más tarde, se presentó Kamenef. Kamenef era opuesto al golpe, pero venía a pasar esta noche decisiva junto a mí. Nos instalarnos en el cuartito del tercer piso, que en aquella noche, la noche en que había de decidirse la revolución, semejaba al puente de mando de un buque. En la sala de al lado, grande y solitaria, había una cabina telefónica. El teléfono estaba sonando constantemente, para asuntos que unas veces eran importantes y otras sin interés. El timbre subrayaba el silencio expectante. No era difícil imaginarse la ciudad de Petrogrado, abandonada, envuelta por la noche, mal alumbrada, azotada por los vientos otoñales. Los burgueses y los empleados, acurrucados en sus camas, hacían esfuerzos por representarse lo que estaría ocurriendo a aquella hora en las calles, peligrosas y llenas de misterio. Los barrios obreros dormían con ese sueño de vela de los campamentos en pie de guerra. Comisiones y grupos de los partidos del Gobierno, agotados e impotentes, deliberaban en los palacios de los zares, donde los fantasmas vivos de la democracia se daban de bruces con los fantasmas todavía no esfumados de la monarquía. De tiempo en tiempo, la seda y los dorados del salón se hunden en la oscuridad: no hay carbón bastante. En los distritos de la ciudad montan la guardia destacamentos de obreros, marineros y soldados. Los jóvenes proletarios van armados de fusil y llevan el torso ceñido por las cartucheras de las ametralladoras. Las patrullas de las calles vivaquean calentándose junto a las hogueras. En dos docenas de teléfonos se concentra toda la vida intelectual de la ciudad, que en esta noche de otoño alza la cabeza para salir de una época y entrar en otra.
A aquel cuarto del tercer piso vienen a parar los informes de todos los distritos, barrios y suburbios. Todo está previsto, al parecer; los caudillos en sus puestos, las comunicaciones aseguradas, nada se ha olvidado. Nueva revisión mental. Esta noche es la que decide.
La víspera, dije en mi informe ante los delegados del segundo congreso del Soviet, y lo dije con una absoluta convicción: "Si no cedéis no habrá guerra civil. Nuestros enemigos capitularán instantáneamente y vosotros ocuparéis sin lucha el lugar que os corresponde, que por derecho os pertenece." No hay por qué dudar en el triunfo de un alzamiento de esta naturaleza. Y, sin embargo, con éstas horas de una preocupación profunda y tensa, pues esta noche es la que decide.
El Gobierno ha movilizado a los cadetes de la Escuela Militar y ayer dió al crucero Aurora, fondeado en el Neva, orden de levar anclas. La dotación del Aurora la forman aquellos mismos marineros bolchevistas a quienes en el mes de agosto se presentara Zeretelli, sombrero en mano, a pedirles que defendiesen el Palacio de Invierno contra Kornilof. Los marinos se han dirigido al Comité militar revolucionario preguntando qué deben hacer. Y esta noche el Aurora continuará en el mismo sitio en que ayer estaba. Me telefonean de Pavlovsk diciendo que el Gobierno reclama de allí artillería, que ha pedido a Zarskoie Selo un batallón de asalto, a Peterhof el envío de fuerzas de la Escuela de insignias. Kerensky tiene acuartelados en el Palacio de Invierno a los cadetes de la Escuela militar, a gran número de oficiales y a los batallones de mujeres. Doy orden a los comisarios para que repartan por el camino de Petrogrado patrullas seguras que cierren el paso a las tropas pedidas por el Gobierno y manden agitadores que salgan a su encuentro. Todas nuestras conversaciones se cursan telefónicamente y pueden ir a parar, en su integridad, a manos del Gobierno. Pero es posible que éste ya no disponga ni siquiera de medios para sorprenderlas. "Y si no conseguís persuadir a las tropas para que no sigan adelante, echad mano a las armas. Me respondéis de esto con la cabeza." Se lo repito varias veces, pero sin estar muy seguro todavía de la eficacia de mis órdenes. La revolución es aún demasiado confiada, bondadosa, optimista y ligera. Todavía le gusta más amenazar con las armas que emplearlas. Sigue confiando en la eficacia de la palabra y la persuasión. Y de momento, no se equivoca. Las concentraciones de elementos enemigos se evaporan al solo, contacto de su cálido aliento. El día 24, dimos orden de que a la primera intentona de los "Cien negros" para organizar pogromos en las calles, se echase mano a las armas y se reprimiese el intento despiadadamente. Pero los enemigos no se atreven a salir a la calle. Están ocultos. La calle es nuestra. Nuestros comisarios montan la guardia en todos los caminos que conducen a Petrogrado. La Escuela de insignias y los artilleros no han acudido al llamamiento del Gobierno. Sólo una parte de los cadetes de Oranienbaum pudo deslizarse al amparo de la noche por entre nuestras mallas, seguida de cerca por mis llamadas telefónicas. La aventura acabó mandando parlamentarios al Smolny. El Gobierno provisional busca en vano donde apoyarse. El suelo vacila bajo sus pies.
La guardia exterior del Smolny ha sido reforzada por un nuevo destacamento de ametralladoras. Las comunicaciones con todas las fuerzas de la guarnición son permanentes. En todos los regimientos hay compañías de vela sobre las armas. Los comisarios están preparados, atentos al primer aviso. En el Smolny se encuentran delegados de todos los cuerpos de tropa, a disposición del Comité militar revolucionario para en caso de que se interrumpan las comunicaciones. De todos los distritos de la ciudad se lanzan a la calle destacamentos armados, llaman a las puertas o las abren sin llamar y ocupan militarmente todos los edificios públicos. Estos destacamentos se encuentran casi en todas partes con amigos que los habían estado esperando impacientemente. Comisarios especiales, nombrados al efecto, vigilan en las estaciones los trenes que llegan y salen, principalmente los transportes de soldados. No se ve por ningún lado motivo de inquietud. Todos los puntos importantes de la ciudad caen bajo nuestro poder, casi sin resistencia, sin lucha, sin víctimas. El teléfono nos manda de todas partes la consigna: "¡Aquí, nosotros!"
Todo va bien. No puede ir mejor. Podemos dejar un momento el teléfono. Me siento en el sofá. La tensión nerviosa cede. Por ello mismo, siento que una vaga oleada de cansancio me sube a la cabeza. "¡Deme usted un pitillo!", le digo a Kamenef. Todavía fumaba, aunque no regularmente. Le doy dos grandes chupadas al cigarrillo y apenas si tengo tiempo a decir para mis adentros: "¡Esto no más faltaba!", cuándo pierdo el conocimiento. La propensión a caer desvanecido ante un dolor físico fuerte o un gran malestar, era herencia de mi madre. Un médico tomó pretexto de ello para achacarme epilepsia. Cuando recobré el conocimiento, vi cerca de mí la cara de Kamenef, toda asustada.
- ¿Quiere usted que vaya a buscarle alguna medicina?-me preguntó.
- No, mejor sería-le dije después de una breve reflexión-que buscásemos algo de comer. Intento acordarme de cuándo he comido, la última vez y no lo consigo: debo de llevar un día entero sin probar bocado.
Por la mañana, me lanzo sobre la prensa burguesa y la conciliadora. Ni una palabra acerca del alzamiento, ya iniciado. Los periódicos se habían hartado de clamar tanto y tan furiosamente acerca del alzamiento armado que se avecinaba, acerca de los saqueos, los arroyos de sangre que correrían, las violencias, etc., que no se dieron cuenta siquiera de que el alzamiento había empezado ya. La prensa daba pleno crédito a nuestras negociaciones con el estado mayor e interpretaba como indecisión nuestras declaraciones diplomáticas. Entre tanto, los destacamentos de soldados, marineros e individuos de la Guardia roja, ejecutando las órdenes que recibían del Smolny, sin caos, sin lucha en las calles, casi sin disparar un tiro, sin derramamiento de sangre, iban ocupando un edificio público tras otro.
El buen burgués se frotaba los ojos, asustado, ante el nuevo régimen. ¿Pero es posible que los bolcheviques hayan conquistado el Poder, es posible? Una comisión de la Duma municipal se me presentó a hacerme unas preguntas verdaderamente peregrinas, inefables: si planeábamos alguna Manifestación y cuál y para cuándo, advirtiéndome que la Duma municipal debía "tener conocimiento de ello con veinticuatro horas de antelación"; qué medidas había tomado el Soviet para salvaguardar la seguridad y el orden público, etc., etc. Yo les contesté exponiéndoles cuál era la doctrina dialéctica acerca de la revolución y propuse a la Duma municipal que erigiese un delegado para que le representase en el Comité revolucionario. Esto les aterró más que la misma sublevación Concluí, como siempre, aplicando el criterio de la defensa armada:
- Si el Gobierno emplea el hierro, nosotros contestaremos con el acero.
- ¿Nos disolverán ustedes, por haber sido contrarios a la entrega del Poder a los Soviets?
- La Duma municipal-les contesté-, tal como se halla constituida, ya no responde a la realidad, y si surgiese algún conflicto, propondríamos al pueblo que fuese a unas nuevas elecciones, donde se decidiría.
La comisión se retiró con la misma prudencia con que había venido, pero dejando detrás de sí una sensación segura de victoria.
¡Cuánto han cambiado las cosas en esta noche! No hace más que tres semanas que hemos conseguido la mayoría en el Soviet de Petrogrado. No éramos casi, más que una bandera, sin imprenta propia, sin caja, sin secciones. Todavía la noche anterior acordaba el Gobierno prender al Comité militar revolucionario y andaba buscando nuestras señas. Y he aquí que, de pronto, se presenta una comisión de la Duma municipal ante estos revolucionarios "proscritos" para preguntarles qué suerte va a ser la suya.
El Gobierno seguía reunido como siempre en el Palacio de Invierno. Pero más que. Gobierno era una sombra de sí mismo. Políticamente, puede decirse que ya no existía. Durante la jornada del 25 de Octubre, el Palacio de Invierno vióse poco a poco cercado de tropas. Hacia la una de la tarde hablé en el Soviet de Petrogrado acerca de la situación. La reseña publicada en el periódico describe mi informe del modo siguiente: "Declaro, en nombre del Comité revolucionario de guerra, que el Gobierno provisional ya no existe (aplausos). Algunos Ministros han sido detenidos ya (bravo). Los demás serán hechos presos dentro de unas horas o en plazo de pocos días (aplausos). La guarnición revolucionaria, que se ha puesto a las órdenes del Comité revolucionario de guerra, ha disuelto el anteparlamento (gran ovación). Hemos pasado la noche en vela, observando por teléfono cómo las secciones de los soldados revolucionarios y de las guardias obreras cumplían calladamente con su misión, mientras el buen burgués dormía tranquilamente, sin sospechar siquiera que entretanto un Poder nuevo se alzaba sobre las ruinas del antiguo. Las estaciones, las centrales de Correos y Telégrafos, la Agencia de Telégrafos de Petrogrado, el Banco Nacional, están ocupados por nuestras tropas (gran ovación). El Palacio de Invierno no ha sido tomado aún pero su suerte se decidirá dentro de pocos minutos (aplausos)."
Esta noticia escueta da una idea falsa del ambiente de aquella asamblea. En mi recuerdo se conservan los datos siguientes, que vienen a completar el informe de los periódicos. Al comunicar yo el cambio de Gobierno que se había operado aquella noche, se produjo un silencio tenso que duró varios segundos, tras de lo cual estalló el aplauso; pero no un aplauso ruidoso, sino reflexivo. La sala se mantenía en una actitud expectante ante los acontecimientos. Cuando la clase obrera se disponía a lanzarse a la lucha, estaba poseída de un entusiasmo indescriptible. Pero ahora, cruzado ya el umbral de Poder, este entusiasmo apasionado cedía el paso a la reflexión y a la preocupación. En este repliegue psicológico, palpitaba un instinto histórico, certero, ya que ante nosotros acechaban todavía las grandes resistencias de un mundo que no se resignaba a morir. La lucha, el hambre el frío, el desorden, la sangre y la muerte. ¿Podremos con todo esto?, se preguntaban muchos en silencio. De aquí el semblante de preocupación y de cuidado. ¡Podremos!, contestaban todos. En la lejanía apuntaban peligros nuevos, pero por el momento velaba la sensación de nuestro gran triunfo y esta sensación nos cantaba en la sangre. Las masas le dieron expresión en el recibimiento delirante que tributaron a Lenin, el cual, después de cuatro meses de ausencia, volvió a presentarse en público, por vez primera, en esta reunión.
Ya bien caída la tarde, esperando a que se abriese el Congreso del Soviet, Lenin y yo nos fuimos a descansar a un cuarto próximo al salón de sesiones, en el que no había más que sillas. No sé quién nos puso unas mantas en el suelo, y alguien-creo que fué la hermana de Lenin-nos tendió unas almohadas. Nos tumbamos el uno al lado del otro. Los cuerpos y las almas se distendieron, como muelles que se aflojan después de una tremenda tensión. Era un descanso bien ganado. Pero no podíamos conciliar el sueño. Nos pusimos a hablar a media voz. Lenin va estaba definitivamente tranquilo por la dilación del alzamiento, que tanto le había preocupado. Sus temores se disipaban. En su voz, había tonos de una gran cordialidad. Me preguntó por las patrullas e individuos de la Guardia roja.
- ¡Es un cuadro maravilloso ver a los obreros armados de fusil junto a los soldados, calentándose a las hogueras!-repetía en tono conmovido-. ¡Al fin hemos conseguido unir al soldado con el obrero!
De pronto, se incorporó para preguntarme:
- ¿Y el Palacio de Invierno? ¿No está tomado todavía? ¿Supongo que no pasará nada, eh?
Hice ademán de levantarme para ir al teléfono a informarme de lo que hubiese, pero me retuvo.
- Estése usted quieto, que ya encargaré yo a alguien que pregunte.
Sin embargo, el descanso no había de durar mucho. En el salón de al lado, comenzaba la sesión del congreso del Soviet. La hermana de Lenin, Ulianova, vino corriendo a donde yo estaba:
- ¡Está hablando Dan, y le llaman a usted!
Dan, al que le faltaba la voz, hacía reproches a los "conspiradores" y profetizaba el fracaso inevitable del alzamiento. Exigía que formásemos una coalición con los socialrevolucionarios y los mencheviques. ¿De modo que los partidos que, ayer todavía, cuando estaban en el Poder, atizaban la campaña contra nosotros y nos mandaban a la cárcel, venían hoy, después que los habíamos derribado, a buscar una inteligencia con los vencedores? Me levanté a contestar a Dan y en su persona a una etapa ya superada de la revolución: "No estamos ante una conspiración, sino ante un alzamiento. El alzamiento del pueblo en armas no necesita de justificación. Nosotros no hemos hecho más que templar la energía revolucionaria de los obreros y los soldados. No hemos hecho más que forjar abiertamente para el alzamiento la voluntad de las masas. Y ahora, cuando el alzamiento ha triunfado, se nos viene a proponer que renunciemos a la victoria y sellemos un pacto. ¿Con quién? Con vosotros, que no sois nada ni representáis nada; con unos quebrados e insolventes que ya no tienen misión alguna que cumplir y que no quieren resignarse a ser arrastrados a las barreduras de la historia, de las que forman parte desde hoy." Era la última réplica nuestra en aquel gran diálogo que se había iniciado el 3 de abril, en el momento de llegar Lenin a Petrogrado.


[1] Según el cómputo antiguo, que en Rusia era todavía, por entonces, el oficial. Es la fecha que corresponde en el calendario occidental al 6 de noviembre. He aquí por qué a la Revolución rusa se la llama unas veces la Revolución de Octubre y otras la de Noviembre.



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